Buscando recortes de otras historias

Nunca supe el nombre de pila. Tengo esa maldita costumbre de no presentarme y menos de preguntar a la otra persona cómo se llama. Creo que la gente que maneja estos mecanismos lo hace todo de una.

La cuestión es que llegamos a esa casa un sábado a la tarde con 38 grados a la sombra. Ya iba preparada para la tierra y con ropa vieja como me dijeron.

La señora me pareció mucho más elegante de lo que me la imaginaba. Estaba muy bien ataviada, con un delantal cubriendo su pantalón de fina tela a cuadritos. Al mirarla tan espigada me imaginé que era imposible llegar como ella a esa edad.

Entramos directo al galpón. Desde el patio delantero ya se podían divisar muchos recortes de mármol diseminados por todas partes. Muchetas de mármol, mesitas de mármol, mármol de los más variados colores y tamaños sembrados fuera y dentro.

En cinco minutos ya sabíamos a quién le había vendido la mayor parte del mármol que quedaba desde la muerte de su marido y dónde lo habían puesto: fulano 70 metros en el fogón, mengano para hacer mesitas, sultano una mesada, etc.

Que nadie ponga mármol en mi lápida.

Los quince años transcurridos desde el fallecimiento del último dueño de tanto mármol se hacían notar. Cada trozo debía ser limpiado de antemano con un trozo de tela para poder vislumbrar los caprichosos colores de fondo.

A pesar de que vislumbré un señor sentado en la cocina, nuestra anfitriona no tuvo ningún apuro en despacharnos, contándonos cómo mantuvo el negocio a flote tres años luego de enviudar, cortando mármoles para el cementerio y vendiendo planchas a otros trabajadores.

Tres años, pensé, quién puede hoy estar tres años vendiendo lo que queda. Es mucho.

Mármol italiano, rosado, blanco, negro, de dos, de dos y medio, nacional, pulido, sin pulir.

El galpón donde estaban los recortes tenía comunicación con otro más que daba a un patio trasero. En el piso se podía ver una abertura en donde las planchas se colocaban paradas.

Cada pisada nuestra era toda una nube de polvillo que se levantaba. Las moscas danzaban como locas alrededor nuestro, creo que con un poco de control mental logré hacer como que no estaban. Mientras escuchaba el parloteo de la señora, que por ese entonces nos contaba que cuando llegaron los primeros fundadores del lugar, desde allí se veía otro edificio que estaba como a veinte cuadras, sin haber nada en el medio.

Me escapé un segundo, mientras mi marido infructuosamente medía mármoles que no nos alcanzaban para nada. Fui al patio trasero. Me sorprendió el enorme patio abandonado, lleno de frutales y otras plantas.

Un banco de material hacía acuse de que en otros tiempos alguien había disfrutado del lugar. Enseguida la señora vino a aclararme que el pasto sería cortado, para no decepcionar el recuerdo de la hija que estaría llegando a fin de mes. Cómo no decepcionarla con tanto abandono, tantos recortes y tantos recuerdos a cada paso? Omití la pregunta sobre cada cuánto tiempo iba a visitarla.

En fin, nos volvimos con las manos vacías. Lo único que se me ocurrió es un hermoso piso de mármol de todos los colores que se les ocurra.

Quince años y todavía no ha logrado desprenderse de todo. O sí.

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