Tan chico es el suelo y tan grande el cielo.

Dicen que una vez por año hay que conocer un lugar nuevo.  Dicho así suena muy exigente y muchos estarán buscando el pasaporte que no tienen en la billetera. Estando en esa misma situación y sin alma de conformista, me jacto de conocer muchos lugares que de tan cercanos “no se ven” o pasan desapercibidos.

Ver un cartel que pueda conducir hacia la nada misma por camino de ripio en pleno verano y seguirlo,  es una virtud que puede traer sorpresas.

Una estación es más que un lugar desalmado si contó alguna vez con un poeta que dejó sus huellas en una poesía dedicada a las vías muertas.

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En Faro, la estación en cuestión, puede divisarse el edificio principal y único, el cartel al lado que indica “Faro” –por si queda alguna duda cinco centímetros más allá del cartel ya no hay nada-, y como monumento principal una placa con el poema del paisano-poeta Luis Domingo Berho , anclado en la pared vecina a la puerta principal. Eso y nada más. Eso y mucho más. Es el recordatorio de que se vivió, las vías temblaron y ardieron hace ya algún tiempo, no alcanzando a enfriarse del todo;  ya que esa estación está hermosamente restaurada,  conteniendo recuerdos, fotos y cuadros con historias por conocer dentro del edifico.

Recorriendo el edificio por fuera, me encontré con una pesada lápida de piedra, recuerdo de que debajo yace y en paz –eso lo puedo certificar-  un inmigrante al que los gorriones le susurran por las mañanas las últimas estrofas de la poesía de Berho: “Tu señal está tranquila, tus galpones carcomidos; en esos rieles dormidos ya no hay vagones en fila. No se ve ninguna pila sobre tu playa desierta; tu campana no despierta y es su badajo oxidao…¡un lagrimón olvidao llorando una vía muerta!”

Otros días, las paradas auspician encuentros del tercer tipo,  con humanos más precisamente, a quienes se les puede sacar un poco de información del lugar.

Este mismo verano me sorprendí con un caserío de pescadores y pastores al lado del mar. Un lugar privilegiado por sus colinas suaves y verdes, sus casas dispersas, los caminos angostos y curvos, habitantes de cuatro patas pastando junto a las cestas de los pescadores y a embarcaciones decoradas con herrumbre. Los Ángeles puede ser como un pedacito de cielo recostado en un campo con elevaciones que está siempre mirando al mar. El mar que choca contra los acantilados.

Pero si de felicidad se trata, nada como Costa Bonita en invierno. Dejando de lado algunos edificios –dos o tres, con finalidad vacaciones, grupo, consorcio, agrupaciones y afines- el resto son casas que descansan aisladamente, rodeadas por vegetación muy verde y agreste.  Qué mejor que desembocar en ese rincón donde mueren las avenidas y nacen los caminos que llevan a todas y a ninguna parte.

Y si la felicidad son los colores y las frases? Raíces elevadas emitiendo plegarias al cielo, bancos de madera,  estaciones multicolores en las esquinas, y uno que se deja llevar  y camina leyendo y aspirando absolutamente todo: mil frases, mil colores, círculos, recovecos, descansos, madera noble, sendero angelado que guía al altar de los dioses: un mirador que descubre al sur la inmensidad del océano y al este la contundencia de millones de granos de arena juntándose de a montones en médanos y mesetas.

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Bonito se siente en las venas mientras el viento remolonea con los rulos de la muchacha de la casa de artesanías que  disfruta con nuestro goce de únicos visitantes, mientras nos cuenta que alguien empezó y luego siguieron todos, contagiados con  tanta esperanza escrita y pinceles coloreados.

Sé que la felicidad está ahí, en las pequeñas cosas, en los colores, en los lugares diminutos con sabrosas  historias y grandes cielos sobre algunos techos.

Allí donde muchos se sofocan ante tanta inmensidad y silencio, ahí soy feliz.

