Capítulo uno

Joaquín Sorolla y Bastida – Bacante

El año comienza. Es apenas cuatro de enero. Estoy decidida a escribir cueste lo que cueste. No quiero que mis heridas sangren más de lo debido, si algo habrá de sangrar será la lapicera.
Me he comprado un nuevo cuaderno, como otras tantas veces, en otros intentos vanos de dejar asentado mi paso por el mundo.
Tal vez debería hablar con mi analista de turno el hecho de que ningún cuaderno ha sobrevivido en mi vida, todo lo tiro, todo lo deshecho, todo lo destierro.
Todo lo que llega a mi lo repelo.
El primer tiempo las cosas o sucesos me producen saltos en el estómago, también los segundos y terceros tiempos.
Luego las dificultades me juegan siempre una mala pasada, me adjudico los errores que nacen aquí en el centro –o sea mi súper yo- y se esparcen a mil kilómetros a la redonda. Me culpo, me retraigo, me protejo, tacho, amputo lo que me hace daño, me anulo a mí misma, quedando sola y a la deriva.
No soy una mujer fácil, ni siquiera pretendo serlo. Soy muy difícil.

Tener no es lo mismo que desear, al igual que caminar y correr. Se parecen porque nos trasladan hacia algún lugar, pero mierda que no es lo mismo.
Pocas veces he deseado aquello que aparentemente he tenido. Se puede hablar de tener algo si hablamos de amor?
A medida que pasen los renglones surgirán otras palabras más acordes, o eso espero.
Estoy viviendo, eso lo tengo claro. Me visto por las mañanas, cuido de mi casa, salgo a mi reciente nuevo trabajo, me cultivo leyendo libros no muy trascendentales, sólo los que a mí me llegan. Esporádicamente miro series, emboto mi cabeza en las problemáticas de otra gente que ni siquiera existe, pero a veces se parece tanto a la vida real! Busco en las repeticiones mis propias repeticiones, busco desesperadamente finales felices luego de largos caminos llenos de espinas, busco poemas dolorosos que terminen en amor.
Y escribo para escapar de los fantasmas de la dependencia emocional.
Sí, soy uno de esos bichos que depende emocionalmente de otras personas, cuestión que aún ningún diván me ha respondido con alguna parábola que entienda. Si nací sola, y estuve sola más tiempo del que realmente hubiese querido en mi vida, por qué dependo de otros seres como una planta depende del agua?
Gente? Siempre hay alguien alrededor, circulando en sus propios ombligos o tal vez divagando sobre la imposibilidad de unir su ombligo al mío. Realmente tengo alguna cuestión seria que impida una conexión emocional con otra persona?

Joaquín Sorolla y Bastida – Antes del baño

La última vez que dejé un corazón emparchado me dijeron que yo era muy pasional. “Tus besos, la intensidad de tu mirada, tus gestos, todo es pasión.” Tal vez en parte sea cierto, que soy un torbellino a la deriva y sin nombre. Dejo despeinado a más de uno, y no lo digo para pavonearme. Una brisa es buena, vendaval todos los días no.
Soy un esquimal en un iglú frío y despojado, aunque en realidad lo que deseo con  toda mi alma es vivir en un meridiano más cálido, en una casa llena de pies y manos, de bocas y narices, de pelos, de cuatro patas deambulando por ahí, una casa con patio y cocina, con olor a comida en los horarios permitidos, con perfume a sándalo en las noches de verano, con risas pintando los rincones, paredes de colores, el sol y la luna peleándose todos los días por entrar, ventanales, cortinas etéreas, mis pies descalzos en el patio besando la noche.
Mis fracasos en el amor me dan frío, y en este iglú la única manta que tengo no alcanza a tapar mis pies.
No soy infeliz. Sólo respiro momentos, me inquieto demasiado por lo que vendrá. Las etapas de incertidumbre me pesan como una losa de mil kilos sobre mi espalda, no los soporto y quiero dar el salto hacia el the end. Sé que es imposible, que debo aprender. El aprendizaje es eterno y nunca llega el día de decir “confieso que he vivido”, me levanto todas las mañanas y digo “confieso que estoy viviendo”. Hay frases peores: “Hago lo que puedo”
Por eso escribo, como una manera de acallar todas mis suposiciones, es el lugar en donde rescato mis sueños y vuelvo a ser yo. Esperanzada, eternamente enamorada, alegre, atrevida, despreocupada, risueña. Nunca debería haber hecho huelga de escritura ni abandonado mi yo, que a veces es tan fuerte y tan débil, como el viento tempestuoso que arrasa con todo y luego simplemente deja de existir.

Estuve dormida muchos años y lamentablemente a veces los recuerdo como los mejores.
Años despojados de pasiones, ausente de mis sentimientos, sin sobresaltos, ni grandes emociones, ni grandes metas o sueños. Años anestesiados. Ah, qué bueno es eso, la rutina y la inercia, es como vivir tomando somníferos desde la mañana a la noche.
Una hoja era la oportunidad para anotar la lista del mercado, no más. Las charlas cotidianas eran meras conjeturas sobre la cuota del auto o los dientes bajo la almohada para el ratón Pérez.
La cama el mejor lugar del mundo para dormir y jugar al mírame y no me toques. El borde del colchón un precipicio, del otro lado una selva llena de animales peligrosos, el lugar en donde yo creía estaba mi compañero, era ocupado por un desconocido.
Y yo, cual Alicia, sin poder escapar de ese país maravilloso.
Así lo tuve todo, lo más vacío del universo……..

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