… y el coraje rechaza el mar del infinito.

Mistral_lrg_web

Brad Kunkle

“La vida se contrae o expande en proporción al coraje de uno.”

-Anais Nin.

Miedo y Coraje

El miedo y el coraje
son gajes del oficio
pero si se descuidan
los derrota el olvido

el miedo se detiene
a un palmo del abismo
y el coraje no sabe
qué hacer con el peligro

el miedo no se atreve
a atravesar el río
y el coraje rechaza
el mar del infinito

no obstante hay ocasiones
que se abren de improviso
y allí miedo y coraje
son franjas de lo mismo.

Mario Benedetti

Estos últimos tiempos he estado recurrente con la eternidad, lo sé por los títulos de mis dos últimos escritos, que incluyen la palabra duplicada y descaradamente. Hoy por la tarde, mientras pensaba en la eternidad en general –no de mi vida en particular-, se me cruzó la cuestión del coraje y es ahí que probablemente haya podido romper el hechizo de la repetición.

Puntualmente una persona me dijo que para tirarse de un avión, como yo lo hice,  era necesario tener coraje. No es por quitarme mérito. Tirar me tiré. Pero acompañada. Es decir: de morir no iba a morir sola. Sería una muerte múltiple: el instructor y yo. Entonces me puse a pensar en qué componentes son necesarios para tener coraje, a parte de la aparente falta de miedo, porque como leí por ahí tener coraje es aguantar un poco más al miedo.  Llegué a desvariadas y múltiples conclusiones.

La primera es que a veces es bueno estar acompañado. Como cuando uno va a hacer un salto de bautismo. Ese alguien pasa a ser el ente que nos da aliento, nos dice que “podemos”, que “es tuya Juan”, y a veces se tira con nosotros –ésta última sería la versión exprés de coraje-.

Creo que cierto acompañamiento suaviza bastante la sensación de  miedo, aunque al fin y al cabo saltemos en soledad, porque decisiones como cambiar de trabajo, separarse, cambiar de ciudad o país, decirle a alguien que no está ni enterado que nos gusta, por dar algunos ejemplos; se pueden tomar acompañados pero se concretan en soledad.

Otra situación que se me cruzó, es que para tener coraje hay que estar solo, libre de los miedos y prejuicios del prójimo.  Es decir, contrario a lo que dije algunos renglones más arriba. Es el momento –si uno realmente está comprometido con la acción- de sacarse de alrededor gente pesimista, muy precavida, miedosa, mala onda y similares.

Todo esto acudió a mi cabeza luego de revisar mis propios actos de cobardía. Para mi el peor acto de cobardía capital radica en no seguir el pulso, al  corazón, no hacer lo que nos da satisfacción. A veces lo hacemos por falta de libertad, nos sentimos o estamos realmente presionados. Otras por complacer.  Al no tener el coraje de ser libres cedemos a los requerimientos externos, que en muchas oportunidades ni siquiera son frontales, sino simplemente sutiles indicios que a mal tiempo acatamos a rajatabla.

Sigue leyendo

El árbol de la vida o la eternidad de la locura.

 PageImage-524502-4779542-1994StillWaters
Bárbara Cole

“El amor imposible es tan imposible como yo pensaba. Más aún: es absolutamente imposible. Cuando el cielo baje a la tierra, cuando los tigres reciten a William Blake, cuando todos los hombres sean felices, aun entonces el amor imposible persistirá en su imposibilidad.

¿Debo confiar en un encuentro posterior a la vida, en una cita eterna de nuestras almas? Aun cuando creyera en ello, su alma no querrá encontrarse con la mía sino con otra, con otra elegida.”

Alejandra Pizarnik

Nueve treinta a.m.

Hace una hora que nadie entra a mi tienda. Lo sé  porque abrí ocho treinta y aún no he intercambiado palabra con nadie.

Una hora en la cual me he debatido entre un café instantáneo endulzado con Svevia, un libro de Rosa Montero que me hubiera gustado escribir y la ausencia de internet. Esto último probablemente me sugiere que hay otras cosas por hacer en esta vida además de navegar toda la mañana  buscando frases estúpidas, acordes con el momento presente, que den un poco o todo de sentido. Frases delirantes cuyo efecto sobrepase los treinta segundos que uno tarda en publicarlas.

Es una buena mañana casi para cualquier cosa. Alejandra Pizarnik me habla desde un rincón de los amores imposibles, reafirmando su carácter inamovible de imposibilidad aún después de muertos. Lo que no es en esta vida tampoco lo será en otra. Honestidad brutal.

¿Será necesaria esta dosis de pesimismo o realismo mañanero? Si al final de cuentas, creíamos que lo único que podía salvarnos era la muerte.

Ayer nos ha dejado un grande: Galeano. Un imprescindible como han dicho muchos, entre ellos algunos colegas suyos escritores.  Sólo puedo decir que las huellas de las palabras de un escritor son eternas. Ellos viven por siempre, superan con holgura el par de décadas de supervivencia. Vuelven a nacer cada vez que alguien los descubre en un libro o en una frase o en un pensamiento. Trascienden ampliamente cualquier barrera temporal.

