La ciudad está triste.
La ciudad es en realidad un pueblo crecido, un asentamiento de gente que supo ver momentos mejores, o eso al menos se dice por ahí, en las colas de los súper.
Camino por sus calles emparchadas. Los adoquines fueron secuestrados hace años luz y reemplazados por el no tan noble concreto.
Las fachadas altas, con sus ventanales alargados y sus puertas majestuosas se disfrazaron de una rara modernidad dependiendo de la época. Primero les bajaron el copete por ser muy altas y achicaron las puertas para engrandecer la apariencia de quienes entraban. También reemplazaron ventanas y suprimieron los ventiluces. El sol, a todo esto, hacía morisquetas para entrar.
Luego vino la época retro. Vuelta a buscar las aberturas viejas en algún remate de sábado y domingo por la mañana. Las gárgolas fueron reemplazadas por molduras rectas, se abrieron paredes para integrar los ambientes, y se hizo la luz.






