Renuncio

© Sergi Escribano

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© Sergi Escribano

Renuncio.
Me guardo.
Me resguardo.
Te pienso.
Borro el pensamiento.
Agarro las acuarelas.
Una franja verde. Otra azul.
Llora el lienzo.
Llora el abedul
y la albahaca triste se seca.
Escribo con furia.
Las lágrimas se reprimen.
Ya no más.
Me acuesto en posición fetal.
Sufro un minuto.
Al siguiente todo sigue igual.
El pasillo yace vacío.
Los libros gritan ausencias.
Acaricio el campo desierto
de mi abdomen.
Subo a los pechos
y dejo mi mano en mi corazón.
Mío es este momento
y son los gorriones
que me ven desde el balcón.
Una bocina aúlla a lo lejos.
Soy yo
con un grito desesperado.
Quiero despertarte
y que me mires.
Y en ese último esfuerzo
hacia tu memoria
me duermo.
Al despertar
todo sigue igual.
La casa, los libros,
la albahca,
el deseo extinguido.
La boca seca
el animal enjaulado
te borro
volvés,
te borro,
vuelvo.

Patricia Lohin

La esperanza que miente

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© Boris Nazarenko

Las sombras grises tiñen la ciudad.

Es como un día de invierno leve. El frío no alcanza a calar los huesos, las ramas de los árboles se extienden rígidas hacia arriba mientras las bufandas de los caminantes reprimen alientos cargados de virus estacionales.

El silencio de la mensajería instantánea se hace presente. Primer día sin vos.

En otra ciudad los amantes coinciden en tiempo y horarios. Dos cuerpos macizos dispuestos a darse placer mundano. El le pregunta a ella en qué piensa. Ella miente. Mentiras piadosas. Cortas caricias. El placer, breve e intangible,  se fuga desde la habitación del hotel al abrir la puerta. Más silencios. Tal vez en unas semanas vuelvan a verse.

Paso la mañana pensando en otra cosa. Digamos en tus ojos. No te escribo. Sé que de hacerlo continuaría el círculo vicioso en donde yo sueño, vos recibís; yo acciono, vos mirás; yo me expreso, vos contestás; yo propongo, vos evadís.

En la esquina una pareja se despide hasta más tarde. Ella dice que lo ama y él asiente. Marchan caminando en distintas direcciones por la misma calle. Ella lo extraña. El se siente libre.

Apago el celular. No quiero saber que no me escribís. Quiero imaginar que lo hacés y no estoy. Aunque sepa que es mentira.

Si estuviéramos jugando al ajedrez, yo avanzaría con la reina, dispuesta a morir aún en manos de un peón. Pero sé que vos retrocederías.

En una cocina él le grita a ella: “No se puede vivir así.” Y se marcha, aunque los dos saben que volverá, tal vez más tarde. Hoy no pueden hacer otra cosa más que culparse. La culpa que chorrea las paredes color durazno y condensa la humedad en los azulejos del baño. Me miro en el espejo. Tal vez ella fui yo.

Mañana volveré al último lugar en donde estuvimos juntos. Ni estamos ni volveremos, al fin lo tengo tan claro.  En un acto de cordura, dejaré al fondo del río la caja con nuestra historia, para que la devore el agua bendita con tanto roce, y al fin termine en el mar donde mojamos los pies todos los veranos. Pero que la esencia le llegue a otros. Que sea un regalo divino o una maldición. Que otros decidan, se empapen, huyan o afronten.

Viene una pareja cómplice, los atiendo. Ellos se miran y sonríen. Al fin dos que están del mismo lado. Extraño eso que nunca he vivido. Hacen un juego con las palabras, danzan, se conquistan, se separan y se vuelven a buscar. Todo esto en cinco minutos. De fondo  el Nano canta Ja tens l’amor. Todo es perfecto.

Llega la tarde y yo invicta. Creo que al fin sé quienes somos. Me siento envalentonada por las horas previas. Sos una musa para mis letras, algo en mi cabeza, sueños que no van a cumplirse, una falda blanca que se arrastra en el lodo, la “esperanza que miente”, una casa vacía, las manos secas, la relación unilateral, la cobardía. Somos parte de esos amantes de la ciudad vecina que están juntos porque sí, caminando en distintas direcciones de la misma calle, volviendo a abrir la misma puerta porque no hay nada que hacer. No somos.

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Mientras tanto

¿Y mientras tanto? – me preguntaste.

Mientras tanto estamos muertos y en el limbo – contesté.

