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Thomas Wilmer Dewing  Reclining Nude Figure of a Woman

Ese tipo le dijo a ella que le gustaba por enigmática, pasional, contradictoria y hermosa. Ella pensó que ya había escuchado eso otras veces, y que eran palabras bien fundamentadas. Pero aún así no cambiaban el trayecto del camino. En un gesto agrio desechó tanta efusividad y se retiró, siendo consciente de que esa podría haber sido su mejor o su peor oportunidad, pero sin lugar para dudas, sin rastros, sin evasivas, pendientes ni oportunidades.
El sabor ácido del retiro trajo movimientos de defensa, en donde el que se creía rey intentó echar a la reina del tablero, sin siquiera pensar un minuto, que para tales menesteres están algunos súbditos como los peones, alfiles y caballos. La reina largó una carcajada y se ubicó fuera del tablero. Se echó a si misma del juego. Out.
Hay momentos cumbres en donde ya hay que dejar de seguir las series negras o blancas y bajarse. Ella se bajó del tablero para seguir a campo abierto, que es más o menos como meterse en la selva o en el desierto.
Es ir a un lugar común pintado con exceso de calor, falta de  brújula, inhospitalidad, horizontes y cielos desconocidos. Un lugar sin carreteras, ni senderos, sin huellas de animales civilizados, sin antenas. Es la mirada seca y dura, que esconde un millón de secretos detrás y teme ser descubierta. Es la aspereza de la piel curtida, de las manos trabajadoras, la dureza de los brazos, de los gestos. Es como una nuez, dura por fuera, exquisita por dentro.
Es volver a un lugar común, tal vez el propio –pensó ella-. Un poco del paisaje agreste que había en su interior era lo que buscaba afuera.
Se sintió mareada el primer tiempo, y el segundo también. Despedida de la comodidad de la utopía, se metió de lleno en la incertidumbre de lo inesperado.
No había sueños ni pétalos de rosas en la bañera, ni largas charlas sobre el futuro, la mesa nueva o un colchón más cómodo. Nada de amor eterno ni frases gloriosas sacadas de la guantera.

Thomas Wilmer Dewing Brittany Morgan

Hay mujeres que pierden la cabeza por sexo, no era este el caso. Otras pierden la cabeza por un hombre que las consienta, que las acompañe o que las mantenga. Tampoco era éste el caso.
Esta era una mujer que simplemente perdió la cabeza sin razón aparente ni racional. Cualquier análisis estaba de más.
Qué decía esa película con lugares comunes y frases armadas? Ah si, una frase sobre el destino. Que el destino está, pero que hay que comprar el boleto para llegar, construir el puente para cruzar, o simplemente salir de casa para encontrarlo.
Lo que sucede, es que a veces el destino no es simplemente ese arco iris que imaginábamos, sino un camino más simple y llano, en donde lo inexplicable nos lleva a lugares que por momentos pueden ser el correcto, o no. Quién sabe?
Hizo media sonrisa, y fue en contra de todos sus instintos. Los pasos pesados sobre la arena caliente, la llevaban hacia algún lugar que el día de mañana la cobije, eso sí, sin estrellas fugaces ni manantiales.

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Fantasmas

Valery Kosorukov “In the Dressing Room”

No hay nada peor que los fantasmas, esos que se ciernen sobre uno creando sombras, sombras largas y tristes como las de los atardeceres en la playa.
Cualquier fantasma por más pequeño que sea, termina con arrasar cualquier atisbo pequeño de ilusión, de construcción y de paciencia.
Es como un pequeño tsunami que arranca con todo, dejándonos dando vueltas y más vueltas alrededor de pensamientos negativos que hacen humo del negro, oscuro, denso.
La verdad está tan lejos.
Si en estos momentos pudiera, haría un viaje largo, al interior de mis miserias, tratando de limpiar todo, pintando las paredes de nuevos colores, aplacando mi corazón, sacando las palabras escondidas y plasmándolas en papel.
Dicen que acallar la mente es uno de los trabajos más difíciles del hombre. Que una vez que se logra acallar y dominar, somos nosotros o el alma, así, tal cual, tan fácil, tan difícil.
La alegría se ha escapado de mi, ya no mas bailes en el living, ni música acorde. Simplemente estoy triste, por lo que fui y por lo que no puedo volver a ser hoy.
No me veo bella, ni resplandeciente, ni interesante, ni divertida. Tan solo el espejo devuelve mis ojeras llenas de frustraciones. Yo, que siempre fui como esas mariposas, que salen de la nada, y revolotean para arrancar una sonrisa.
Yo, que con mi sonrisa intentaba convencer al resto del mundo que se puede, se es, se vive, se ama, y no hay más vueltas que esas.
Yo, que me equivoqué, y hoy pago cada segundo de mis errores. Es caro, muy caro pagar el error de no seguir al corazón.
La casa, las penumbras, los miedos, el amor mal amado, las dudas, el saber que no se puede hacer nada, las decisiones que no se pueden tomar, la oscuridad que lo inunda todo de nuevo. Quiero arrancar de cuajo lo que siento y eso es imposible. Quiero volver a volar y dejar de arrastrarme por el suelo como un roedor.
Esperaré época de lluvias para que mi alma se lave en el patio, y descalza sobre el césped volver a recuperar algo de los sueños que siempre tuve.
Es todo tan fácil, todo tan difícil.

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Capítulo uno

Joaquín Sorolla y Bastida – Bacante

El año comienza. Es apenas cuatro de enero. Estoy decidida a escribir cueste lo que cueste. No quiero que mis heridas sangren más de lo debido, si algo habrá de sangrar será la lapicera.
Me he comprado un nuevo cuaderno, como otras tantas veces, en otros intentos vanos de dejar asentado mi paso por el mundo.
Tal vez debería hablar con mi analista de turno el hecho de que ningún cuaderno ha sobrevivido en mi vida, todo lo tiro, todo lo deshecho, todo lo destierro.
Todo lo que llega a mi lo repelo.
El primer tiempo las cosas o sucesos me producen saltos en el estómago, también los segundos y terceros tiempos.
Luego las dificultades me juegan siempre una mala pasada, me adjudico los errores que nacen aquí en el centro –o sea mi súper yo- y se esparcen a mil kilómetros a la redonda. Me culpo, me retraigo, me protejo, tacho, amputo lo que me hace daño, me anulo a mí misma, quedando sola y a la deriva.
No soy una mujer fácil, ni siquiera pretendo serlo. Soy muy difícil.

Tener no es lo mismo que desear, al igual que caminar y correr. Se parecen porque nos trasladan hacia algún lugar, pero mierda que no es lo mismo.
Pocas veces he deseado aquello que aparentemente he tenido. Se puede hablar de tener algo si hablamos de amor?
A medida que pasen los renglones surgirán otras palabras más acordes, o eso espero.
Estoy viviendo, eso lo tengo claro. Me visto por las mañanas, cuido de mi casa, salgo a mi reciente nuevo trabajo, me cultivo leyendo libros no muy trascendentales, sólo los que a mí me llegan. Esporádicamente miro series, emboto mi cabeza en las problemáticas de otra gente que ni siquiera existe, pero a veces se parece tanto a la vida real! Busco en las repeticiones mis propias repeticiones, busco desesperadamente finales felices luego de largos caminos llenos de espinas, busco poemas dolorosos que terminen en amor.
Y escribo para escapar de los fantasmas de la dependencia emocional.
Sí, soy uno de esos bichos que depende emocionalmente de otras personas, cuestión que aún ningún diván me ha respondido con alguna parábola que entienda. Si nací sola, y estuve sola más tiempo del que realmente hubiese querido en mi vida, por qué dependo de otros seres como una planta depende del agua?
Gente? Siempre hay alguien alrededor, circulando en sus propios ombligos o tal vez divagando sobre la imposibilidad de unir su ombligo al mío. Realmente tengo alguna cuestión seria que impida una conexión emocional con otra persona?

Joaquín Sorolla y Bastida – Antes del baño

La última vez que dejé un corazón emparchado me dijeron que yo era muy pasional. “Tus besos, la intensidad de tu mirada, tus gestos, todo es pasión.” Tal vez en parte sea cierto, que soy un torbellino a la deriva y sin nombre. Dejo despeinado a más de uno, y no lo digo para pavonearme. Una brisa es buena, vendaval todos los días no.
Soy un esquimal en un iglú frío y despojado, aunque en realidad lo que deseo con  toda mi alma es vivir en un meridiano más cálido, en una casa llena de pies y manos, de bocas y narices, de pelos, de cuatro patas deambulando por ahí, una casa con patio y cocina, con olor a comida en los horarios permitidos, con perfume a sándalo en las noches de verano, con risas pintando los rincones, paredes de colores, el sol y la luna peleándose todos los días por entrar, ventanales, cortinas etéreas, mis pies descalzos en el patio besando la noche.
Mis fracasos en el amor me dan frío, y en este iglú la única manta que tengo no alcanza a tapar mis pies.
No soy infeliz. Sólo respiro momentos, me inquieto demasiado por lo que vendrá. Las etapas de incertidumbre me pesan como una losa de mil kilos sobre mi espalda, no los soporto y quiero dar el salto hacia el the end. Sé que es imposible, que debo aprender. El aprendizaje es eterno y nunca llega el día de decir “confieso que he vivido”, me levanto todas las mañanas y digo “confieso que estoy viviendo”. Hay frases peores: “Hago lo que puedo”
Por eso escribo, como una manera de acallar todas mis suposiciones, es el lugar en donde rescato mis sueños y vuelvo a ser yo. Esperanzada, eternamente enamorada, alegre, atrevida, despreocupada, risueña. Nunca debería haber hecho huelga de escritura ni abandonado mi yo, que a veces es tan fuerte y tan débil, como el viento tempestuoso que arrasa con todo y luego simplemente deja de existir.

Estuve dormida muchos años y lamentablemente a veces los recuerdo como los mejores.
Años despojados de pasiones, ausente de mis sentimientos, sin sobresaltos, ni grandes emociones, ni grandes metas o sueños. Años anestesiados. Ah, qué bueno es eso, la rutina y la inercia, es como vivir tomando somníferos desde la mañana a la noche.
Una hoja era la oportunidad para anotar la lista del mercado, no más. Las charlas cotidianas eran meras conjeturas sobre la cuota del auto o los dientes bajo la almohada para el ratón Pérez.
La cama el mejor lugar del mundo para dormir y jugar al mírame y no me toques. El borde del colchón un precipicio, del otro lado una selva llena de animales peligrosos, el lugar en donde yo creía estaba mi compañero, era ocupado por un desconocido.
Y yo, cual Alicia, sin poder escapar de ese país maravilloso.
Así lo tuve todo, lo más vacío del universo……..

