La última cuota, la última pócima o el caramelo al fondo del cajón.

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Arte: Christian Raffin

“Te recuerdo como eras en el último otoño.

Eras la boina gris y el corazón en calma.

En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.

Y las hojas caían en el agua de tu alma.”

Pablo Neruda

He caído en la cuenta de que ya no seré una escritora famosa hundiendo cigarrillos a medio fumar en un cenicero al lado de la máquina de escribir. Ni siquiera seré una de esas nuevas escritoras zen,  las que toman una taza de té verde o banchá entre párrafo y versos.

Seré una relatora de sucesos, con algún que otro testigo de mis recuerdos formateados. Relatora del recuerdo que tengo de vos. Nada más ni nada menos. Es que acaso el resto importa?

He descubierto que he dejado de fumar, casi en la misma época en la que dejé de querer suicidarme.

Es mentira que uno busca a la muerte, ella nos busca a nosotros,  juega, da unas vuelteretas, a veces cae de improviso, y otras, cuando uno la masculla como una idea que sabe a dulce; esas otras veces, en las que creemos que es como un caramelo en el fondo del cajón, nos hace creer que es nuestra la idea, cuando en realidad no es así.

De todas maneras la ignoré, ella se aburrió de mí y me dejó un par de décadas un poco tranquila.

De la misma forma ignoré las palabras que formaban las nubes de humo de tabaco sobre mi cabeza, ya no me decían nada, y la verdad es que siempre detesté el humo del cigarrillo. Qué vicio más estúpido!

Es otra forma de sobre vivencia?  Digo, esto de cuidarse. Sigo en el camino y en forma. Supero kilómetros a diario mientras mis zapatillas golpean el concreto y mis neuronas vuelan libres de esfuerzo. Mi corazón hace tic tac tuc de manera tan armoniosa que un electro no encuentra nada dispar en sus sonidos.

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Noventa y dos días más y veinte horas.

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Eugene Monks

Marzo. Afuera la transformación ha comenzado, silenciosa como todos los años.  Sin melodías ni grandes alharacas o elocuencias, ni siquiera emitiendo un murmullo: la tierra se dispone a descansar. Primero se desnuda, se descama, rasga su alma casi hasta morir, y allí en medio de esa desolación y decrepitud, es que vuelve. Pero para eso falta.

¿Estarás vos en esa desnudez que te tiene atado en algún lugar, mientras tu alma se recompone?

Hoy le cuento a tu ausencia que por estos días estuve caminando por viejas calles sembradas de adoquines, en donde las veredas cubiertas por las sombras de grandes árboles, ya han empezado a salpicarse de hojas doradas y tostadas. Mientras yo iba vestida de verano, con mis piernas y hombros desnudos y tu selección musical en mi cabeza, el otoño sorprendía a mis pies con el crujir de las hojas.  Qué felicidad!

Mis últimos otoños ya no son iguales, y no por culpa de tu obligada ausencia. Aunque conservan el aroma intenso, aunque el viento se aquieta de la misma manera y el amanecer llama más tarde, aunque no me invada ya la angustia, hay algo en la luz, o en la dirección de ésta, o en el recuerdo, hay algo que se va evaporando de a poco.  ¿Será el recuerdo que se va difuminando?

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“Creo que su canto tiene color de violetas húmedas …”

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Jeremy Mann

“Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.”

Sólo la muerte – Frag. Pablo Neruda

Que me encuentre escribiendo cartas de amor manuscritas, mientras el sol de otoño se filtra entre las cortinas blancas de lino, y los rayos de luz difuminados mueren sobre mi escritorio blanco.

Que me encuentre con las mejillas encendidas, mascando un trozo de hierba del parque, mientras la hamaca se mece suavemente acunando el atardecer.

Que me encuentre de pie, caminando por el sendero que bordea al río colorado, mientras con una mano acaricio las hojas de los sauces que caen en la rivera.

