“Creo que su canto tiene color de violetas húmedas …”

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Jeremy Mann

“Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.”

Sólo la muerte – Frag. Pablo Neruda

Que me encuentre escribiendo cartas de amor manuscritas, mientras el sol de otoño se filtra entre las cortinas blancas de lino, y los rayos de luz difuminados mueren sobre mi escritorio blanco.

Que me encuentre con las mejillas encendidas, mascando un trozo de hierba del parque, mientras la hamaca se mece suavemente acunando el atardecer.

Que me encuentre de pie, caminando por el sendero que bordea al río colorado, mientras con una mano acaricio las hojas de los sauces que caen en la rivera.

Que me encuentre mezclando sabores en la cocina, jugando a la hechicera, combinando especias y hierbas, vegetales y hortalizas recién extirpados de la huerta, creando manjares, jaleas y conservas.

Que me encuentre en paz, pero no rendida, aceptando esos recuerdos que pugnan por volver, acariciando los momentos dulces que uno intenta retener,

Que me encuentre servicial y compasiva, con ninguna cuota por pagar ni por vencer, con saldo a favor en el banco, el banco de los besos concretados.

Que me encuentre con el baúl lleno de recortes y fotos, de mis momentos, de caracoles recolectados en la playa y toda esa clase extraña de objetos raros que dan pena tirar.

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La última página

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Sergio Helle

Difícil hablar de vos

Sentada de espaldas a  tu ausencia.

Junto las frutas maduras caídas en el patio,

Recojo  tu silla, tu rincón y tu estar

Redoblando la apuesta a la soledad,

Llenando la casa de recuerdos

Que empiezan a tergiversarse

Al compás de los granos de arena

Que caen despiadadamente.

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Beso alquimista

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Arte: Pino Daeni

Verano detrás de las ventanas.

Avanza la noche  y el insomnio llama a mi puerta.

Lo acepto con resignación, y me dejo arrastrar hacia la calle mientras cubro mi torso con una camisa.

Afuera, bajo las luminarias de la costanera, bandadas de muchachos apuran su paso hacia el centro nocturno. En la plazoleta quedan algunos vestigios de la feria que fue durante el día.

Una pareja camina silenciosa de la mano. Sin decir nada,  él la besa prolongada y solemnemente, mientras le sujeta la nuca con la mano. Luego se separan y sin mirarse siguen cada uno por su lado.

Algo me empuja a bajar a la playa. Largos escalones me transportan hacia la fría humedad de la arena que penetra por las plantas de mis pies.

Cuento algunas estrellas acariciando el cielo con el dedo índice, como si ese manto negro fuera tu piel blanca y las estrellas tus lunares.  Creo ver el contorno de tu figura pasar a mi lado, escapás varios pasos delante de mí  y tus susurros se hunden en la noche sin sombras.

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Saber amar, saber a mar.

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Lionel-Noël Royer, Cupid and Psyche, (1893)

¿Por qué no festejar un día de los enamorados?

Que no es una fiesta nacional como el día de la tradición?  ¿Que hay que exorcizarla como a Halloween? Que no sean amargados! ¿Que estás desilusionado? Pero, ¿quién a muerto de amor? ¿O quién no ha renacido luego de un desengaño?

Dicen que San Valentín fue un sacerdote, que desafiando al emperador Claudio II que prohibía a los jóvenes casarse –supuestamente los jóvenes solteros eran mejores soldados para la guerra-, celebraba casamientos en la clandestinidad.

Pero a pesar de la existencia de amores grises, sin pasión, en soledad, con sueños, con el horizonte que no llega nunca, con un baile solitario en la cocina, las velas apagadas y el beso que no fue; ¿por qué no recordar lo hermoso que es estar enamorados? Aunque de ese suceso hayan pasado tres millones de años luz, y no estemos seguros de si nos pasó a nosotros o lo vivió otra persona.

