Mi casa de la infancia nunca fue misteriosa, por más que le buscara la vuelta ya conocía todos sus recovecos. Plantada en el medio de un terreno, tenía un privilegio que pocas casas tienen: se la podía rodear corriendo, caminando o meditando. Una casa a la que se le ven las cuatro paredes perimetrales no tiene misterio.
Recuerdo si, un recoveco extraño en un sector alto de la cocina. Era un lugar que yo no llegaba a ver totalmente ni aunque me subiera a una silla. Su forma de L me hacia fantasear con la presencia de alguna especie de túnel.






