Tal vez

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Arte: Claire Elan

¿Y si no hubieran señales?

Digo … si en realidad no fueran más que un artilugio de nuestra imaginación, un deseo incontrolable que nos hace ver signos, signos que no son más que detalles que ya estaban allí; dispersos, dispares, sin enlazarse, absolutamente con nada ni nadie.

Después de todo, la misma luna que destella aquí por las noches también lo hace en lugares lejanos, insospechados, habitados o despoblados.

¿Es eso que llaman una coincidencia, casualidad o sincronicidad?

Ahora si ambos estamos mirando la luna en el mismo instante, sin haberlo previsto ni programado, en un acto total de espontaneidad, pensando uno en el otro -apostemos-, tal vez nos acerquemos a la definición delirante de unión a pesar de cualquier distancia.

Seguramente en ese microsegundo en el que los dos estamos con la cabeza en alto y una sonrisa bobalicona se despliega lo de la sincronía. Tal vez… tal vez ocurra eso de que el inconsciente de uno está unido al inconsciente del otro, esos mini seres auto existenciales y autónomos metidos dentro de uno,  que al parecer no entienden el concepto de distancia.

Estas filosofías que nacen en la cama de algún trasnochado con la intención de ser esperanzadoras para el resto de los mortales, en realidad acaban siendo pseudo filosofías de las cuales agarrarse para echar a volar, como quien quiere colgarse de esos globos que se inflan con gas helio. ¿Cuántos globos necesita una persona de setenta kilos para poder despegar sus pies del suelo? ¿Y cuántos para volar sobre los tejados?

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Inevitable desencuentro

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Arte: Jeremy Mann

“Tenemos que apurarnos hacia el encuentro, porque en nuestro caso el futuro es un inevitable desencuentro.”

La tregua – Mario Benedetti

Cinco meses eran más que suficientes para crear una nueva vida. Para ser honestos, con menos de las veinticuatro horas que componen un día,  también hubiera alcanzado.

Irene era una mujer normal. Entendamos por normal su tez color aceituna, sus ojos estrictamente marrones -salvo algún destello verdoso que chispeaba si se la encontraba un día soleado de verano frente al mar-. Ni muy baja ni muy alta, con un cuerpo suave y redondeado,  maduro pero firme. Típico de una mujer de cincuenta y tantos años.

Al orden consecutivo de los días, le sucedía el orden puntilloso de las tareas y sus ínfimos detalles. Incluso, las interacciones con sus allegados, parecían estar pautadas de antemano. Pero un día de abril, doce para ser precisos,  las cosas comenzaron a moverse dando lugar al caos de lo impredecible.

Todo comenzó con una solicitud de amistad en Facebook. Maldito Facebook.

Juan Pablo.

Leyó su nombre varias veces. Le dedicó una hora entera con sus respectivos minutos y segundos a repasar su fotografía. Había en la expresión de los ojos de Juanchi –así lo llamaban de adolescente- un gesto que a ella le resultaba vagamente familiar y a su vez lejano,  como algo proveniente de otra vida. Consideró y reconsideró los pros y contras de sumarlo a la comunidad de amigos de esa jungla cibernética.

Se preguntó si él la recordaba de la misma manera que ella a él. Tal vez sólo tuviera presente la época en la que habían sido vecinos y ella no era más que una nena de diez años.

En un acto de coraje sacado vaya a saber de dónde y muy impropio de Irene,  presionó la tecla Enter que aceptaba tal solicitud. Luego se abandonó a la rutina y voluntariamente barrió el asunto hacía la vereda.

Durante los siguientes diez días no ocurrió nada sumamente notable. Tal vez los cambios eran imperceptibles,  como volver a escuchar algunas canciones,  hojear libros olvidados, buscar en el maletín azul guardado en el desván una carpeta con recortes,  cartas,  fotografías y apuntes, todo con la excusa de hacer orden.

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De lunes urbanos

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Arte: Mike Barr – Late afternoon – Greenhill Road

La mañana se despierta con la luz de marzo sobre las aceras. Pocos lo notan. La luz, maldita y bendita, todo depende de quien la sienta, recorre las líneas paralelas de las ciudades, con un tono menos violento que hace unas semanas. El aire ha pasado de espeso a liviano, y el otoño, más que una promesa, está llegando.

Los que esperan, viven inertes, acudiendo a las mismas citas programadas de hace diez años: el banco, el mercado, en centro médico, la farmacia. Pocos sienten sus pies latir con cada paso. Supuestamente muchos corazones se escurrieron por los dedos gordos del pie izquierdo, y ahora fluyen líquidos y desapareciendo por los desagües. Lo que antes eran cuerpos agraciados ahora son seres vertebrados, haciendo la cola del mercado.  Para quienes esperaban morir en el 2012, éstas son excelentes noticias. Lo importante es estar vivo, no importa cómo. Aferrarse al parpadeo de los ojos, a la bocanada de aire que entra por la boca tibia, pararse cueste lo que cueste, para luego quedarse sentado mirando algo.

Los lunes, el mercado luce más triste de lo habitual. No hay mejor lugar para sentirse miserable que el mercado, preferentemente uno de esos descuidados, que apuntan el nombre de súper o híper en el cartel de chapa que brilla por su opacidad sobre el frente. Sus estacionamientos lucen baches diversos, en donde se amontonan autos de colores y polvorientos.

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Recurrencias

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Anna Madia

Aún no acabo de descubrir cómo llegué a este lugar.

Supongamos que nací aquí, del todo huérfana, detalle que hace que quieras huir a cualquier otro lugar.  Pero ¿a dónde?

Miro y está tan obscuro acá, que no sabría qué camino tomar. Es que ¿hay más caminos?

