Generación X

La imagen puede contener: una o varias personas y calzado
Andrea Boccone

 

Hay muchas maneras de escribir. Últimamente parece que las palabras se han abreviado de manera contundente. 

Es la época de la posmodernidad. Yo soy pre-moderna. Es por eso que mis escritos son largos, incluyen post-datas y otros artilugios que sólo conocen personas que superan las cuatro o cinco décadas de vida en este planeta.

¿Qué esperar luego de cinco décadas?

Esperamos amar y ser amados señores. Como cualquier adolescente que hoy cursa su décimo quinto año de vida. Tal vez, nuestra manera de amar parezca más larga: más larga en expresión, más larga en comunicación; aunque con tanto miedo, con tanto error cometido y con tantos fracasos habitados la intensidad parezca media.

A media intensidad, medidos son los resultados.

Pero atentos. No podemos dejar de ser quiénes somos en esencia. Acostumbrados a escritores de larga pluma, a relatos extremadamente largos y enroscados del tipo Ana Karenina o Cumbres Borrascosas, de pronto la urgencia de la lectura concisa, donde cada página suscribe un titular que bien podría ser el título de un libro; nos sentimos perdidos. Hablo por mí, y por el resto de esta generación X. X de estamos en el medio. X de nos sobran las palabras y los motivos como diría Sabina. X de queremos saberlo todo, sin poder de síntesis, sin frases armadas que caben en una captura de pantalla. X de que no queremos historias que se sustenten en diálogos de Whatsapp. X de no sé bien qué querés decirme con un emoji.

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El amor en los tiempos del destiempo

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Dice Alejandro Dolina en su Balada del amor imposible:
 
“…No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre pasión.”

Hay algo tremendo para el ser humano: es el destiempo.

Al destiempo se le suma la desesperanza. Y luego de la desesperanza llegan innumerables sentimientos más que comienzan con “des”: desilusión, desarmonía, desajuste emocional y existencial, desazón, desinterés. Y así podría seguir hasta el infinito.

Pero para todo hay una explicación.

Te explican que luego entenderás por qué no se dieron algunas cosas. Que la sincronicidad y la mar en coche.

Pero ¿qué sucede con la gente desesperanzada que ya no puede esperar más tiempo ni más oportunidades?

Y no es que no quieran esperar más, es que en las noticias dicen que el hilo se cortó, y no por lo más delgado: se cortó por donde parecía que nunca se iba a cortar. O tal vez, no se haya cortado y nosotros estemos siendo engañados por la prensa que maneja al poder político. En tal caso le creemos al diario digital.

He aquí el ejemplo de dos personas que no saben qué pasa con el hilo:

Se encuentran.

El primer año en una locación que no es la ciudad de ninguno de los dos. Hacen contacto. Se enamoran en tres días. Y en media hora se separan.

El segundo año, estas mismas personas en la misma locación del año anterior, que no es la ciudad de origen de ninguno de los dos, se vuelven a encontrar.

Se enamoran ¿de nuevo? y se vuelven a separar en un tiempo más prolongado a la media hora del año anterior.

Luego sobreviene un vacío de 25 años.

A esos dos primeros años lo llamaríamos destino sincronizado. Les dimos dos oportunidades. El resultado fue desaprovechamiento ocasional de las circunstancias. Jódanse ambos dos.

Take it easy. La era de la tecnología puede llegar a arreglar el resto. Pero no es así. Al encuentro cibernético suceden múltiples desencuentros presenciales.

Es decir: el destiempo. Y así los días negados se suceden intermitentemente hasta completar un tremendo ciclo de 30 años boyando.

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Te llegará una rosa cada día.

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Dedicado a Elba

Si no fuera por el pescador que se divisa sobre el poniente, la playa estaría desierta. Quisiera que ese pescador fueras vos, y yo ir caminando a tu encuentro a abrazarte, amor.

Es domingo. Le pedí a una sobrina que me trajera, y lo hizo refunfuñando. Ya sé, es invierno, y vos no querés que yo tome frío. Nadie quiere que me muera, todos me cuidan, pero hay días que se me hacen muy pesados. Esos días necesito volver a vos.

Te extraño, y volver a Punta Desnudez me hace sentirte más cerca. Aunque a estas alturas, no sé cómo sería tenerte más cerca aún; si vivís en mí.

Pasaron tal vez una veintena de años de la última vez que estuvimos en la villa juntos. No te creas que ha cambiado tanto, tal vez algunas construcciones. El mirador al que subíamos juntos los domingos al atardecer sigue bello como siempre.

¿Recordás esos años en que nos exiliamos como dos locos adolescentes, huyendo de la gente, los bancos, los mercados y el trajín? Ya éramos oficialmente jubilados. Jubilados del capitalismo, invirtiendo todo en vivir.

La casa que habitamos en ese entonces ahora tiene nuevos habitantes. Creo por la hamaca y otros juegos que ellos sí tienen niños.

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Infinitas cifras decimales.

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Self-Portrait, Kuusamo, Finland (Arno Rafael Minkkinen, 1976)

Te enamorás perdidamente. Lo vivís. Lo gozás. Lo padecés. Se concreta. Parece algo estable y que va para adelante como el ramal San Martín.

Rejuvenecés y envejecés intermitentemente. Llega la tan ansiada estabilidad. Luego la noche con una sucesión de tormentas y silencios, hasta que se instala el silencio definitivamente.