Aunque tengamos la piel seca por falta de caricias,  aunque la rutina haya detenido el galope del corazón o el vuelo de las mariposas, aunque las mejores estrofas de ese poema estén borroneadas y nuestra edad siga haciendo estragos en la escasa reserva de  sueños. Aunque la desesperanza haya aniquilado a la esperanza, aunque hayamos dicho nunca más …

¿Cómo es que era eso de estar enamorados?

El enamoramiento te pone hermoso desde los cuatro puntos cardinales. No queda un detalle en tu fibra que no irradie luz. Tus ojos se encienden, tu sonrisa llega para instalarse, caminás erguido, con actitud, con todas las plumas paradas y relucientes. Sos amado y correspondido. Sos como el dueño del universo. Estás seguro que sabés amar o  sabés a Mar, que es casi lo mismo.

Si hay un paraíso debe estar plagado de enamorados. Pero no de esos enamorados lujuriosos, que viven  apagando la sed de deseos carnales. Sino de esos mortales que se saben eternos, que se conforman con la mirada, o el toque sutil de la pupila sobre la piel del otro. Es el amor lento y despejado de apuros, ¿porque a dónde ha de irse tanto amor? Ellos saben que no se va a ningún lado, tienen la certeza y la honran. El amor que se materializa en suaves gestos y en la comunión del cuerpo que danza en una misma vibración.

Es el amor alegre, porque el amor tiene mil y una sonrisas. Es como una noche estrellada, y los amantes yacen tirados de espaldas sobre el pasto intentando capturar una estrella fugaz, mientras tararean juntos esa canción que tanto les gusta, callan y se entienden, así sin más, y la certeza de saberse inmortales vuela por allí mezclada con las luciérnagas.

Y llega Valentín, San Valentín, el día de los enamorados, el 14 de febrero se presenta como un cuco para las víctimas de desengaños y desamores.

¿Por qué no recrear un poco de la magia de aquellos días en los cuales todo comenzó?

Por ahí, quién te dice y volvés a creer.

“Es un instante, pero este instante, sólo este rato, es una traca que revienta en el pecho. Es llenar la eternidad. Es hablar con Dios. Atrapar el infinito. Eso que llaman estar enamorado.” Joan Manuel Serrat

Miedo y soledad

10532943_821319317934515_5401141750600001189_nVincent Giarrano – On the couch

Despertar dormida, activar la desgana, tranquila y sin furia.

Abrir la puerta, cerrarla. Sentir la briza cálida en la frente. Mirar a la vereda. Jugar a que un paso es más largo que el anterior. No encontrar ni una moneda.

Cruzar la calle. Chequear la cartera. Sacar todo. Encontrar el celular, volver a acomodar. Cruzar una plaza. Recibir un mini folleto de futuras vacaciones en el cielo mormón. Asentir y dejar que Dios haga su trabajo. Las campanas de una iglesia que suenan en otro pueblo , las palomas que se espantan en éste pueblo. El paso número ochenta y cinco. La baldosa que tropieza. La huella del can. Las colas de gente multiplicadas en distintas puertas de doble hoja, de metal o de madera, altas y gruesas. Una cola en el banco, otra en el súper, una cola y media en la entidad financiera. El reloj que no apura. Puertas cerradas. Gente que espera, gente que apremia mientras largan humos de colores y contagian humores.

El diariero que grita obscenidades de la actualidad real. Las aceras que abrazan y el asfalto comienza a dirigir el tránsito.

Bostezos.

Pensar si cerró la puerta de su casa. Intentar recordar. Si no la cerró alguien ya pudo haber entrado. Si no la cerró su perro pudo haber escapado o el viento pudo haber violado la puerta y dejarla de par en par. Miedo a que quede la puerta abierta, miedo a que entre el viento y algo más. Miedo a que las colas sean recurrentes.

Las llaves. Tal vez se las olvidó. Abre la cartera. Saca todo. Encuentra otras llaves. Sacude y escucha. Las encuentra. Vuelve a amontonar todo en la cartera.

Abre su lugar de trabajo. Cede el blindex y sale el aire viciado de ayer, como si fuera una bocanada de aire calefaccionado en pleno invierno.

