A años luz de tu mirada

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© Kirill Surov

Hoy me levanté asesina.

Una mina que supuestamente era yo, escribía hace tres años un poema que hablaba de extrañar. Extraño en mi. Casi me inspiro ternura.

Hoy es el último día de la semana, ¿o será mañana?, ¿o tal vez fue ayer? ¿Qué vendría a ser un sábado en la vida de un simple mortal? Nunca entendí bien eso de ponerle tanto título a las cosas: primeras horas, último día, domingo relax, lunes de mierda.

Te recuerdo un viernes parado detrás de mí, mirándome hacer la tarea diaria de recolección del dinero para la subsistencia. Fueron dos segundos, me di vuelta y allí estaban tus ojos. Pienso en tu mirada. ¿Qué pensarías en ese momento? Tal vez en lo simple de mi labor diminuta y poco colaborativa con el universo. O lo inalcanzable e insondable de mi personalidad. Mirar a otro ser humano que se conoce poco es como entrar en un túnel y ni siquiera adivinar cuánto falta para la salida. Así somos vos y yo, como un túnel del cual sólo conocemos la ubicación de la entrada. La curiosidad definitivamente no nos desvela. No entraremos bajo ninguna circunstancia.

Te hubiera gustado estar hoy por la mañana.

La segunda persona en entrar a mi negocio fue una mujer mayor vestida de rojo. No paraba de hablar atropellando una palabra con otra. ¡Dios! ¿Es que ya nadie respeta un buen diálogo y respirar entre líneas?

Respire señora, no se me vaya a morir sobre el piso de madera.

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La puerta roja

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© Alexander Maslenitsyn

La puerta roja

Que no aparece.

La obscuridad que abraza.

Mi trote sobre

La calle de tierra.

La luna desdibujada

Detrás de las nubes

Apenas si es el hoyuelo

De tu mejilla;

Una media sonrisa

Puesta en vertical.

Mis cordones atados

Al repiqueteo de mi respiración.

Siento que avanzo,

Sin embargo

La puerta se desvanece

En el horizonte donde el campo duerme

Y las cigarras despiertan.

Tus ojos ya no brillan

Más que las luciérnagas.

Mis ojos húmedos

Que no sueltan lágrimas.

Es el adiós.

Patricia Lohin

Anonimato sentimental

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“Amor no es literatura sino se puede escribir en la piel.” J.M.Serrat

Hace algunos años sucedió una de esas cosas que pasan en las redes sociales: un hombre y una mujer volvieron a localizarse después de treinta años.

Setecientos días, con todas sus noches y amaneceres incluidos duró el viaje bilateral de los corazones.  Un encuentro es una celebración dijo ella. El no estaba listo para tanto baile, y los días fueron languideciendo uno junto al otro, hasta que ella quemó física y digitalmente todo resto de ese rejunte kármico.

Sólo dos cosas habían quedado guardadas: una carta de ella que emulaba una especie de grito ahogado frente a tanta impasividad y la respuesta de él, que llegó casi un año más tarde en forma de cuento.

Tal vez nunca nadie volviese a escribir algo tan acertado sobre ella.

El siguiente texto es una colaboración involuntaria y anónima de esa historia.

“Sentada frente al mueble de algarrobo del living, con la mano junto al teléfono y casi apoyada en un sueño, escuchaba atentamente.

Unas lágrimas que no entendían bien  lo que escuchaba o lo que podía deducir de esa voz profunda y familiar; un dejo de hastío, un halo de pesadez y un extraño sinsabor. Comenzaba el dolor del amor colgado de un olvido, ese que una vez fue un recuerdo que nunca germinó.

Los pies cruzados, los codos sobre las rodillas y esa palabra salvadora que nunca iba a salir. Los recuerdos, las sonrisas y los  amaneceres, jugaban entre los dos, y  un final avasallante.

A veces los sueños no responden a un único llamado, entonces se fractura el tiempo, se diluyen las ilusiones, se esfuman las caricias y un rasgado recuerdo tambalea entre la paciencia, la ignominia y el desamor.

Procederes y pareceres que confluyen en un anonimato sentimental. Mientras con la mano libre jugaba con su pelo, ella presentía aquella predicción llamada final.  Siempre soñó con llegar al borde del destino con él, pero el camino la iba encerrando sin darle chance alguna. Sus ojos  miraban al frente, aunque realmente se la veía observar muy adentro; hacia afuera, el oprobio y la desidia  jugaban la última carta de ese gran amor.

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Almas sencillas

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Imagen: Pinterest

Sin vueltas

Cambio de página en mi libreta.

Escribo, digo adiós y luego la guardo.

Por poco tiempo.

Si nunca guardé nada,

¿Por qué hacerlo ahora?

La despedida sabe a transformación:

Cuesta menos aunque duele como la mierda.

Con o sin dolor

Estos días tienen el gusto del néctar dulce,

A higos maduros

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Corazones daltónicos

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© Matías marzorati

Hoy tengo tres líneas de pensamiento absurdo:

Hay más hombres daltónicos que mujeres, y creo que no todos tienen la capacidad de ver todos los colores. Ahora entiendo todo.

Mi falta de entusiasmo ante algunas situaciones tan reiteradas como aburridas. Misma gente, mismo discurso, mismo saludo, mismo desenlace.

La intención de refutar que la vida es cíclica. ¿El 11 de enero del 2017 estaba del otro lado de este mismo círculo?

El verano es abrazador, las calles están desiertas. Los que no están guardados en sus cocinas frente al notidiario, están en la playa, tratando de sostener lo que han construido durante el resto del año. ¿Se puede? ¿O ya es muy tarde para recrear todas las charlas que no tuvimos durante el año? Haremos el amor y nos prometeremos que de ahora en más todo será distinto.

Se suceden los atardeceres, una bola de fuego que se apaga en el mar y somos pocos los que la vemos con las pupilas dilatadas de tanto éxtasis. La naturaleza es avasallante y tiene el efecto de una droga, me conmueve y me hace temblar. Quiero más de eso.  Hagamos un club de aduladores de atardeceres.

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Huelga de ilusiones

El Perro

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Arte: Walid Ebeid

Según el noticiero de hoy, se ha diluido la ilusión, -efectivamente eso parece-, y junto con ésta cualquier atisbo de que el amor pudiera ser tal, así como el papel una caricia, la frase un susurro y tu mirada una fuerza concreta que viniera a atravesar cualquier alma –no cualquiera, sólo la mía- a través del tiempo que transforma la distancia en átomos multicolores.

Los periodistas y especialistas en estos temas, están muy intrigados, analizando con minucia los cuatro puntos cardinales, buscando recovecos con vestigios de arena o algún caracol de mar que les susurre qué le ha pasado a este universo que se está escurriendo por la rejilla del baño.

Tal vez el hilo dorado, que oficiaba de cable transportador de vibraciones, de hamaca en las siestas o para colgar los sueños literarios manchados por el café,  nunca fue más que baba del diablo, o apenas…

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Amotinada

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Rene Stuardo

No sé qué carajo me trajo hasta acá….

Alguna clase de transporte subacuático

Del color de tus ojos.

La permanencia de tu mirada

Sobre los objetos cotidianos,

Tus pavadas sobre cuestiones

Que no le importan a nadie

Más que a nosotros.

Retazos de papel

Con miles de accidentes geográficos,

La falta de cordura

Y la puntería de la oportunidad

Que siempre juega a lo inoportuno.

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