Vivís y sobrevivís para contarlo.

Incluso, ya viviendo en el país de la supervivencia, contás ante los paparazzi que no salió como esperabas, que no fue eterno ni mucho menos, que duró un poco más de lo necesario porque tomás en cuenta el último período de agonía. Llámese agonía al que arranca al empezar a recibir cartas documentos, alertas de expropiación por demolición total del amor, y al final la llegada de la grúa con la bola de derribo.

Lo simplemente majestuoso, valiente, intenso, sereno, el amor en la quinta dimensión, es finito.

Y su final acontece hoy lunes al mediodía. Le dirás que ya no más. Con el corazón en la mano, con el ceño estrujado, con los ojos opacos. Es lunes. Se arranca con el gimnasio, la dieta y la disolución de esta sociedad sin fines de lucro. Al resto de los días les llegará la sombra de la ausencia. A otros el desborde existencial de quien no se banca la soledad.

Tal vez no sean muchos los meses. Tal vez te sorprendas, y estés un año o más dando vueltas en el limbo existencial de la soltería.

Sin darte cuenta te levantás otro lunes setecientos cincuenta y tres días después de ese lunes y te preguntás qué está mal con vos. Y la respuesta es más compleja, más sencilla, más corta, más larga, más dolorosa  de lo que pensabas.

Tengo una teoría según la cual uno más uno en el amor nunca da dos. Menos que menos da uno. La fórmula exclusiva de una pareja da un número único en el universo, indivisible, indisoluble, inexistente hasta ese entonces. Es un código que nunca se volverá a formar con otros dos que se unan.

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Uno sólo muere cuando está solo.

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“En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo. Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.” Marguerite Yourcenar

Esta tarde de verano trae un susurro que se esconde detrás de melodías imperceptibles, mientras algunos en la casa duermen la siesta. Intento descifrarlo mientras me adormezco. Los insectos quieren entrar y atacar del otro lado del mosquitero. A la hora precisa llega la sincronicidad del sol que se apaga cuando debe,  trayendo alivio a este día de cuerpos y mentes incendiadas. A unas cuadras de aquí, el agua del río huye hacia el mar.

Improviso ya que hago lo que puedo. En esa improvisación es que me desdoblo, y alguien parecida a mi corre hasta la esquina yendo a buscarte… y vos sonriendo, mientras te miente y dice que está perdida. Perdida en este pueblo de dos por cuatro. Cobarde, perdida en tus ojos. Vuelve y se hace una conmigo nuevamente.

El día murió, y me bebo la mentira junto con una cerveza tirada, en las mesitas del Open Bar de la calle principal que está frente a la plaza. Alguien rasga la guitarra y canta una melodía harto conocida. Las adolescentes fuman mientras ríen, cantan y tratan de captar la atención del incipiente cantante.

Quiero irme de aquí, aunque siento que tengo los pies arraigados, como las raíces del olmo que hay en la plaza; esas donde me sentaba a verte pasar al final de la jornada laboral. Quiero verte pasar otra vez, pero eso no sucede. Tal vez con un poco de coraje te invitaría a viajar, descalzos, caminando hasta la estación abandonada del tren, para darnos un primer beso debajo del cartel con el nombre de nuestro paraje.

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Ahora que

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© Dmitry Stepanenko

Ahora que ya sabemos quienes somos, que el tiempo es ilimitado y nosotros limitados, que las caricias se mueren en el aire, y que el vino ha de guardarse acostado. Ahora que al fin se develó el secreto que se escondía dentro de las dos arterias que conducen a mi corazón. Ahora que ya sé que tengo un corazón que siente y late con una falta de sincronicidad alarmante. Ahora que me despierto antes de que suene la alarma y que no estás conmigo.

Ahora que dejo que el caos me invada, que no espero, ni desespero, ni pido, ni rezo. Ahora que no reclamo, ni clamo, lloro, imploro o pataleo ni por amor o desamor. Ahora que los dioses paganos han emigrado a otros cielos, y que los santos huyeron de las estampitas, no sin antes soplar las velas. Ahora que no me alcanza el aire para soplar tanto. Ahora que quisiera ser otra: desmesurada, descolocada, desmedida, torrencialmente intensa. Ahora que quiero salir a gritar a mitad de la calle, colapsar, implosionar, deslumbrar, enloquecer.

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Pequeñas muertes cotidianas

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“El que baila esencialmente escucha”. Andrea Uchite

Juegan tus ojos con los míos y extendés la mano. Sin decir nada, me agarro de ésta y apoyo mi pera sobre tu hombro, dejando que mis pies sigan los tuyos.  De pronto todo es un campo ausente de dialécticas y charlas vacías de contenido. No importa más nada. ¿Acaso debería de importarnos algo más?

Mi respiración rebota contra tu cuello y aprovecho a inspirar el aire que retorna como un boomerang mezclado con tu perfume etéreo y dulce; intenso éxtasis que obnubila mis neuronas. Me mareo con el dulzor de la fragancia, y sin embargo mantengo las rodillas flexibles y firmes a la vez.

La penumbra del atardecer invade la cocina de mosaicos dameros, y le da a todo el lugar una pincelada de acuarelas anaranjadas. En la calle, los focos de los esbeltos palos de luz, empiezan a entibiarse casi con vergüenza, mientras las estrellas hacen lo suyo y van diciendo presente a medida que el cielo se ennegrece.

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