Y extendí mi mano queriendo tocarte…

 

Mis pies sobre el puente peatonal

El puente sobre el río

La roca debajo del agua

Tu boca en la mía

El fango debajo de la piedra

Las hojas sobre el filo del agua

Tu mano derecha en mi mano izquierda

El viento dentro de mi pelo

Un remolino existencial en tu cabeza

Tu mano izquierda en mi sexo

El sol en el cielo y las nubes sobre el agua

Tus ojos en los míos

La humedad en tu mano izquierda

Mi pecho sobre el tuyo

Y tú nombre en mi garganta

El verano en el aire

La aldea en el llano

La miel en tu lengua

Y el clímax llegando.

¿Y mientras tanto?

Mientras tanto la vida.

Patricia Lohin

Avioncitos de papel

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Harris Rinaldi – Cheap flight

“No estás escribiendo”, me dijo.

Fue como si me dijera: no estás amando. Entre escribir y amar no hay brecha, ni separación. Es lo mismo. Escribir es como sangrar por los dedos, es reconocerse en el espejo y cantarse las cuatro o cinco verdades que uno tenga para decirse; es desnudarse en medio de la calle a la hora en que los padres llevan a sus chicos a la escuela; es sacar los monstruos de adentro del placar a que bailen zumba en la cocina. Escribir es reconocer que tenés un amor encarnado y que no sale con quitamanchas ni con viruta. Es como traer la autógena y darle permiso a alguien para que abra tu pecho, así el corazón puede volar de una vez por todas.  Volar hacia vos.

Escribir a veces nos lleva a lugares donde no estuvimos, o donde sí pero no en la forma en que sucedió. Es como soñar despiertos, es reconocer que añoramos algunos paisajes: el río, el aroma, el piso de madera, la cocina, las sábanas, el gesto, tu sonrisa, mi cobijo.

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Sin mucha alharaca

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© Rene Stuardo

Ninguna mentira merece ser vivida, como la que afirma que no se te extraña.

Novecientos días con sus impares noches repitiendo el ritual: despertar, recordar, resetear, cambiar la melodía, poner play y vivir de lo que se pueda.

Si hace frío vivir del frío, si se vuelan las hojas del otoño seguirlas, si llovió … chapotear en las veredas,  si viene una caricia aceptarla; que las historias las escriben los que las viven y las fábulas son asuntos de los dioses.

Sumar kilómetros en bici, corriendo o en monopatín, y por qué no en la cinta del gimnasio. Que corran los engranajes del tiempo mientras le damos marcha a la inercia circular.

Laberintos arbolados, con entrada y sin salida. Escojo uno, el que me parece más verde. Para entrar pago el ticket y me pongo el vestido rojo, llevo los pies descalzos y mis pupilas buscan la mariposa blanca que viaja siempre hacia el norte, o hacia vos.

Giro y giro; recovecos absurdos de esta existencia, zigzags del corazón, mi mente que estorba y me engaña. El tiempo marchitando estaciones y frenando carruseles.

Me arranco el vestido y me pongo un overol de laburante y las zapatillas de correr, por si es preciso huir en sueños.

Adormezco la savia de mis arterias con autores desconocidos e historias de poca monta, salgo a la calle sólo cuando el sol está perpendicular para no hacer sombra, luego camino bajo los aleros de los negocios del centro.

En un descuido se me escapan en la plaza central, las cartas de amor que llevo en la mochila. Las que sobreviven a la captura de las masas chusmas, llegan al mar y son recogidas por gaviotas que las invitan a un viaje itinerante y sin fin. Seremos eternos.

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Anoche casi te sueño

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Arno Rafael Minkkinen

La estancia está vacía.  Hago tres o cuatro pasos sobre el piso de madera, y escucho mis ecos sonoros tropezar y darse de cabeza contra las paredes.

Me arrodillo de cara a la ventana desprovista de lienzos y cortinas. Y yo, que no sé rezar, cierro los ojos y digo mi plegaria: “Señor te pido: no más deudas, ni acreedores, no más mafiosos enamorados apostados en la esquina de la plaza listos para el apriete; no más sonrisas debajo de las sábanas ni más sábanas de algodón blancas, no más colchas bordadas a mano, no más robar tus anteojos de arriba de la notebook. No más escucharte reír o refunfuñar, no más jazz ni folk ni soul. No más tango, no más muerte ni reinicios. No más pérdidas, porque ya no las soporto.”

En vez de decir “Amén” digo “Cobarde”, con la seguridad de que tendrá el mismo efecto: ninguno. Los de arriba se ríen, los de abajo se cagan en las súplicas, y nosotros seguimos creyendo que pedimos algo y lo obtenemos.

