De fantasías incontrolables y seres animados.

Miércoles diez de la mañana. Esta mañana voy al psicólogo, puntual como siempre.

El licenciado y yo éramos dos entidades totalmente separadas, aunque cuando entraba en su consultorio él ya pasaba a formar parte de mi conciencia.

Esta impresión se debe en realidad a mi posición: acostada en el diván con su voz detrás. Así que una vez por semana mi conciencia tenía voz de hombre.

Casi siempre esta voz era suave , pero en alguna oportunidad una chispa de tono irónico me haya hecho pensar que estaba exasperado: no es para menos, voy por la sesión número 336. Lento? Para nada, si recién empezamos!

Por las dudas, la semana anterior, el analista había invertido -con mis aportes- en un nuevo sillón, uno de esos de cuero ecológico con un respaldo alto que se elevaba por encima de su espalda, sería para sostener todos los pensamientos absurdos de sus pacientes…

Otro miércoles. Esta vez estaba dispuesta a acelerar las cosas. Y para acelerarlas nada mejor que practicar cómo le iba a contar las cosas. Nótese que hace siete años que iba pero aún algunas cuestiones me las tenía bien guardadas.

La última charla sobre el tema había sido lapidaria: “No pienso hablar de mis fantasías con vos”, le dije. No esas fantasías del tipo quiero conocer Barcelona o pesar 58 kilos, no. Hablo de las otras… Llamémoslas fantasías estimuladoras del “eros”.

Venía trabajando sola en la cuestión de las fantasías. Qué osadía manejar algo con tan poca experiencia y sin manual de consulta.

Las fantasías – me dijeron algunos informantes- alimentan el espíritu, de manera tal que uno puede llegar a manejarse con un poco más de dicha, ímpetu, alegría, ganas… al menos los primeros días.

Como yo no tengo término medio, la fantasía se me fue al carajo.

Semana uno:

Focalicé el objeto de la fantasía casi sin querer. El señor en cuestión, era eventual cliente, de esos que vienen con regularidad.

Si me preguntan cuántos años tiene, no les se decir. Seguro que no usa pañales -ni de chicos ni de adultos-, pero pongamos que tiene edad media tirando para abajo.

El hecho de que no fuera verlo todos los días me dio cierta seguridad. Repasando un poco los elementos de mis fantasías anteriores, me daba cuenta de que casi siempre elegía objetos animados inalcanzables, no tanto como Brad Pitt, pero si alguno que estuviera bien casado, bien enamorado, con bastantes años encima, hasta excedido de peso y en lo posible que se fijara en mí lo menos posible -esto último es lo más sencillo de todo-. De esta manera mantenía las fantasías en un lugar seguro, en el cajón con doble candado donde se meten estas cosas.

Ahora el objeto era bien animado, bien lindo y muy apetecible. Primero se me prendió la lamparita roja que dice Danger. No le di mayor importancia. Utilizaría la fantasía en cuestión sólo para levantar la autoestima y darle un touch a mi matrimonio.

Semana dos:

El hombre en cuestión se me estaba apareciendo casi por todas partes. Todavía no estaba segura de si mi presencia le provocaba alguna situación fuera del intercambio monetario. Por las dudas seguíamos hablando exclusivamente de los productos que yo le vendía. Obviamente trataba de atenderlo cuantas veces podía, a ver si me fichaba.

Semana tres:

Mi Dios. Me iba a dormir a la noche con su rostro, sus ojos y el resto de la percha. Había dedicado un día entero a ver dónde vivía y a hacerle la pasadita cuantas veces podía. Ya sabía en qué comercios hacía las compras -además del mío- y a dónde llevaba sus hijos al colegio. También conocía de memoria el número de patente de su auto gris.

De pronto me acordaba de esas mujeres que parecen divinas y se van tornando con el tiempo en psicópatas, pasaría eso conmigo?

Semana cuatro:

Me tengo que tranquilizar. Es por eso que estoy en la puerta del psicólogo dispuesta a contarle toda esta historia. El me tiene que decir como salgo de esta.

Me he anotado en algunas clases extra de gimnasia, a parte de correr y correr. También saqué todos los discos de Ismael Serrano de mi auto, eso no colabora con nada. Tenía que hacer algo para que mi mente se acallase. Me he llevado trabajo extra a casa y estoy leyendo literatura del tipo La paz es el camino o Guía para invertir, algo que me aleje de Ratolandia.

Encima hoy, lo vi otra vez. Y cada vez intento lo mismo: mirarlo a los ojos para desarmar este hechizo en el que me metí yo solita.

Me acerco y constato que no hay corriente estática o alguna otra cuestión física que dictamine que algo ha de pasar. Es más, estoy segura que al tipo ni fu ni fa.

Sólo cuando me alejo, me pregunto por qué la fantasía tomó tales dimensiones.

Eso es lo que espero que mi analista me responda ya!

 

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4 comentarios en “De fantasías incontrolables y seres animados.

  1. Puedo cometer una osadía?
    Tu post no amerita el chiste… Todo lo contrario… Pero me vino a la cabeza… Ma sí, yo me mando…
    Con sus debidas licencias, Perro…

    -Padre…quiero confesarme…
    -Pues, cuéntame Manuela…
    -Padre…usted sabe que el Josecito y yo estamos noviando… Pues ayer fuimos al parque…se hizo de noche, y nos quedamos solos…
    -Y..? Qué os pasó..?
    -Que comenzamos a besarnos…y a acariciarnos…y luego más…
    -Pero…dime, Manuela… Eso no os trajo malos pensamientos?
    -Ah, sí… Pero después nos echamos un polvo…y se nos fueron…

    De ratones y otras yerbas…

    Mis saludos, Perris!

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  2. Patri hola!

    Mujer: todas hemos tenido fantasías y ellos también. El que diga que nunca fantaseó, no le creo…
    Pero dicen como decís, que son buenas. Una no puede andar con vendas en los ojos tampoco!

    No creo que a un psicólogo, por más confianza que le tenga, le diga o hable de mis fantasías eróticas. mmm, no lo haría, a ver si se llega a enterar de que lo involucra directamente…ja

    Un beso y volveré como siempre.

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  3. Marce, casualmente en este caso por suerte el psico no estaría involucrado, por lo que resultaría apropiado charlarlo con él para ver que se hace con este tipo de cosas. Aunque todas estas son suposiciones, verdad?

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