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Salute

Philip Wilson Steer
English
1860 – 1942
“Jeune femme sur la plage”

Hay veces que las cosas en mi vida empiezan con un libro, con música en la cabeza, y siempre cerca del mar.
Recuerdo mis años alejada del mar como los de más sequía en mi vida. Es así, como un fin de año en el 2007, con un libro en mi mano, y con el mar a mis pies, decidí tomar uno de los rumbos más difíciles en la vida de una persona. Separarme.
Separarse trae siempre consecuencias insospechadas. Uno se separa de otra persona pero también uno comienza a acercarse a quién es verdaderamente uno.
Es un camino largo, pocas veces se puede hacer de manera fast. Cuanto más fast lo quiere hacer uno, más rápido y furioso termina todo, como en la película. Choques contra el mundo y contra uno mismo, heridas y golpes, que tardan más en cicatrizar.
Separarse muchas veces es despegarse, es tomar una bifurcación sin el otro, y la soledad -terrible al principio-, a veces se convierte en la mejor amiga en cualquier noche a principios de otoño.
Debería haber una ley que dijera que de la separación al enamoramiento hay que dejar pasar al menos un año. En tal caso cualquier salto cuántico de una separación a otra relación de manera inmediata, puede llegar a tener consecuencias no muy deseadas.
Tal vez, este diciembre, recuerde ese de hace cuatro años por la afinidad de paz interior, apenas ahogada por sentimientos de dolor que van y vienen haciendo saltar las lágrimas y el pulso.
Fin de año es un día más, pero a veces coincide con alguna reformulación que nos hayamos planteado unos días antes, ante la necesidad imperiosa de cambiar, de mover la situación y de ponernos nuevas metas. Un nuevo trabajo, una nueva relación con otra persona o con uno mismo, afirmaciones sobre cómo queremos estar y sobre cómo definitivamente no queremos volver a estar nunca. La respuesta es siempre BIEN. Nadie en su sano juicio quiere estar mal.
Entonces es cuando damos el salto, a veces no sabemos bien hacia dónde, hacia quién –tratemos que sea hacia nosotros mismos- o cómo resultarán las cosas.
Lo seguro es que, a lo que deseé ese día a la orilla del mar, le tengo que hacer unos ajustes, o todos los ajustes, porque sencillamente no soy la misma, y todos los caracoles que junté durante estos cuatro años a orillas de diversas playas, ya no son suficientes.
No hay momento en mi vida que no se haya cumplido lo que deseara. Soy afortunada. Aunque hay muchos otros en los que no pude mantener el deseo, dudé, retrocedí, me desvié del camino de la afirmación y caí como muchos en el pesimismo, la redundancia del recuerdo doloroso, el no poder avanzar, el no poder perdonarse. No es que no se cumplan las cosas, es que hay veces que…..es necesario errar.
Uno de los tips para rescatar momentos de felicidad, dicen algunos, es tener algunos minutos al día para conectarse con uno mismo. Guau!! Nada fácil cuando en realidad la mayoría de la población –salvo los monjes tibetanos, algunos budistas y otra gente espiritualmente centrada, no es mi caso- en realidad pone todo en la conexión con el otro. Y es ahí donde caemos. Porque el otro no es más que una mesa con tres patas, la misma clase de mesa que somos nosotros.
Mi momento de conexión es éste, frente al teclado, en una página de Word en blanco, sentada en el banco de una plaza al finalizar mi jornada laboral, cuando me acuesto y apoyo la cabeza en la almohada diciendo gracias aunque el día fue un desastre, o simplemente cuando logro dejar ir, dejar de preguntar, de forzar, de imponerme, acallo la mente, y dejo que el corazón sienta, porque en definitiva eso es lo que somos.
Hoy vuelvo al mismo mar, a otros libros, otros deseos, nuevas metas, nuevas realidades y la certeza de que cualquier camino es medianamente difícil. Lo fácil es sólo un espejismo que nos distrae sólo  por un tiempo.
Este es mi humilde brindis, dedicado a aquellos que buscan incansablemente, a los que no temen desnudarse frente al mar cualquier tarde de Abril, a los que aman en silencio, a los que lo dicen a los cuatro vientos, a los que se animan a cambiar, a los que amanecen sin rencores, a los que aprendieron a perdonarse a sí mismos.
Salute.

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Frente al mar

Scott Mattlin – Winter Morning

Veinte y treinta. El atardecer cae en la ciudad silenciosa, llena de feriados administrativos. Los vehículos comulgan una huelga junto con sus dueños, y dejan descansar al asfalto de tanto trajín de bocinas y rodados.

Los carrillones de la tienda no suenan, la brisa se niega a crear la música, y el silencio se vuelve  más ensordecedor.

Tomo las gotas del perdón, o del alivio, de la calma, pensando que mi corazón afligido tendrá un momento de respiro. Me doy cuenta de que siempre llego en mal momento.

Hace cuatro días que mis ojos se niegan a dejar caer una lágrima. La razón les dice que ya es suficiente, el corazón se repliega aún más, y ya me parezco a una tortuga con caparazón de hierro y muy arrugada por dentro.

Me da miedo mirarme. Repito las gotas, el perdón llega de alguna parte, me retuerzo y caigo rendida ante mi propio llanto, que sale como catarata, llanto mudo que es peor que un grito. El baño de mi tienda me escucha sin poder hacer nada.

No puedo volver a mi casa, necesito el bálsamo de la naturaleza bajo mis pies.

Cargo combustible. Aún me puedo dar ese lujo. Mierda que sale caro. La aguja apenas se mueve por sobre el medio tanque con ciento cincuenta pesos de súper, cualquier otra cosa que siga plus, “v” algo o que tenga números romanos es prohibitivo.

Hago una pequeña selección de música: Gato Barbieri,  Neil Young, Joao y Bebel Gilberto. Sólo me falta un poema de Alfonsina Storni para estar en el infierno.

No le temo al dolor, estoy dispuesta a hacer mi diminuto retiro para dejarlo salir. Me compongo, seco mis ojos y decido tomar la ruta que me lleva a la playa. El trayecto es como un árbol de navidad encendido, miles de luces de frente me recuerdan que hay gente que vuelve de su descanso navideño. Estoy tan acostumbrada a no tener nada de eso que ni me planteo  el por qué corno “vacación” y  “descanso” huyeron de mi vocabulario.

Me resuenan las palabras de la tarde: “Vos la embarraste”, “Tuve miedo”, dije entre hipos. Las palabras de consuelo no existen, tal vez porque ya no hay consuelo.

Es tiempo de cosecha. Las maquinarias trabajan aún de noche.  Entre el trabajo de campo y el calor del verano, la ruta es un campo minado de polvillo y bicherío que se va pegando al parabrisas. Contengo las lágrimas, afirmo el volante y reduzco la velocidad.

Me detengo en Harvest Moon, la escucho una y otra vez, embelesada.  “Cuando éramos extraños, yo te miraba de lejos…., cuando éramos amantes yo te amaba con todo mi corazón.”

Una de las mayores atracciones de la ruta Tres Arroyos – Claromecó, es una  gran curva, dicen los parroquianos exagerados: la más larga. Les puedo asegurar que para mí anoche fue eterna. “ Because I’m still in love with you, I want to see you dance again”.

Busco la luna, ya había encontrado la cosecha. Casi invisible, sobre un costado, delgada línea curva que desapareció del firmamento en cuanto llegué.

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Dolor

Kimberly Dow Charity

Abrí mi corazón

Deshojando horas de espera

Con paciencia infinita

Reconstruyendo castillos ajados

Sumando olas al mar calmado

Caricias en el crepúsculo

Y pequeños sueños pegados

En la pared de una cocina.

El tiempo que todo lo arregla

Se deshace en pedazos ante

El hombre disfrazado que todo lo destruye.

Sin entender me hallo

Otra vez con una herida

Doble y mortal,

Despiadadamente abierta y supurante.

Me retiro a alguna morada

Donde sola y desnuda me cobijaré

Durante las horas que se hacen más lentas

Mientras,

Mi corazón desangrado llora

Rescatándose de sus heridas.

Yo

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Qué buscás?

Andy Thomas – Nancy

Prendo un cigarette, fumo y espero que alguna idea se me suba a la cabeza, o un torpedo, para el caso es lo mismo. Hay veces que la ausencia de ideas implica sobredosis de pensamientos disparatados, sobre el futuro, sobre el pasado, auto reproches, auto culpas, auto locura, divagues que distraen del hoy.

Volviendo a los vicios, lo más triste del cigarrillo y de esta década que es que ya está out.

La avalancha de vida saludable acosa desde los cuatro puntos cardinales, desde consumir yerba y azúcar orgánicos, desterrar bolsitas y aerosoles, reemplazar todo lo blanco por algo que sea oscuro e integral, hasta poner algo que ionice el ambiente, como si eso bastara para aplacar las malas vibras que no solo vienen con el humo del tabaco.

Tal vez  mi cigarette y yo no seamos más que objetos retro en esta nueva era que ya superó lejos lo new age.  Para mi definitivamente es la era AUTO: auto placer, auto conocimiento, auto abastecerse, auto mantenerse, auto satisfacerse, autonomía.

Por eso es que no me resulta tan extraño que haya tantas personas que digan que son  autosuficientes, en un universo que se va transformando cada vez en más individualista.

Sí, yo he tenido ese discurso.

Últimamente los únicos que parecen padecer del amor –algo que dista mucho de ser individual o autosuficiente- siguen siendo los adolescentes, quienes con frugales romances de cuarenta y ocho horas creen en lo que todos hemos pensado alguno de esos días de insoportable sufrimiento: la vida es una mierda. Nadie quiere sufrir por amor.

Y los adultos como estamos? Hay varias categorías: resignados, sin compromiso, toco y me voy, sin disponibilidad horaria, ya he sufrido bastante, aprendí a estar solo, vamos viendo, y en la porción diez por ciento de la torta gente que ha logrado lo que parece imposible: sostener su individualidad conviviendo con otra.

Pero creo que les dije, lo mío va por lo retro. Prendo otro cigarrillo suave y sigo divagando.

Miro la hoja en blanco desde hace unos cuantos días. Parece como esas playas vírgenes al amanecer, sin huellas de rodados ni de humanos, sólo apenas algunas huellas de gaviotas oficiando de renglones, marcando el sudeste, o algún punto cardinal llamado destino.

Los días pacíficos han llegado otra vez a mi vida, y los recibo como lluvia fría en una tarde de verano. El corazón late lo suficientemente ágil como para sostener que estoy viva. Mi cara llena de expresiones, mantiene el marco en donde se cobijan los mismos ojos en donde me miro cada día, tratando de no decirme algo como: Estás loca hermana.

Doy dos pasos para adelante y uno para atrás, y la voz de mi madre suena a lo lejos: “Qué es lo que buscás?”.

Nunca le pude responder. Ella se desesperaba con mis cambios y no soportaba la idea de que no tuviera la misma casa, el mismo hombre e igual trabajo para toda la vida.  Había que esperar a morirse y volver a barajar en la reencarnación?  Tal vez la respuesta más adecuada sería: No conformarme. Si queremos una respuesta más filosófica: Evolucionar. Para ser más prácticos: no sé.

Algo que en esta vida puedo afirmar es que no sé. Puedo definir un poquito la dirección, hacer un toque, decir una frase, sonreír, apoyar, estar, amar, parir, no dejar de comer, trabajar por gusto, meterme al mar como si fuera la última vez; pero lo cierto es que cada noche cuando apoyo la cabeza en la almohada no sé.

No sé si mi trabajo va a durar uno o más años, si querré vivir siempre en la misma ciudad, si alguna vez me tiraré de un paracaídas, si el romance tocará mi puerta, si mis amigas me soportarán por siempre, si mis hijos me seguirán aceptando, si mañana va a llover o qué voy a cocinar hoy a la noche. Pero si lo supiera, no sería terriblemente aburrido todo?

Por una de esas cosas de las fiestas, las navidades como le dicen, tuve unos cinco minutos de sentimentalismo y quise ver mis fotos de chica, las cuales obviamente no están en mi poder. No sé qué respuesta buscaba en esas fotos amarillentas. Puse expectativas de que mi propio yo de hace más de treinta años supiera más que mi versión actual, y tal vez pudiera responder estoicamente a la pregunta de mi madre: qué buscás?

