El entró con el ímpetu de siempre, con esa presencia y estampa hermosa, la misma estampa que otras veces había hecho de ella una furia, una pasión, un berrinche, un desconsuelo.
Su sola presencia bastaba para todo, era el tsunami que venía a batir la sangre lenta convertida asi en torrente burbujeante golpeando las paredes del corazón.
Ella tenía presencia, apenas delicada, otras veces brusca, caprichosa y delirante.