Abrir un libro, leer, dar vida a los personajes y al escritor que está detrás de éstos.

Sigue leyendo

La eternidad de tus facciones

1939864_790092517667673_4678758694971828164_n (1)

Whispering Pines – Jeremy Lipking

No importa si cuando llama el amor
yo estoy muerta.
Vendré.
Siempre vendré
si alguna vez
llama el amor.”
Alejandra Pizarnik

Sábado. Uno más en mi haber. Una incipiente irritación sube por mi cuello y me ahoga a tal punto en que sólo quiero huir de aquí, abandonar la ciudad, abandonarme a mí misma y dejar de existir de la forma que soy ahora.

Saco una hoja en blanco para escribirte,  pero interrumpo el breve inicio de la acción sabiendo que mis palabras están muertas antes de nacer. Porque nunca las leerás, ni danzarán en tu mente mientras hacés esa mueca que se asemeja a una sonrisa torcida. Se ha hundido la vaga esperanza de inquietar tu mente o de alborotar tu alma.

Se cortó el hilo conductor que me sostenía a la creencia sutil de encontrarte sobre el fin de semana, tal vez sobre las veintitrés horas de un viernes o al inicio del sábado, y aspirar a llegar a éste con la felicidad de la concreción material de tocar tus huesos y saborearte como a un cóctel,  y no con este absurdo de hoy que me hace seguir esclavizada a sueños imposibles.

Es otoño. Cede la irritación con el compás de las tareas, y me agobia el falso bienestar de la rutina. El día cae por su propio peso. Caen las hojas, caen las gotas de la lluvia  intermitente, el atardecer cae también junto con las prisas, las luces diáfanas de la ciudad se disuelven en el horizonte.  El día se hunde agonizante.

Es abril. Es sábado sin vos, desabrido, desolado, amarillo, apacible, silencioso, tibio; destemplado como el primer frío sin manta o cobertor.

Sobre la hora en la que caen las estrellas, me tiendo en el sillón y con mis piernas en alto, saboreo una bebida espirituosa que empalaga mis labios, enciende mis mejillas y adormece mi alma. De mis ojos se derriten lágrimas que mueren en la comisura de mi boca.  Mi boca frágil y desértica.

Afuera todo el mundo huye, algunos de sus trabajos, otros de sus hogares, de deudas contraídas y de promesas incumplidas. La vida cae por su propio peso pidiendo rendición de cuentas, y de este acto también queremos ausentarnos, como si fuera posible tal cosa.

Tal vez me duermo, pongo en off mi filosofía de cuarta. Tal vez sueño, tal vez recuerdo o invento nuevos eventos pasados sobre nuestra existencia juntos.

Sigue leyendo

Con el pie en el estribo

18289_843061569080430_2491891397145981425_n

FANNY NUSHKA MOREAUX

Puse el pie en el estribo de la avioneta, el instructor estaba  pegado a mí y más que hilos invisibles, nos sujetaban un montón de tiras y ganchos sofisticados.

Inmediatamente luego de saltar al vacío, dimos una vuelta completa en el aire. En esa fracción de segundo alcancé a preguntarme por qué estaba haciendo lo que estaba haciendo. Tal vez no lo había meditado lo suficiente. ¿Había sido muy impulsiva? ¿No me había asesorado para semejante expedición?

Una vez que estuvimos en posición –espalda arqueada, talones a la cola, brazos abiertos con codos flexionados-, iniciamos la caída libre a una velocidad que no puedo calcular, pero firmemente puedo asegurar que es lo más veloz que me he transportado en mi vida.

Luego de esos segundos en donde el aire era una masa furiosa y abrazadora, se abrió el paracaídas y la vorágine se detuvo. Como así también se detuvieron el tiempo, los recuerdos, los miedos, los juicios y los cuestionamientos.  Las dudas desaparecieron. Lejos de ver mi vida en cámara lenta, me pareció ver al universo en cámara lenta.

Desde arriba,  la tierra lucía como un hermoso patchwork, con trozos en diferentes tonalidades de verdes, unidos por las delicadas líneas que formaban rutas y caminos de tierra. Cada tanto un espejo de agua formado por un círculo irregular.

La tierra como un acolchado mullido, pronto a cobijarme. Y yo, suspendida, aturdida por el silencio, navegando por tanto azul y tanto cielo. El horizonte desdibujado,  mis pensamientos ahogados, mis ojos asombrados, mi corazón contento. Tan pequeña y diminuta, tan insignificante, tan la nada rodeada por el todo.

Hay una simbiosis entre dejarse caer y fluir, o volar. Una fracción de tiempo sublime donde perdí el control cediéndolo voluntariamente, negándome incluso a comandar los hilos que sujetaban mi paracaídas multicolor.

Hay millones de lecturas para una misma experiencia. Para algunos puede significar adrenalina, coraje, locura o una nueva y simple experiencia.

Yo quise volar con el motor apagado, dejando que el viento me llevase y esa mágica suspensión temporal me invadiera, junto con la certeza de mi pequeñez.

No sé si podré trasladar toda la experiencia al resto de mis días.

