Veinte y treinta. El atardecer cae en la ciudad silenciosa, llena de feriados administrativos. Los vehículos comulgan una huelga junto con sus dueños, y dejan descansar al asfalto de tanto trajín de bocinas y rodados.
Los carrillones de la tienda no suenan, la brisa se niega a crear la música, y el silencio se vuelve más ensordecedor.
Tomo las gotas del perdón, o del alivio, de la calma, pensando que mi corazón afligido tendrá un momento de respiro. Me doy cuenta de que siempre llego en mal momento.
Hace cuatro días que mis ojos se niegan a dejar caer una lágrima. La razón les dice que ya es suficiente, el corazón se repliega aún más, y ya me parezco a una tortuga con caparazón de hierro y muy arrugada por dentro.
Me da miedo mirarme. Repito las gotas, el perdón llega de alguna parte, me retuerzo y caigo rendida ante mi propio llanto, que sale como catarata, llanto mudo que es peor que un grito. El baño de mi tienda me escucha sin poder hacer nada.
No puedo volver a mi casa, necesito el bálsamo de la naturaleza bajo mis pies.






