Acto fallido (cuento)

Originalmente publicado en El Perro:

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Not Her – André Kohn

La previa de la tarde -llámese hora de la siesta en algunas latitudes- me sorprendió cansada a pesar del corto entrenamiento,  y ya estaba dispuesta a sentarme a “mirar algo” hasta que se hiciera la hora del trío café-ducha-trabajo. Mientras miraba “algo” me encontré con un ejercicio literario al que hace rato que no recurro. Consiste en tomar un fragmento de un libro o una frase y desde ese punto narrar una historia. Y así se me pasó el tiempo, volando entre palabras y lugares desconocidos. Puro placer.

“El doctor Max ha dicho que me quería cerca y ha mantenido su palabra. De hecho, mi despacho está enfrente del suyo, separado sólo por el pasillo. Es una habitación minúscula, que antes era el aseo privado del doctor Max; han quitado la taza del retrete y el lavabo, y ahora estoy yo, con una silla, una mesa…

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Plegarias en el súper

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Jacquelyn Bischak

“Señor, haz que nunca sea esa mujer en la cola del mercado que cuenta la cantidad de productos que tiene el chango de adelante.”

Si hay un lugar para ir a despuntar el vicio de las miserias humanas, ese es el súper.

Recuerdo muchos momentos críticos en mi vida, y esos puntos cruciales que se estampillaron en mi memoria están todos situados dentro de un mercado.

Año 1995. Mi ser pesando unos quince kilos de más, las carnes flojas luego de haber parido, y mi enorme cuerpo hundido en una muchedumbre agolpada en la inauguración de un nuevo supermercado en la ciudad. Estaban todos los ex clientes de otros súper despoblados. Minutos multiplicados en la tensa espera, una cola interminable, empujones y yo perdida entre cientos de voces pregonando problemáticas macroeconómicas relacionadas con el precio de las galletitas y la harina. El súper es un excelente lugar para vivir una depresión post parto. Sabía que quería huir,  podría haber ido a llorar al banco de una plaza, pero elegí el mercado.

En la siguiente década, mis incursiones al súper, siempre sabáticas y por la tardecita, tenían un punto definitivo y crucial: la verdulería. En ese sector estaban los espejos que se ponen al tope de los estantes para darle multiplicidad a los colores y a la  supuesta frescura de los vegetales.  A pesar de que en esa época mi paseo por el sector sólo incluía comprar algún morrón y dos cebollas, mi ser se detenía unos minutos y se buscaba en los espejos, levantando la cabeza, abriendo los ojos hasta el límite posible y tratando de entrar dentro de sí mismo. Ese lugar era la dimensión desconocida y yo esperaba que los espejos reflejaran algún síntoma, algún dato, algo que el espejo de mi baño no me estuviera revelando. Tuve mucha suerte de que el personal de seguridad nunca me detuviera por actitud sospechosa.

No muchos años después, el mensaje de los espejos llegó a ser contundente: ojeras y tristeza. Una combinación que entraba en la paleta de colores de las berenjenas. Es más, en alguna oportunidad, sabiendo del encuentro con mi propia mirada, llegaba al lugar con alguna lágrima sobre la mejilla. No hay como el sector verdulería para ser uno mismo.

Muy por el contrario, el sector “colas”  es ideal para compararse con el prójimo o al menos observar su conducta y luego desarrollar algún tipo de estudio relacionado con el comportamiento social. Y decirse a uno mismo en un murmullo: nunca seré como esa flaca, rubia, de pelo lacio y largo, la de las botas altas, que dejando el chango estacionado y al crío inquieto sentado en la sillita del mismo, va y viene multiplicando los productos que va a comprar, como si yo no existiera, como si no supiera que espero detrás de ella con la mercadería en la mano. No seré como esa señora que tengo detrás, jubilada, mayor, apurada y mal educada que no para de chocar las ruedas del carro contra mis tobillos, instigándome a desmaterializarme y desaparecer de la cola para que ella pueda irse más rápido. ¿A dónde?

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“Dispara, yo ya estoy muerta.”

Originalmente publicado en El Perro:

by Matteo Pantanoby Matteo Pantano

Siete de la mañana. La persiana metálica se levanta al activar la pesada cadena que encalla las manos de Julia. La penumbra de la mañana fría de invierno entra por los vidrios sucios y se reflejan en el pesado mostrador descascarado.

Sobre éste, el diario de hoy, vociferando a los cuatro vientos la realidad circundante en el pueblo. Los primeros clientes del kiosco son albañiles y otros obreros, que llegan en busca de cigarrillos que les permita obtener el humo necesario para arrancar la jornada.

