Lo mejor de mis mañanas es el desayuno, indudablemente. Lo segundo es desayunar sola. Son mis minutos de propiedad privada en los que menos deseo es tener que hablar con alguien. Distan mucho de ser momentos de meditación diaria, tan solo veinte minutos que paso sorbiendo el café, untando las tostadas y despertando las neuronas.
Hoy amanecí en otro lado, sin computadora, sin papel. Irrisorio sobre todo porque tenía ganas de comunicarme haciendo garabatos que formaran palabras en un papel. Sobre la mesa mi lectura por estos días: Toma un café contigo mismo del Dr. Walter Dresel, pero como voy por el capítulo de victimizarse y tomar decisiones he decidido que temas tan importantes pueden esperar momentos más propicios. Y es así como surgió esto, escrito en un papel de servilleta con una fibra indeleble color roja. Por favor, no lo intenten en casa.






