A la orilla del mar. Hasta allí empuje el baúl de madera y me senté a esperar que subiera la marea.
No fue un duelo, ni una despedida, tan solo dejar ir con la esperanza de llenar otra vez de a poco cajones, paredes, retina y alma con recuerdos. Luego vaciando, luego llenando. Un movimiento cíclico y circular, ida y vuelta, el vaivén de la marea. En definitiva de eso se trata.
Para este final de tránsito hice un inventario, tal vez estaba con más pilas que veces anteriores, la cosa es que quise dejar todo más o menos acomodado. El inventario cabía en una sola hoja y tenía una particularidad: algunas líneas resaltaban como si fueran luciérnagas en una noche de verano, y eso hacía que se pudieran leer desde cualquier ángulo.






