Me senté a escribir y de pronto todo parecía una porquería. Muy empalagoso, muy autoayuda, muy personal, muy impersonal. Sería que hoy me levanté despeinada, y olvidé ofrecer esa sonrisa especial que tenía guardada para salir de casa.
Si bien el corazón estaba manso y en paz, la noche me sorprendió con una sobre actividad cerebral, mental, diabólica, mirando como la noche daba lugar a la luz del alba y se llevaba consigo las horas que podrían haber significado mi descanso.
La última copa de vino que bebí junto con mi comida “vianda a domicilio”, no alcanzó para acallar los murmullos que desde algún lugar venían fastidiosos e insistentes. Me estaría convirtiendo en la típica mujer que se acuesta con el pote de helado a llorar frente a películas románticas?