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La fuerza de la raiz

Connie Renner – Undecided

Matar al pasado para que no vuelva

Engañarlo forzando al futuro

Enterrar cajas con fotos

Humedecer el espejo para no ver

Tus ojos en los míos

Encontrarlos en la calle

Y huir

Saberse amado

Con dolor

Amar con más dolor

Probar suerte nuevamente

Y echar las monedas

Retirarse ante el más mínimo

Pellizco en el corazón

Huir para cuidar

Descuidarse

Arrancar una planta de cuajo

Para que Dios

Irónicamente se ría

Al ver que quedó

Una punta de raíz

Que nacerá de nuevo.

Yo

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Matar la mente

Sultry Breeze Connie Renner

Tal vez una de las mejores maneras de acallar mi mente sea escribiendo. Admiro profundamente a la gente que hace meditación. Dicen que es una de las mejores maneras de controlar la mente, esa misma cosa o sujeto casi podríamos decir, que nos engaña constantemente, nos juega malas pasadas y trata de acallar los sentimientos.

Otra manera genial de acallar la mente es dormir, abarrotarse de actividades que la ocupen, tomar somníferos, drogas, alcohol. Llega un punto en que uno realmente quisiera ponerse un revolver en la cabeza para matarla y seguir viviendo sin ella.

La misma mente que nos ayuda a llegar a fin de mes, sacar la cuenta de cuánto dinero necesitamos, pagar los impuestos, leer una receta de cocina, acordarnos de nuestros amigos, esa misma mente se convierte en enemiga cuando no sabe qué hacer con los sentimientos. Los sentimientos sin cause, sin respuesta, sin destinatario, sentimientos engañados, encontrados, descorazonados.


La mente juega con nosotros en la medida que la desatamos. Se ríe, nos hace sentir cosas que no debemos permitirnos, nos obnubila, nubla las visiones de los sentimientos, nos engaña y nos hace actuar como seres irracionales. Mientras tanto el corazón sufre los propios avatares y las consecuencias de lo pensado y lo actuado según ese sujeto mental, que no es más que una parte de nosotros mismos.

Es allí cuando sabemos que lo hemos arruinado todo. Todo por no saber acallarla. Se puede amar con la mente? No. Se puede controlar un sentimiento con la mente? Solo temporalmente. Se puede luchar con la mente? Solo son juegos, en donde el corazón sufre y la mente se ríe diabólicamente.

No quiero paralizarme, eso dice mi mente, también dice que debo huir de mis sentimientos que no son más que arañazos para los demás y para mí misma. El duelo de la propia muerte es casi eterno. Volver a nacer con la mente despejada, en paz y amorosamente para con uno mismo exige más perdón del que tengo para mí misma.

Tal vez ahí está el problema, debo perdonarme primero antes de siquiera pedir disculpas por los actos atolondrados de una mente traicionera. He leído muchas veces que no hay que temer a equivocarse, que el error es el que nos hace crecer. El control que ejercemos mi persona y mi mente sobre el resto de mis órganos vitales y espirituales hacen de mi vida tan solo un infierno, infierno del cual no alcanzo a escapar a tiempo.

Soy mi propia enemiga, yo y mi mente. Mientras tanto, mi corazón intenta sobrevivir de alguna manera, descuidado por su dueña y el amor que no vendrá.

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Archivos

Paul Marcoux Miroir XCIV

Estás en una carpeta, un archivo, dentro de mi mente.

Momentos fugaces de felicidad incompletos. Amaneceres escuchando los acordes de una guitarra. Tus dedos alargados y finos, las uñas largas acariciando las cuerdas, haciendo sonar al  universo, acompañando el compás del sol tibio.

Las cortinas corridas, permitiendo al día entrar. El silencio compartido en un mar de caricias, breves, cortas, limitadas.

La intensidad y los avatares acortan los tiempos. Ilusiones y muros conteniendo. Tiempo escueto. Yo ansiaba la paz. Vos te sublevabas ante mis deseos.

Otra mañana de ensueño. Me levanto. Recibo el desayuno como un regalo de los dioses. A los acordes se suma tu voz, que dejó de ser suave para convertirse en grave y contundente. Música de amor, desconocida.

Siento que no estoy ni sentada, ni parada ni presente, aún así escucho. Me armo mi propio sueño, quiero volver a la realidad y no puedo.

Todo acabó. El archivo se cierra. Cerrado por duelo.

Los tiempos no se corresponden a las necesidades, ni las realidades a los sueños. Pensé que estaba preparada, es mi culpa, tal vez no, es lo que tenía que suceder. Cargo con la mochila otra vez con tal de no culpar al destino inexistente.

Desciendo nuevamente los escalones.

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Danielle Richard Avec le temps

La espera trae nuevamente la misma y fatídica pregunta:

El por qué de las horas.

Espero atada, petrificada, sin poder ejercer acción sobre mi destino.

Esperar unas cuantas horas desparramadas sobre otros tantos días,

Hace nacer en mí, la necesidad de huir

Y dejar ya sin efecto el castigo por haber vuelto

La vuelta sin llegada

A medias

Sin recepción ni bienvenida

Cargada de reproches

Despojando esta historia de amor mínimo

A la cual quisiera abandonar inmediatamente

Mediante un step al más allá

Mi corazón se resiste

Me suelto, recluyo, cobijo, vuelo, avanzo, retrocedo

Con el mismo efímero optimismo

Ocultando todo lo que me da miedo de vos.

Yo

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Suaves acordes

William Wolk -Summer Dreams

El alma se aquieta

Suaves acordes acarician la ruta

Ancha e ilimitada que espera

Verdes, ocres, sierras

Figuras de algodón

Colgadas del firmamento

Cada kilómetro sella la distancia

Que trae el retorno

Del sol tibio que templa mi corazón

De lejos distingo huellas

De andar y de caminar

Las primeras aún se divisan

Con la luz de la luna

Y las segundas

Quedaron ciegas y lejos

Muy lejos de este asfalto.

Yo

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Arrivederci

Roger Edward Kuntz
Interior with Figure

Una cena fría y tardía. Una noche destemplada, un amanecer lluvioso, un atado de cigarrillos después y sale el sol. La música inunda mi casa. Me dan ganas nuevamente de enviar mensajes y de reunirme con la gente que me hace bien. Mis amigas, mis hijos. Mis alegrías.

Por unos días volví a ser la persona taciturna, enojada, a la espera, malhumorada que fui hace un año. Pero si yo no soy asi!!

Y allí es donde luego de quince días de revisión sobre el amor, otra vez me pregunto: el amor te hace perder la cabeza?

Sí, hay amores que te hacen perder la cabeza y el rumbo, los vez como amores profundos porque todo fue profundo: las lágrimas, las esperas, los dolores, las no aceptaciones, los reencuentros, las desesperaciones, el no entender. Te sentís poco, insuficiente, no amada, y no hay nada que puedas hacer.

Rectifico casi todo lo que puse antes, hay que tener cuidado con las pasiones y de donde provienen. Provienen de la desesperanza y la imposibilidad o del amor y el juego?

Subo más la música y el sol entra por toda la casa. Quiero limpiarla y perfumarla, sacarle la mufa de haber estado el dia encerrada pensando y rumiando cuestiones que debe uno cerrar inmediatamente antes de que ocasionen peligros mayores.

Hoy tal vez es el dia. Que trae el recuerdo y la vuelta si no es más incertidumbres, miradas vacías, esperas, falta de compromiso, besos robados y escuetos dados a cuenta gotas?

Acaso la ilusión de que todo va a cambiar? El otro va a cambiar? Las esencias no se pierden y está bien que sea asi. Si ayer me planteaba que no debo tomar decisiones apresuradas,  hoy ya me planteo resolverlo ya para salvarme antes de que me tape. Pude hacerlo una vez, lo hare otra.

Me miro en el espejo y me veo bella, quiero inundarme de caricias eternas, de palmadas cálidas que digan que todo va a salir bien.

Actitud. Coraje. Estima.

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Divagaciones …..

Kimberly Dow Pensive

Hay varias cosas que nos pueden salvar de la locura, todas requieren de esfuerzo. Personalmente no tengo la receta. Pero si puedo afirmar que para salvarse de la locura lo primero que hay que hacer es correr millones de años luz del sujeto-objeto o situación que nos cause locura.

No hay con qué darle, cuánta locura es saludable en estos tiempos?

Si no sos loco -una pizca al menos-  no sobresalís, no avanzás, no te jugás, no sos creativo,  pero también es cierto que podés perder, equivocarte y tener que retroceder.

Vivir de manera monótona, calculando paso por paso costo y beneficio,  midiendo sentimientos  y priorizando practicidades es muy segur.  De hecho me he colgado por varios tramos de mi vida a vivir de esa manera. Es la manera de vivir práctica, conservadora y segura. Lo único que te puede trastornar es que justo para Navidad se te caiga una estrella fugaz encima o que el lunes al ir al mercado la inflación te queme la cabeza.

Por otro lado recuerdo aquel supuesto y trucho orden espiritual vacío de creatividades y de motivaciones que tuve hace muy poco tiempo, y lo comparo con este momento de incertidumbre –aunque seamos sinceros tampoco es que mi creatividad sea súper, es lo que hay-, Y yo me pregunto:  me tengo que quedar con este caos? Es transitorio? Si consigo estabilidad dejaré de delirar mediante palabras?

Will Barnet Woman and the Sea

Maldigo el momento en el que comencé a fumar nuevamente. En mi anterior estado que me duró la friolera de cinco semanas –y no se si no exagero-, mi cuota diaria de nicotina se redujo a dos cigarrillos diarios. Comía apropiadamente, mi voz se escuchaba casi como un compás de violín aletargado, le  sonreía incluso hasta a la viejita que me pidió le fraccionara cincuenta gramos de semillas de diez variedades distintas o al remisero que me apuraba con el auto atrás en plena avenida.

Hoy vuelvo a fumar escondida en el baño de mi tienda naturista, en los rincones de mi casa linderos con el patio –odio el olor a cigarrillo-, y cada pitada tiende indiscutiblemente a absorber algo que sea cordura, respuestas inmediatas –que pelotudez- y claridad mental –bueh, qué es eso?.  Ese es el problema mío: absorber.

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La nota

Edward Hopper

Llegué al departamento,  introduje la llave y la puerta cedió suavemente.

Era una de esas puertas con cerraduras berretas, de las que se pueden abrir casi con cualquier cosa metálica. Me inundó el olor a encierro de apenas dos días.

La gata, que me quería a pesar de mi desapego, comenzó a maullar latosamente pidiendo por comida.

Sentí que no faltaba nadie. El lugar estaba como debía estar: con soledades que danzaban entre las penumbras de la tardecita.

Busqué el papel dentro de mi cartera. Había preparado una breve despedida, nada extenso, sólo definitivo.

En vano hurgué en los diversos bolsillos buscando la misiva ausente que se burlaba de mí.

Miré la llave en mi mano, la dejé sobre la mesa azul y partí.

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Redimiendo lo perdido

Harvest Home                                 11×13″ oil on panel                                        1985

William Whitaker

Perder.

Liberarse del osito de peluche

Que velaba mis noches.

Encontrar de casualidad

El zapatito de bebé

De los hijos que ya no voy a parir.

Perder por olvido

La entrada de teatro

Para esa noche de compromiso.

Encontrarse, con esfuerzo.

Volver a perderse por impulsividad.

