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Archivo de 19 noviembre 2010

Qué motivos?

Miércoles por la mañana.

La diversidad servida en el desayuno, justo al lado del jugo de naranja artificial. La luz del día colándose por entre las persianas. Tu mano que se extiende para agarrar el azúcar, y mis oídos que aun no habían despertado a tus palabras. Es que acaso dijiste algo y no lo escuché? Este dato no lo podré precisar.

Una mañana normal digamos. De esas típicas que suceden luego de una conversación nocturna profunda, en donde las palabras pinchan como miles de agujas tratando de generar disparadores en el otro. Aunque si vamos a especificar, técnicamente al hecho de que una sola persona hable aunque sea con público se le llama monólogo, acá y en la China. Los únicos disparadores que puede uno generar cuando la otra persona no quiere escuchar son más bien –volvamos a los tecnicismos- disparos. Usted elige de donde salen.

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La culpa la tiene Chayanne. Bueno, y todos los otros que cantan baladas melosas de ese estilo.

Esas melodías se están tornando un peligro para la población – quiero acotar que el peligro es proporcional al de la sonrisa blanca y simpática del cantante, o a los insinuantes movimientos de caderas y otros atributos que no hacen más que sembrar confusión en las neuronas femeninas- y lo peor de todo es que nadie se da cuenta. Se cuelan por la estación radial a cada momento, y hace que terminemos volando atados de uno de esos pompones de azúcar, que nos llevan a un mundo más rosa y empalagoso aún.

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A la orilla del mar. Hasta allí empuje el baúl de madera y me senté a esperar que subiera la marea.

No fue un duelo, ni una despedida, tan solo dejar ir con la esperanza de llenar otra vez de a poco cajones, paredes, retina y alma con recuerdos. Luego vaciando, luego llenando. Un movimiento cíclico y circular, ida y vuelta, el vaivén de la marea. En definitiva de eso se trata.

Para este final de tránsito hice un inventario, tal vez estaba con más pilas que veces anteriores, la cosa es que quise dejar todo más o menos acomodado. El inventario cabía en una sola hoja y tenía una particularidad: algunas líneas resaltaban como si fueran luciérnagas en una noche de verano, y eso hacía que se pudieran leer desde cualquier ángulo.

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