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© John Giannatos

“A veces uno amanece con ganas de extinguirse.” Cortázar

 

Estoy triste.

Es raro perder algo

De lo que no se ha usufructuado nunca.

Tal vez –otra vez esta puta palabra-

El “algo” es tan intangible

Como un pensamiento.

Algo que existe en la medida

En que lo rumiamos.

Dejé de rumiar

Y empecé a sumar.

Hice dos más dos.

Y en vez de darme cuatro,

Me dio mil doscientos ochenta y uno.

Mil doscientas las veces que pensé en vos.

Ochenta las que me quedé con las ganas.

Una la vez que me fui.

Patricia Lohin

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Con alas y halos

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© Eleni Mahera

Hay personas que llegan a tu vida por un rato o para toda la vida. Dentro de los que llegan para toda la vida, muchos no estarán con vos los 365 días del año. Vendrán cada tanto, te abrazarán fuerte -muy fuerte-, podrás estar con ellos luego de mucho tiempo y sentirte como en tu casa, no hay hielo que romper porque todo fluye, hablás boludeces hasta la madrugada y te reís de los mismos disparates. Otras, aunque no están cerca físicamente, trascienden en el tiempo. Con ellos tenés escondites que con otras personas no. Escondites donde no llevás máscaras, no tenés que aparentar, ni cuidarte con lo que decís o expresás, el miedo es un exiliado que se fue a otros universos. Casi siempre una de las primeras oraciones que uno intercambia con ellos es “extrañaba tanto ser yo mismo, ser yo mismo con vos”.

Son más indispensables que los ángeles de la guarda, más imprescindibles que el amor de tu vida, más necesarios que la luz, el aire o el agua. Vienen a rescatarnos cuando nos perdemos, a cuidarnos sin pedirnos nada a cambio. Tienen alas y halos. Nos recuerdan cuando nos estamos traicionando, cuando nos apartamos mucho de nuestra esencia. Nos llaman con un susurro si nos vamos muy lejos de casa, para que volvamos a ser. Vienen a decirte que no te conformes. Son el asilo de nuestras almas.

Hay días como hoy, en los que me levanto con una de esas voces que me dice algo, y de pronto todo es tan claro que no hay vuelta atrás. “Darling” es una de esas personas.

Darling:

Acabo de leer por ahí algo que dice que “Optimismo es un amor a distancia.”

Tenemos tantas preguntas abiertas y no caben en un libro, creo que no caben ni siquiera en una biblioteca. Ayer mismo me debatía entre varios conceptos del tiempo. Hoy me debato entre varios conceptos sobre el término distancia. Las distancias que nos ponen y que ponemos para no desnudarnos.

Fuimos y somos –vaya si fuimos- un hermoso ejemplo de que la distancia no existe. De que se puede abolir incluso si no hay Wi-fi, si se cae el sistema de Whatsapp o si Facebook es vendido a los talibanes.

Fuimos antes que todo eso, y no sólo sobrevivimos, estamos más que vivos. Podríamos protagonizar una saga completa de alguna serie de culto. Somos invencibles, eternos diría Serrano. Cualquier territorio es conquistable, cualquier revolución posible. Que levanten la mano cuántos soñaron una misma noche uno con el otro y amanecieron abrazando una almohada. ¿Usted señor? ¿Y a quién le vendió sus sueños?

Los recursos son infinitos y caen multiplicados desde el cielo, sólo para nosotros; aunque hoy no los usemos. En nuestros años más intensos fuimos dos que rompieron todos los patrones, reglas e ítems pelotudos preestablecidos. Barrimos con todos los límites, incluso corrimos de lugar la línea del horizonte, lo hicimos ondulado y eléctrico, como si fuese un electrocardiograma; planchamos el mar para dormir sobre él tapándonos con el firmamento. Fueron mil y una noches, mil y una vidas en una noche.

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Tic Tac

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Romy Schneider and Alain Delon at home in tancrou in 1959 • Michel Brodsky

Es lunes y me despierto con el recuerdo de haber leído por ahí que a José Saramago le molestaba el ruido de los relojes. El escritor encontró una solución que derrite a cualquier escéptico del romanticismo: paró los relojes a las 16:00 hs, momento en el que vió por primera vez a la que sería su compañera por el resto de su vida:

“Es la hora en que Pilar y yo nos dimos cita por primera vez. Pilar es el centro de mi vida desde que la conocí hace 17 años. Fue idea mía parar los relojes de esta casa a las cuatro de la tarde. Eso no significa que el tiempo se haya quedado ahí, sino que es como si el reloj marcara la hora en la que el mundo empezó.”  – Entrevista Rosa Miriam Elizalde, 2003.

Escribe  Antoine de Saint-Exupéry en “El Principito”:

“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, a partir de las tres empezaré a ser feliz. A medida que se acerque la hora me sentiré más feliz. Y a las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, no sabré nunca a qué hora vestirme el corazón… Los ritos son necesarios.”

Pero… hay horas que se desconocen, hay certezas que no sabemos si existen, o cuándo estarán por llegar, si es que llegan. Queremos adivinarlas, conquistarlas, hacer predicciones, tener premoniciones… pero el tiempo y la realidad escapan a todo eso. Hay ritos que nunca tendremos, porque simplemente desconocemos cuál será la hora en que vestiremos el corazón.  Habrá que saltar y vestirse con lo primero que encontremos a mano.

Lunes 19 hs.

