Este último tiempo estaba confirmando que es mejor estar solo que mal acompañado, y lo estaba poniendo en práctica estoicamente, hasta el punto tal de disfrutar tanto de mi compañía que no había competencia en el horizonte.
Lamentablemente –a veces- uno flaquea, y dice ¿por qué no?
La cita tuvo lugar un miércoles a las diez de la noche. El señor en cuestión es un visitante ocasional de la ciudad: un viajante. Esa raza extraña que vive yendo y viniendo por varias ciudades según la zona que le toque. Para remitirlo a otros tiempos, los viajantes serían ahora parientes muy cercanos de los antiguos marinos, esos que tenían una novia en cada puerto.






