El alma no llora

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Takahiro Hara – Lucía tumbada

 

 

Ella murió mientras pasábamos una tarde apacible recorriendo los alrededores del río, las chacras y los canales en un auto modelo 76. No hay más recuerdos de tardes gratificantes con mis padres.

Estábamos en paz y los demonios de mi madre habían sido encarcelados momentáneamente a fuerza de tomar pastillas. Seguramente yo estaría llenando los grandes espacios de silencios con palabras al por mayor.

El clima era óptimo, aunque no creo haberme bajado del auto. Los árboles estaban estáticos y era época escolar, lo sé por lo que sucedió en los días siguientes, en los que me esperaban algunas frases del momento y rostros compungidos.

Pudo haber sido otoño o primavera tal vez. No lo sé con exactitud. Los obituarios de esa época no quedaron registrados en los medios actuales, tampoco quedó registro del accidente ni de las otras siete almas que se fueron.

Fue un día soleado, y con doce años ya había aprendido que a un hecho feliz le sigue uno doloroso. Ni siquiera es un karma. Es un hecho consolidado y confirmado fehacientemente por mi experiencia. Un paso bueno, otro malo. Uno para atrás, otro para adelante. Llegar al fondo, comenzar a subir. Un año bueno, uno malo. Una hermosa tarde con mi amiga de la cuadra jugando a que teníamos una nave espacial y a la vuelta mi casa era un caos.

Nunca hubo fallas en este sistema.

Esa tarde marcó mi primera gran pérdida en la vida.

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Primeros auxilios

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David Febland

Corría el año 2007, septiembre para ser más precisos, y casi prendo fuego mi comercio. No es que recuerde la fecha con exactitud, tuve que ir a buscar el registro de “acontecimientos importantes”. El recuerdo vino a mi mente porque el departamento de Seguridad e Higiene de la comuna está realizando inspecciones y talleres sobre seguridad en los comercios de la ciudad.

Aparentemente ya han recorrido una buena parte de éstos, aunque aún no han llegado a mi tienda.

Será porque ya cuentan con mis antecedentes incendiarios?

De ser así, tendrían que haber venido en primer lugar para asegurarse de que cuento con las medidas mínimas de seguridad laboral  y para otorgarme algún certificado que acredite que no soy un peligro para la sociedad.  Con diez minutos de charla se darán cuenta de que soy inofensiva y el accidente que tuve fue en realidad un atentado contra mi vida de ese entonces.

Me comentaron algunos colegas  que piden matafuegos, dan un “vueltín” por el local y ofrecen un cursillo de primeros auxilios que dura aproximadamente hora y media.

Mientras escuchaba los pormenores del curso -instrucciones sobre cómo  hacer una reanimación cardiopulmonar, por ejemplo-, recordé aquel olvidable episodio ocurrido hace siete años, cuando mi subconsciente –en un acto de total inconsciencia de mi parte- intentó prender fuego el único medio de subsistencia laboral con el que contaba.

Confieso alguna vez haber dicho que iba a prender fuego el lugar, como quien dice que va a irse y comenzar una nueva vida de hippie en El Bolsón, vivir en una casa de barro en Traslasierra o debajo de un puente con su nuevo amor.

La primavera nunca fue lo mío, septiembre siempre me encuentra despeinada por el temporal de Santa Rosa. Mi humor convulsionado de ese entonces colaboró con mi distracción: no apagar la mecha de una vela de noche que tiré descuidadamente dentro de una caja de cartón ubicada debajo del mostrador.

 Tal vez eran las dos de la tarde, estaba sola, la persiana enrejada de la puerta delantera estaba baja y el cartel “De Turno, toque timbre” era la señal de que había vida humana dentro del local y era lícito “molestar”.

No fue inmediato, pasaron unos segundos tras los cuales escuché ruido a leños crujiendo.

Nunca olvidaré que no supe cómo accionar un matafuego.

En este mismo momento, mientras escribo, estoy sentada con el matafuego a mi derecha y alcanzo a leer las instrucciones para accionarlo. Son pequeños ítems que acompañados con imágenes puede interpretar cualquier niño pequeño en edad escolar.

