Río Hondo

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Imagen: Pinterest

12 de diciembre. Amanece.

Llora el cielo con intermitencias y ráfagas fisgonas de luz solar.

De a ratos moja y de a ratos seca a las angostas calles de pedregullo y tierra.

Desde las cumbres bajan los pueblerinos con cargamentos de adornos florales y frutales que liberarán en el Río Hondo en los primeros minutos del décimo tercer día de diciembre.

En la orilla, las mujeres intentan barrer el suelo de arcilla donde ubicarán sus puestos. Ya adornadas desde temprano con escotes y volados, brillos con sabor a cereza en los labios, loción de verbena en el cuello y hermosas trenzas enredadas en lo alto de sus cabezas.

Tienden almidonados manteles naranjas y amarillos sobre largos tablones de madera, donde retozarán cuencos abundantes de frutas y verduras de estación, mezclados con estampitas y rosarios en honor a la Virgen Niña del Río Hondo.

Reza casi como en un canto a los visitantes y vecinos la comadrona del pueblo, mientras se hamaca detrás de su puesto de albahaca y frutillas:

“Pide un deseo, tú niña y tú también que ya no eres niña ni volverás a ser joven. Pídelo con el corazón abierto y la virtud de los ojos que aún han visto muy poco al otro lado de la orilla. Cuenta los días de tu espera con inmensa fe, reza, frota por día una cuenta de tu rosario de piedra coral, que al terminar los cincuenta y nueve días y los cincuenta y nueve rezos, agradecerás sin pedir más y volverás a empezar la cuenta.”

Bajo el arco de enredaderas que marca el comienzo del sendero,  que guía hacia el sector de la orilla del río desde donde partirán las ofrendas, Pedro –mecánico de herencia y encantador de abejas por pasión- relata entusiasmado a una pareja de forasteros, que a falta de manantiales y nacientes, a falta de Minerva y Coventina, sobra río Hondo y Virgencita para arrastrar penas, lágrimas y peticiones, que volverán condensadas al cielo en la tercer luna llena del próximo año nuevo.

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Almas accidentadas

AndreaGalluzzo[1]

© Ebony Galluzzo

 

De las desesperanzas

Nacen los errores

Que condenan a las almas accidentadas

A confundir deseos de amores.

Desde los atropellos del corazón

Parten las grandes desesperanzas

Que salpican en forma de lunares

La región noreste de tu espalda.

Y es así

Como al invierno le puede suceder otro otoño,

Y a éste otro invierno,

No llegando nunca la primavera

A entibiar las hojas de los sauces

Que lloran repetitivamente

Al borde del río opaco.

La culpa fue de mi ojo derecho,

Que sucumbió a la distracción

Y se posó en el hoyuelo

Con el que juega tu boca

Cuando se forma una sonrisa zonza.

Mi ojo izquierdo,

Receloso y cauto,

Inspeccionó líneas inconclusas,

Paralelas y diagonales,

Que surcan el cosmos

Delimitado entre tu frente y mentón.

Pero al llegar al abismo

Situado al final de tu rostro,

Desfallecieron ambas pupilas

Y al final algo nació.

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Resplandor

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Léon Herschtritt, Amoureux de Paris, 1960

Acaricio tu voz con mi aliento.

Retumban en mi memoria

Tus registros vocales

Como si fueran cantos sagrados

De una tribu libertaria y ancestral.

O el sonido de mágicos tambores

Cuyos ecos repercuten

En la tierra nueva, compacta,

Sólida, fértil y húmeda;

Emanando vapores que dieron origen

A  tu alma y la mía,

Ese primer día del primer ciclo

De la gran página en blanco

Que hoy despilfarra colores,

Fracciones, notas

E interrupciones gráficas.

Tiemblo sin remedio,

Ante esta incauta invasión

Que el viento de enero trae,

Junto a fragmentos tuyos próximos y pasados.

Tu sangre diluida en el néctar del tiempo

Inyecta mis despertares mañaneros

Y siembra de largas interrupciones

La utópica continuidad

Del descanso nocturno.

Pequeñas muertes plomizas

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Komorebi

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Lost In Thought –  Jordan Ek

 

Hay una palabra japonesa que se usa para describir a la luz que se filtra a través de las hojas de los árboles. La saboreo en mi boca,  mientras me rodea el sordo paisaje forestal continuo a la playa. Majestuosos troncos se elevan hasta el cielo, y con sus copas frondosas susurran al mar, que ruge del otro lado de la valla verde pardo. Escalas menores se mezclan con el gorjeo de las aves.