Tal vez este lugar tan sólo sea el fragmento de algo, un “algo” insospechado del cual no se sabe nada. Esta ignorancia no hace más que asesinar la supuesta elucubración que se pueda hacer sobre nacimientos, cuestiones parentales, árboles genealógicos, raíces de los mismos y posibilidades de amistades que superen cualquier estimación temporal.

Caí acá, hace tres décimas de segundos o hace mil millones de años. Es igual. No hay viento ni cuerdas de relojes. Intuyo que es un lugar alargado, como si fuera una ruta o una vía del tren. Si hay un horizonte no lo veo.

Hay tan poco para ver, que no se me ocurre otra cosa más que pensar. La obscuridad es tan íntegra que hace bien su papel: no se divisan bordes, ni caminos, ni horizontes. El lugar parece un escenario sin público ni aplausos, la adrenalina de no saber si ante un paso caeré, está comenzando a afectarme tanto, que sólo atino a girar sobre las huellas de mis pies. Debajo hay algo que parece tierra seca mezclada con trozos de vidrio, que en otra época fueron parte de un alumbrado público.

En el aire vuelan chispas desprendidas por colillas de cigarrillos que ahora mueren en el suelo, lo más parecido a una estrella fugaz tal vez sea una de esas chispas. Escucho cánticos ahogados que suenan a coros góticos y disonantes. Hay otra gente que fuma, canta y muere. Hace mucho frío para ser el infierno, y aún está templado para llamarse invierno.

El aire huele a humo, tal vez sean los vicios encendidos o el hálito que despiden las almas errantes.  Me invade el sueño junto con la certeza de que esa noche no terminará jamás. Cae otra chispa a mis pies, e ilumina un par de segundos que se extienden medio metro alrededor de mi presencia.

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Río Hondo

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Imagen: Pinterest

12 de diciembre. Amanece.

Llora el cielo con intermitencias y ráfagas fisgonas de luz solar.

De a ratos moja y de a ratos seca a las angostas calles de pedregullo y tierra.

Desde las cumbres bajan los pueblerinos con cargamentos de adornos florales y frutales que liberarán en el Río Hondo en los primeros minutos del décimo tercer día de diciembre.

En la orilla, las mujeres intentan barrer el suelo de arcilla donde ubicarán sus puestos. Ya adornadas desde temprano con escotes y volados, brillos con sabor a cereza en los labios, loción de verbena en el cuello y hermosas trenzas enredadas en lo alto de sus cabezas.

Tienden almidonados manteles naranjas y amarillos sobre largos tablones de madera, donde retozarán cuencos abundantes de frutas y verduras de estación, mezclados con estampitas y rosarios en honor a la Virgen Niña del Río Hondo.

Reza casi como en un canto a los visitantes y vecinos la comadrona del pueblo, mientras se hamaca detrás de su puesto de albahaca y frutillas:

“Pide un deseo, tú niña y tú también que ya no eres niña ni volverás a ser joven. Pídelo con el corazón abierto y la virtud de los ojos que aún han visto muy poco al otro lado de la orilla. Cuenta los días de tu espera con inmensa fe, reza, frota por día una cuenta de tu rosario de piedra coral, que al terminar los cincuenta y nueve días y los cincuenta y nueve rezos, agradecerás sin pedir más y volverás a empezar la cuenta.”

Bajo el arco de enredaderas que marca el comienzo del sendero,  que guía hacia el sector de la orilla del río desde donde partirán las ofrendas, Pedro –mecánico de herencia y encantador de abejas por pasión- relata entusiasmado a una pareja de forasteros, que a falta de manantiales y nacientes, a falta de Minerva y Coventina, sobra río Hondo y Virgencita para arrastrar penas, lágrimas y peticiones, que volverán condensadas al cielo en la tercer luna llena del próximo año nuevo.

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Almas accidentadas

AndreaGalluzzo[1]

© Ebony Galluzzo

 

De las desesperanzas

Nacen los errores

Que condenan a las almas accidentadas

A confundir deseos de amores.

Desde los atropellos del corazón

Parten las grandes desesperanzas

Que salpican en forma de lunares

La región noreste de tu espalda.

Y es así

Como al invierno le puede suceder otro otoño,

Y a éste otro invierno,

No llegando nunca la primavera

A entibiar las hojas de los sauces

Que lloran repetitivamente

Al borde del río opaco.

La culpa fue de mi ojo derecho,

Que sucumbió a la distracción

Y se posó en el hoyuelo

Con el que juega tu boca

Cuando se forma una sonrisa zonza.

Mi ojo izquierdo,

Receloso y cauto,

Inspeccionó líneas inconclusas,

Paralelas y diagonales,

Que surcan el cosmos

Delimitado entre tu frente y mentón.

Pero al llegar al abismo

Situado al final de tu rostro,

Desfallecieron ambas pupilas

Y al final algo nació.

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Resplandor

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Léon Herschtritt, Amoureux de Paris, 1960

Acaricio tu voz con mi aliento.

Retumban en mi memoria

Tus registros vocales

Como si fueran cantos sagrados

De una tribu libertaria y ancestral.

O el sonido de mágicos tambores

Cuyos ecos repercuten

En la tierra nueva, compacta,

Sólida, fértil y húmeda;

Emanando vapores que dieron origen

A  tu alma y la mía,

Ese primer día del primer ciclo

De la gran página en blanco

Que hoy despilfarra colores,

Fracciones, notas

E interrupciones gráficas.

Tiemblo sin remedio,

Ante esta incauta invasión

Que el viento de enero trae,

Junto a fragmentos tuyos próximos y pasados.

Tu sangre diluida en el néctar del tiempo

Inyecta mis despertares mañaneros

Y siembra de largas interrupciones

La utópica continuidad

Del descanso nocturno.

Pequeñas muertes plomizas

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