El abrazo de la lectura

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En ‘La lengua de las mariposas’ (1999), de José Luis Cuerda

Hoy el diario El País hace un recorrido por la vida de Fernando Fernán Gómez, quien ha muerto a la edad de 86 años en este mes de noviembre.

Uno de los enlaces de la nota hace referencia a una tribuna publicada anteriormente por el escritor, referida al elogio de la lectura. No hay nada que agregarle al texto, sublime, impecable. Con un familiar estilo narrativo, nos acerca una breve historia del libro a través de la vida del autor, que bien podría ser la nuestra. Y yo también quiero comunicar a mis libros que no he leído… que no se sientan despreciados.

Con ustedes el libro según Fernando Fernán Gómez:

“El libro se abre ante nosotros como se abre de piernas la amante entregada y posesiva. Como abren los brazos para acogernos el amigo y el familiar. En mi prehistoria se abrieron para mí los brazos diminutos, débiles y sucios de los primeros cuentos de calleja. Ya entre ellos se observaban diferencias sociales. Los más baratos cabían en la palma de la mano, su letra era casi ilegible y tenían las mejillas manchadas de tiznones como de carbón o de tinta de escribir palotes, curvas y garrotes. No parecían pensados para que los leyeran los niños, sino las abuelitas, desojándose, al borde de la cuna. En cambio, los más caros, en octavo, se leían con facilidad y tenían letras de oro en la portada.

Vinieron después los libros de aventuras. Cuando aún no se ha llegado a la adolescencia, cuando aún no nos han amaestrado y no nos han inyectado en el cerebro la suficiente cantidad de resignación, nos asombra dolorosamente la monotonía de la existencia. ¿Cómo es posible -se pregunta el niño-, haber pasado ocho años padeciendo esta sórdida repetición cotidiana? Los libros de aventuras, con su mentira piadosa, le abren las puertas de la esperanza.

Los libros escondidos. Los libros secretos. Hay que tenerlos debajo de los libros de texto. Leerlos cuando no nos ven nuestros mayores o los profesores, en el colegio. Son libros de aventuras, novelas folletinescas, policiacas. Y muy pocos anos después -no años, meses-, novelas pornográficas. Qué inefable placer me proporcionan esas lecturas. Aldous Huxley dijo: “una orgía real nunca excita tanto como un libro pornográfico”. Y con esto no intento sugerir a nadie que abandone las orgías.

Pero también el libro tiene enemigos entre los de su propia especie. En mi caso personal, fueron los libros de texto del bachillerato. Qué repulsión, qué aversión me inspiraron. Odio al libro, odio a la lectura, odio al conocimiento. Por fortuna, había en Madrid muchísimos puestecillos callejeros en los que vendían a mitad de precio noveluchas de segunda mano, o de tercera o cuarta, sobadas y requetesobadas, noveluchas de aventuras, policiacas y también verdes. Aquellos puestecillos hicieron que se conservara vivo mi amor al libro, que los catedráticos escritores habrían conseguido asesinar. En la guerra de libros -como no puede ocurrir en las guerras de verdad-, ganaron los pobres.

Aparecieron después los que algunos consideran enemigos del libro: el cine, la radio, la televisión… son, es cierto, otros medios de difusión de la poesía, y también de la música y de las artes plásticas. Pero, aunque enemigos en cierto aspecto, es difícil que derroten al libro, ni creo que pongan en ello interés, El libro les lleva la ventaja de la corporeidad, de la cercanía. El libro lo tengo, lo poseo, puedo incluso darle achares, no mirarlo, no leerlo y, sin embargo, conservarlo. No es efímero. Puedo también tenerlo en las manos, acariciarle el lomo como a un perro amigo, hojearlo, sobarlo, puedo besar algunos de sus renglones si me han conmovido. Tanto si es un libro lujoso, encuadernado en suave piel, como si es un libro popular, de los que se doblan y se pliegan sumisos para ser leídos en la cama, con los que uno puede acostarse sin muchas dificultades ( … )

Echo una mirada a la biblioteca. Cuántos libros en ella que ha devorado el olvido. Y cuántos que ya no podré leer. Quiero decirles a esos libros que no leeré nunca, que no se sientan despreciados. Sí sé que no los leeré es porque estoy en esa edad en la que al tiempo se le ve volar como a un gorrión asustado, en la que se nos escapa como agua en un cesto, en la que huye como algunos queridos recuerdos. Pero al decir adiós, que un libro me abra sus brazos y repose sobre mi pecho”.

Reseña del autor:

Fernán Gómez ha sido una de las grandes figuras españolas de la escena y el celuloide, un gigante de la cultura. Miembro de la Real Academia Española -donde ocupaba el sillón B- ha recibido, entre otros galardones, el premio Príncipe de Asturias de las Artes, los Premios Nacionales de Cine y Teatro, la Medalla de Oro de la Academia de Cine y cinco Goyas, la máxima cantidad de estos galardones acumulados por ninguna otra figura del cine español.

Fernando Fernán Gómez nació el 28 de agosto de 1921 en Lima, durante una gira que realizaba por Latinoamérica su madre, la actriz Carola Fernán-Gómez, y fue inscrito en el consulado de Buenos Aires, por lo que conservó la nacionalidad argentina hasta 1984, cuando se nacionalizó español.

Protagonista de casi 200 películas, director de más de una veintena, escritor y académico de la Lengua, en su filmografía figuran títulos como Botón de ancla, El inquilino, La venganza de Don Mendo, Ninette y un señor de Murcia, El espíritu de la colmena, Mamá cumple cien años, La colmena, Esquilache, Belle Epoque, El abuelo, Todo sobre mi madre, La lengua de las mariposas y Tiovivo c. 1950.

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