Late el olvido silencioso

Mientras lo perdido

Araña al tiempo

Haciéndose recuerdo.

Olvidar casi de prepo

Y perder nuevamente,

Hasta que el olvido

Retorne redimido

Y encuentre en lo perdido

Lo que no estaba tan olvidado

Sino tan solo bien guardado.

Yo

Magic Carpet                        15×15″ oil on board                              1981   

William Whitaker

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Autoayuda

Carlo Caramelli Italian Born 1926 “Danae”

Es domingo a la noche, te acostás. Leés un rato. Estás leyendo “Autoayuda” de Lorrie Moore.  El libro te lo presta un compañero de taller literario, advertido sobre el hecho de que no podés parar de leerlo en los minutos libres. Quedás fascinada por su forma de escribir. Intentás copiarla.  Aún no te das cuenta del trastorno que es ponerle acento a todos los modismos argentinos. Casi que te das por vencida.

Leés apenas un poco, mirás la hora y te decidís a dormir. Como hasta  hace un tiempo hacías, volvés a agradecer por las noches. Sentís que  todo está en orden, todo vuelve a su lugar y el agradecimiento también. Agradecés por el día, por tus hijos, por el novio de tu hija, por tus amigas, por el descanso, por la supuesta claridad mental, por poder seguir sorteando obstáculos.

Cerrás los ojos, pero tu mente divaga a una velocidad aproximada de trescientos kilómetros por hora. Empiezan a surgir las palabras y recordás que te aconsejaron tener una libreta al lado de la cama para anotar lo más importante. Lo que redactás en tu mente es perfecto, parece un libro hermoso. Al día siguiente se irá, y nunca sabrás lo que pensaste.

No vas tan lejos, sabes que se irá en el tiempo que tardes en levantarte y prender la Notebook para escribir. Falta mucho para que diseñen algo que imprima los pensamientos nocturnos, mientras tanto no te queda otra más que levantarte o imperiosamente decirle a tu mente que se acalle.

Elegís lo primero. Tarda en prender. Se enciende. Revisás el correo como algo mecánico, encontrás un correo de tu última relación fugaz. Aún insiste con desintegrarte. Lo mandás al spam. Lo mandás a la mierda que es lo mismo. Ya está muerto. No es la primera vez que asesinás a alguien.

Cerrás  los ojos y pensás en los últimos meses. Cada uno de los días correspondientes a los ocho, diez, once meses fuiste fiel sin darte cuenta. Mientras intentás escapar en otros minutos robados, tu corazón late en el mismo lugar de siempre. Nada es serio, ni tiene tanto sentido. Te das cuenta de que el año pasa sin pena ni gloria. De pronto un flash, llega una persona que ya está en tu vida como un mentor. Te preguntas si realmente existe tal cosa. Es el mismo tipo del spam, claro.

Le tenés respeto, consideración, hasta cierta simpatía. No te atrae verdaderamente, no pensás en eso. El tiene la llave de todos tus pensamientos, sabe desde qué desayunás hasta que deseás, o al menos eso cree.

También sabe de tu anterior amor y te lo recuerda todas las veces que puede. No es necesario. Se comporta como un artista de la magia oscura. Lo dejás entrar con ingenuidad,  unas cuantas afinidades no alcanzan a poner magia donde no la hay. Un par de cenas y otro par de salidas no te confunden. Estás tranquila, nada te desborda, ni te acelera, tenés el control de la situación, como un fumador de dos cigarrillos diarios que lo deja cuando quiere. Usás tu cinismo para defenderte, es tu peor costado y lo sabés.

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El arte de la ilusión

Daniel Garber “Morning Light”

Luego de que la ilusión se evaporara como por arte de magia, por arte de la realidad psicodélica que establece que hay situaciones que no deben ser, luego de esas breves vacaciones en un lugar absolutamente inexistente, la realidad golpea de la forma más descarada y es cuando necesito el abrazo, no cualquiera, sino ese abrazo que sale de otra ilusión irrealizada del pasado.

Escucho poetas muertos cantar con acordes tenebrosos en alguno de mis parlantes situados en mi nuevo trabajo, se suman a los acordes un té abandonado en la mesa, el lugar donde iba apoyando mis lecturas cotidianas, alegre, despojada del pasado y del presente. El equilibrio estaba a punto para ser disfrutado, mediante olores y sabores, condimentos, arroces exóticos, muebles blancos, naranjas intensos brillando desde algún rincón, y el abrazo que sigue sin aparecer.

 La soledad viene a matar nuevamente desde todos los rincones, y los templos se silencian de murmullos y cánticos.

El error golpea una vez más, y me hace preguntar en la reincidencia de algunas conductas, en la pérdida del equilibrio, en por qué no vi el escalón cuando estaba marcado con tinta fluorescente.  No se puede volver atrás ni permanecer estático, sólo queda mirar a algún punto en la pared blanca que muda no dice nada.

Quiero subirme a un precipicio y gritar tan fuerte que mis cuerdas vocales se despeguen, quiero gritarle a la injusticia de los errores propios, insultarla, despotricarla;  quiero enterrarme y no saber más nada de mí ni de mis propios fantasmas.  Quiero extirpar quien fui, las pasiones desatadas que me enterraron, descargar mochilas y nacer de nuevo. Cuántas veces se puede volver a nacer?

Mientras pienso en el abrazo que enloquece mi deseo de que se haga realidad, aun sabiendo que es a costa de revivir viejas pasiones que nunca debieran ser despertadas.

Tal vez sea cierto, de todas maneras, la siniestra tranquilidad artificial tiene fecha de vencimiento muy corta y ante el derrumbe de una sola de sus estructuras todo vuelve al caos original.

Ese caos en donde los sentimientos se licúan, las confusiones aparecen de una manera despiadada, burlándose de nosotros, siendo pequeñas realidades que podrían ser espejismos o sentimientos que explotan ante tanta presión por encubrirlos.

Mi sangre bulle otra vez, cierro los ojos, veo el abrazo inalcanzable, la sensación de contención no llega, y otra vez a lo mismo.

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En blanco y negro

Jean-Louis Courteau “Rêverie”

Es fácil, hoy parece fácil.

Me paro aquí y miro mi vida pasada como si fuera una película.

Película muda, en blanco y negro,

Con algunos saltos y cortes

Que obvien la obligatoriedad de rever algunos tramos.

La banda sonora no alcanzó la dimensión musical

Y sólo se la pudo calificar de ruido formado por golpes secos

Y huecos que acentuaron burdos intentos

De forjar algún guión creíble.

El final llega abruptamente

Y deja a los actores secundarios

Estupefactos y estúpidos

La protagonista sale de la pantalla

Y se tiñe de colores

Sabores, aromas y amores.

Yo

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Ser otra cosa

Jack Vettriano

 

Jack Vettriano’s Web Site: http://jackvettriano.com
“Suddenly One Summer”

“Ser algo que no me lleve a la autodestrucción.

Lo miro mientras sigue gritando algo que no comprendo.

Mi boca cerrada, mis manos juntas y mi mirada fija en algún punto lejano,

marcan la postura de la autodefensa.

Sí, estamos es en auto, dicho sea de paso.

El no me quiere ver más, para ser precisos nunca más.

Saco cuentas, nunca más será mañana antes del mediodía,

cuando la desilusión temprana anochezca

 y él pruebe algún paso de comedia que me haga reír.

De momento mañana no llega,

yo sigo en el auto en movimiento

apelando a cualquier tipo de autoayuda que impida

que se me escape una carcajada irónica.

Ganas no me faltaron.

Pero entre la dureza del asfalto y la de sus palabras,

tristemente elijo la segunda.

El se autodestruye y yo por fin logro ser algo,

otra cosa”.

Yo

David Ligare Woman in a Greek Chair

Tamaña pregunta que tal vez desencadenen otras preguntas. Qué es perder la cabeza?

Sentir el corazón latiendo a dos mil, perder el apetito, perder el aliento, perder el espacio –todo temporalmente o no?- para brindárselo de lleno al ser amado, esté presente o no, con pensamientos, deseos, sueños. Escribir notas de amor, palabras de amor, canciones de amor, mezclar esencias, jugos, vientos, juntar cartas, reposar ensoñando, soñar despierto y soñar dormido, tener ganas de llorar, de cantar, reír, estar exultante, contento, desbordado, apasionado, sentirse rey o reina por un tiempo no delimitado por el reloj, sentirse único, feliz, volátil, expresivo, vergonzoso, perder las vergüenzas, nadar en el goce, no saber nada ni entender nada, perder referencias, horarios, llaves, lugares, nociones. Sentir calor extremo, o piel de gallina, o frío en la espalda, el pecho turgente, la mirada incandescente, sentirse inmortal, desfallecer, perder el equilibrio,  sentir inseguridades….

Esperar que llegue, que llame, nos abrace, sentirnos vivos, estar callados en calma, sentir el bálsamo del amor que nos cura, confiar, estar….

La lista es infinita de acuerdo a quien la sufra o quien la viva, desandando caminos conocidos para sumirse en nuevos caminos fangosos.

Alex Colville Woman Carrying Canoe

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Apuntes del día

Marc Chagall “The Bride and Groom of the Eiffel Tower”

Llueve. Aún no estoy segura de hacia dónde me llevará este experimento de escribir nuevamente cosas personales. Tuve tantos intentos y todos quemados o tirados que realmente sospecho que esta vez seguirá el mismo curso.

No estoy cansada, ni abrumada, ni con dolor de cabeza, ni con el corazón a dos mil. Mis días están tan tranquilos que realmente casi me hallo perdida.

Ayer fui a ver a Carlos, mi terapista floral, como lo llamo inapropiadamente. Seguro será algo así como Carlos: Terapia con flores de Bach. Terapista es una palabra inventada por mí que no se aplica al caso. El caso….. es que luego de once años no hago más diván.  Las razones? Razones de fuerza mayor. Entonces, “mi único terapista”, aunque me atiende una vez por mes, es en estos momentos mi oreja más preciada, la misma que ayer me recomedó que comenzara a escribir nuevamente.  En realidad el “nuevamente” está casi demás. Hace tiempo que no dejo de escribir de continuo –mi última gran autocensura duró desde los veinte tantos  a los treinta y pico largos-, aunque hace un mes que dejé de escribir con fuerza, muy a pesar y muy en contraposición con lo que realmente sucede en mi vida.

Es hora. Es hora de disfrutar de mis sueños cumplidos y de soñar nuevos. Será que uno se acostumbra de pronto a no cumplir nunca los objetivos, a no agradecer, a no creer? Es el momento de darme unas hermosas palmadas en la espalda y lo que hago es mirar expectante el techo para ver si se va a caer! Esta cuestión pesimista arraigada en mi ser de que todo va a salir mal en algún momento.

Jean Mannheim”Passing Ships”

No puedo dejar de recordar – aún no termino de sacar algunas raíces de malezas en mi alma -episodios en donde el dia soleado y hermoso de mi infancia terminaba indefectiblemente en desastre, porque así tenía que ser. A veces creo que en mi familia anterior “ser feliz” o al menos intentarlo era un ataque contra la vida, la vida que si es sufrida vale la pena…..

