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Archivo de 31 marzo 2011

Quiero mi vestido azul ceñido a una cintura que no tengo, la manteca sobre la mesa derritiéndose con el calor del mediodía, la brisa entrando por la ventana y la hamaca esperando afuera para mecer sueños. Quiero conocer tus ojos para poder verlos todos los días y saber que por fin todo va a estar bien, aunque no sea del todo verdad.

Quiero el pasto creciendo en mi patio, verde, brillante y tupido acariciando las raíces del limonero que deja caer sus frutos casi por casualidad, y mi perro jugando con ellos al atardecer.

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No sirve esta manera de sentir –dijo Cortázar-

Caminando por senderos de actitudes fallidas y repetidas.

Al festejo y banquete de las sabanas blancas,

el perfume a lilas y los cacharros de la cocina tibios

fallaste día tras día, dejando entrar el polvo y la desidia.

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El sol despuntó con olor a pan fresco

mientras las nubes leudaban dispersas,

generando tonos y matices sobre los tejados.

La tierra asfixiada bajo el canto rodado

murmuraba una plegaria para germinar la semilla

aprisionada entre dos piedras.

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Los acordes sonaban de fondo. Todo era absolutamente agradable, la penumbra de la tarde se acomodaba en la estancia a medida que la música inundaba las paredes, y yo sentada en el suelo estaba frente a otro miércoles de mi vida.

El reencuentro con las palabras y la música fueron más de lo que esperaba, y de pronto entre los dos hicieron de la nostalgia y los recuerdos una sopa triste que no se volverá a beber tibia nunca más.

Hay rutinas que al aparecer de nuevo, luego del lapsus estival de un verano a puertas cerradas, remueven lo insospechado, trayendo sentimientos encontrados. Todo empuja por salir afuera por más que uno reniegue.

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Alisó su pelo como todas las mañanas, y el cepillo fue testigo de una caída intermitente del mismo por la que estaba atravesando el último tiempo.

De frente al espejo miró sus ojos enojados y sus ojeras de la noche anterior, dio vuelta su cuello haciéndolo sonar como un carrillón, y se sentó en la punta de la cama tratando de revisar una a una las manifestaciones de su cuerpo quejoso.

De fondo en algún lugar se su mente sonaba “Águas de março” cerrando el verano. Deseó por dos segundos que no fuera solo el verano lo que las aguas cerraran.

Tal vez el pelo se le estaba cayendo por eso. Uno a uno venía sosteniendo pesados ayeres de cuestiones sin resolver y tal vez ahora decía basta.

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Mediados de marzo, tan lejos y tan cerca.

Me levanté un poco más tarde de lo habitual, aunque sin reloj ni alarma, mis pupilas vieron la luz ocho menos cuarto. El primer movimiento me hizo recordar que estaba contracturada desde hace unos cuantos días. A pesar del “flex” que tomaba regularmente por las noches, los nudos del peso de los días abarrotados de preocupaciones no aflojaban.

Miré el sol suave de fines de verano entrar por la ventana y ya sentí el olor y la sensación de que el otoño estaba muy cerca, a punto de tocar timbre en cualquier momento e invadir la casa por medio de un aire semicálido mezclado con pequeños duendes disfrazados de hojas.

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