Luego de dos baldes de agua que parecieron avivar el fuego y  un pedido de auxilio en la avenida –este detalle es deplorable-, accioné el dispositivo por enésima vez y con pura fuerza bruta logré destrabarlo, descargando miles de micropartículas blancas por todo el salón, de carambola también en el foco de incendio.

Vinieron amigos, empleados y auxilios; y tras muchas horas de baldes y trapos, el lugar siguió con su curso laboral. No así mi vida,  que tomó irremediablemente otros carriles.

Será que en la vida tampoco leemos las instrucciones ni escuchamos atentamente los pormenores de los cursos de supervivencia? Existen cursos de este tipo? O solo vamos improvisando sobre la marcha?

Qué pasa con las contingencias del alma?  Y cuando se prende fuego la memoria?  Qué hacer con aquellos accidentes cotidianos que hacen que terminemos abandonados u olvidados? Qué hacer  si estamos hastiados, cansados o derrotados? Qué sucede con el corazón?  Cómo resucitarlo? Cómo revivir? Cómo sobrevivir?

Sólo sé una sola regla: si duele mucho . . .  hay que respirar.

Ah!  Si los avatares de la vida se pudieran alivianar con un matafuego,  una bandita  o una aspirineta . . .

Jacarandá

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Ted Blackall – North Sydney Jacarandá

Sabían que el jacarandá florece dos veces por año, en primavera y otoño?

Yo me enteré cuando lo incluí en la poesía, alentada por el recuerdo de sus flores que van desde el azul al violáceo.
Obvio que una planta tan hermosa tiene una leyenda más bella aún:

“De acuerdo a la leyenda del Amazonas, un hermoso pájaro llamado Mitu se posó sobre un jacarandá, trayendo con él a una hermosa mujer. La mujer, quien era una sacerdotisa de la luna, descendió del árbol y vivió entre los aldeanos, compartiendo con ellos sus conocimientos y su ética. Una vez cumplida su misión, volvió al árbol con flores y ascendió a los cielos donde se unió con su alma gemela, el hijo del sol.”

Vendrás caminando, lo sé.

Por la vereda alfombrada

De dulce abril y estelas doradas.

La espera durará menos de una eternidad

El abrazo fundirá el tiempo

Y llenaremos las calles

Con nuestra melodía.

Vendrás caminando en otoño

Por la vereda dulce y amarillenta

Cobijado bajo el manto resplandeciente

Del recuerdo de mi sonrisa.

Y seremos allí

A mitad de cuadra entre tu deseo y el mío

Como la flor azul del jacarandá

Que se ríe de las estaciones

Mientras juega con el viento. 

Yo

Escribiendo en la Luna

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Nathalie Mulero Fougeras

Yo sueño con ser escritora. O astronauta y escribir en la Luna, que es más o menos lo mismo. Tener una casa blanca en la playa con aleros y cerco de madera, un caminito de acceso que de unas vueltas antes de llegar a la puerta; un amor en el historial, un baúl con fotos, sobres con estampillas, cartas amarillentas y rosas disecadas dentro de algún libro. Y por qué no poder guardar mis propios recortes mecanografiados en cajas de colores etiquetadas según los periodos, el lugar y los humores. Un camino marcado hasta la playa y el faro divisándose a la distancia.

Ir y volver de la vida en una camioneta verde aparador como el color de la cocina de mi abuela, una Apache original, dura y testaruda –en funcionamiento, claro- con el techito blanco donde se apoyen las nubes en las mañanas tupidas de niebla.

En la ciudad, poder cobijarme en una casa antigua, de esas con ventanas y puertas muy altas de madera noble y pesada, con postigos metálicos color verde oscuro, cielorrasos más altos aún, habitaciones con espacio para musas y mariposas. Una puerta interna metálica con vidrios de colores simulando vitrofusión; el sol entrando por éstos en las mañanas y tiñendo cada rayo de un color distinto hasta convertirse en un arcoíris dentro de la estancia. Tener un  jardín de invierno, seguramente con muchas plantas del tipo enredaderas, y otras tantas que desconozco porque no he tenido tiempo de incursionar en el tema. Los  pisos mosaicos con dibujos extraños y antiguos. Yo misma sería una versión vintage de mi misma, en esa casa en donde soy escritora según el sueño más próximo de mi pasado.

