Pueden llamar a esta mujer como quieran, este es su relato:
Día 1: He decidido dejar de fumar. No es que sea un gran problema. Yo puedo manejarlo. Fumo recién después de las cuatro de la tarde, en un lugar apartado del trabajo. En días sin sobresaltos fumaré 5 cigarrillos, si tengo alguna tensión podemos subir un poquito, pero nunca pasar los ocho. En mi casa no fumo, tampoco los fines de semana ni feriados. Digamos que el cigarrillo es como la agenda, va solo para trabajar. También fumo en las reuniones sociales si da, pero eso no cuenta.
De modo que hoy me puse las pilas y me propuse firmemente dejar ese pequeño vicio que no sirve para nada. Es viernes y termino de cortar en pedacitos uno a uno de los cigarrillos que me quedaban en el box. Los pongo en el cenicero y los dejo como demostración de mi nueva vida.
Día 2 y 3: Ni me percato de la promesa. Es fin de semana libre de humo en casa -como siempre-. No extraño absolutamente nada que no pueda saciar un buen café.
Día 4: Hoy trabajo de corrido. De modo que mi jornada empieza antes de lo normal. Esos días empezaba a fumar antes -tipo dos de la tarde-. Siento que me falta algo. Me entretengo con un poco de trabajo y ocio en la pc. El almuerzo me dejó con el mismo apetito que antes.
A las cuatro de la tarde ya me comí tres tabletas de chicles sin azúcar, creo que me duele la mandíbula. Tengo hambre. Pienso en otra cosa y tengo hambre. Recurro al chocolate. Dos chocolates semiamargos. Nada.
Me preparo una jarra entera de café Franja Blanca en la cafetera eléctrica: dura al menos dos horas. Me lo tomé todo.
Seis de la tarde. Esto no puede ser. Sigo con hambre y con ansiedad. Ya me bajé un paquete de masitas dulces.
Recurro a los chicles de nicotina. Los cuatro miligramos de nicotina mezclados con sabor a menta me raspan desde la garganta hasta la tráquea. Parece que me hubiese comido en cenicero entero. Me descompongo un poco pero no lo suficiente como para no tener hambre y ansiedad. Un asco.
A las nueve de la noche ya me quiero comer una vaca entera. Mi estómago me demuestra un vacío espantoso: lo sacio con todo lo que encuentro en la heladera.
Obviamente me voy a dormir culpable con todo lo que comí.
Día 5: Ese día me propongo firmemente seguir fumando. No quiero rodar por la vida. Me planteo que algún vicio debo tener: no hago sexo grupal, no me drogo, no ingiero alcohol, mi dieta es bastante balanceada, voy al gimnasio, no le meto los cuernos a mi marido, voy al psicólogo y me hago chequeos de rutina. Trabajo todo lo que puedo, demasiada responsabilidad.
Enciendo el cigarrillo a las cuatro y cuarto: qué placer!!
De algo hay que morir…….
perro1970, cigarrillo, diario, relatos, fumar, dejar, vicio, abstinencia
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Patri: nunca he tratado de dejarlo porque no quiero. Soy consciente que hace mal, pero también como vos, es mi único vicio.
Ahora que leí lo que contaste de los chicles y no me dieron ganas de probarlos. ¿Tanto gusto a cenicero? puaj…no.
Tampoco fumo mucho que digamos, pero hay momentos y por ejemplo, después de comer, y si lo acompaño con un cortadito, bárbaro. El sumun.
Un beso