Si querés


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Imre Tóth [Emerico]

Me condena  la infinitud de los días

A permanecer desencontrados

Con tanta soledad que acecha,

Mustias esperanzas,

Falsos aniversarios sin vos.

El hilo delgado de un tiempo

Conteniendo la respiración,

Oscilando entre morir

Y el milagro de creer.

El karma absurdo e implacable.

El recuerdo invisible

Escondido entre mi pupila y el papel.

La casualidad perezosa –hoy ausente-,

De habernos mirado,

Parpadear y abandonarnos.

Si querés nos encontramos

Detrás del picaporte

Del nuevo eclipse por venir,  

Al costado del camino

Cercado por alamedas,

En el sendero fangoso

Que rodea el arroyo,

En la desembocadura

Del frío invierno

A la hora en que muere el día

Y amanecen los sueños.

Si querés inventamos hoy

Una nueva estación para este amor

Sin partidas ni pasaportes,

Con la luz que nace en la coincidencia

De nuestras miradas

Si querés

Hoy nacemos. 

Heladas

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Claude Monet – The Magpie

“Heladas eran las de antes”,  dijo el abuelo, mientras con las manos encalladas intentaba arrancarle  vida a la achicoria, despoblándola de tierra, sumiéndola en la breve historia de un final hecho ensalada. Esa pudo haber sido una conversación de hace muchos años, cuando mi abuelo aún creía en mi inocencia y cuando la sangre era el único pasaporte familiar. Luego nos abandonamos mutuamente, nos pasó la vida por encima, y ya nada fue como antes.

Manos encalladas frotando calor.

Heladas conteniendo el agua en los grifos,

El hombre rumbo a la obra, 

sostiene el cigarrillito con su boca,

Mientras pedalea esquivando escarchas.

Vapores que escapan de los orificios

De casas y bocas de animales.

Leños ardiendo por dentro,

Escupen humo al cielo.

Niños moqueando camino a la escuela,

Dejan su destino para más adelante.

El cartero arrastra sobres

Contenidos en un morral de cuero,

Cartas inmediatas, liberadas de  la oficina de correo.

Amores, esperas definitivas,

Noticias de extrañar, avisos sin moratoria.

Besos escritos y lágrimas estampadas.

Olor a mirra, sabor a miel y la cocina que espera

Al mismo amor entrar por aquella puerta. 

Ensayando finales

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Nicola Simbari

Comencé la semana con el dedo gordo del pie izquierdo, por decirlo de una manera elegante. Técnicamente empecé la semana auto flagelándome. Eso fue durante todo el lunes, ya que el domingo tuve el tupé de no castigarme tanto. Luego de la hecatombe del lunes, día crítico en el que se me soltó la cadena, los días tardaron en remontar.

Diligentemente hice los deberes, di las gracias, hice varias muecas emulando sonrisas torcidas y ejercité algo parecido al optimismo; lo que al final de las horas previas a este escrito, han ido sumando a mi estado anímico general.

Ahora, que transito el otro lado de la trinchera, que las balas ya no me pegan en el pecho y me siento más segura de mí misma –es decir a resguardo de mi propia persona- puedo seguir yendo por la vida observando –objetivamente?- al resto del universo, como si lo mío fuera nada más que un paseo. Una irresponsabilidad absoluta. Una inmunidad temporaria. Un descoloque total.

La probabilidad de que yo esté en mitad de la vida, me ha hecho merecedora de un paseo virtual –muy al estilo Charles Dickens  en “Cuento de Navidad”- por sus posibles desenlaces fatales. Claro, de cuáles otros podría estar hablando.

No es que yo me siente en un sillón y a través del humo de una pipa empiece a divagar finales inconsistentes. Estos me encuentran a mí, en lugares tan comunes como el salón de mi tienda o el banco donde hago los depósitos en especias.