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Recuerdos robados

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Takahiro Hara

La ciudad llueve desconsoladamente.

Luego de una melancolía previa que duró dos o tres días e incluyó lágrimas escondidas y pequeñas gotas de humedad resbalando veredas y pegoteando hojas,  finalmente la catarsis explotó en una lluvia insistente y por momentos violenta.

La jornada está herida de muerte, y a los suspiros le sucedieron hipos y llantos. Las lágrimas volverán al cielo, pero no hoy.

Este día mi tienda sufre la desaparición anunciada de clientes. Mueren las horas mientras miro las esferas de papel colgadas e imagino pequeños planetas en el salón. Las constelaciones no están de mi lado, o al menos eso aparentan.

Tengo frío. La humedad me estremece. Afuera las alcantarillas se atragantan con bolas de centenares de hojas húmedas y pesadas que la corriente arrastra. Cada calle es un pequeño río sin desembocadura. El intendente no estará muy feliz con esta frase tan poética mañana por la mañana.

Adentro  suena Gladys Knight, con esa voz dulce y por momentos desgarradora. También  grita la campanilla de la puerta.

Entra una clienta y sé el diálogo que vamos a tener. Exactamente igual al de la primera vez que vino.

“Hace mucho que están?”  Obvio que me mira y sabe que estoy yo sola.

Le contesto que hace más de dos años. Igual que la vez anterior y la anterior de la anterior.

No soy la misma. La primera vez le tuve cero paciencia,  aunque me las ingenié para que no se notara. La segunda vez dije algo como “Oh no, de nuevo no.” La tercera, la cuarta, esta última fui mejorando. Es el karma. La reencarnación misma ejemplificada en un salón amplio de una tienda natural.

Es una práctica, muy interesante por cierto, en donde tengo la posibilidad de ir repitiendo, mejorando y perfeccionando mi atención con una persona en particular.

Aún no sé su nombre. Lo sé, no es un punto a mi favor y describe un poco las falencias que tengo en la comunicación con el prójimo.

Ella no recuerda, y mis posibilidades se ven automáticamente multiplicadas. La veo esforzando sus pensamientos para que se conviertan en recuerdos, pero éstos lejos de permanecer, vuelan y desaparecen.

Recuerdos vitales del tipo qué comprar, a dónde ir o volver, buscar un teléfono, dónde está la lista. La lista no tiene ganas de jugar y aparece pronto. Puedo enumerar qué contiene mucho antes de que ella la lea. Dejo que saque el papel y escucho como si fuera la primera vez.

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Angeles caídos

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ARTE: HELENA JUSCHIN

No sé el por qué del título. Se me cruzó por la cabeza en un semáforo y lo anoté en alguna región de mi cerebro.
No es una redacción feliz. Lo sé. Por favor que nadie se me deprima.
Marca la tristeza circunstancial que llevo dentro, sumada a la de muchas personas que la padecen de forma crónica. No importa que uno esté sólo o acompañado, la tristeza carcome, se adhiere como el sarro a una pava y termina destruyendo el alma.
La tristeza nos deja desalmados y totalmente obnubilados, obsoletos, perdidos. Es como vivir en una jungla oscura en donde no entra el sol ni llega la brisa del mar.
A los padecientes de tristeza crónica los llamo ángeles caídos. Muchos no tuvieron oportunidad de levantarse, ya que les fueron arrancados hijos, amores, familia, hogares, los devoró la tempestad y la guerra, la sequía y la hambruna, fueron los elegidos -según dicen ridículamente por ahí- porque ellos pueden soportarlo.
Pero otros caen por fragilidad. En estos años viven muchas personas frágiles e indefensas, para quienes todo el oxígeno que se les pueda dar resulta insuficiente.
Creo en la recuperación de las alas tanto como en la existencia de una divinidad. También creo en el resultado del esfuerzo personal, en la valentía, el coraje, la determinación. Pero dudo de que todos hayan sido marcados con la misma fuerza. Hay vidas que nacen y mueren en la misma vibración de fragilidad.
Sí. La fragilidad es intensa.
De otra manera nos sacudiríamos de ésta y saldría despedida hacia el espacio sideral, volaríamos y dormiríamos toda la noche acurrucados como bebés escuchando el arrullo materno.
Tal vez un poco de lo que escribo hoy, me acerque unos milímetros a mi tan ansiada búsqueda de compasión, y definitivamente ojalá me ayude a controlar mi ego.

