No puedo escribir una historia que no tiene final, te lo dije.

El día estaba húmedo, mojado y lluvioso como los diez anteriores.

La humedad lograba hacer cortocircuito en mis pensamientos. La discusión en mi cabeza no tardó en estallar.

De pronto alguien me toca bocina en una avenida, en vez de ir por mi mano estaba circulando exactamente por el medio.

Ok, volviendo al carril!

Me sentía absolutamente torturada por mis obligaciones auto impuestas y por no poder decir que no…

Por no decir que “no” me metí en un baile tremendo. Estaba escribiendo cuestiones de las cuales no tenía ganas de escribir.

Lo que surgió como una grata sorpresa se tornó en una hermosa jaula dorada: de pronto escribía en una columna de un portal muy importante, cobraba por ello, tenía adeptos que esperaban el miércoles para leerme. Y yo, a todo esto, me encontraba escribiendo a contra reloj.

La obligación y la recompensa recibidas habían logrado que mi musa inspiradora se fuera muy lejos.

Qué había pasado con esa afirmación de que escribir era sólo una cuestión de práctica?

Ya lo había dicho yo: no hay que mezclar el ocio creativo con la remuneración y menos con el compromiso. Pues, que deja de ser ocio hombre!

En realidad mi auto se fue de carril, no tanto por el trabajo sin empezar que debía entregar, sino porque era la tercera vez que escuchaba esa mañana que tenía material de sobra con la historia de Marta.

Yo la miraba por todas partes, y la verdad es que no me producía el suficiente entusiasmo como para narrar la historia, encima de final ni hablar.

Para cuando llegara algo parecido al The End lo más seguro es que yo tenga los dientes en un vaso con agua sobre la mesa de luz. Mejor me pongo las pilas, escribo y ahorro para una dentadura fija.

No hacía mucho que conocía a Marta, pero sí era bastante el tiempo que llevaba tratando con Pepe.

Pepe era como yo, de la misma raza. Aunque salía de “caza” más seguido que yo.

La última cacería nos había salido bastante mal: la mujer en cuestión era casada, y encima tenía un amante. Ahora esta femme pretendía tener una aventura para salir de alguna de las dos relaciones.

Buscando la superación de la superación. ¿Existe esto?

Más allá del pequeño detalle de que no hubo química, todo era muy complicado.

Para querer escapar agarrándose de una soga que no se sabe de dónde cuelga, ya estaba Pepe, quien vivía desde los treinta tratando de colgarse de algún par de tetas que lo sacaran de su vida tragicómica.

Pepe era el típico hombre cagado a pedo las veinticuatro horas por su mujer: esto no lo hagas, aquello sí, que llegas tarde, que es temprano, que cuides a los chicos, que no me molestes, que no me hablas, que hoy no te doy permiso para salir. Más que una mujer lo que tenía en la cama era una conjunción de su madre con alguna tía loca. Ni hablar de calentarse.

La segunda cacería importante empezó cuando Marta (“La Martita” para los amigos) entró en escena.

La Martita iba apurada por la vida. Mejor dicho algunos tramos los hacía a 150 km. por hora, otros tramos iba a 40. No había términos medios en la caja de cambio: de segunda pasábamos a quinta.

Luego de un largo letargo post adolescencia; en un año y medio se casó, se mudó, tuvo un hijo y se separó. Así sin más vueltas, parece que no miró nunca más para atrás, de modo que cuando empecé mi trabajo de Celestina estaba reticente pero disponible.

Primero el discurso de los dos era que no pasaba nada: somos amigos, nos mandamos mensajitos y nos hablamos por teléfono. De los dos lados los comentarios eran del tipo:

¡Qué buen chico! ¡Qué buena piba! ¡Tenemos una linda amistad! ¡Es casado!

Lejos de tener sexo en la primera cita, el único sexo que tuvieron fue telefónico.

Al mejor estilo phono sex, los mensajes incendiaban cada vez con más potencia la pantalla de sus celulares. Lo bueno es que cuando se encontraban, el comportamiento era totalmente correcto, del tipo casi señorial: buenas tardes, buenos días, beso en la mejilla, cómo estás, etc.

Para esta altura, pasados varios meses, promesas de amor, mate, café y bombones de por medio, estamos todos un poquito exasperados.

Lo que comenzó para ver que pasaba -digamos sin esa química inmediata, sin un amor desenfrenado e instantáneo, sin primera vista- está terminando en una historia que parece un cuento de nunca acabar.

Muy lejos de la chacota, o del chiste, todo transcurre muy enserio, o eso parece.

Las aclaraciones del tipo: No sé que voy a hacer de mi vida, estoy atrapado, te aprecio, no te quiero lastimar y otros sincericidios extremos no hacen más que afianzar la relación o lo que fuera que está ocurriendo.

Contacto? Si, hubo un contacto del tercer tipo; es decir, del tipo ese en donde te rompo la boca cuando estás desprevenido y luego me despido como un caballero.

Miedo de principiantes? Dios sabe.

Y yo aquí, con una historia que no termina – ¿empezó en algún momento?- y teniendo que entregar un trabajo inexistente.

Otra vez bocinazo.

Perdón señor! No puedo manejar y tratar de razonar conmigo todo al mismo tiempo!!!!!

P.D.: cualquier similitud con la realidad es el deseo de ustedes de que estas personas existan.

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