“Todo ser humano tiene la posibilidad de superarse, pero hay que esforzarse”

Señor Director:

“Para los ojos de la sociedad, hace 20 años que soy una empresaria exitosa, docente respetada, voluntaria dedicada, madre cariñosa y con el broche de oro de ser una «gringa» cuyo aspecto físico «le facilitaron las cosas». Sin embargo, hace 22 años viví en la calle con mi hijo recién nacido, en el más profundo desamparo.

“Mi caso forma parte de las típicas estadísticas: rotura de vínculos familiares, profunda ignorancia, baja autoestima y leyes incoherentes. Si bien encontré más solidaridad entre mis pares indigentes que entre algunos colegas empresarios, el desamor que se vive en el remolino existencial que nos empuja al desamparo es algo tan doloroso que ningún dinero del mundo logrará sanarlo.”

Ruth L. Ramanauskas
ruthiekas@yahoo.com

Carta publicada por el diario La Nación.

Hay historias que parecen sacadas de algunos de esos libros de autoayuda que provienen del Norte. Casi siempre son personas que llegan a extremos absolutos, al fondo del pozo y luego resurgen para alcanzar cimas insospechadas. Casi siempre el protagonista es de otro lugar, ya que en este país nos consolamos con que estas cosas no pasan, pero parece que sí, el ejemplo de Ruth es que se puede, no importa el punto cardinal. El instinto de superación y supervivencia es más fuerte…

Esta es la nota extraída en su totalidad de Clarín

Alta, elegante, imponente. Difícil de creer que esta mujer que hoy vive en un amplio piso de un edificio de Recoleta vivió en la calle durante más de un año, entre 1985 y 1986. Acababa de tener a su primer hijo, un varoncito, cuando la echaron de la pieza que alquilaba en el barrio de Belgrano. “Estaba completamente sola, sin familia y casi sin plata. La primera noche la pasé arriba de un tren con mi bebé, yendo de Retiro a Tigre y de Tigre a Retiro. Cuando se terminó el servicio, me fui a una confitería y amanecí dormitando en una plaza. Después, fui al baño de la estación y ahí nos aseamos. Esa fue mi rutina durante bastante tiempo”, recuerda Ruth Ramanauskas.

Veintiún años después, goza de una situación económica muy cómoda. “Aquella es una etapa superada, pero que no se olvida. Menos todavía del sacrificio que hice para llegar acá”, dice.

Su historia se hizo pública esta semana, tras la publicación de una carta en el diario La Nación en la que relataba aquella dura etapa de su vida. Ahora, sentada frente a Clarín, la resume así:

Nació en 1959, hija de un matrimonio lituano que se radicó en la Argentina poco después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando cumplió los 9, sus padres resolvieron irse a los Estados Unidos. “Viví en Michigan hasta los 25 años. Poco después de recibirme de profesora de español y traductora decidí volver a la Argentina. Quería conocer Argentina”, recuerda Ruth. Acá no tenía amigos; solo una tía bastante lejana.

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Era 1984. Su plan era quedarse apenas un mes, pero se enamoró de un argentino. Salió un tiempo con él y, cuando ya estaban peleados, ella descubrió que estaba embarazada. “Mis padres son buena gente, pero muy estrictos. Ellos me dijeron: “Si tuviste la valentía de quedarte embarazada fuera del matrimonio tené valentía para lo que se te viene”.

Casi sin ahorros, intentó, dice, mantenerse con trabajos mal pagos, como de mesera: “Pero a medida que se me iba notando la panza más me costaba conseguir un empleo”. El 1º de abril de 1985 nació su hijo, al que le puso el nombre de Alexander. Un mes más tarde, los dueños de la habitación en la que vivía le dijeron que tenía que irse del lugar.

“Me devolvieron el depósito del alquiler sin indexar y yo no protesté. Y con la inflación que había en esa época el dinero que me entregaron ya no alcanzaba para nada, ni para pagar una noche de hotel. Así que me fui con mi bebé en brazos y como no sabía qué hacer me subí a un tren”. Pasó esa noche viajando en tren, tomando un té en una confitería y dormitando en una plaza.

Así -relata- fueron sus días por más de un año. Su dieta eran galletitas con queso y su hijo se alimentaba con su leche. Para poder comer, se fue desprendiendo de las cosas de valor que tenía: una lapicera y una cadenita de oro, ropa que había traído de los EE.UU. “Yo no sufría, solo trataba de salir adelante. Cuando la gente me veía no podía creer que yo viviera en la calle”.

De a poco empezó a salir adelante. Un día empezó a hacer traducciones al inglés para una compañía y así encontró una veta: empezó a enseñar inglés y consiguió trabajo como secretaria bilingüe para un extranjero. Ahí logró alquilar un departamento ubicado en la calle Laprida.

Cuando ya había levantado cabeza, decidió mudarse a Mar del Plata, donde puso un instituto de inglés con el que le fue muy bien. Volvió a enamorarse, esta vez de otro hombre, con quien tuvo una hija. “Ahí tuve otro desengaño y en 1995 terminé vendiendo todo y yéndome a vivir a Estados Unidos”. Volvió a fines de ese año a la Argentina y, ya radicada en Buenos Aires, fundó otro instituto de inglés con el que también le fue bien.

Hace 9 años tuvo otro varón y hoy tiene un excelente pasar económico. Vive con sus tres hijos (el mayor cursa en una universidad privada y juega al rugby) y está por comenzar un nuevo proyecto como empresaria. “Todo ser humano tiene la posibilidad de superarse, pero hay que esforzarse”, sostiene.

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