El sol se multiplica en miles de caricias luminosas, creando una danza de luces, espejismos y sombras. Caos y armonía. Dorados y obscuros. Giro sobre mí, multiplicando mi soledad. El suelo cruje suavemente bajo mis pies. Las hojas muertas simulan un falso otoño en plenos meses estivales. Silban las hojas que cuelgan de las ramas; las aves juegan a amarse, sabiendo de la caducidad de este pequeño mundo tibio y verde, y de la perpetuidad del espíritu.

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Para siempre

Para siempre, repost.

El Perro

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Alexey Zaycev

Estar muerto.

Por cuánto tiempo?

Para siempre. . .

Ellos vivieron en un poblado al sur del planeta en el último rincón del mundo, allá por los años ochenta de la era cristiana.

El pueblo que no alcanzó nunca la categoría oficial de ciudad por no contar con una cúpula de iglesia que superara los ciento veinte metros, no era más que una colonia de gente hipócrita rejuntada y exiliada de otras vecindades que aspiraban a mejorar su idiosincrasia.

La hipocresía era considerada en ese entonces como un bien común, un puntal para la supervivencia dentro de una ciudadanía poco afín a la realidad de cualquier tipo.

No había sierras, ni mares o alamedas, tampoco lagunas. El paisaje era liso y llano. Una inmensa estepa plagada de malas yerbas carcomía el caserío desde los cuatro puntos cardinales. Las calles, desprovistas de pavimento y sembradas de canto rodado, eran…

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Huelga de ilusiones

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Arte: Walid Ebeid

Según el noticiero de hoy, se ha diluido la ilusión, -efectivamente eso parece-, y junto con ésta cualquier atisbo de que el amor pudiera ser tal, así como el papel una caricia, la frase un susurro y tu mirada una fuerza concreta que viniera a atravesar cualquier alma –no cualquiera, sólo la mía- a través del tiempo que transforma la distancia en átomos multicolores.

Los periodistas y especialistas en estos temas, están muy intrigados, analizando con minucia los cuatro puntos cardinales, buscando recovecos con vestigios de arena o algún caracol de mar que les susurre qué le ha pasado a este universo que se está escurriendo por la rejilla del baño.

Tal vez el hilo dorado, que oficiaba de cable transportador de vibraciones, de hamaca en las siestas o para colgar los sueños literarios manchados por el café,  nunca fue más que baba del diablo, o apenas una débil telaraña tejida por un papaíto, intentando sostener puntos suspensivos.

Hablar de nosotros se me hace hoy como invadir una noche oscura y cerrada, la impenetrable, sin lunas, estrellas, constelaciones o galaxias, sin Principito ni rosa, sin algo fugaz ni hadas, tan solo la nada negra y contundente en donde los sueños rebotan contra un muro.

Me pregunto quién de los dos lo construyó. ¿Acaso tuvimos las herramientas y no nos dimos cuenta? No obtengo respuesta. Poco quiero a la pregunta. Cambio de canal, dejo una sitcom y la ignoro.

Impera la realidad; tan clara, asertiva y correcta, bien vestida y despiadada, con el gesto imperturbable acentuado en su boca y mentón, atajando cualquier rebelión que quisiera derrocarla e ignorarla. No hay golpe de estado que dure más de tres segundos y medio, o más de media mañana; luego todo vuelve a ser como era. Marchen los sueños insurrectos y las rebeldías, marchen los deseos gozosos que quisieron derribar las fronteras, junto con el bocado dulce y empalagoso de los besos, marchen todos a la celda gris del nunca jamás.

He perdido mi musa, o mi ilusión, que es lo mismo. Y he declarado -sin firmar documentos ni decretos- al resto de mi vida en huelga; mientras saboreo sentada en un banquillo de la obscura cocina, el dejo amargo y ácido  que ha dejado en mi lengua la fruta arrancada antes de tiempo.

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Sol Sistere

Ya ves, esta noche

-dicen-

Es la más corta del año.

Tendremos que urgir

Nuestra quimera,

Adosar pronto la cabeza

Sobre almohadas dispersas

en distintos puntos cardinales. 

Invocar a las deidades

Con la oración breve y definitiva,

Esa que usamos por decreto,

Cuando las horas nocturnas

Tienden a evaporarse

Y gastadas se suman a las del día.

O como hoy

Que con el descenso del solsticio de verano

Nos invade una leve aflicción

De no tener el minutero a favor,

Para abastecer nuestras almas

Con pequeñas delicias y secretos compartidos.

Cerraremos los ojos

Y al breve instante en que nos entreguemos

Al acto terrenal de dormir,

Correremos al encuentro

Del uno con el otro.

Tu boca sobre la mía,

Y tu mano en mi espalda

Sólo para empezar.

Y cuando regrese el hechizo del alba

Nos despediremos extasiados

Rumbo a lo que nos queda del día

Bajo la sombra de la espera.

Patricia Lohin