Sin ir más lejos, ayer, en la sucursal de un banco español, estaban tratando de reanimar a una señora muy entrada en años, la cual había sufrido una descompensación en la calle justo cuando casi la embiste un auto. Según dijeron nunca emitió palabra.

Cuando la vi, estaba con aparente pérdida de consciencia, apenas sentada en una silla en donde los empleados bancarios intentaban reanimarla y sostenerla para que no se cayera.

La única nota de color,  tal vez fuera la imagen absurda de uno de los empleados de seguridad,  que iba de aquí para allá con la bandera argentina de la previa del partido Argentina-Suiza.

Más pena que la señora me dio el can que la acompañaba, el cual estaba sumamente preocupado por su ama. No quiero detenerme a pensar cómo ni dónde quedó luego de que la retrasada ambulancia se llevara a la señora.  Luego de un vano intento por obtener la dirección de la señora, quien no contaba con ningún tipo de documentación, ni telefonía o antena parabólica, menos un tatuaje con algún punto cardinal que marcara un camino en su existencia; me fui tristemente por la puerta con mi propio ser a cuestas.

La escena me encontró como en un Déjà vu, pero alverre. Como si yo fuera a ser en cuarenta años la señora del banco, sola con su amigo el can, desfalleciendo de desamor en la esquina de la sucursal de un banco español. Al menos mi último suspiro sería casi cerca del Mediterráneo.

Visto y considerando las estadísticas de mi vida, tengo altas posibilidades de llegar sola a la vejez, seguramente con un can y la piel arrugándose justo en las coordenadas tatuadas sobre mi hombro.

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Miradas

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Victor Bauer – Ocean Breeze

Me miras primero

Lo siente mi mirada baja

Que juega a buscar payanas

Al borde de la vereda.

El rubor crece

Y el corazón despierta, 

Súbito e intermitente

Cruza la calle, 

Sólo y valiente.

Me quedo cobardemente

En este lado de la trinchera

Sabiendo, con certeza

Que no serías más

Que un  principio en el final de los días

Soñándote. 

Pena de muerte

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Francine Van Hove

No estoy llorando

Sólo lagrimeando

Gotas saladas

Sobre el mar. . .

Duro. El suelo se ve agrietado y seco. Está agrietado y seco. La sequía, la aridez y el gris del fracaso corroen el alma desde lo más profundo. Mi alma. A estas alturas ya no me importa el alma de más nadie. Somos mi ego y yo. O mi yo inundado por el ego.

Tengo una o dos  ambivalencias, o miles: hasta aquí sólo he fracasado, pero si la muerte me viene a buscar ya he vivido.

Ni siquiera me defendería en un juicio para que me den otra oportunidad. No quiero apelar, ni cámaras especiales ni fueros extraordinarios. Ya no quiero más nada. Estoy más vencida que los desertores, más cansada que los desahuciados y los cuentos de nunca acabar al fin terminaron.

Se marchitaron las cartas de amor, una tras otra fueron quemadas junto a las hojas caídas del otoño en el que no nos amamos.  He vivido soledades y destierros. Abandonos intermitentes, usurpaciones, desmanes y otras tormentas. Miro las cosas a medio terminar, y a medio empezar. Un gran pasillo obscuro que espera ser recorrido, no enciendo la luz, no tengo ganas. Menos tengo ganas de escapar.  Sigo parada a mitad de la vida, esperando que la marea me arrastre, pero mis pies están arraigados y ni siquiera se mecen con el roce suave de las olas.

Huir es para los que están antes de la mitad de camino. Esos que aún cuentan con la esperanza de que huyendo los demonios se domestican, la vocecita deja de hablar y de confabularse con las fuerzas del no puedo. Pura porquería. Uno huye y se lleva a uno consigo. La sombra nunca perdona ni nunca se despega, es la peor de las pesadillas: arrastrar la mochila recorriendo los cuatro puntos cardinales, cansado, agotado y ampollado, sólo para darse cuenta de que es lo mismo, aquí o allá. La sensación de victoria y de no cobardía se desvanecen a los cinco kilómetros. Tarde o temprano el velo se cae, se devela la vida y se ve el verdadero color detrás del verde del océano.