Y de pronto hoy, a muchos años de haber vivido sin vivir realmente toda una jornada completa de bienestar, es que tengo muchas, una detrás de otra. Tengo el amor por las mañanas, mi trabajo soñado y tranquilo, el amor de mis amigas, el de mis hijos, las carcajadas, la ausencia total de adrenalina económica –cada vez necesito menos-, un proyecto individual, otros en conjunto. Hoy que aprendí a estar sola y a pesar de ello elijo no estarlo, que alguien me recuerda mis rebeldías y sinceridades, mi esencia, y encima tiene el descaro de amarme como soy.  Hoy que voy recuperando las creencias que una a una me dejé arrancar por gente escéptica, con la seguridad de que es mi verdad y existe, no me importa lo que digan los apocalípticos y miedosos de la vida.  Hoy que salgo a la calle y la gente sigue sin creer en el amor, ni en los logros o en el esfuerzo, en la lucha por la utopía, y en hacerlas realidad tapando con culpa al resto de los mortales, hoy que me aparto de todo eso para comenzar a vivir como se debe…..

Diez de la mañana, no me di cuenta. Mi tarea era hacer nada más que alguna nota dispersa con lo que me ocurre y terminé pariendo palabras desordenadamente. Me siento feliz, los sueños aún viven en mí junto con las palabras, y vuelvo a ser quien debo ser. Esa mirada que yo tenía hace muchos años cuando creía que tenía todo por delante  vuelve a mi …..

Dejo de escribir y agradezco la lluvia de esta mañana que me permite escribir y  agradezco la noche que me permitió soñar.

Cheryl Fortier Passages

Bueno… Que pregunta, depende.

Si me preguntan a mí, basta con un lugar, un personaje o dos, una lapicera y algunos renglones libres en alguna libreta gastada..

Pero para que sea una de “mis historias” necesito:

Mar:  preferentemente en mi país, si es con acantilados mejor, sino con bastos e interminables médanos y nada de civilización, antenas y ruidos.

Música de fondo a elegir según el dia, el humor y la época.

Una mujer que indefectiblemente lleve el pelo suelto y un vestido largo que se hamaque con el viento. Con su cara limpia y fresca, con arrugas de tanto llorar y reír, ojos brillantes y sueños pegados en la piel disimulados por lunares desparramados en su cuerpo.

De haber un hombre en la historia, es menester que conozca ese número de sueños –perdón, de lunares-, que será de varias cifras y habrá contado con paciencia durante muchas noches de amor e insomnio.

 Una casa en la playa, si es posible de madera y blanca.

Un faro a lo lejos, que indique la partida y la llegada.

Una cocina llena de condimentos que amarre al alma y a los sentidos.

Un hogar con leños, un baúl, una manta, el sillón al lado de la ventana…

Y lo más importante: ella que “deja ir” frente al mar.

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Cómo dibujar una rayuela?

Hopscotch. © Cherina Hadley

Según algunos ingenieros desertores de la NASA, una rayuela debe dibujarse en la primera noche de luna nueva del mes de septiembre de un año bisiesto.

Eso no sin antes haberse apropiado por algún método ilícito, de los planos con los cálculos exactos sobre su dimensión y orientación.

Hay tiempo, si no es en el 2012 será en el 2016.

Dice la primera parte del manual que se adjunta a dichos planos, que una vez que se hizo el primer trazo; con una pintura especial ecológica; no se puede interrumpir el mismo, debiendo terminar el trazado de la rayuela de manera tal que no se vuelva a pintar sobre los mismos circuitos.

Seguramente, para la finalización de la obra, la luna ya estará llena y usted con el trabajo concluido, si es que sobrevivió a tamaña empresa.

A donde lo transportara el último casillero? Es un misterio, ya que nadie ha llegado a brindar testimonio, según nos confirma el último aprendiz de ingeniero sobreviviente: el único que nunca embocó la piedra en el último casillero.

Children Playing Hopscotch  Bill Bachmann

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

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Star Café

Jack Vettriano Star café

Martes trece. No tenía idea de la numeración del día hasta que prendí la tele y la desinformación del noticiero alertaba sobre el día, el número y sus improbables consecuencias. La misma cantaleta de siempre.

“No se case”, era la primera súper trillada recomendación. Pensé: qué más da? Si el azúcar y las mieles del amor duran lo que duran y mueren cualquier día de estos sin previo aviso.

El teléfono me saca súbitamente de mis cálculos morbosos sobre la duración del amor: telefónica de argentina y una operadora aprendiz de mandarina que quiere encajarme todo el paquete completo. Un trió de qué? Está loca! Cuelgo a todo vapor, no sin antes despedirme casi educadamente y eludiendo la encuesta post venta frustrada sobre la satisfacción del cliente: o sea yo.

Estoy satisfecha? Mis rollitos dicen que sí.

Sobre la mesa dibujo mi lista de compras para la noche: mi comida de batalla que siempre me sale bien: pollito, verdeo, limones, un malbec y pétalos de chocolate.

Cena y revolución: o sea, cena, película y cama.

Salgo a la calle dispuesta a comerme el dia y a beber de la lluvia que cae.

Ya en la acera me mojo más con el agua que chorrea de los paraguas de los transeúntes que con la lluvia misma.

Ni hablar de las baldosas flojas en las veredas comerciales que terminan por empaparme los pantalones. Sonríe!!! La lluvia es una bendición!!!

Me distraigo al ver más adelante la acera seca.  Voy hacia ella como hipnotizada y me dejo abrazar por el aroma del café y el ruido del cotilleo de media mañana.

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Un día perfecto

Carl Larsson “Sunday Rest”

Madrugada. Mis pies descalzos yacen sobre el piso de la cocina. El alba se ciñe sobre los álamos dispuestos en hilera al borde del canal. Mis pies que despiertan con el frío de los mosaicos y de allí en más, todos mis sentidos se van alertando. Sentí su olor, antes siquiera de verla: la reina de la cocina. Mi estomago crujió de satisfacción pensando en el mediodía y en un plato humeando el verde aroma de la albahaca.

Los utensillos forman un coro de ruidos: la pava, la cucharita contra la taza, los leños de la cocina, tapas y tapitas, tarros, sillas corriéndose, risas y manos buscando el azúcar: arena blanca y dulce, brillante y fiel compañera del mate, ensaimadas y quemaditos, alegre transporte de hormigas trabajadoras.

Llega la hora del recorrido por la quinta, frutos maduros, aguas, surcos, semillas de futuros manjares, me acompañan un sequito de mascotas mientras yo la busco con su piel rugosa pero suave, y la encuentro radiante a punto de caer de su rama. Dócil la mandarina abre y muestra sus gajos, siento su elixir deslizarse por mi boca y muero de amor.

Walter I. Cox “Wine for Two”

Ya de vuelta, la sombra del alero me atrapa y me acuno en la hamaca, mientras mi vista juega con los colores del piso, mosaicos con cuadros y triángulos caprichosamente alistados. Me paro, me ubico y voy caminando por una hilera saltando de dos en dos como cuando era chica y acortaba el camino hacia la escuela.

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La cruzada del placard

Judy Drew
Australian
1951-
Symphony in Red

Mientras voy dando pasitos hacia mi nuevo emprendimiento laboral, mis días carecen de horarios de “esos”: tengo que, debo que, abro a tal hora, cierro a tal otra.

Los horarios con los que convivo son puestos por mí y están muy lejos de ser forzados o de manifestarse a punta de pistola. Hay días que cierran y veo que avancé mucho y otros que simplemente pasaron. Pero esta vez estoy decidida a dejar que el chocolate se derrita en mi boca.

Mientras mi vida cambia porque así lo quise el día en que me animé por fin a tomar la decisión de vivir de otra cosa, he dedicado un par de domingos a la liberación del placard y demás cajones. Consiste en una especie de cruzada por las habitaciones tratando de descomprimir ropa, dejando entrar el aire, pasando la aspiradora y lo más bello para mí personalmente: dejando ir.

Elemento principal para la tarea: bolsas de consorcio.

A pesar de que tengo la idea de que estas actividades las desarrollo una vez por año más o menos, creo que pasaron un poco más de 365 días de la última vez que hice semejante cosa. Posiblemente haya acomodado un poco por arriba y descartado alguna remera manchada, pero no más que eso.

Para ser sinceros la última gran redada del orden fue luego de mi separación: paso ineludible para que no queden vestigios en la casa de la presencia de la otra persona y también es un paso directo a la apropiación del otro lado del placard.

First of all: vaciar el lugar: si es cajón volcarlo íntegro sobre la cama y luego volver a poner las cosas que sirven, no están rotas y tratar de ordenarlas temáticamente. Los cajones de la mesa de luz son terriblemente coleccionistas, y van a parar allí desde monedas, tickets, tarjetas hasta gotas nasales.

Luego está el placard: el sector de las perchas también sacarlo absolutamente todo fuera, dejando las perchas por un lado y la ropa por el otro. Y aquí viene lo bueno.

Personalmente soy una persona que tiene varios talles para usar en el transcurso del un año. Por suerte no solo he engordado, a veces he adelgazado también. Entonces mis pantalones varían entre tres o cuatro talles, los cuales los voy eligiendo de acuerdo al apetito de mis caderas. Pero seamos realistas: encontré un par de jeans que eran hermosos hace cuatro o cinco años, tal vez seis – si hago más finamente los cálculos descubro que hace diez años que los tengo-, los dejé colgados porque son los que uso esas ocasiones que pierdo gran peso: termino con la nutricionista y me los pongo. Por el estado óptimo en el que están los debo haber usado tres o cuatro veces lo cual afirma la teoría de que una vez que uno descendió mucho de peso, luego viene la etapa en la que recobra un par de kilos, en donde si uno no se bandea se estaciona allí y punto.

Volví a mirar los jeans, me miré en el espejo. Mi cuerpo y yo estamos reconciliados desde hace algún tiempo. Paradójicamente no nos amigamos en un estado ideal: no cintura, presencia de rollos, efecto de gravedad y la balanza que acusa un número que no me gusta para nada. Me encantaría pesar tal vez seis kilos menos –ni hablar de diez- , pero también me gustaría conservar el estado mental que tengo ahora, no histeriquear con la comida, poder tomar cerveza cuando quiera, y dejar de vivir restringiendo: he corroborado que la psicosis de la restricción arranca con la comida y sigue con el dinero, el sexo o cualquier otro placer al que haya que cortarle la cabeza. Ya llegará el momento de pijotear, por ahora nones, y de paso le hago honor a las frases de nuestro poeta Arjona en su himno  Señora de las cuatro décadas.

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Desapareciste

Robert Cook, New Horizon

Salgo por la mañana. Mientras cierro el portón del mi garaje una mujer en bicicleta, apretada por el tiempo, cruza la avenida como puede, y un conductor –como puede- la esquiva. No alcanzo a escuchar nada, solo veo el gesto de ella con el dedo mayor hacia arriba, sin siquiera gesticular alguna otra cosa. Me río de la situación. Sabían que FUCK viene de las siglas “Fornication Under Consent of the King”?

En realidad me río de esa situación y de muchas otras que se me van presentando en el camino.

Incluso cuando voy a buscar mi correspondencia a la que también es mi casa, aún deshabitada, un sobre que había pasado la inquilina de mi local por debajo de la puerta anunciaba: “Por favor cambiar el domicilio”. A donde?  No era suficiente la lista de lugares de donde me había ido?

En el interín, un ex cliente que sale de la farmacia me dice con voz acusadora: “desapareciste”.

Bueno a esta altura ya saben que una vez tuve una farmacia. Digamos unos trece años de mi vida invertidos infructuosamente en un lugar que no me gustaba. Como llegue allí es para escribir un libro y este no es el caso. Entonces volvamos al relato…

Desapareciste.

