“Eso que haces allí… quiero balbucearlo en tu idioma; antes de ti nada he dicho ni sabido.”

Cartas de amor

No tengo un cobertizo ni altillo con una caja con cartas ni postales de amor adentro, tampoco ninguna carta de amor dispersa en algún cajón de mi mesa de luz.

Me gustaría pensar que cuando llegue a anciana el stock personal de cartas de amor habrá aumentado. Y no hablo de cartas sumamente empalagosas o pegajosas. Sino de la carta de amor sutil, con la palabra justa, el punto indicado.

Preferentemente escrita a mano, con pulso firme y sin vuelta atrás en las palabras.

Ahora que lo pienso, la tecnología, los mensajes de texto y los mails, que tantos beneficios nos traen, nos han quitado de alguna manera, el encanto de la nota manual, del escrito, de dejar que la hoja se ponga amarillenta con los años, el poder hacer un atado con una cinta roja y la rosa disecada.

Ahora que lo pienso, tengo una nota de amor (no alcanza a carta), y alguna vez tuve una rosa disecada del mismo emisario, un amor de verano y adolescencia….

Pero eso es otra cosa.

Una de las primeras cartas de amor que leí fue la del libro Papaíto Piernas Largas. El libro es en realidad un compilado de cartas, en donde una pupila de asilo se comunica con su socio protector a través de cartas informativas. La última carta del libro es la carta de amor que corona la historia.

“Te extraño espantosamente, Jervie querido, pero es una nostalgia feliz; pronto estaremos juntos y ahora sí que nos pertenecemos sin duda alguna; nada de juegos de “hacer creer”. Parece raro que yo pertenezca por fin a alguien, ¿no? Pero es una sensación muy, muy dulce. Y no dejaré que lo lamentes un solo instante.

Tuya para siempre, Judy.

PD.: Esta es la primera carta de amor que escribo en mi vida. ¿No es una maravilla que haya sabido cómo hacerlo?”

Seguramente no es una de esas cartas que escribiríamos hoy en día, tomando en cuenta que Jean Webster escribió el libro en 1912. Este libro ha sido la fantasía de varias generaciones de niñas esperando a enamorarse de algún señor mayor que la protegiera for ever, y éste es otro detalle que no cuadra mucho con el papel femenino actual.

Subiendo un poco los decibeles, tengo un fragmento de un libro de Frédérique Hébrard (La vie reprendra au printemps -La vida renacerá en primavera- 1979)

Para que tengan una idea uno de los pocos ejemplares que encontré se encuentra en Mercado Libre, edición 1980 con mancha de humedad y todo. Seguro que alguna otra edición debe de estar pudriéndose en algún rincón oscuro de alguna biblioteca. Lo debo de haber leído antes de los 15 y siempre guardé entre mis cosas un fragmento del libro:

“Te tengo en todas partes, dentro de mí y sobre mí, eres superficie y eres profundidad, me rodeas y me posees, me descifras y me candas y es de mí de quien brota la música que inventas. ¡Qué nada cese en ese combate: ni la raiz, ni la flor! No escuches mis plegarias ni mis gritos, pero no obstante nada se te escape, puesto que todo te pertenece. El sol está alto, la gente se arrodilla en los bancos de madera antes que los santos bárbaros de manos de campesinos, las gamuzas pisan la primera nieve del año, de la vida, buscan la hierva desaparecida y alzan hacia el cielo el hocico vestido de blanco, ¡y muy lejos, muy lejos, hay ciudades en las que nada de esto es creíble! Conocimiento, amistad, pasión, todo cabe dentro de este cuartito; y querría contar los dedos de tus pies, como una madre a su recién nacido, y medir la extensión de tus piernas, y conocer el olor de tu carne salvaje.

Una fuente en la montaña… soy un manantial y tú vienes a beber en él… ¡no! No soy ni fuente, ni montaña, ni nube, ni ninguna otra cosa: soy una mujer.

Una mujer. Eso que haces allí… quiero balbucearlo en tu idioma; antes de ti nada he dicho ni sabido.”

Impactantes palabras. Por favor si alguien se acuerda de qué se trata la novela acepto un recordatorio general.

Obviamente que la carta que Robert le escribe a Francesca (Los Puentes de Madison) es otro baluarte en el tema de cartas de amor.

Un poco más cerca en años literarios, encontré una carta de amor que llega como posdata de un matrimonio separado por la muerte del marido:

“No sé dónde estarás ni en qué momento exacto vas a leer esto. Sólo espero que mi carta te haya encontrado sana y salva. No hace mucho me susurraste que no podrías seguir adelante sola, y quiero decirte que sí puedes.

Eres fuerte y valiente y podrás superar este trance. Hemos compartido algunos momentos preciosos y has hecho de mi vida… Has sido mi vida. No tengo nada de lo que arrepentirme. Pero yo sólo soy un capítulo de tu vida, y habrá muchos más. Conserva nuestros maravillosos recuerdos, pero, por favor, no tengas miedo de crear otros distintos.

Gracias por hacerme el honor de ser mi esposa. Por todo, te quedo eternamente agradecido.

Quiero que sepas que siempre que me necesites estaré contigo.

Te querré siempre.

Tu marido y mejor amigo.”

Posdata: Te amo de Cecelia Ahern .

Para los románticos empedernidos que llegaron hasta este renglón, les sugiero que tomen papel y lapicera y arranquen de su corazón las palabras que les salgan.

Pueden que no sean perfectas, que no esté bien redactada la carta, que tenga algún error de ortografía; pero si salieron genuinamente del corazón tendrán una carta maravillosa para el amor que tienen o que esperan.

A ese amor…
A ese pájaro dorado
que alza vuelo y parte el cielo en dos
rondando el sol y el pecado.

J.M.S.

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