Aceite de oliva, azúcar y limón.

Dos ventanas, persianas rojas – Zeny Cieslikowski

Aceite de oliva, azúcar y limón.

Esa era la receta que tenía mi abuelo para cuidar sus manos agrietadas por el trabajo de albañilería. Sus manos eran más anchas que largas, sus dedos gruesos y grumosos, cada surco era una huella de sus años de trabajo. No recuerdo que utilizara las mismas para acariciar algo que no fuera el cuerpo de alguna bella dama, porque como buen donjuán, las mujeres bonitas se encontraban en la lista de prioridades, junto con el sol del nuevo día, las aceitunas caseras y el vino patero.

Recordar a este señor deja una estela de nostalgia que se huele, porque estos son los recuerdos que vienen adosados con los aromas de lo casero, de la quinta, los animales de granja, las legumbres cocidas en algún menjunje extremadamente picante.

La casa nació un día, seguramente en donde hoy es la cocina, lugar de encuentro de la descendencia y la puntualidad de los almuerzos y cenas. Desde la cocina, la casa fue extendiéndose de forma alargada, quedando de pronto alguna habitación o sala en ubicaciones insospechadas.

Aceite de oliva –  Sonia Svenson

La misma casa sirvió en diversas épocas para ubicar a la tribu de vuelta de alguna gran revolución, pérdida, pelea, viudez, desprotección o locura galopante.

Mesas llenas de palabras y de platos, de ruidos de cubiertos, de pensamientos. De la misma manera que un día rápidamente se llenó, pronto quedó vacía, dejando sinsentido los largos pasillos y tantas camas vacías.

La misma casa que disfrutó de nacimientos respiró el aroma de las flores que se usan para despedir a alguien que se va al más allá. Sí, nacimientos y muertes en la casa. Una casa vestida para despedir a un muerto puede llegar a ser tragicómica, como algunas películas de humor negro. Largos pasillos atestados de vecinos y familiares, lloronas y mujeres vistiendo un impecable luto, niños durmiendo o comiendo en las habitaciones contiguas, velorios eternos a la espera de algún familiar lejano y esa imagen tétrica que queda al día siguiente en que la pompa terminó. Noches de insomnio y fantasmas deambulando…

Entre recetas para suavizar manos, alegrías y penas, el alma de la casa sigue respirando, sus recuerdos chorrean las paredes pintadas de verde, los murmullos y alguna canción silbada por lo bajo aún se escuchan en los rincones.

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8 pensamientos en “Aceite de oliva, azúcar y limón.

  1. Lindísimo retrato de familia y ambientes. Me da algo de nostalgia, porque algunas situaciones de la historia, las viví.

    Realmente, narrás de forma exquisita (ya lo sabés, pero te lo digo de todas maneras).

    Un beso

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  2. Le deje comentarios a marcela pero parece que las entradas no se observan en el blog hastas que asi lo quiera el administrador de ese blog…encima pase todavia o se si ha pasado por mi blog que me gustaria que asi fuera
    Besos

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