Que me encuentre mezclando sabores en la cocina, jugando a la hechicera, combinando especias y hierbas, vegetales y hortalizas recién extirpados de la huerta, creando manjares, jaleas y conservas.

Que me encuentre en paz, pero no rendida, aceptando esos recuerdos que pugnan por volver, acariciando los momentos dulces que uno intenta retener,

Que me encuentre servicial y compasiva, con ninguna cuota por pagar ni por vencer, con saldo a favor en el banco, el banco de los besos concretados.

Que me encuentre con el baúl lleno de recortes y fotos, de mis momentos, de caracoles recolectados en la playa y toda esa clase extraña de objetos raros que dan pena tirar.

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La última página

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Sergio Helle

Difícil hablar de vos

Sentada de espaldas a  tu ausencia.

Junto las frutas maduras caídas en el patio,

Recojo  tu silla, tu rincón y tu estar

Redoblando la apuesta a la soledad,

Llenando la casa de recuerdos

Que empiezan a tergiversarse

Al compás de los granos de arena

Que caen despiadadamente.

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Beso alquimista

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Arte: Pino Daeni

Verano detrás de las ventanas.

Avanza la noche  y el insomnio llama a mi puerta.

Lo acepto con resignación, y me dejo arrastrar hacia la calle mientras cubro mi torso con una camisa.

Afuera, bajo las luminarias de la costanera, bandadas de muchachos apuran su paso hacia el centro nocturno. En la plazoleta quedan algunos vestigios de la feria que fue durante el día.

Una pareja camina silenciosa de la mano. Sin decir nada,  él la besa prolongada y solemnemente, mientras le sujeta la nuca con la mano. Luego se separan y sin mirarse siguen cada uno por su lado.

Algo me empuja a bajar a la playa. Largos escalones me transportan hacia la fría humedad de la arena que penetra por las plantas de mis pies.

Cuento algunas estrellas acariciando el cielo con el dedo índice, como si ese manto negro fuera tu piel blanca y las estrellas tus lunares.  Creo ver el contorno de tu figura pasar a mi lado, escapás varios pasos delante de mí  y tus susurros se hunden en la noche sin sombras.

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Saber amar, saber a mar.

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Lionel-Noël Royer, Cupid and Psyche, (1893)

¿Por qué no festejar un día de los enamorados?

Que no es una fiesta nacional como el día de la tradición?  ¿Que hay que exorcizarla como a Halloween? Que no sean amargados! ¿Que estás desilusionado? Pero, ¿quién a muerto de amor? ¿O quién no ha renacido luego de un desengaño?

Dicen que San Valentín fue un sacerdote, que desafiando al emperador Claudio II que prohibía a los jóvenes casarse –supuestamente los jóvenes solteros eran mejores soldados para la guerra-, celebraba casamientos en la clandestinidad.

Pero a pesar de la existencia de amores grises, sin pasión, en soledad, con sueños, con el horizonte que no llega nunca, con un baile solitario en la cocina, las velas apagadas y el beso que no fue; ¿por qué no recordar lo hermoso que es estar enamorados? Aunque de ese suceso hayan pasado tres millones de años luz, y no estemos seguros de si nos pasó a nosotros o lo vivió otra persona.

Aunque tengamos la piel seca por falta de caricias,  aunque la rutina haya detenido el galope del corazón o el vuelo de las mariposas, aunque las mejores estrofas de ese poema estén borroneadas y nuestra edad siga haciendo estragos en la escasa reserva de  sueños. Aunque la desesperanza haya aniquilado a la esperanza, aunque hayamos dicho nunca más …

¿Cómo es que era eso de estar enamorados?

El enamoramiento te pone hermoso desde los cuatro puntos cardinales. No queda un detalle en tu fibra que no irradie luz. Tus ojos se encienden, tu sonrisa llega para instalarse, caminás erguido, con actitud, con todas las plumas paradas y relucientes. Sos amado y correspondido. Sos como el dueño del universo. Estás seguro que sabés amar o  sabés a Mar, que es casi lo mismo.