Me puse a indagar muy rápidamente cuántas personas podían llegar a decir que yo había desaparecido a parte de mis ex clientes. Y caí en la cuenta de que muchas con las que no me trato hoy día han visto como mi persona se esfumó completamente de sus vidas: sin transición, ni largas despedidas, ni preámbulos, y en un caso en particular muy triste para mí, sin dar explicaciones.

Realmente quiero arreglar esa situación, pero como? Después de tantos años? Como explicar si seguramente la otra persona ni recuerda?

Retorno.

Cuál es la manera de despedirse de un negocio o trabajo?

Hacer una despedida? Pancartas que digan nunca tendremos un jefe/a como vos? –y cuidado aquí, que el “como vos” no necesariamente implica excelente, paciente o piola sino a veces todo lo contrario-. Alguna cena formal en una parrilla o tenedor libre? Ir avisándoles a los clientes que me voy e inducirlos a que me agradezcan años de fianza?  Teníamos programado con mis amigas hacer un festejo por haberme ido con descorche de champagne y todo, hecho que no se concretó nunca, seguramente por falta de insistencia de mi parte.

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Sueños descalzos

Meditativa – Francisco Sanchis Cortes

Se puede extrañar lo que no se ha vivido?

La carcajada que sale espontanea desde un lugar entre el corazón y el estomago ante semejante ridiculez.

Se me ocurrió, que de pronto la risa está muy devaluada, y en los primeros puestos abunda la boca entreabierta emitiendo algún sonido extraño que no llega a ser, a salir: gruñidos, sonidos guturales, dientes a medio mostrar, ninguna liberación que salga de adentro del cuerpo.

Tengo frescos los sueños de extrañar lo no vivido, y también frescos recuerdos de haberme reído menos de lo básico que uno debe reírse diariamente para sobrevivir.

Pero viajemos a dos hermosos parajes: el sueño y a la noche.

Presiento la noche calma, que cae como un manto sobre la cama, cobijando y abrazando. El sueño tranquilo que viene a susurrar y yo que me sonrió de solo pensar en el placer de ser feliz mientras se duerme.

Irremediablemente todos los días me hago diversas preguntas: cuando, cómo, por qué, para qué? Pero a la noche dejo un hueco en el alma para el gracias, aunque en todo el dia no haya obtenido ninguna de las respuestas.

Mi primera noche en casa luego de unos días de alta vorágine tomando subtes, colectivos y manejando al compás de un GPS, me sorprendió la profundidad de un sueño.

Y es aquí que tendría que cambiar la pregunta con la que he empezado a escribir, otra más a la lista de preguntas que me desvelan. Viví esto o no lo viví? Acaso el tiempo borra y transfigura lo vivido? Se puede extrañar lo que se ha vivido hace tanto tiempo que es imposible mantener la perspectiva de esa realidad?

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Por el jardín

Catherine Wiley – By the Arbor

Mi casa de la infancia nunca fue misteriosa, por más que le buscara la vuelta ya conocía todos sus recovecos. Plantada en el medio de un terreno, tenía un privilegio que pocas casas tienen: se la podía rodear corriendo, caminando o meditando. Una casa a la que se le ven las cuatro paredes perimetrales no tiene misterio.

Recuerdo si, un recoveco extraño en un sector alto de la cocina. Era un lugar que yo no llegaba a ver totalmente ni aunque me subiera a una silla. Su forma de L me hacia fantasear con la presencia de alguna especie de túnel.

Pero esta fantasía se disolvió casi tan rápido como nació el dia que a caballito de mi progenitor descubrí el final de concreto de ese agujero, y el vacío de un hueco sin destino de tesoros o cacharros.

Con tan poco por descubrir en la casa, mis expediciones me llevaron al patio. Un frondoso y arbolado terreno de cincuenta metros, cercado en uno de los laterales por una espesa cerca de alguna vegetación para mí aún desconocida. Esas hojas y sus ramas entretejían un obediente paredón.

Mis tardes soleadas las dedicaba a recorrerlo, analizando el enredo de las ramas y buscando alguna fuga para mis sueños.

Pasaron algunos años hasta que conocí el jardín de mi vecino, y para ese entonces algunos espacios se habían despoblado de vegetación, permitiendo un panorama visual de lo que había al lado.

Pocos años fueron, tal vez cuatro o cinco, sin dudas muy disfrutados, ya que para mi mente esa frontera arbolada a pasos de mi cama constituyó uno de los grandes misterios de mi existencia.

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Proyectando

Allan Banks – Hannah

“La mejor parte no está por llegar, es la que estás viviendo ahora”.

Frase terrible no? Porque indica que no hay que esperar nada sino hacer.

Paré en esta frase de uno de los tantos libros que tengo empezados y me senté a escribir.

Que cómo se llama el libro? Proyecto felicidad, y no me da vergüenza decirlo, estoy empecinada en que mi vida de ahora en más circule por caminos que solo digan mi nombre, y probablemente no voy a ser feliz todo el tiempo, pero ya aposté todo a uno a que va a ser mucho más interesante que los cuarenta años que tengo por detrás.

Que no escribo más seguido porque en mi vida no pasa nada?

Nada más lejos de la realidad, en mi vida pasa de todo, y el de todo que pasa es a todo o nada. No grises, no chicha y limonada juntos, no un poco de cada cosa. Cada tantos años me agarra la chiripiorca y tomo alguna decisión que me da tanto miedo que siento que me estoy tirando de un precipicio.

Seguramente para otros no es tan importante. No es que vendí todo y me voy a la India a hacerme budista, o que decidí hacer una protesta nudista en la plaza principal.

Pero una de las cosas que he aprendido es que para lo que uno es muy fácil para otro es muy difícil y viceversa. Y nadie puede medir con una vara qué situación es fácil o difícil. Yo puedo decir que es lo difícil para mí, el miedo que me produce y el millón de cosas que hago para espantar esos miedos y seguir adelante.

Si vamos al caso la primera vez que hice un viaje en ruta fue de unos cincuenta kilómetros y estaba aterrada de que me sucediera algo.

A veces cometo el error de querer traspasar mis experiencias a otra persona, transformándome en una maestra ciruela con el manual de mi propia vida como libreto. Y con mucho -pero mucho- esfuerzo cada vez trato de escuchar más y sugerir menos. Aunque a decir verdad yo soy una de las personas que les gusta escuchar qué les funciona a otras.

Pero volvamos …

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Dando vueltas

Barkley L. Hendricks Sweet Thang (Lynn Jenkins)

Hace unos meses comencé sin proponérmelo de antemano,  a agradecer por las noches mi jornada: “Gracias Señor por este día”. Y si me despertaba en medio de la noche volvía a agradecer.

No importaba si mi día había sido un desastre o uno de esos días grises que uno deja pasar, si mi mente no me dictaba la frase salía de mi corazón, y aún sigue saliendo.

De dónde salió semejante cuestión en mí? Pues no tengo la respuesta.

Está ahí el secreto? O está en las múltiples cosas que uno hace, prueba y error, para seguir avanzando?

Lo cierto, es que otro día de estos recordé al azar un libro que compré por impulso y se me dio por releerlo. Nada más lejos de lo místico, pero muy cerca de lo práctico. Famoso libro de la estantería que reza “Autoayuda”.

Hoy al mediodía lo abrí para comenzar la relectura, y debajo de la firma que siempre hago a mis libros había puesto: “Febrero 2010. La gran depresión. Todo pasa. Lo bueno y lo malo también”.

Cuánto había pasado? Más de un año? Hoy parece poco, en ese momento pareció mucho empezar a escalar por las paredes del abismo para volver a pisar tierra firme. Y encima de todo eso yo tenía tiempo y ganas de elegir leer un libro?

Nunca alcancé grado mayor de inconsciencia que esos días en que había tocado fondo. Mi alma estaba perdida al igual que mi mirada. Hoy busco algunos días perdidos de esa época, en donde no recuerdo detalles de mi existencia.

Me pregunto: cómo hice con mi trabajo, el banco, mi casa, el perro? Y mi amiga a la que no le quedó opción y me tuvo que llevar a la casa como si yo fuera un perro abandonado?

Dicen que ante un sufrimiento intenso, algún mecanismo se desconecta, y hace que funcionemos en piloto automático, tomando decisiones de mantenimiento mínimas para nuestra supervivencia, el alma se retira, apenas un poco esperando una reconstrucción.

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Wu, Zhaoming  The Last Summer end

Punta, soledad, abismo.

Altura, profundidad, vacío.

Uno, mirada, lejano.

Silencio, horizonte, caer, volar…..

Llegué hasta aquí con tanto equipaje,

Que el ascenso fue eterno.

Penurias, desgarros,

Espalda sumida por el sinfín de cosas que no quise soltar.

Tanto esfuerzo

Para encontrar mi yo rodeado por la  inmensidad.

Uno a uno los solté,

Objetos que fueron rodando,

Otros golpeando contra la piedra

Hasta caer estrepitosamente

Sobre la huella de un antiguo hilo de agua.

Me erguí, liviana, etérea, única y libre

Mientras preguntaba al eco cómo llegar,

No quité la vista del reflejo cristalino

Que me esperaba sobre el horizonte.

Yo

 Eva – Ted Nuttall

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La pava

Baltus – Girl and cat

Dejé el zaguán detrás de mí, sintiendo la puerta arrastrarse pesadamente

mientras emitía el mismo quejido de todas las mañanas.

No quise quejarme yo también, después de todo ya estaba libre,

caminando bajo la sombra pobre de los sauces que lloraban sobre la avenida.

Un rato antes la había ligado la pava, la de acero inoxidable,

que hueca de agua temblaba sobre la hornalla.

El último grito que escuché antes de lanzarme fuera contenía varias veces la palabra pava,

por lo que supuse que ésta y yo teníamos el común no sólo el nombre

sino también tanto vacío en la panza y en el alma.

Al cruzar las vías, en la plazoleta de las dos hamacas,

me encontré con otra cara joven ajada. Juntas caminamos hasta la escuela,

en donde en una carrera de obstáculos saltamos airosas todas las burlas.

En el salón, el chillido de la tiza dictatorialmente afirmaba:

Hoy es un día soleado.

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Autorretrato

Perro enterrado en la arena – Goya

Para hacer el retrato de un perro

Primero que nada tengo que registrar la obra:

Autorretrato.

Pondré el lienzo en el piso

Y pasaré varias veces del salón al pasillo

Donde frente al espejo

Lameré mi propia imagen reflejada

Tratando de que se grabe en algún lugar libre

Entre mis ojos y mis orejas

Con tan perfecta instantánea

Cojeré entre mis dientes el pincel

Con el que haré un solo trazo curvilíneo

Será mi lomo?

La cola?

Mis saltos?

O la sonrisa de mi amo?

Yo

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Retrospectiva

Malcolm Liepke “Seated Profile”

Cuando mis ojos lograron adaptarse por fin a la penumbra, pude tener un panorama de la estancia. En otras épocas hubiese entrado a obscuras, y aún así esquivado airosamente cada mueble de la casa, adivinando el acceso al pasillo y encontrado en la cama el destino final a cualquier día de mi vida anterior.

Mis ojos gastados danzaron unos minutos con el lugar polvoriento y los pisos rasgados.

Sobre la mesa algunas huellas indicaban el paso de un felino que se había colado por el ventiluz del baño. Tal vez asustado por tantos recuerdos flotando había volcado lo que antes era un centro de mesa: una copa sucia con un esqueleto de tallo sediento y agrietado.

El otoño había dejado marca dentro de la casa, instalado infinitamente y sin percatarse que afuera el olor a jazmín luchaba por entrar.

