Tinta china

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Arte: Katya Gridneva

Mientras hay algunos que sobreviven

Otros atinan apenas a no morir.

Ella se detiene y alaba a la muerte desconocida,

Mientras escribe versos de amores que aún respiran.

El supone que el dueto vida-muerte

Lo ha dejado fuera

Y piensa en detenerse,

Como quien piensa en dejar de respirar,

O de abastecer.

Otros se agachan esquivando los golpes.

Quietos y sin sudores observan anonadados

El vals de amor entre el mundo apenas conocido

Y un túnel famélico al final de la oración.

El muere de desamor,

Y ella de desesperanza.

Otros mueren de hambre y ansiedad.

Los niños ni piensan en morir,

Mientras matan fragmentos de tiempo

Que huyen de vuelta al espacio.

Los viejitos sueñan con retornar

De vuelta a los pechos tibios de mamá,

Y otros con escapar,

Pero a dónde?

Promesas que crean un mundo de barajas,

Prontas a derrumbarse con la primera ventisca.

No parecemos acaso hermosos

Por el simple hecho de pensarnos ajenos

Al discurrir de la humanidad?

Mientras paso papel secante a la tinta china

Que delimita el contorno de tu cara,

La servilleta de papel del café donde te escribí esta nota

Queda ahogada en un compartimiento de tu billetera.

Ruidos

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Arte: Jeremy Mann

El ruido aturde

Guardo mi ser desvencijado

Debajo de la almohada

Y espero que pase la guerra.

La muerte llega

Disfrazada de tregua

Y de vacaciones,

Rosa, hermosa, dulce

Como un pompón de azúcar

Comprado en una kermés.  

El silencio descubre

Las sábanas invadidas

Por capas de escombros.

Respiro mi propio aliento

Agitado y contaminado.

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La muerte da lo mismo,

Reprimo el miedo

Y exhibo mis últimos minutos.

Abro los ojos y los pulmones

A la última frase

Que sucumbe

Aplastada entre los labios.

Si querés


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Imre Tóth [Emerico]

Me condena  la infinitud de los días

A permanecer desencontrados

Con tanta soledad que acecha,

Mustias esperanzas,

Falsos aniversarios sin vos.

El hilo delgado de un tiempo

Conteniendo la respiración,

Oscilando entre morir

Y el milagro de creer.

El karma absurdo e implacable.

El recuerdo invisible

Escondido entre mi pupila y el papel.

La casualidad perezosa –hoy ausente-,

De habernos mirado,

Parpadear y abandonarnos.

Si querés nos encontramos

Detrás del picaporte

Del nuevo eclipse por venir,  

Al costado del camino

Cercado por alamedas,

En el sendero fangoso

Que rodea el arroyo,

En la desembocadura

Del frío invierno

A la hora en que muere el día

Y amanecen los sueños.

Si querés inventamos hoy

Una nueva estación para este amor

Sin partidas ni pasaportes,

Con la luz que nace en la coincidencia

De nuestras miradas

Si querés

Hoy nacemos. 

Heladas

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Claude Monet – The Magpie

“Heladas eran las de antes”,  dijo el abuelo, mientras con las manos encalladas intentaba arrancarle  vida a la achicoria, despoblándola de tierra, sumiéndola en la breve historia de un final hecho ensalada. Esa pudo haber sido una conversación de hace muchos años, cuando mi abuelo aún creía en mi inocencia y cuando la sangre era el único pasaporte familiar. Luego nos abandonamos mutuamente, nos pasó la vida por encima, y ya nada fue como antes.

Manos encalladas frotando calor.

Heladas conteniendo el agua en los grifos,

El hombre rumbo a la obra, 

sostiene el cigarrillito con su boca,

Mientras pedalea esquivando escarchas.

Vapores que escapan de los orificios

De casas y bocas de animales.

Leños ardiendo por dentro,

Escupen humo al cielo.

Niños moqueando camino a la escuela,

Dejan su destino para más adelante.

El cartero arrastra sobres

Contenidos en un morral de cuero,

Cartas inmediatas, liberadas de  la oficina de correo.

Amores, esperas definitivas,

Noticias de extrañar, avisos sin moratoria.

Besos escritos y lágrimas estampadas.

Olor a mirra, sabor a miel y la cocina que espera

Al mismo amor entrar por aquella puerta. 

Y tu boca es el cielo

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HAZEL SOAN’S ART

Si tu boca es el cielo,

Mis labios el horizonte,

Los dedos son testigos

Y entre lunares y constelaciones

Armamos nuestro universo.

 

 

Son casi las cinco de la tarde. Mientras corro por el boulevard, mi sangre tibia se va agolpando en los rincones fríos de mi cuerpo. A simple vista el recorrido es el mismo de otras veces, salvando el horario y la tarde de fines de otoño que pugna por retirarse más temprano aún que en días anteriores.

El pasto húmedo por la lluvia caída al mediodía, se extiende como un suave colchón mullido bajo las zapatillas.

Voy en silencio, escuchando sólo mi respiración y el sonido del circuito urbano. Tres kilómetros más adelante, me recibe el parque solitario y semi oscuro. Me sorprendo con el nuevo juego de luces y sombras que diviso alrededor. No estoy del todo preparada para la combinación de colores que me espera.

Como parte de mi recorrido consiste en desandar, al girar y volver sobre mis pasos, me encuentro con el horizonte, el sol furioso y naranja casi recostado sobre éste,  y una sucesión de árboles flacos y añejos que hacen de cortina.