Julia los atiende, inexpresiva, detrás de su pullover gris y estirado. El lugar no es muy amplio, y los rincones están cargados de telas de araña y humedad. Sobre un lateral, una estantería metálica hace de mecedora para juguetes descoloridos y sin vida. Del cielorraso pende un fluorescente incandescente y molesto. La jornada transcurrirá igual que todas las otras anteriores, y que…

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Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald: “Botes que reman contra la corriente”

El Perro 1970:

Entrada vintage. Hoy buscando sobre Zelda encontré mis propios apuntes.

Originalmente publicado en El Perro:

Evidentemente, mi tendencia hacia la literatura romántica, está marcada a fuego. Cuando leo este tipo de misivas, de pronto me surge la inquietud de estar en otras épocas para poder enviarlas, aunque es sólo un pensamiento que dura unos segundos. Estamos aquí, en la era de la comunicación, en donde los mensajes, el Chat y los mails van y vienen de manera totalmente acelerada y muchas veces demasiado desprovisto de palabras para mi gusto. No estoy segura de si el exceso de palabras en una carta ayuda a la comunicación entre dos personas, aunque tampoco sé si esta comunicación tipo telegrama que tenemos hoy lo deja todo dicho.

Sigo añorando mi baúl -no será mucho?- con cartas de amor -recibidas, claro-, de momento me conformo con transcribir algunas:

Alabama, marzo de 1920

“Miro hacia el camino y te veo venir y veo tus arrugados pantalones emerger de todas las nieblas…

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Máscaras enrolladas

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John Lovett

La ciudad cambia, gira, se contorsiona. Las baldosas de las veredas se aflojan  invitando a salpicar a los transeúntes con el agua que recién derramaron para lavarlas.  Otros, juntan las hojas del otoño y las encarcelan en grandes bolsas de consorcio, condenándolas a una futura hoguera. Brujas!

El karma de la cola fuera de cualquier entidad pública o privada que se precie de importante. La inútil espera, pero como hay que justificar de alguna manera en qué se gasta el tiempo, insisten en ir a estos lugares veinte minutos antes del horario de atención.

Elsa es jubilada. Se levantó hace horas, y está parada fuera del mercado. Faltan quince minutos más para que abra sus puertas. Ella espera mientras hace del día un estropajo con sus pensamientos premonitoriamente negativos. Sostiene una cartera con ambas manos y con su mirada recelosa escrudiña una a una a las personas que esperan junto a ella.

Hoy miércoles la verdulería pregona un veinte por ciento de descuento, con lo cual los zapallitos verdes bajaron a la  módica suma de seis pesos el kilo, una ganga.  Posiblemente la mejor noticia del día para Elsa, considerando que la ciudad es una jungla hostil, y el mercado no es más que una fiera a la que es necesario amaestrar diariamente como una cuestión de mera supervivencia.

Le abona la mercadería a la cajera sin mirarla, desenrollando billetes que saca del fondo del bolsillo interior de la campera. Vuelve a la calle.

Un hombre que acaba de estacionar su vehículo, le silba a la empleada del municipio que vende boletas de estacionamiento en la calle. El gesto no tiene un plan de galanteo, sino que es una orden imperiosa para que ella cruce la calle y le provea de la boleta. Si ella sintió fastidio o tuvo alguna identificación con un can,  nunca lo demostró.

Mientras esta y otras cuestiones discurren, Elsa  sigue matando lo que queda de la mañana. Camina llevando sus pies cansados de acera en acera hasta que llega a su próximo punto de espera: la farmacia. Las banquetas todas ocupadas y el número en turno para los afiliados a la obra social de los jubilados está unas nueve cabezas por detrás de su número.

Se queja, comenta los avatares de las ofertas y se pone al día de los hurtos nocturnos y necrológicas con sus colegas de la vejez.

Su turno. Carnet. Receta obra social, chequeo de datos en el sistema, extracción de troquelados, validación on-line, cinco cajas de medicamentos. De postre control de presión arterial, elevada por cierto por culpa del mundo y la polución ambiental.

A la salida se topa con una obra en construcción, y para evitar el extremo peligro que supone bajar el cordón de la vereda y caminar por el borde de ésta,  es que acorta distancias invadiendo territorio.

En la vereda, el  plan de los obreros es colocar cerámicos, y en ese brete estaban cuando Elsa tropieza con el piolín que hace de nivel. De ahí en más rodilla estrellada contra la carpeta de cemento, un rosario de cometas que se estrellan y maldiciones.

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… y el coraje rechaza el mar del infinito.

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Brad Kunkle

“La vida se contrae o expande en proporción al coraje de uno.”

-Anais Nin.

Miedo y Coraje

El miedo y el coraje
son gajes del oficio
pero si se descuidan
los derrota el olvido

el miedo se detiene
a un palmo del abismo
y el coraje no sabe
qué hacer con el peligro

el miedo no se atreve
a atravesar el río
y el coraje rechaza
el mar del infinito

no obstante hay ocasiones
que se abren de improviso
y allí miedo y coraje
son franjas de lo mismo.

