El blanco no va con todo.

Menos es más: yo diría que esta frase es aplicable a muchas situaciones, es como el blanco: va con todo.

Particularmente en este momento me hace acordar a los beneficios de pensar que uno tiene menos.

Veamos.

Yo tuve la suerte de creer de chica era gorda, poco inteligente, llena de granos, fea y torpe -entre muchos otros adjetivos que sonaban diariamente como un cassette-. Claro que este tipo de comentarios siempre viene sazonado con alguna comparación.

Digamos que la mayonesa del sándwich es:

“Mariela tiene mejores notas que vos”. No sé para qué tantos rodeos, si esta frase queda de maravillas cuando traducimos: “No sos tan inteligente como Mariela”.

A lo que le agregamos kétchup: “Mariela es más flaca que vos”.

Mostaza: “Mariela es una buena chica”.

Salsa picante: “No servís para nada”.

Lo que ustedes ven como un evento totalmente desgraciado, para mí resultó ser toda una ventaja. A medida que en mi vida me encontraba con personas que me querían con onda -el amor está sobrevaluado-, y otros que me querían ensartar -adjetivo calificativo que se utiliza para referirse a un sujeto masculino adolescente en celo- fui descubriendo que en realidad no estaba gorda, que era inteligente, que un ocho está bien y que la belleza se mide con otras varas.

A la par de toda esta lista de adjetivos calificativos de mi persona, se sumaba la de la condición social: tuve la suerte de crecer creyendo que era absolutamente pobre.

Me vestía con la ropa que mi madre me hacía con su ropa que ya había usado unos cuantos años. Nótese que en esa época las telas venían en dos categorías: las más lindas se lavaban y automáticamente achicaban, estiraban o desteñían. Las más feas eran las mejores: telas ásperas y de colores estridentes que resistían cualquier jabón o inclemencia climática a la que estuvieran expuestas, es más creo que las manchas resbalaban, ya que la tela no tenía ni siquiera capacidad de absorción.

Obviamente que tenía doce años y me vestía como Laura Ingalls. Los zapatos que tenía me duraban muchas temporadas, por lo que al estrenarlos me quedaban bastante grandes y a lo último ya sentía la opresión en el cerebro. Recuerdo los últimos mocasines que tuve: yo ya tenía la misma medida del pie que ahora pero éstos eran del tamaño de una embarcación: nunca pude terminar de gastarlos.

Digo la suerte de creer que era pobre, porque cuando descubrí que en realidad había dinero para algunas cosas -“la vestimenta no es lo primordial de la vida”- me quedé reconfortada de que no estuviésemos a un paso de la indigencia.

A medida que iban pasando los años y aumentando el capital de mi autoestima, otros sucesos han venido a confirmar la regla.

He descubierto que cuando el dinero es menos controlado aparece cuando no lo buscamos. Eso de contar moneda por moneda, llevar la lista en la agenda de los gastos y acostarse sabiendo cuál es el patrimonio neto y la liquidez es de terror.

A medida que perdía el control encontraba cosas: nada mejor que hurgar en el bolsillo del jean y encontrarse con dinero, aunque sean dos pesos; o juntar diez de todas las monedas que quedaron desparramadas en la casa.

Menos es más… por suerte no es aplicable a todo …y eso de que el blanco va con todo es muy discutible.

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3 pensamientos en “El blanco no va con todo.

  1. Patri,

    Te pasaste con este post!
    No te sientas única. Muchas de las cosas que narraste también las viví.
    Eso de las comparaciones…uy, es terrible. Siempre “la otra” era la mejor. O era más flaca, sacaba mejores notas que una…¡en fin!
    No sé por qué se sigue con ese mismo discurso. Ah! y el novio de fulanita es un amor! no sabés qué caballero es! y una miraba a su lado y veía a la cara del novio y por dentro decía: “es lo que hay” (típico conformismo).

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  2. Por suerte, la nena creció y se dió cuenta de lo que es y de lo que vale.
    No estoy en tus zapatos, Patri, pero me dá la sensación de que tenés que “trascender” esa parte de tu vida que ves muy oscura. No debe ser fácil, pero hacé el intento.
    Vos misma te reconocés distinta a como te querían hacer ver. Y eso vale mucho.

    Un beso, y perdoname la intromisión…

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