Quiero irme sin mirar atrás, como hacen las heroínas del cine en blanco y negro. Quiero tener la boca color carmín, un pañuelo en la cabeza y partir olvidando el lugar, la calle, la numeración; dejando la ropa blanca colgada en la calesita para que la lluvia y el sol la vuelvan hilachas o algodones desvencijados, que desesperados se cuelguen caprichosos sobre las ramas casi muertas del invierno en los arroyos.

Pero miro atrás y me atrapa tu olvido voluntario sobre el piso. Un libro firmado en abril y leído en primavera, ese que paseamos desde la mesada hasta la silla, del auto a la mochila y de ahí al canasto de la bicicleta, para volver a estar sobre la cama; enredado junto con mil cosas más, mis piernas sobre el edredón; y yo riendo del pobre autor desesperado ante la prohibición de escribir cartas de amor.

Vuelve a mi memoria el recuerdo de tu mesa de luz improvisada con una pila de libros fundamentalistas e infumables, y del otro lado de la cama, mi mesa llena de cuentos, recortes, fotos, notas, doncellas y cuentos de hada.

El primer día que nos encontramos en este piso, los gorriones se posaban en las barandas del balcón, mientras las ramas de los árboles de la calle besaban las ventanas con sus extensiones de hojas verdes, apresuradas, inquietas, insurgentes… como vos y yo. Y ese mismo día, horas más tarde leíamos en la página 93: “Es difícil la vida de los que aman a una mujer”. Lo sé, porque abajo puse la fecha con tus iniciales.

Es difícil la vida de los que aman. Punto. Puta madre.

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Qué hacer cuando no estás enamorado?

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©Leo Micieli

Primero aflojemos, que no hemos nacido enamorados. Nacimos llorando, y una vez pasado el llanto, hombres y mujeres nos hemos enamorado de nuestras madres, algunos con grandes e inmediatos desenamoramientos, como quien escribe.

Pero no estoy aquí para hablar de mi madre.

Hablemos sobre qué hacer cuando no estamos enamorados, o cuando no queremos a una pareja, o cuando no tenemos a una pareja a la que no queremos.

Porque aunque esto último resulte paradójico, tener a una pareja que está agonizando y no tiene futuro, da mucha perspectiva de futuro, da hasta esperanza: porque “cuando me separe” al fin conoceré una pareja acorde. Se están riendo? No? Pues comiencen a reír que encima es beneficioso para la salud.

Por estos años he visto tantas publicaciones sobre el karma, el hilo rojo, almas gemelas, la persona que va a caer cuando esté pautado –y vos estés en otra galaxia-, sobre las leyes del universo y demás yerbas, que tengo los ojos y el alma seca.

Entonces… qué hacer?

Trabajar que para eso somos buenos. Sellar con poxialgo el baúl de las expectativas, ponerse alguna remera motivacional del tipo “Me la banco solo y qué?”, volverse ermitaño, aprender ciencias ocultas, practicar algún deporte o todos y prescindir de querer compartir todo eso con alguien que se llame pareja.

No tener contacto alguno con alguien de tu especie es fundamental, ni siquiera sexo ocasional, porque un simple abrazo o un mimo detrás del cuello puede hacer estallar el planeta, te recordará lo que no tenés, y dejará tu presente tan desértico como el mundo después de Armagedón.

Definitivamente no sueñes.  Convertíte en una persona material, espiritual, políticamente incorrecta, inmoral si te cabe.

Volvé a nacer, reinvéntate, cambiá de trabajo, de sexo, de vestimenta, de carrera, mudáte, pintá tu casa, rapáte, cambiá de nombre y esta vez no esperes nada.

Es cierto, para algo están los amigos, y en buena hora.

Tus amigos que se enamoran o están con alguien a quien no quieren, pero que tienen sus propios testigos. Porque no hay mayor testigo de tu vida quien estoicamente se une a vos caminando a la par, -o como sea-, durmiendo en el medio de la cama sin darte espacio, y cometiendo un sinfín de atrocidades domésticas que sacan de quicio a cualquiera que haya vivido la suficiente cantidad de tiempo solo como para cultivar las mañas en el balcón.

Qué hacer mientras no estás enamorado?

Tratar de no esperar, y si te encontrás esperando… sopapéate mucho, andá a fumarte un cigarrillo aunque después te toque correr un fondo de 21 km, no escuchés a Arjona ni asociados, reanimáte y seguí viviendo.

Escribir -para mí- sería una buena opción, el tema es que me salen estas bebidas que se parecen más a una soda cáustica que a una lupulada.

Mi corazón está cerrado, y ni siquiera por duelo.

©Patricia Lohin