Yo también te quiero

Néstor es un chico de barrio. Creció salpicado de travesuras, correteando en la cerrajería de su padre, en el jardín de su madre y por el patio de la escuela. Cuando tuvo edad de pensar en su futuro, prefirió quedarse en los lugares comunes y conocidos de su familia. Aprendió el oficio y pensó que se dedicaría a él para siempre.

Alejandra es una chica de barrio, otros barrios. Su padre había logrado mudar la familia a los altos gracias al esfuerzo constante y a la fortuna en sus manejos comerciales. El apellido de la familia lucía esplendoroso sobre un cartel en una avenida principal. Sin terminar sus estudios, prefirió quedarse en los lugares comunes y conocidos de su familia.

Néstor salió con muchas chicas de su barrio hasta que se enamoró de muerte, la misma que luego hizo imposible la continuidad de ese amor. Bastante desolado por su destino deambuló por varias relaciones hasta que la conoció a Alejandra: altanera y hermosa pensó que el hecho de que tuviesen los mismos intereses bastaba para ser feliz.

Luego lo mismo de siempre, una cosa lleva a la otra y se encontraron casados y con hijos. El tiempo pasaba y el enamoramiento no se hacía presente.

El dejó todas sus costumbres y familia para amoldarse a la de ella. Terminaron compartiendo cama, trabajo, cenas, fiestas, cumpleaños y costumbres. Como a su modo la quería puso todo lo que iba obteniendo a nombre de ella.

Su cargo en la empresa familiar era a medias, estaba pero no ejecutaba, trabajaba pero parecía invisible.

Mientras Alejandra vivía sin ver, para ella el mundo tenía un solo fin: controlar, contener y no meterse en terrenos fangosos. No había crisis que el tiempo no curara.

Néstor fue tomando menor cantidad de decisiones, ya casi todo lo que se podía resolver estaba resuelto y predestinado. Terminó viviendo en los altos. El precio de la comodidad aumentaba todos los meses.

Para él todo empezó con un sentimiento de claustrofobia: ya era imposible dormir si no estaban las ventanas abiertas, ni hablar de quedarse mucho tiempo en un solo lugar. La consigna parecía ser irse, llegar, irse. Así indefinidamente.

Luego de pulular por médicos, llegó al tan temido diván. Cuatro sesiones fueron suficientes para darse cuenta de que no quería darse cuenta de nada. Otra huida más a la lista.

Tomó una decisión: tenía mucho para perder.

La comodidad tiene un precio y él iba a cumplir con la cuota.

“Como tantas madrugadas encerrados en un coche,
en una calle sin luz, una calle sin nombre,
los dos frente a frente se miran despacio,
tras dedicarse al amor y su trabajo.
Secan su sudor, secan su sudor,
tal como han aprendido, no han olvidado.
Él piensa “ya nada es lo de antes,
la vida debe estar en otra parte”,
donde no la divisa porque ella le ciega
con cárceles de oro, con amor sin tregua.
Ya nunca volverán, ya nunca volverán,
ya nunca volverán a hacer nada por vez primera.
Ataremos bandadas de gorriones a nuestras muñecas,
huiremos lejos de aquí, a otro planeta.
Llévame donde no estés,
un muerto encierras.
Él le regala unas manos llenas de mentiras,
ya no le parece tan bello el cuerpo que acaricia.
Ayer eclipse de sol eran sus pupilas,
hoy son lagunas negras donde el mal se hacina.
Qué pena me da, qué pena me da,
qué pena me da, todo se termina.
Ella ya no ama sus vicios, le busca en los ojos,
pasa un ángel volando y se encuentra con otro.
Ayer sus dos brazos eran fuertes ramas
donde guarecerse, hoy son cuerdas que atan.
Qué pena me da, qué pena me da,
qué pena me da, todo se acaba.
Ataremos bandadas de gorriones a nuestras muñecas,
huiremos lejos de aquí, a otro planeta.
Llévame donde no estés,
un muerto encierras.

Él decide por fin vomitar las ideas,
ella lo sabe y tranquilamente lo espera.
Sin calma planea su fuga este preso,
ella no lo mira, no aguanta su aliento.
Ya llegó el final, y van a encontrar
en su corazón arena de desierto.

Perdida la calma, se pone muy serio,
cunde el pánico y le invade un horrible miedo.
Su boca cobarde pronuncia: “Te quiero.
No te vayas nunca, no te vayas lejos”.
Y ella echa a temblar, ella echa a temblar,
ella echa a temblar: “Yo también te quiero”.

Ataremos bandadas de gorriones a nuestras muñecas,
huiremos lejos de aquí, a otro planeta.
Llévame donde no estés,
un muerto encierras”.

“Un muerto encierras”. Ismael Serrano

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