Me senté y jugué un rato con una caja de cartón abandonada sobre una bandeja. Soñé despierta con que al abrirla el brillo suplantaría al polvo y los días del ayer se estirarían hasta mañana.

Nunca supe si me faltó o sobró coraje, lo cierto es que cerré la puerta para nunca más volver.

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Impar


El Arca de Noé – Lissandra Neiley Molina

Me acurruqué como pude, en el último rincón del Arca, juntando mi hocico con mi cola, como hacía cada vez que me sentía abandonado.

Mi jornada había empezado como termina un cuento de hadas: maravilloso, feliz, soleado. Revolcando mi lomo en extensos prados, mordisqueando el cuello de mi compañera y levantando mi hocico cada tanto para aspirarlo todo, como si el todo se fuera a terminar.

No lo pude advertir. El diluvio barrió mi totalidad y alguien me rescató de la eternidad de la muerte.

Y allí estaba, viviendo el frío y tiritando soledades.

El único entre tantos pares.

Yo que había nacido para ser dos, estar a los pies, lamer la mano, mover la cola, esperar y recibir.

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Mesa para uno

Jack Vettriano – Table for one

Este último tiempo estaba confirmando que es mejor estar solo que mal acompañado, y lo estaba poniendo en práctica estoicamente, hasta el punto tal de disfrutar tanto de mi compañía que no había competencia en el horizonte.

Lamentablemente –a veces- uno flaquea, y dice ¿por qué no?

La cita tuvo lugar un miércoles a las diez de la noche. El señor en cuestión es un visitante ocasional de la ciudad: un viajante. Esa raza extraña que vive yendo y viniendo por varias ciudades según la zona que le toque. Para remitirlo a otros tiempos, los viajantes serían ahora parientes muy cercanos de los antiguos marinos, esos que tenían una novia en cada puerto.

Este marino en cuestión venía haciendo camino desde hacía diez años, y no sé por qué cazo ese miércoles se le ocurrió que podíamos “hacer algo” juntos. Obviamente interpreté hacer algo como tomar algo, cenar o salir. En fin, sin dejar mis proyectos del miércoles de lado acordamos una cita para las diez de la noche, momento en que yo me desocupaba.

Primer error: el marino me pidió que lo pasara a buscar por el hotel. Dejé pasar el error y acudí al lugar haciendo caso omiso de la primera señal en el camino.

Segundo error: el marino no tenía nada proyectado, no lugar, no hambre, no sed. Ante el hermoso panorama de un hombre dubitativo sentado en el asiento del acompañante de mi auto, y careciendo mi auto de un sistema de eyección automático, decidí tomar las riendas –conste que ya estaba haciéndome cargo del volante-, y dirigirme a un restaurante ni muy muy ni tan tan.

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Genevieve Jost  - Liberté

Me ha llevado toda la vida llegar hasta aquí.

Esta es la frase –favorita de muchas películas de amor- que me vino a la cabeza cuando llegue por fin a mi destino: Tandil.

Pero empecemos por el principio. El sábado amaneció tranquilo, breve remoloneo en la cama, desayuno extendido, orden en la casa y preparativos de viaje corto, estamos hablando de una hora cuarenta o dos con toda la furia, dependiendo del tráfico.

Recordando que una de las cuatro gomas del auto hacía tiempo que se resistía a contener todo el aire, lo llevé a la gomería que tengo frente a casa. Luego de un leve cruce con el propietario, quien me pareció que se quedó con la impresión de que yo desvariaba con el asunto de la pérdida, se constató que efectivamente existía, hubo cambio de válvula, cuarenta pesos en el intercambio monetario y listo el asunto.

El siguiente paso era preparar música para escuchar en el camino, elegí a mis amigos cantautores –lejos la decisión mas acertada del dia- , los   ordené por carpetas en el pen drive, y luego de preparar una muda de ropa y pasar por estación de servicio ya estaba lista para la ruta.

Lo último que recuerdo del placentero viaje es que Aute cantaba el Aleluya Nº5, me reí un poco con la combinación entre religiosa y lujuriosa de la letra – “condéname por los siglos de los siglos a vivir clavado a tú carne apasionada”- , y antes del último aleluyaaaaa me detuvo un control caminero apostado en una rotonda previa a Juárez, casi exactamente mitad de camino hacia mi destino.

El control estaba comandado por dos mujeres. Debí pensar al instante que esa era una mala señal para mí, ya que ninguna mujer sobre la tierra me quiere a mí de buenas a primeras. O tal vez estaba equivocada, les causé tanta sensación que quisieron tenerme casi toda la tarde en el símil destacamento al costado de la ruta.

Ante el pedido del papeleo de rutina que uno debe llevar encima en el auto, me dispuse a buscarlo, y es así como oh sorpresa, me había faltado subir el último comprobante de pago del seguro. Podría haber remarcado que llevaba las luces prendidas, el cinturón de seguridad ajustado, el botiquín de primeros auxilios y un matafuegos en el baúl. Pero hubiera sido una pérdida de tiempo. Querían a toda costa ese papelucho o mi cabeza.

Bien, a continuación mi cabeza.

Una de las cosas que debemos agradecer por estos tiempos es el uso de celular, tenerlo encima, tener crédito y que esté con la batería cargada.

Plan A: llamar a la compañía de seguros para solicitar remitan un fax a la comisaría de la ciudad situada unos seis kilómetros de donde yo estaba. Luego de varios intentos con una computadora que no podía procesar los datos correctamente…

Plan B: llamar a una amiga, hacer catarsis, que me viniera a buscar para poder ir a buscar el papel mientras mi auto quedaba secuestrado en la caminera. Una de las cosas que más me llamó la atención fue la recomendación de uno de los uniformados de dejar el auto bien cerrado, no sea cosa que le pase algo…. Como qué?  Acaso no estaría recontra seguro en las afueras del destacamento o como se llame!!!

La ley de Murphy dice que cuando necesitás que tu amiga te atienda el teléfono no está. Haciendo caso omiso, la llamé reiteradas veces al teléfono fijo, dos móviles y al teléfono del marido por las dudas…..

Plan C: tratar de localizar a “M”, única persona que tenía acceso a mi lugar de trabajo donde residía desde hace unos días el maldito papel. Mi amiga ya había contestado las múltiples llamadas perdidas y “M”   resultó que estaba sujeta al pie de la letra a la Ley de Murphy: celular apagado, fijo no contesta, nadie en la casa.

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La lista

Tamara de Lempicka – The Model

Sentir y pensar, confirmar y hasta aseverar que todo tiene un nombre, un espacio, su causa y efecto, un por qué, un color, un sabor y una temperatura, hace que tener que confeccionar una lista de sensaciones sin nombre sea una utopía.

Qué es eso de sentir sin ponerle nombre? Si casi como usurpando la sensación o el sentir ya estamos etiquetando. Inmediatamente a la cuestión sensorial llega la fatal clasificación. Y esta tarea se ve forzada muchas veces, ubicando estas menudencias importantes en donde quede un hueco, sobre todo si no queremos ahondar mucho en el tema. Así es como algunas terminan en el cajón de la ropa interior, donde también fueron a parar en un acto de descuido pañuelos, breteles, cinturones, botones caídos y cuellitos.

Y si la sensación de casi vacío de la tarde que fue rotulada con un “te extraño” no fuera tal? Cómo se llama a eso de anhelar momentos selectamente felices sin por asomo desear volver a recrearlos?

Y al sentir emancipación mientras aún se están confeccionando las alas que nos permitirán volar?

Y al silencio de la noche que ayer fue cobijo de amargas soledades y hoy sólo trae paz?

Y a la certeza de que sucederá, “eso”, tal vez mañana o pasado, y aunque todo siga igual hoy, sentir el aroma del lugar de llegada?

Y a las caricias suaves, o a los susurros entrecortados que no fueron amor ni pasatiempo?

He de revisar mis cajones de certezas equivocadas, y así tal vez, deje que sensaciones anónimas que nacen y mueren sin pena ni nombre, caigan como caigan.

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Vanidad opacada

Carpas Koi – B. Lee

Cerré los ojos ante tanto resplandor

Ocultando mi vanidad opacada

¿Cómo suenan los carrilones en el agua?

Gritos metálicos ahogados

Entre borbotones que nacen entre las piedras

Zambullidas cada tanto

Y a lo lejos río arriba

La furia de una cascada

Apagada por el viento

El cielo mudo observa el chillido

De los insectos a salvo del agua

Un último aleteo a ras del agua

Y supe que era la despedida

Yo

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Palabras

Connie Renner

He tratado de reunir pacientemente

Algunas palabras

Pero todo es en vano

Los días desamorados

Y la rutina implacable

Atentan contra cualquier

Reunión de palabras coherentes

Si con los torbellinos de emociones

Surgían palabras

Que golpeaban como granizo en mi cuaderno

Hoy la tan ansiada paz

Se convirtió en enemiga

De cualquier manifestación escrita

Que suponga una reunión acertada

De dos, tres o mil palabras

Que no suenen a dejadez y hastío.

Yo

Connie Renner Westardly Winds

“…Todo lo que usted quiera,

sí señor,

pero son las palabras las que cantan,

las que suben y bajan.

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Huellas

Margarita Accurso

Las huellas de mis pasos

Quedaron por detrás y por delante

Y sin saber por qué

Una larga interrupción de vacío

Donde tendría que estar la intersección

Entre el ayer y el mañana

Por más que afirmara mis pies

Haciendo fuerza

Sobre la tierra esponjosa y mullida

No nacían huellas ni sombras

Ni recuerdos ni olvidos

Tan solo incertidumbres

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Besos en la playa

Arne Westerman Lost in Thought

No se que estaba pensando, tal vez nada. Cuando aparece uno lo siente y listo. Es una mezcla de familiaridad que nos acerca con el otro en el momento menos pensado.

Mientras mi cuerpo aún me permite escribir, caminar, correr y reír, las travesuras de hace más de veinte años, me parecen dulces y no tan lejanas. Se nos presentan como una película sepia, y hay que agudizar la vista para volver a ponerle colores. Se corta y alguna que otra  parte directamente no se puede ver ni siquiera de manera borrosa, pero después la cinta vuelve a correr, y así es como llegamos hasta aquí con fragmentos de sensaciones.

Decidida a que el pasado no se acumule en mis hombros, todos los años hago limpieza. Reviso los libros de feng shui que dicen que hay que deshacerse de lo viejo para que entre lo nuevo y me dedico a tirar papeles, descartar ropa, ordenar, y cariñosamente vuelvo a anudar con una cinta algunos recuerdos amarillentos, que aunque me decidiera a desecharlos sé que no se reciclarían nunca.

Con cuidado desdoblé el bosquejo, la figura que vi dibujada en éste, me hizo recordar a mi amiga mientras lo delineaba. La sombra de una pareja se besaba y a sus pies y con la misma tinta rezaba la inscripción: “No hay olvido para un amor vivido”.

En ese momento estábamos seguras de que el amor era uno solo, y tal vez sea así, tal vez no. Espero poder escribir alguna línea el ultimo día de mi vida, para que conste que fueron uno o varios amores, o ninguno y muchos espejismos.

Por alguna extraña razón tenía la idea fija de que el otoño era el tiempo para el inicio de los amores duraderos;  y que el verano para amores más livianos, más intensos, prontos a terminar o directamente irrealizables.

El hecho de que el mar fuera el entorno natural de este romance en particular, me daba la pista de que la mezcla del agua salada con las algas marinas generaban un aroma que al entrar por las vías respiratorias causan estos efectos de marearse y enamorarse velozmente.

