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Max Gasparini

No me gustan los gatos, por qué habrían de gustarme si después de todo me causan alergia?

Esa podría haber sido la primera señal. Estar con un sujeto que tiene un gato iba contra mis principios.

Para colmo de males, y volviendo al temita del gato, estos felinos, al igual que cualquier can o niño, se acercan lentamente hacia mi persona al instante de conocerme, sin hacer yo ningún esfuerzo por atraerlos.

El sujeto se acercó por el mismo efecto silencioso que causo en algunas personas: lenta atracción seguida por  diferentes matices de rechazo. Pocas personas tienen la capacidad de ser amadas y odiadas por la misma persona en una franja tan corta de tiempo espacial como yo.

A la semana mi relación con el gatto bianco bianco  era estupenda debo decir, ni un si ni un no, sólo mimos y ronroneos. Eso era amor no correpondido,  y yo me seguía resistiendo al constante cargoseo de su lomo contra mi cuerpo.

Mi alergia derrotada sumada a mi mente otrora implacable y ahora adormilada no hacían fuerza para clarificar absolutamente nada.

Me maullaba cuando llegaba, desesperado e insistente, ávido de un poco de atención y comida. El nombre? Gracias Dios no lo recuerdo.

Tendría que haber reparado en la actitud del sujeto, cuya intolerancia a tanto amor gatuno lo descalabró e hizo que su mano lo agarrarrara del cogote para hacerlo desaparecer de la estancia.

Ibamos a ser tan felices….. sin gato.

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Pena de muerte

Ignacio de Grado – Mujer en violeta

Ya no lloro más

No estoy llorando

Sólo lagrimeando

Gotas saladas

Sobre el mar

Ya no lloro más

Y es un decreto

Ante tanta inundación

Lagrimales sobre exigidos

Y pestañas hundidas

En la hinchazón incontrolable

De los párpados

Ignacio de Grado – hombre andando

Ya no lloro más

Porque mi orgullo aplastante

Me enseñó otro  camino

El de las lágrimas

Que humedecen la garganta

Dejando los ojos secos

Ya no lloro más

Para despejar mi visión

Sostener esa mirada implacable

Y morderme el labio

Justo en ese momento

En el que el amor

Fue condenado

A pena de muerte

Yo

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El pescador

Surf Fishing Acrylic Painting – Derek McCrea

Atardece.

Las ruedas de la camioneta muerden el borde de las olas dejando surcos por detrás.

Todo es inmenso, desierto, eterno.

La playa se ve como un manto rugoso.

Los médanos parecen senos pequeños y redondeados.

El pescador agudiza la vista, detecta el pozo, la entrada o la mancha.

Intenta divisar cardúmenes. Su radar humano le dice que ese es El lugar.

Es la hora del repunte y comienza la silenciosa ceremonia de hacer nudos, deshacer matetes, buscar plomadas y armar bocados perfectos para la pesca variada.

Con los pies salados y las manos con un leve olor a pescado, lanza con un péndulo por detrás de la rompiente.

Sólo unos minutos y sonríe mientras ve que la tanza se afloja.

El hombre y la caña, casi como en una lambada, se contorsionan juntos hacia atrás y delante, mientras la mano derecha hace girar rápidamente el reel.

Esta vez no hay pelea.

Y él suavemente saca a la presa como si fuera una sirena.

Gone Fishing –  Sharmila Ghose Roy

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Jugando

Rayuela – Sabrina Dieghi

Entramos al banco totalmente desganados.

Una siesta menos y una cola más.

Calculamos que teníamos por delante noventa minutos de mansa espera. En un acto de pesimismo multipliqué mentalmente nueve personas por diez minutos de atención personalizada cada uno divididos por un solo cajero.

Maldije inmediatamente no haber llevado un libro.

Mi primera reacción alentada por la resistencia de mis piernas a permanecer paradas fue ocupar una silla, cuestión que duró la nada misma cuando la conversación de mis vecinos ocasionales sobre la insegura y desalentadora actualidad me espantó y volví a mi puesto en la cola junto a mi compañero.

Luego de dos o tres comentarios de rutina y un cliente que había superado ampliamente el promedio de tiempo estipulado, saqué lapicera y papel dispuesta a asesinar a los minutos que teníamos por delante.

¿Jugamos al ahorcado?

Y así cayeron minuto tras minuto, robando palabras como prohibido, perjudicial y aguarde de los carteles aledaños.

Tal vez me tendría que haber esmerado y en vez de prohibido, poner alguna palabra como otorrinolaringólogo o parangaricutirimicuaro. Pero qué más daba?

Al final no habíamos matado noventa minutos, sólo los habíamos hamacado un poco entre risas y errores hasta que se fueron volando.

P.D.: y si en lugar de colas con divisiones a los costados hicieran en los bancos una Rayuela? Llegaríamos al cielo!!!

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La cocina

Elizabeth Torak - The Kitchen

Un momento de felicidad

Unos minutos galopando efímeramente

Escurriéndose, colándose

Entre tediosas horas rutinarias.

Una puerta que se abre

Y el  aroma que avanza

Se transforma en beso, caricia y abrazo.

Especias cayendo como lluvia

Sobre ollas humeantes.

La mesa vestida de blanco

Como una novia.

Platos de porcelana sosteniendo al mantel,

Y un rico manjar esparcido sobre ellos

Como pétalos de flores silvestres.

Silencio absoluto y cada quién

Degustando un único momento.

Yo

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El Pueblo

Fernando Botero – The Town

Según la historia oficial, el personaje se había bajado del tren en un pueblo  aparentemente abandonado. Al llegar la noche una hilera de gatos cruzaba el puente de piedra y se apropiaban de todas las instalaciones del lugar, comían, trabajaban, cocinaban. Al alba retomaban el camino por donde habían llegado. El señor en cuestión, único habitante de dos patas fortuito del lugar, no podía volver a tomar el tren. Inexplicablemente se había tornado invisible, tanto para el tren como para los gatos….

Nunca supe a ciencia cierta si yo había elegido al lugar o si el lugar me había elegido a mí.

Y en ese mundo de elecciones indefinidas, en donde ningún tren me llevaría a otra parte, anclé mi aceptación y me dispuse a estar perdido en un pueblo lleno de habitantes gatunos.

Insistí sólo dos días más a la espera del tren en la estación. Tanto por la mañana como al atardecer, mi cuerpo sin sombra, yacía invisible al costado de las vías.

Por las noches seguía observando el movimiento del pueblo. Sus habitantes de cuatro patas tenían horarios y rutinas, como en cualquier otro pueblo de buena y mala muerte: celebraciones, reuniones, cantos en un templo, trabajos, compras, quehaceres y compromisos.  Todo esto diluido con la luz del amanecer, momento en el que yo me movía como único dueño y señor, probando restos de manjares, ocupando distintas camas y pululando por distintas cocinas a diario.

A alba del onceavo día, liberado ya de la insistencia de querer tomar un tren que nunca se detendría, me escabullí detrás de la hilera de soldados gatunos. Mi curiosidad me punzaba malhiriendo mis pensamientos.

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Palabras perdidas

Paul Parsons  ”Foggy Morning”

Sueños arrancados de cuajo

Para dar lugar

Al entierro de las palabras perdidas

Perdida la noche de sueño

Sembrada de silencios

Afuera la noche tatuada

Lagrimeando fugazmente

Estrellas derrotadas.

Yo

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