De cuando el príncipe se convierte en sapo.

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Si prestaron atención, los protagonistas masculinos de las películas románticas no se convierten en sapo nunca: antes que convertirse en sapo mueren.

Moraleja: lo bueno dura poco.

El hombre de la vida real vive convirtiéndose en sapo. Digo que vive convirtiéndose, porque como mujer muchas veces los rescatamos de tan vil destino, principalmente cuando vemos en ellos algún reflejo del príncipe que nos cautivó en su momento.

Esta situación es totalmente reversible: ni bien hacen repetitivas las costumbres del hombre terrenal vuelven a su vida de reptiles.

Para comprender mejor de lo que estoy hablando tendríamos que definir la palabra príncipe, aunque seguramente debe de tener tantas definiciones como mujeres en el planeta.

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En una visión totalmente particular, yo me conformaría con un príncipe que no bajara la guardia y que recordara conquistarme ocasionalmente. Ni siquiera pretendo como el Nano un “Sería fantastic que fueses como yo siempre te imaginé”, aunque tampoco estaría de más, ya que estamos en el reino de los príncipes y sapos.

Muchos de nuestros príncipes actúan como hacendados consolidados: ya compraron el campito, ya pasó la etapa en la que recorrían ellos mismos el terreno. Ahora es momento de de poner el piloto automático.

Noten que el campo se atiende solo, de ninguna manera le encargan el trabajo a otro: príncipes y sapos existen uno solo por reino.

Estoy casi convencida que los sapos ocultos detrás de los príncipes no son vistos por la miopía del amor: esa visión particular que hace que no veamos realmente lo que tenemos en frente.

Entonces, el príncipe lo soñé y nunca ha estado conmigo?

Es posible, así como también es posible que yo nunca haya sido ni remotamente princesa, sino una plebeya autosuficiente e independiente, que en el discurso inicial haya dicho que no necesitaba de todo ese decorado rococó y romántico, que cuando quiero un regalo me lo compro yo sola y si necesito atención histeriqueo un poco entre las góndolas del supermercado.

En fin, veamos la otra parte de la historia:

Él era un auténtico príncipe azul

más estirado y puesto que un maniquí,

que habitaba un palacio como el de Sissí

y salía en las revistas del corazón,

que cuando tomaba dos copas de más

la emprendía a romper maleficios a besos.

Más de una vez, con anterioridad,

tuvo Su Alteza problemas por eso.

Un reflejo que a la luna

se le escapó,

en la palma de un nenúfar

la descubrió;

y como en él era frecuente,

inmediatamente

la reconoció.

Ella era una auténtica rana común

que vivía ignorante de tal redentor,

cazando al vuelo insectos de su alrededor

sin importarle un rábano el porvenir.

Escuchaba absorta a un macho croar

con la sangre alterada por la primavera,

cuando a traición aquel monstruoso animal

en un descuido la hizo prisionera.

A la luz de las estrellas

le acarició

tiernamente la papada

y la besó.

Pero salió rana la rana

y Su Alteza en rana

se convirtió.

Con el agua a la altura de la nariz

descubrió horrorizado que para una vez

que ocurren esas cosas, funcionó al revés;

y desde entonces sólo hace que brincar y brincar.

Es difícil su reinserción social.

No se adapta a la vida de los batracios

y la servidumbre, como es natural,

no le permite la entrada en palacio.

Y en el jardín frondoso

de sus papás,

hoy hay un príncipe menos

y una rana más.

Joan Manuel Serrat . La rana y el príncipe – Bienaventurados

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2 pensamientos en “De cuando el príncipe se convierte en sapo.

  1. Patri,
    Qué tema, ¿eh?
    Hace añares dejé creer en los príncipes, así y todo si observamos a los que tienen “sangre azúl” todavía y linaje de coronas, vemos que de príncipes no tienen nada.
    Lo bueno sería enamorarse de un hombre plebeyo si somos mujeres plebeyas. Alguien que sea nuestro complemento pero no tan inalcanzable.
    ¿Los hombres se convierten en sapos? sí (es mi respuesta).
    Lo del piloto automático es tal cual. Una vez hecha la caza, ya no tiene sentido sentido seguir en la seducción para muchos. Error fatal. Hay que seguir seduciendo y tratando de seguir enamorando a quien está al lado por medio de gestos, halagos y algún regalo también.

    Un beso

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