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Naves quemadas

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© José Luna

“Porque vivir  es navegar tras un espejismo detrás de un abismo sin vuelta atrás.” Luis Eduardo Aute

Perdón la demora. No estaría llegando. Me he demorado, desviado, detenido, paralizado. Aunque según desde donde se mire la situación también pude haberme adelantado. El caso es que no la emboqué con esto del timing.

La próxima vez me colgaré de las agujas del reloj, en un intento desesperado por lograr esa mentada sincronía entre el momento adecuado y yo. El momento adecuado y vos. Tal vez me deslice por la aguja que marca los minutos y caiga de una buena vez sin medir las consecuencias. Tanto pensar y mis pies quedan trabados en el eje que sostiene el movimiento del universo, mientras yo alucino que estoy estática.

Las estaciones de trenes –desérticas, quebradas, abandonadas- son plantaciones de vagones con asientos de cuero resquebrajados; aunque los vagones de carga se han transformado en lofts para quien necesite cobijo, siesta y calorcito.

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Azúcar a punto caramelo

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“Hay historias terminadas que ciertamente no se terminan nunca y la noche las cobija. Las hace parecer ciertas. Posibles otra vez.” Lorena Pronsky

Darling:

Qué peligrosas son algunas noches solitarias con olor a azúcar a punto caramelo para el flan. Suena la playlist que armé para nosotros: el Nano canta para Piel de manzana.  Me cobijo en el tema como si fuera una manta norteña tejida en telar: pesada y colorida, con olor a tu perfume mezclado con el mío.

Entre la música, el aroma de la cocina y tu recuerdo me siento como en casa, estando en mi casa. Una casa de naipes a punto de derrumbarse, armada a pura fantasía. Cierro bien las puertas y ventanas.  Quiero evitar cualquier corriente de aire y habitarla un rato más. Que dure, que no se desvanezca, que luche por mantenerse en pie. Alguien que luche ya que nosotros nos hemos rendido.

Un aire tibio baja desde el cielorraso hasta el sillón donde estoy acostada. Creo escuchar tu voz leyendo el último escrito que me mandaste. Qué manera que tenés de habitarme con tus palabras.

Tu voz me acompaña mientras me bajo del auto y entro a la biblioteca. Llueve torrencialmente, y la galería repleta de plantas y enredaderas es una sinfonía llena de gotas que crean toda clase de notas musicales. Busco un libro para vos, algo enroscado y lleno de cuestiones filosóficas, que leerías en el recreo repleto de ausencias. Un Principito dibujado en la pared se ríe de nosotros. El libro que llevo en la mochila habla de dos que intercambiando nombres llegan a un lugar que nunca compartieron con nadie más. ¿Te suena? Tan nosotros…

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Luna en Tauro

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© Sanna Sjöswärd

Que sea verdad el sol que se despierta y se refleja en los cristales de los edificios, en las hojas doradas del otoño, en los parabrisas de los autos que salen para la escuela o el trabajo.  Que sea verdad el sol que se extiende  como un espejismo en la continuidad de la ruta recta que cruza la Patagonia, mientras apoyo mis pies en el tablero y parloteo sobre el libro que estoy leyendo mientras suena Dylan.  Que sea verdad el sol  que acaricia mi espalda mientras corro, el que rueda sobre la línea que divide el campo del cielo hasta despegar, y que me acompaña desde el amanecer hasta el mediodía, haciendo que me olvide de mí misma.

Que sea verdad tu valija, que abrirás para sacar la remera que me pondré por la noche para deambular por la cocina, mientras busco algo para tomar y vuelvo a la cama. Que sean verdad tus promesas no dichas, tus expectativas no puestas sobre la mesa al lado de la taza del café, que sea verdad la incertidumbre y lo que no sabemos, que el no saber abra todas las puertas y ventanas. Que sea verdad el vapor que sale de nuestras bocas un domingo por la mañana al asomarnos por el balcón que mira embelesado las sierras, con la punta de la nariz congelada y  las manos tibias entrelazadas.

Que sea verdad la palabra escrita, la caricia que se demora un poco más en la mejilla, la mirada que devora, la humedad de mis ojos, otras humedades, tu abrazo que anula las distancias del tiempo y crea uno nuevo en donde no existe más nada.

Que sea verdad que estamos del mismo lado, que nos entendemos en este lenguaje mudo que sale por los poros; que sea verdad tu mirada reiterativa, cómplice y repitente sobre la mía, que sea verdad que fuimos, que somos.

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15:15 p.m.

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Fotógrafo Henri Bresson

15:10 p.m.

Suena la alarma.

Postergo.

15:15 p.m.

El vecino comienza a maltratar a su perra.

Cada palabra que suma a sus gritos sale disparada con mayor furia que la anterior.  Lo imagino apretando los puños y los dientes. Endureciendo cada parte de su cuerpo, desde la nuca hasta los dedos de sus pies, escupiendo fuego por sus ojos y saliva de su boca. Su boca que es un arma, sus palabras que son municiones. Cada una de éstas me mata lentamente y me lleva a lugares a donde no quiero volver: mi niñez, el patio, la casa sin medianeras, los gritos, el paredón del fondo, yo acurrucada -nunca lo suficientemente lejos-, como un perro que no sabe huir de su amo.

Me estremezco. Mi piel se eriza y meto la cabeza debajo de la almohada, como cuando era chica.

Se escucha un aullido lastimoso. Aúllo lastimosamente.

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