Todo era un espejismo y el agua era blanca, y la arena gris.

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Desertores

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Noell S. Oszvald

El mundo no es para cualquiera, “vió”.

Y si no mire la cantidad de desertores que hay a diario. Las bajas de humanos que ya no soportan lo que ven y lo que viven, es como una epidemia húmeda y silenciosa. Pocos hablan de ellos, de los desertores, de los no ungidos por Dios en el último sacramento. Las noticias los esquivan, sabiendo que éstas son la mecha que enciende la pólvora esparcida por el camino.

Pocos pueden soportar este mundo y sus avatares, lo sé en primera persona. Yo que quise desertar varias veces, y mi cobardía me ató a la cama eternos y confusos domingos de guardar, en un cuarto oscuro y lleno de fantasmas, apretando los dientes y la almohada. No hay héroes ni vencedores, sólo vencidos.

No hay un diploma al final de este lado del camino que premie la llegada luego de semejante carrera de obstáculos.  Lo que pase del otro lado sólo podemos conjeturarlo. Mejor tener fe.

Surgen preguntas, desaparecen las respuestas. El latigazo de la realidad no perdona, algunos astutos juegan a esquivarlo con poco éxito en medio de la obscuridad. Depresión es obscuridad, confusión es obscuridad. Las horas pasan narcotizadas, mientras aspiramos drogas informáticas y otras yerbas provenientes de redes intangibles. Pedimos que nos saquen del dolor, pedimos ayuda en lugares equivocados.  No nos atrevemos a mirar, congelados en una situación agobiante ni siquiera podemos movernos, y los que dan dos pasos caen al abismo.

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Noell S. Oszvald

El mundo no es para cualquiera, porque pocos pueden soportar las leyes de la mortalidad, de lo vencido, del amor y del desamor, de las guerras, las dudas, las deudas y del hambre maldito, de la violencia incontenida, del oportunismo.

Si nos parásemos en medio del mapa de la vida, ahí, justo donde está ese agujero negro, y viésemos todo, absolutamente todo, con los ojos bien abiertos y los oídos gentiles, descubriríamos que la yerba buena muere, pero luego llueve y la tierra se reconforta, que a la vida le sigue la muerte y viceversa, que el cauce del río siempre lleva a buen puerto, aunque esté contaminado, que sin lo malo lo bueno sería un suvenir de plástico, que nosotros somos buenos y malos.

Si nos parásemos en ese agujero negro, veríamos que llegamos a mitad del camino un poco caminando y otro poco rengueando, que algunos tramos los hicimos anestesiados, confundidos y adormecidos. Pero que otros despertamos y con un poco de lucidez nos hicimos cargo de lo que pudimos. Vivir despierto requiere de un gran coraje, el mismo coraje que requiere asumir la verdad.

La verdad y este mundo no son para cualquiera.

Sobre la fotógrafa:

Fuente: Página de Facebook de la Escuela de fotografía Motivarte

Noell S. Oszvald es una joven fotógrafa de 22 años proveniente de Hungría. Inició sus trabajos en el año 2012. Trabaja principalmente con autorretratos en donde construye espacios en lo cuales se sumerge. Generalmente se presenta sin mostrar el rostro. Sus imágenes transmiten soledad, calma, misterio y belleza sin pretensiones. Trabaja con fotografías en blanco y negro, utilizando composiciones bien estudiadas y una manipulación sutil de la imagen. Maneja un uso neutral de los colores en cuanto a la vestimenta para que las formas sean las protagonistas. Sus imágenes muestran una interacción con el espacio construido pero sin dejar de lado la sensación de soledad, de aislamiento. Cargadas de poesía, sus fotografías denotan el deseo de la autora de expresar la naturaleza de su cuerpo utilizando elementos tomados de la naturaleza misma.