El cambio había sido bueno.
Todas las resistencias posibles habían aparecido en el horizonte y tan solo había que tomar la decisión: cambiar de psicólogo. Después de diez años mi anterior psicólogo y yo éramos como un matrimonio que conoce de antemano lo que se va a decir.
El panorama sin embargo era parecido, paredes semi desnudas, biblioteca reducida, sillones de cuero, escritorio, diván.
La primera vez que me senté, me sentí observada por todos los demonios: Freud y Lacan me miraban de reojo desde portarretratos colgados en la pared. En algún momento llegué a fantasear con que en realidad estaban allí soplando respuestas.