Seguro alguna mañana, al poner el pie en el estribo del nuevo día, recuerde lanzarme de lleno a la experiencia de vivir con mayor dosis de confianza y menor dosis de miedo.

Tal vez deje de luchar contra el rumbo que toman algunas cosas que ya están predestinadas, y deje de  aferrarme con los dientes apretados a situaciones que no tienen razón de ser.

Tal vez, alguna mañana, me acuerde de volar.

La última cuota, la última pócima o el caramelo al fondo del cajón.

10974382_962238417154476_7293025510118171772_o

Arte: Christian Raffin

“Te recuerdo como eras en el último otoño.

Eras la boina gris y el corazón en calma.

En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.

Y las hojas caían en el agua de tu alma.”

Pablo Neruda

He caído en la cuenta de que ya no seré una escritora famosa hundiendo cigarrillos a medio fumar en un cenicero al lado de la máquina de escribir. Ni siquiera seré una de esas nuevas escritoras zen,  las que toman una taza de té verde o banchá entre párrafo y versos.

Seré una relatora de sucesos, con algún que otro testigo de mis recuerdos formateados. Relatora del recuerdo que tengo de vos. Nada más ni nada menos. Es que acaso el resto importa?

He descubierto que he dejado de fumar, casi en la misma época en la que dejé de querer suicidarme.

Es mentira que uno busca a la muerte, ella nos busca a nosotros,  juega, da unas vuelteretas, a veces cae de improviso, y otras, cuando uno la masculla como una idea que sabe a dulce; esas otras veces, en las que creemos que es como un caramelo en el fondo del cajón, nos hace creer que es nuestra la idea, cuando en realidad no es así.

De todas maneras la ignoré, ella se aburrió de mí y me dejó un par de décadas un poco tranquila.

De la misma forma ignoré las palabras que formaban las nubes de humo de tabaco sobre mi cabeza, ya no me decían nada, y la verdad es que siempre detesté el humo del cigarrillo. Qué vicio más estúpido!

Es otra forma de sobre vivencia?  Digo, esto de cuidarse. Sigo en el camino y en forma. Supero kilómetros a diario mientras mis zapatillas golpean el concreto y mis neuronas vuelan libres de esfuerzo. Mi corazón hace tic tac tuc de manera tan armoniosa que un electro no encuentra nada dispar en sus sonidos.

Sigue leyendo

Noventa y dos días más y veinte horas.

11037311_830610690325518_7476197554030354463_n

Eugene Monks

Marzo. Afuera la transformación ha comenzado, silenciosa como todos los años.  Sin melodías ni grandes alharacas o elocuencias, ni siquiera emitiendo un murmullo: la tierra se dispone a descansar. Primero se desnuda, se descama, rasga su alma casi hasta morir, y allí en medio de esa desolación y decrepitud, es que vuelve. Pero para eso falta.

¿Estarás vos en esa desnudez que te tiene atado en algún lugar, mientras tu alma se recompone?

Hoy le cuento a tu ausencia que por estos días estuve caminando por viejas calles sembradas de adoquines, en donde las veredas cubiertas por las sombras de grandes árboles, ya han empezado a salpicarse de hojas doradas y tostadas. Mientras yo iba vestida de verano, con mis piernas y hombros desnudos y tu selección musical en mi cabeza, el otoño sorprendía a mis pies con el crujir de las hojas.  Qué felicidad!

Mis últimos otoños ya no son iguales, y no por culpa de tu obligada ausencia. Aunque conservan el aroma intenso, aunque el viento se aquieta de la misma manera y el amanecer llama más tarde, aunque no me invada ya la angustia, hay algo en la luz, o en la dirección de ésta, o en el recuerdo, hay algo que se va evaporando de a poco.  ¿Será el recuerdo que se va difuminando?

Sigue leyendo

“Creo que su canto tiene color de violetas húmedas …”

Jeremy-Mann-15

Jeremy Mann

“Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.”

Sólo la muerte – Frag. Pablo Neruda

Que me encuentre escribiendo cartas de amor manuscritas, mientras el sol de otoño se filtra entre las cortinas blancas de lino, y los rayos de luz difuminados mueren sobre mi escritorio blanco.

Que me encuentre con las mejillas encendidas, mascando un trozo de hierba del parque, mientras la hamaca se mece suavemente acunando el atardecer.

Que me encuentre de pie, caminando por el sendero que bordea al río colorado, mientras con una mano acaricio las hojas de los sauces que caen en la rivera.

Que me encuentre mezclando sabores en la cocina, jugando a la hechicera, combinando especias y hierbas, vegetales y hortalizas recién extirpados de la huerta, creando manjares, jaleas y conservas.

Que me encuentre en paz, pero no rendida, aceptando esos recuerdos que pugnan por volver, acariciando los momentos dulces que uno intenta retener,

Que me encuentre servicial y compasiva, con ninguna cuota por pagar ni por vencer, con saldo a favor en el banco, el banco de los besos concretados.

Que me encuentre con el baúl lleno de recortes y fotos, de mis momentos, de caracoles recolectados en la playa y toda esa clase extraña de objetos raros que dan pena tirar.

Sigue leyendo