Si hay un paraíso debe estar plagado de enamorados. Pero no de esos enamorados lujuriosos, que viven  apagando la sed de deseos carnales. Sino de esos mortales que se saben eternos, que se conforman con la mirada, o el toque sutil de la pupila sobre la piel del otro. Es el amor lento y despejado de apuros, ¿porque a dónde ha de irse tanto amor? Ellos saben que no se va a ningún lado, tienen la certeza y la honran. El amor que se materializa en suaves gestos y en la comunión del cuerpo que danza en una misma vibración.

Es el amor alegre, porque el amor tiene mil y una sonrisas. Es como una noche estrellada, y los amantes yacen tirados de espaldas sobre el pasto intentando capturar una estrella fugaz, mientras tararean juntos esa canción que tanto les gusta, callan y se entienden, así sin más, y la certeza de saberse inmortales vuela por allí mezclada con las luciérnagas.

Y llega Valentín, San Valentín, el día de los enamorados, el 14 de febrero se presenta como un cuco para las víctimas de desengaños y desamores.

¿Por qué no recrear un poco de la magia de aquellos días en los cuales todo comenzó?

Por ahí, quién te dice y volvés a creer.

“Es un instante, pero este instante, sólo este rato, es una traca que revienta en el pecho. Es llenar la eternidad. Es hablar con Dios. Atrapar el infinito. Eso que llaman estar enamorado.” Joan Manuel Serrat

Miedo y soledad

10532943_821319317934515_5401141750600001189_nVincent Giarrano – On the couch

Despertar dormida, activar la desgana, tranquila y sin furia.

Abrir la puerta, cerrarla. Sentir la briza cálida en la frente. Mirar a la vereda. Jugar a que un paso es más largo que el anterior. No encontrar ni una moneda.

Cruzar la calle. Chequear la cartera. Sacar todo. Encontrar el celular, volver a acomodar. Cruzar una plaza. Recibir un mini folleto de futuras vacaciones en el cielo mormón. Asentir y dejar que Dios haga su trabajo. Las campanas de una iglesia que suenan en otro pueblo , las palomas que se espantan en éste pueblo. El paso número ochenta y cinco. La baldosa que tropieza. La huella del can. Las colas de gente multiplicadas en distintas puertas de doble hoja, de metal o de madera, altas y gruesas. Una cola en el banco, otra en el súper, una cola y media en la entidad financiera. El reloj que no apura. Puertas cerradas. Gente que espera, gente que apremia mientras largan humos de colores y contagian humores.

El diariero que grita obscenidades de la actualidad real. Las aceras que abrazan y el asfalto comienza a dirigir el tránsito.

Bostezos.

Pensar si cerró la puerta de su casa. Intentar recordar. Si no la cerró alguien ya pudo haber entrado. Si no la cerró su perro pudo haber escapado o el viento pudo haber violado la puerta y dejarla de par en par. Miedo a que quede la puerta abierta, miedo a que entre el viento y algo más. Miedo a que las colas sean recurrentes.

Las llaves. Tal vez se las olvidó. Abre la cartera. Saca todo. Encuentra otras llaves. Sacude y escucha. Las encuentra. Vuelve a amontonar todo en la cartera.

Abre su lugar de trabajo. Cede el blindex y sale el aire viciado de ayer, como si fuera una bocanada de aire calefaccionado en pleno invierno.

Ilumina, barre, saluda, atiende, acomoda. Miedo al silencio. Miedo a pensar demasiado.

La gente hace cola en otro lado. Se sienta, se mece. Escucha unos acordes. Lo recuerda.

Miedo a que no vuelva más. Miedo a olvidarlo. Miedo a que mañana sea igual que hoy y hoy igual que ayer.

Miedo a cerrar la puerta y perder las llaves. Miedo a dejarla abierta. Cierra al fin y desanda sus pasos. Saca todo de la cartera. Chequea que miedo y soledad sigan allí. Los guarda en la cartera. Llega y la puerta estaba cerrada.

El no ha vuelto y ella nunca olvidará.