Ilumina, barre, saluda, atiende, acomoda. Miedo al silencio. Miedo a pensar demasiado.

La gente hace cola en otro lado. Se sienta, se mece. Escucha unos acordes. Lo recuerda.

Miedo a que no vuelva más. Miedo a olvidarlo. Miedo a que mañana sea igual que hoy y hoy igual que ayer.

Miedo a cerrar la puerta y perder las llaves. Miedo a dejarla abierta. Cierra al fin y desanda sus pasos. Saca todo de la cartera. Chequea que miedo y soledad sigan allí. Los guarda en la cartera. Llega y la puerta estaba cerrada.

El no ha vuelto y ella nunca olvidará.

El resto sos vos

0001Stanko Abadžić Photography

Tardo en llegar. El verano pasó muy rápido, luego el otoño fulminante y un invierno que me sorprendió, sin más, a cielo descubierto, sentada en una silla blanca bajo un árbol desnudo, en el patio de un hotel.

Meto mi nariz dentro de mi abrigo y recuerdo otros inviernos junto a vos, sentada en el mismo lugar, con estas mismas sillas blancas, cantares de otros gorriones y mi carcajada interrumpiéndolo todo.

Tus labios sobre el borde de la taza blanca de café, tus labios sobre mi frente, tu boca sobre mi boca, tus manos que exploran acariciando mi mirada, tu abrazo sosteniendo mi alma.

Y luego, la despedida muda, silenciosa y blanca, desértica como un paisaje polar.

Nos observo: solos y protagonistas, rodeados por una decena de sillas blancas y vacías; besándonos sin pedir permiso, con el aliento contenido y el tiempo jugando en contra, robando apenas unos días más a una existencia vacía de nosotros.

El recuerdo de tu aroma se mezcla con este aire frío y me despeja las fosas nasales. Me estremezco. Son las cinco de la tarde de otro invierno. Cuántos inviernos más tardaré en aprender a vivir sin vos?

Una muchacha se acerca y balbucea algo, le respondo distraída y breve. Vuelve con un café y esa gracia insolente de la juventud que desconoce y que se atreve. Esa juventud de la que te enamoraste cuando yo la llevaba como si fuera un vestido rojo y despampanante, con actitud y gracia; con inocencia y vitalidad.

Hoy somos dos. Mi alma y tu soledad. La dejaste dentro del último libro que estabas leyendo. Esta que me oprime el corazón y lo estruja hasta ahogar mi garganta con una correntada de río tibio.

Tomo una lapicera y escribo una breve nota en la última hoja. Sé que este gesto te hubiera gustado. Me desprendo de éste, de la tarde y de lo que queda del invierno.

El resto, sos vos.

Está bien que lo diga?

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Richard Tuschman

Te extraño.

Está bien que lo diga?

Es la verdad.

Te extraño,

Como extraño esas aldeas

Con calles empedradas,

Con sus pequeños bodegones acogedores

A los pies de las sierras

Que aún no visito.

Sin vos

Soy como una tarde eterna que carece

Del sol desmayándose sobre el horizonte,

De naranjas y ocres muriendo sobre el verde mar,

De penumbras y del aire frío sobre mis hombros,

Del murmullo de los grillos y el croar de las ranas,

Y del sonido de las pisadas de los transeúntes

Que vuelven del trabajo a sus hogares.

Sin vos

Mi casa es un lugar

Con una cocina atrincherada,

Sin utensilios ni olores o delantales atados a mi cintura.

Mi cuerpo es un desierto sediento

Que clama por tu presencia,

Como si en realidad fueras un dios pagano

Listo para abolir cualquier mandamiento.

Extraño tu voz,

Lejana a mis oídos

Y dulce para mis recuerdos prefabricados.

Extraño nuestras cosas por hacer y amar,

Tus gestos más repetidos,

Mis posibles miradas esquivas,

Un beso tuyo justo en un lunar de mi cuello.

Extraño que vuelvas una y otra noche,

A cobijarme mientras sueño

Que una mañana despierto

Junto a vos.