Divagaciones: sobre los sueños que no fueron

Querida amiga:

Hace años que no nos vemos. De seguro que ni esperas esta carta.

Te recordé siempre, pero este último tiempo he estado haciendo una revisión necesaria a mi pasado, y te encontré con fuerte presencia en mis recuerdos.

La vida no ha sido lo que esperaba. Seguramente no tomé las decisiones a tiempo.

Nunca pude seguir estudiando. Me casé con el chico del que quedé embarazada en la secundaria. Una cosa lleva a la otra y no terminé ni siquiera con las materias pendientes.

Soñaba tantas cosas!

Ser madre a los 16 fue muy difícil. Casi no quería estar con mi hijo a pesar de que nunca se me cruzó eso de abortarlo. Tuve que hacer un esfuerzo constante para atenderlo y jugar con él.

Luego para los otros que vinieron (tengo tres en total), creo que ya estaba más preparada. Hoy están un poco como pueden, educarlos no fue fácil. Hoy te contestan mal y hacen lo que quieren. No me hacen caso y es un triunfo pretender que terminen de estudiar o siquiera que no falten al colegio.

El más grande creo que fuma alguna de esas yerbas pero por las dudas ni le pregunté, no quiero espantarlo y que termine yéndose de casa. Se pelean muchísimo con el padre.

Sigo con el mismo hombre que era un adolescente cuando nos conocimos. En realidad a pesar de tener cuarenta todavía es un adolescente en algunas cuestiones. Pretende ser un marido y padre dictador pero en otras cosas no ha madurado.

Ya estoy acostumbrada a que no soy la única mujer en su vida y a que él no es el amor de mi vida.

Nunca me animé a dejarlo, tal vez por eso tampoco he encontrado lo que antes soñaba: algún príncipe azul que me saque de este hastío.

Cuando cumplí los 35 empecé a deprimirme sin razón. Lloraba todos los días desconsoladamente, no quería salir de la cama ni ir a trabajar (sigo trabajando de administrativa en esa empresa de la que te hablé hace mil años cuando nos comunicamos para Navidad). Mi marido me amenazó con abandonarme si seguía así, mis hijos no entendían nada de modo que se fueron a vivir temporalmente con sus abuelos. El más grande dudo de que realmente haya ido a parar allí, creo que estuvo en lo de algún amigo.

Ya a punto de quedar amarilla por el encierro, me dieron el teléfono de un psicólogo. Lo fui a ver. Tiene el mismo nombre que ese chico que me gustó desde quinto hasta séptimo grado.

Le dije que estaba todo bien, que mi familia está bien, que no se puede pedir todo en la vida, qué no sé por qué llegué a tener esta angustia.

Y ahí vamos, recordando, metiendo el dedo en la llaga.

Tengo miedo. Me parece que para salir de ésta voy a tener que hacer muchos cambios. No sé cómo mes las voy a arreglar si me separo.

La parte buena es que empecé a recordar todos mis sueños, las cosas que deseaba hacer de chica, la persona que quería ser. Aunque realmente no sé que sentido tiene, ya estoy algo grande para odiseas.

Todavía no sé si voy a seguir con la terapia. Sale bastante caro y viste cómo están las cosas.

Mis padres bien, como siempre. Mi mamá dice que si no hago las cosas bien me voy a quedar sola. Bueno, ya recordarás a mi mamá, siempre se preocupó por mí.

Seguramente le esté escribiendo ahora a esa niña de colitas que era mi amiga, sé que el tiempo pasa y uno ya no es la misma persona.

Casi ni falta que me contestes, seguro estarás muy ocupada.

La vida en la gran ciudad debe de ser apasionante.

Gracias por leerme.

Tu amiga.

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