“La ciudad está llena de ángeles caídos. No son visibles para cualquier mortal. Yo los veo y creo que algunos perros también. Aún no estoy segura de si los veo porque soy uno de ellos o por mi olfato.
Tienen la tez pálida, y en algunos se divisan diminutas líneas violáceas y azuladas que rozan la dermis. Sus ojos color oro líquido -enormes- miran asombrados el cielo hoy inalcanzable.
Sus alas mojadas y marchitas, simplemente yacen al costado de sus cuerpos, entregadas a la eternidad del limbo.

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Acto fallido (cuento)

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Not Her – André Kohn

La previa de la tarde -llámese hora de la siesta en algunas latitudes- me sorprendió cansada a pesar del corto entrenamiento,  y ya estaba dispuesta a sentarme a “mirar algo” hasta que se hiciera la hora del trío café-ducha-trabajo. Mientras miraba “algo” me encontré con un ejercicio literario al que hace rato que no recurro. Consiste en tomar un fragmento de un libro o una frase y desde ese punto narrar una historia. Y así se me pasó el tiempo, volando entre palabras y lugares desconocidos. Puro placer.

“El doctor Max ha dicho que me quería cerca y ha mantenido su palabra. De hecho, mi despacho está enfrente del suyo, separado sólo por el pasillo. Es una habitación minúscula, que antes era el aseo privado del doctor Max; han quitado la taza del retrete y el lavabo, y ahora estoy yo, con una silla, una mesa, un cenicero y un perchero junto a la ventana.” (1)
Por una fracción de segundo siento una leve sensación de ahogo. Seguramente es la combinación de la oscuridad reinante en la estancia más la pintura marrón con que están pintadas las paredes.
El pequeño ventiluz no me deja adivinar siquiera la presencia del incipiente otoño. Apenas si se filtran por éste el ruido de los transeúntes, el murmullo de las señoras que circulan con la bolsa del mercado, el rasgar de una escoba sobre la acera, y el ladrido de los canes que corretean por la cuadra detrás de los pocos vehículos que circulan.
La silla hace un largo chasquido, es su forma de quejarse ante mi presencia sobre ésta. Soplo por encima del escritorio y veo dispersarse en el aire miles de partículas de polvo que de pronto quedan estáticas en el aire, como si alguien estuviera sosteniéndolas. Dejo caer la cabeza sobre mis brazos apoyados sobre el escritorio y ya no escucho nada. La ciudad está muerta, y de alguna manera yo también.
No escucho el crujido de los pasos del Dr. Max sobre el piso de madera, ni el chillido de su secretaria al atender el teléfono. Miro el cenicero y analizo la posibilidad de encender un cigarrillo. Seguramente no esté tan moribundo como pensaba y un poco de humo a mis pulmones no restará nada. El sabor del tabaco se suma al gusto amargo de mi boca, previamente invadida con lágrimas internas, derramadas en la absoluta soledad del simulador.
Miro el perchero y colgado en él, un portafolios desgastado de cuero. Mientras el silencio de la parálisis externa me lo permite, me muevo hasta éste sin poder evitar la repetición de los quejidos de la silla y del piso, que se arquea con mis pasos apesadumbrados. Son los únicos sonidos existentes es este pequeño universo que no es más que un cuarto de baño disfrazado de oficina.
Qué ironía. Mis días iban a terminar en un baño.

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