Viernes agreta

Recuperado ya el motivo que me obligaba a desplazarme caminando decido hacer como que en realidad no dispongo de cuatro ruedas.

Descubro que estos días que anduve motorizada, todo mi día se desplazaba tan vertiginosamente como la velocidad a la que conducía. Necesitaba parar.

Me calzo cómoda, cruzo mi mochila por la espalda, dispongo de unos anteojos de sol bien grandes y salgo a la inmensidad de la mañana húmeda.

Hago un alto en un mercado para surtirme de los famosos aparatos para las tabletas contra mosquitos, seres que en estos momentos se están reproduciendo indiscriminadamente, alimentados por el calor, la humedad y el agua.

Me parece que dos son suficientes, con los cuales me coloco en la cola para la caja, la cual por cierto se encuentra bastante poblada por ser la única habilitada.

Segura en mi mundo privado musical, alterno entre Eric Clapton y Norah Jones en mi reproductor de mp3.

Mientras tanto divago a la par de las góndolas de limpieza por donde voy pasando.

Hago fuerza para que la música se encuentre por encima de todas las quejas que se van colando sin permiso.

Cuanto más cerca estoy de la caja, más fuertes se escuchan. De pronto una mujer quiere pagar con monedas, son tantas que la cajera le dice que para eso tiene que esperar que venga la encargada del local que está ocupada con otros menesteres en su office.

Por fin llega la señora que está delante de mí: cinco kilos de azúcar (me perdí de alguna oferta?) dos bifes y ½ kilo de pan. Al abonar la cajera le pide monedas ante lo cual a la clienta casi le agarra un trastorno esquizofrénico: empezaron a discutir por qué le pide monedas a ella y no le aceptó a la clienta anterior.

Subo un punto el volumen de la música. Estoy en un típico blues y trato de seguirle el ritmo.

Salgo nuevamente a la calle a bucear en el 90% de humedad. El próximo alto es en la veterinaria. Me sirvo de los elementos para mi pecera y paso a pagar. No se presenta ningún inconveniente, salvo mi contestación agria ante la observación de que no había sido vista entre las estanterías: “Podría haberme retirado pero me pareció bien venir a pagar”.

Ya con mi mochila completa entre el combate a los mosquitos y el anticloro, sigo mi camino para llegar hasta el mostrador de mi negocio, donde una clienta que se ha patinado su dinero en la timba (quini, loto y similares) me pide fiado.

En fin… volvé Eric que te escucho.

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