Dolores y El Hombre

Dolores era una mujer de mediana edad cuando sucedió todo esto, para ser más precisos contaba con unos cuarenta años, y una extensa crisis: acababa de ser abuela.

Su menuda existencia había recorrido una vida normal sin sobresaltos.

Nacida en un pueblo desolado de La Pampa, se casó con un espigado muchacho de ojos verdes, el mismo que con sus manos forjó la vivienda donde la vi por última vez.

Era viernes. Por una de esas vueltas de la vida yo era la nuera de Dolores y obviamente la madre de su primer nieto y la mujer de su hijo primogénito.

Ese día el alboroto empezó antes de lo normal en la casa. José, mi entonces suegro, lejos de espigado, entrado en kilos y con los ojos descoloridos por el tiempo, portaba un arma bastante potente – bueno, para alguien que desconoce el tema del armamento cualquier cosa puede resultar potente-.

Alguna cuestión había hecho que, este hombre tan pacífico y acostumbrado a sólo enojarse por alguna minucia de su trabajo, hoy quisiera hacer justicia por mano propia.

Sobre la mesa se encontraba la prueba del delito.

 

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Pan Yuliang Painting

Dolores había escrito, en lo que ahora era un papel arrugado, el testimonio del por qué no estaba en la casa.

Con mis pobres veinte años apenas si alcancé a esbozar una sonrisa a escondidas, “La vieja se enamoró y se rajó” me dije y traté de pasar desapercibida para mi compañero, quien en ese momento sólo pensaba en que todas las mujeres eran unas hijas de puta: su madre, su esposa, sus futuras hijas y hasta su abuela, que había recorrido quinientos kilómetros y encima se había olvidado la dentadura postiza.

Realmente no sé que era más tragicómico: si ver a esta señora hablando con ese borde carnívoro en la boca o a mi suegro tratando de dispararle a alguien en un minuto o llorando al siguiente sentado en el inodoro.

Mientras todo esto ocurría, y yo pensaba en alguna comida que no requiriera ser masticada, Dolores había ido a parar a la casa de El Hombre.

Nunca supe los pormenores de cómo se conocieron. Sí empecé a hilvanar algunas cosas obvias: los nuevos colores de ropa que Dolores usaba, sus ausencias más prolongadas y esa manera dulce de cantar mientras hacía las tareas de la casa. Estaba segura que ninguna de todas esas cosas se debía a mi presencia en ella.

Una noche, mucho tiempo después de todo esto, cuando ya no éramos suegra y nuera, cuando todavía no había tomado parte por su hijo y sólo éramos dos mujeres sentadas alrededor de una mesa, esa noche esta mujer me confesó su experiencia.

El hombre en cuestión era El Hombre, en él estaban los ojos que ella nunca quería dejar de mirar, en su corazón enterró todos sus pudores, y todo lo que sólo había visto en las películas lo hizo: mantuvo relaciones en la cama, en la cocina, en el baño, a toda hora, como si nunca lo hubiese hecho -en realidad nunca lo había hecho-. Tuvo su primer orgasmo, su primer te amo, su primer amor a los cuarenta años. El resto sólo había sido el pasar de la vida.

El tiempo que tardó en darse cuenta de que ése era el pedazo de torta que le estaba destinado fue corto: hizo las valijas, escribió la carta y me dejó dando vueltas con el resto de su familia en lo que había sido su casa.

En un pueblo de dos por dos, los chismes no corren, incendian. No hubiese alcanzado todo el agua del río para apagar tanta lengua ardiente y envidiosa.

Lejos de todo esto, en alguna casa precaria, apenas si estaba empezando a nacer lo que se llama convivencia.

A los pocos meses El Hombre enfermó y murió.

Cómo?

Sí, no había otra forma mejor de decirlo, ocurrió exactamente tan rápido como lo escribí.

Qué hace una mujer que se conoció a sí misma en este corto recorrido?

La realidad nos dice que hace lo que siempre hizo: volver. Volvió a su casa, a su cocina, a su compañero de ojos desgastados, a su rutina.

El tiempo hizo el resto: marcó mas arrugas en la cara, puso paños fríos y del tema no se habló nunca más.

Eso hasta hoy, en que la guacha de su ex nuera tuvo el tupé de acordarse.

 

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2 comentarios en “Dolores y El Hombre

  1. Puta madre!
    No quiero caer en el lugar común, y preguntarte…
    Curiosidad sin género, que le dicen…

    Es verdad? Es real? Vos sos la ex-nuera?
    Si no lo es, te felicito por el relato de ficción.
    Y si lo es, también te felicito. Bancarse a una suegra que haya pasado por esa situación, es doblemente meritorio.

    Besos!

    P.D. Tengo para recomendarte un post que escribió Adenoz, en “Te cuento los setenta”, que me hizo emocionar.

    Blog grupal: http://tecuentolossetenta.blogspot.com
    Blog propio: http://elclupys.blogspot.com

    No te los pierdas!

    Me gusta

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