Me emociono. Algo en mí se estremece, es un minuto o un millón de minutos mágicos diseñados para mí.

A la apacible tarde se le suma el manto frío que cae sobre mis hombros, y un sordo silencio salpicado por el canto disperso de algunas aves.

Estoy sensible, lo sé. Y me da gusto. Un hecho que sería rutinario o inexistente en otras circunstancias, cambia, me cambia; se transforma en único, indescriptible e irrepetible.

 

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Cobardía, para empezar.

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CHRISTIAN JEQUEL

Dijo Proust que “A partir de cierta edad hacemos como que no nos importan las cosas que más deseamos.”

Al encontrarme con la frase sentí exactamente una piña en la boca del estómago. Esas piñas que te pegan con el puño cerrado, contundente y demoledora, que te dejan sin aire y sin poder de reacción, doblado en dos, con el corazón más cerca de las rodillas que del cielo.

Pensé que lo tenía controlado, lo del deseo quiero decir.

¿Por qué no habría de estarlo si tengo una vida ordinaria y satisfactoria, sintiendo a menudo que soy más afortunada que otros que tienen frío, sed o soledad?

El deseo interrumpido por la rutina es como un grano insistente y doloroso que se empeña en salir siempre en el mismo lugar y tiene pus. Lo reventamos, esperamos que seque, lo olvidamos y surge de entre las cenizas como el ave Fénix, recordándonos lo que apaciblemente intentamos olvidar.

A partir de cierta edad culminan las revoluciones y se hace lo que puede.  Aferrarse a un deseo puede ser mortal para un alma que no acepta más derrotas ni desilusiones. Bueno, así es como lo pintan algunos que piensan que la tercera edad más que cima,  augura un sostenido descenso.

Si bien algunos sueños los tengo aletargados, en stand by, congelados, frezados, anotados en la lista amarilla que guardo al fondo en la caja con las notas de amor de la adolescencia, escondidos tras el brillo de mis pupilas, vivitos y coleando en mis sueños recurrentes; convivo con ellos como se convive con un pariente que sólo insiste hablar de los buenos tiempos pasados.

Mis sueños más escondidos están en este momento haciendo un nudo en mi garganta e impidiendo que el oxígeno llegue adecuadamente a donde debería de. Era cierto, estaban allí. Dos por tres, los cables se tocan y hacen una breve chispa, parece que el motorcito va a arrancar nuevamente, pero no. O sí.

Luego de tantas frases inconclusas, de listas, de proyectos, de poemas y cartas por escribir, reconozco mi cobardía.

 

“Cobardía para empezar

A escribir en tus ojos

Lo que piensan los míos.

Bajo la mirada

Sonrío apenas y sigo.

El frío y el silencio caen,

El amor se esconde

A la vuelta de la esquina.

Mañana, el amanecer

Lo convertirá en escarcha.”

Patricia Lohin

 

Besos escondidos

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‘El beso’ (1930-1936). ANTONI ARISSA (ARCHIVO COLECCIÓN TELEFÓNICA)

Llegas temprano y me sorprendes.

Los detalles. Las sombras.

El beso,  

escondidos detrás de la ropa blanca recién tendida.

La azotea invitando a mirar el mundo.

El mundo mirándonos.

El horizonte muy lejos pero más cerca.

El amor. Nuestro amor.

Bailemos detrás de las sábanas que recién he colgado,

Blancas, de algodón suave como pompas,

Un pedacito de nube reflejado en nuestra cama,

Que por las  noches se arruga como papel mojado.

Bailemos detrás de las sábanas blancas,

Y déjame sentir el aroma de tu cuello,

 Enredar mis dedos con tu pelo oscuro y semilargo,

Que se ondula violentamente en las puntas.

Sientes el viento?

La tela hace piruetas alrededor de nuestras siluetas,

Y las luces grises del final del otoño ayudan a enmarcar nuestra danza.  

Sujetas mi cintura mientras me haces girar alrededor de la luna,

Y la mariposa blanca que no vuela nunca tan alto, nos viene a visitar.

Nunca pedí nada más y aquí me tienes,

 Girando  alrededor de tu sonrisa. 

Antoni Arissa (Sant Andreu 1900 – Barcelona 1980) fue probablemente el fotógrafo que aplicó de un modo más interesante los principios de la Nueva Visión en España. Diseñadores gráficos, tipógrafos e impresores -junto a los fotógrafos publicitarios- fueron en ese momento los primeros en utilizar los recursos promovidos por las vanguardias. La paulatina implantación de los principios de latypophoto, promovidos por Laszlo Moholy-Nagy, propició el nacimiento de un nuevo lenguaje visual en el que la fotografía se convirtió en la sustituta del dibujo, renovando el diseño de carteles, libros, revistas y periódicos. Arissa, impresor de oficio, se inserta plenamente en esta tendencia.

Al fin la Guerra Civil, muchas de las plataformas de difusión de la modernidad desaparecieron. El trabajo de Arissa, como el de muchos otros creadores de su generación, se redujo notablemente hasta que, poco a poco, cayó en el olvido. A principios de la década de 1990 se inició un tímido proceso de recuperación de la figura de Arissa, posicionándose definitivamente como fotógrafo de referencia con esta exposición.

Fuente: Espacio.fundaciontelefonica.com