La cosa es que con carnes firmes y pocos años, lo vi alto y hermoso, sonriendo como solo un protagonista de novela romántica puede hacerlo: dientes blancos, tez bronceada, torso marcado. O serían los años transcurridos los que le sumaban detalles fantasiosos al hombre?

Arne Westerman Beach Kiss

La belleza entra por los ojos de una manera muy insospechada, y moldea todas las virtudes que se deslizan como helado de chocolate derretido por nuestras mentes. Las palabras dulces son nada más y nada menos que confetis de colores. Esto sumado a la inconsciencia de la adolescencia viene a ser más o menos como un paseo en un carrusel nocturno lleno de farolas blancas.

Un verano, una playa y unos arrumacos inocentes,  parecen suficientes para un corazoncito descuidado, que vuelve al pueblo a seguir viviendo de la misma manera que hasta unos días anteriores. Pero el sabor en los labios queda, el hecho contundente de que haya sido tremendamente corto y fulminante no hace más que ensoñar algo que por nuestros días es más práctico o eso al menos disimulan los que lo cuentan: dos personas que se encontraron y luego partieron uno para cada lado.

Imposible recordar como transcurrió el año, no hubo cartas ni lagrimas, sí el palito apenas dulce de un chupetín gastado.

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Mariya Konstaninovna Bashkirtseva Autumn

Muchas veces para cambiar de actitud solo es suficiente con cambiar de calzado.

Unos tacos hacen ver todo en perspectiva, y no solo por estar nosotras unos centímetros más elevadas del suelo, sino por el repiqueteo al caminar, la sensación de contonearse, la sutil sensualidad que trepa por las piernas y nos sube la autoestima.

Diana nunca usó tacos. No recuerdo tampoco que hiciera demasiado esfuerzo en destacar su aspecto exterior o maquillarse. Con cuarenta y un años vivía en el barrio de siempre, ese que está detrás de las vías, cerca del rio y más cerca aún de la capilla donde me casé con su hijo. Nos casamos de apuro, claro. Con diecisiete años me encontré viviendo en casa de mis suegros, estrenando marido y panza, dejando un amor de verano detrás y viendo a mi futuro como si fuera zumo de limón recién exprimido.

Dejando el jugo de lado, Diana estaba peor que yo. De buenas a primeras se desayunó con el abuelazgo, con “invitados” en la casa y con una nuera con la que había de todo menos química.

Lo mejor de vivir en el pueblo donde yo viví, o al menos como yo recuerdo haber vivido, es que éramos todos de la misma estatura, la ropa iba y venía en orden descendente, por peso y por estatura, se remendaba, se cocía. Se caminaba, se remojaban los pies en el rio al lado de cualquiera, y parar a ver el tren pasar era todo un placer. Los carnavales cortaban la calle principal, y los sauces lloraban todo el año remojando sus largas ramas en el agua colorada. Entre tanta piedra, barda y tierra, éramos un puñado de gente de todas partes, interactuando mientras cruzábamos la plazoleta que llevaba al centro de dos cuadras por tres.

Nunca supe como fue la cosa, si de mañana o de tarde, tal vez en alguno de los trabajos que ella tenía.  La cuestión es que paulatinamente las telas con las que cocía ya no eran color beige; sino rosas, verdes, amarillas; telas coloridas, estampadas, alegres y con vuelo. Los párpados se tiñeron con alguna sombra a tono y tal vez apareció una colonia de verbena en la estantería del baño.

Las mañanas empezaron a ser más alegres para ella y por ende para todos.  Atrás habían quedado las discusiones entre nosotras sobre como lavar los pañales de tela o el tiempo de exposición al sol para que no se pusieran amarillentos. Mientras mi hija y yo nos presentábamos en esta vida, la abuela desapareció con el vaivén de un canturreo que terminaba en el mismo instante del encuentro. Encuentro furtivo al otro lado del pueblo, otra cocina, otros sabores.

Mientras todos estábamos distraídos con el bebé, el futuro incierto y el poco espacio que teníamos para acomodarnos, la noticia llegó como una explosión nuclear que nos despertó un día de semana por la madrugada.

Ella se había ido, mi suegro iba y venía por la cocina destemplada tratando de masticar impotencia, furia y llanto. Y el resto de los hombrecitos no colaboraba con nada para aplacar la situación. A mí, que la vida siempre me pareció muy tragicómica, me costaba hacer un esfuerzo para no soltar una carcajada.

Obviamente en un principio los primeros comentarios tenían  en cada oración la palabra muerte, matar o algún sinónimo de ajusticiar y de final.

La carta con el comunicado de la desaparición yacía sobre la mesa redonda de la cocina. No haberla secuestrado para transcribirla ahora!

Imaginemos la palabra perdón y la frase no lo puedo evitar, también confusión y no traten de ubicarme.

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Entre hojas

Sandra Bierman – The garden of Eden

 

Mi patio ya está cubierto de hojas, algunas se escapan por debajo de las puertas, no importa si es la puerta trasera o la principal. Se cuelan sin permiso afirmando su presencia. Cariñosamente las devuelvo a la vereda, sin preocuparme por erradicarlas.

Creo que mis vecinos me miran mal por no juntarlas, y  de sumar adeptos iniciaría un movimiento “pro no quememos las hojas en otoño”. Cierro la puerta antes de que alguno me pida que me sume al exterminio y vuelvo a mis pensamientos.

Mientras espero que el resto de mi piel caiga junto a los recuerdos que golpean cada tanto insistentes por volver, trato de cerrar el paso a la incertidumbre, y caigo en el devaneo de relatos ajenos.

La nada aparentemente espera en el horizonte, y yo busco en los detalles diarios una chispa, un pétalo de rosa caído en la vereda o un destello en los ojos de alguien. Niego los lugares donde he amado como si nunca hubiesen existido, en un intento más por eludir el fracaso y aceptar lo inevitable.

Ante tanto vacio aparente, los cajones se van llenando de nuevas citas y frases, música distinta acompaña las horas, y por qué no alguna lectura que certifique que al menos en el papel tipografiado todo puede ser distinto.

Más de lo mismo: un amor inalcanzable para mortales terrenales se dibuja en las primeras páginas del libro decorado por círculos irregulares de varios colores. No me castiguen, fue compra compulsiva alguna tarde de sábado. En el relato ellos son hermosos –claro-, él deslumbra, ella seduce. Infaltable resulta en una buena narración que alguno de los dos dude, o haya tenido otros planes hasta ese momento, que tal un novio?,  que la vida y el corazón den un vuelco al unísono mientras ambos se mecen en alguna embarcación que se dirige hacia el atardecer del final de la vida tal y como era hasta ese entonces.

El amanecer resulta hermoso mientras ambos sortean los primeros obstáculos y saltan de las dudas a las certezas de saberse en casa.

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Blue Dress – Tanya Byrd

 

Quiero mi vestido azul ceñido a una cintura que no tengo, la manteca sobre la mesa derritiéndose con el calor del mediodía, la brisa entrando por la ventana y la hamaca esperando afuera para mecer sueños. Quiero conocer tus ojos para poder verlos todos los días y saber que por fin todo va a estar bien, aunque no sea del todo verdad.

Quiero el pasto creciendo en mi patio, verde,  brillante y tupido acariciando las raíces del limonero que deja caer sus frutos casi por casualidad, y mi perro jugando con ellos al atardecer.

Quiero poder vacacionar aunque sea debajo del corredor que da a la calle, apoyando las piernas sobre una cerca blanca  y haciendo correr los minutos entre hojas y lapiceras.

Esperar la noche con la copa llena del vino dulce que retiene el paladar para que termine muriendo entre tu boca y las sábanas.

 

Pink Trees – Tanya Red

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Lionel Fitzgerald – “From an Upstairs Window”

 

 

No sirve esta manera de sentir –dijo Cortázar-

Caminando por senderos de actitudes fallidas y repetidas.

Al festejo y banquete de las sabanas blancas,

el perfume a lilas y los cacharros de la cocina tibios

fallaste día tras día, dejando entrar el polvo y la desidia.

Delicadamente con tus dedos gruesos y atabacados,

borraste el hoyuelo de mi sonrisa opacando mi pelo y mis ojos

en un intento por rasguñarme el alma.

No sirve esta manera de sentir,

ni los libros abandonados en el marco de la ventana

o la ropa escurriendo lagrimas sobre el cordel,

ni tus promesas de otro mañana.

Tala

“Llévese estos ojos, piedritas de colores,

esta nariz de tótem, estos labios que saben

todas la tablas de multiplicar y las poesías más selectas.

Le doy la cara entera, con la lengua y el pelo,

me quito las uñas y dientes y le completo el peso.

No sirve

esa manera de sentir. Qué ojos ni qué dedos.

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A.J. Casson – Hillside Village

 

El sol despuntó con olor a pan fresco

mientras las nubes leudaban dispersas,

generando tonos y matices sobre los tejados.

La tierra asfixiada bajo el canto rodado

murmuraba una plegaria para germinar la semilla

aprisionada entre dos piedras.

Y ella, vestida de canela y trigo,

sin escuchar los canticos de la tierra a los dioses,

se enamoró del viento y huyó con él.

Amor sin fundamento

que despuntó el vicio del abandono

en un patio desierto de primaveras donde fue arrojada.

Y allí, bajo la eternidad del atardecer,

la bendición del rocío y el cobijo de la hiedra,

cumplieron las plegarias de la tierra aprisionada

bajo el cielo del canto rodado.

 

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Goddbye yesterday

Miriam Briks – Pensive Gaze

Los acordes sonaban de fondo. Todo era absolutamente agradable, la penumbra de la tarde se acomodaba en la estancia a medida que la música inundaba las paredes, y yo sentada en el suelo estaba frente a otro miércoles de mi vida.

El reencuentro con las palabras y la música fueron más de lo que esperaba, y de pronto entre los dos hicieron de la nostalgia y los recuerdos una sopa triste que no se volverá a beber tibia nunca más.

Hay rutinas que al aparecer de nuevo, luego del lapsus estival a puertas cerradas, remueven lo insospechado, trayendo sentimientos encontrados. Todo empuja por salir afuera por más que uno reniegue.

Las diez de la noche, y el retorno que antes era por otras calles y otros destinos, hoy se convierte en un nuevo paseo que lleva con pasaje gratuito al presente. No más desplantes, ni comidas frías esperando en la cocina destemplada, no más gestos esquivos sentados en el rincón ni sonrisas que mueren ahogadas contra la pared.

Lejos de sentirme asfixiada en recuerdos dulces sin retorno, sentí el enojo de haber pasado por situaciones desbordadas de palabras huecas y sentimientos mal alineados.

La soledad me esperó con su mejor complicidad pronta a cobijarme.

Ultimo día de marzo. Mañana abril se despertará exigiendo a golpes de viento y despojos, desnudarse para afrontar lo mejor de uno.

 


 

 

 

Objetos perdidos

 

“Por veredas de sueño y habitaciones sordas

tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos

Una cifra vigilante y sigilosa

va por los arrabales llamándome y llamándome

pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta

donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo

si la cifra se mezcla con las letras del sueño,

si solamente estás donde ya no te busco.

Mendoza, Argentina 1944

La mufa

Vos ves la Cruz del Sur,

respirás el verano con su olor a duraznos,

y caminás de noche

mi pequeño fantasma silencioso

por ese Buenos Aires,

por ese siempre mismo Buenos Aires.

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