Mario Benedetti

Estos últimos tiempos he estado recurrente con la eternidad, lo sé por los títulos de mis dos últimos escritos, que incluyen la palabra duplicada y descaradamente. Hoy por la tarde, mientras pensaba en la eternidad en general –no de mi vida en particular-, se me cruzó la cuestión del coraje y es ahí que probablemente haya podido romper el hechizo de la repetición.

Puntualmente una persona me dijo que para tirarse de un avión, como yo lo hice,  era necesario tener coraje. No es por quitarme mérito. Tirar me tiré. Pero acompañada. Es decir: de morir no iba a morir sola. Sería una muerte múltiple: el instructor y yo. Entonces me puse a pensar en qué componentes son necesarios para tener coraje, a parte de la aparente falta de miedo, porque como leí por ahí tener coraje es aguantar un poco más al miedo.  Llegué a desvariadas y múltiples conclusiones.

La primera es que a veces es bueno estar acompañado. Como cuando uno va a hacer un salto de bautismo. Ese alguien pasa a ser el ente que nos da aliento, nos dice que “podemos”, que “es tuya Juan”, y a veces se tira con nosotros –ésta última sería la versión exprés de coraje-.

Creo que cierto acompañamiento suaviza bastante la sensación de  miedo, aunque al fin y al cabo saltemos en soledad, porque decisiones como cambiar de trabajo, separarse, cambiar de ciudad o país, decirle a alguien que no está ni enterado que nos gusta, por dar algunos ejemplos; se pueden tomar acompañados pero se concretan en soledad.

Otra situación que se me cruzó, es que para tener coraje hay que estar solo, libre de los miedos y prejuicios del prójimo.  Es decir, contrario a lo que dije algunos renglones más arriba. Es el momento –si uno realmente está comprometido con la acción- de sacarse de alrededor gente pesimista, muy precavida, miedosa, mala onda y similares.

Todo esto acudió a mi cabeza luego de revisar mis propios actos de cobardía. Para mi el peor acto de cobardía capital radica en no seguir el pulso, al  corazón, no hacer lo que nos da satisfacción. A veces lo hacemos por falta de libertad, nos sentimos o estamos realmente presionados. Otras por complacer.  Al no tener el coraje de ser libres cedemos a los requerimientos externos, que en muchas oportunidades ni siquiera son frontales, sino simplemente sutiles indicios que a mal tiempo acatamos a rajatabla.

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El árbol de la vida o la eternidad de la locura.

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Bárbara Cole

“El amor imposible es tan imposible como yo pensaba. Más aún: es absolutamente imposible. Cuando el cielo baje a la tierra, cuando los tigres reciten a William Blake, cuando todos los hombres sean felices, aun entonces el amor imposible persistirá en su imposibilidad.

¿Debo confiar en un encuentro posterior a la vida, en una cita eterna de nuestras almas? Aun cuando creyera en ello, su alma no querrá encontrarse con la mía sino con otra, con otra elegida.”

Alejandra Pizarnik

Nueve treinta a.m.

Hace una hora que nadie entra a mi tienda. Lo sé  porque abrí ocho treinta y aún no he intercambiado palabra con nadie.

Una hora en la cual me he debatido entre un café instantáneo endulzado con Svevia, un libro de Rosa Montero que me hubiera gustado escribir y la ausencia de internet. Esto último probablemente me sugiere que hay otras cosas por hacer en esta vida además de navegar toda la mañana  buscando frases estúpidas, acordes con el momento presente, que den un poco o todo de sentido. Frases delirantes cuyo efecto sobrepase los treinta segundos que uno tarda en publicarlas.

Es una buena mañana casi para cualquier cosa. Alejandra Pizarnik me habla desde un rincón de los amores imposibles, reafirmando su carácter inamovible de imposibilidad aún después de muertos. Lo que no es en esta vida tampoco lo será en otra. Honestidad brutal.

¿Será necesaria esta dosis de pesimismo o realismo mañanero? Si al final de cuentas, creíamos que lo único que podía salvarnos era la muerte.

Ayer nos ha dejado un grande: Galeano. Un imprescindible como han dicho muchos, entre ellos algunos colegas suyos escritores.  Sólo puedo decir que las huellas de las palabras de un escritor son eternas. Ellos viven por siempre, superan con holgura el par de décadas de supervivencia. Vuelven a nacer cada vez que alguien los descubre en un libro o en una frase o en un pensamiento. Trascienden ampliamente cualquier barrera temporal.

Abrir un libro, leer, dar vida a los personajes y al escritor que está detrás de éstos.

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