Allá por los noventa

Mujer sentada

Artista: Helen J. Vaughn

Lo bueno de reflejar los sueños en un papel, es que luego de muchos años se pueden revisar, releer y cotejar con algunas cosas que nos van sucediendo en esta vida. Por más ficción o imaginación que pongamos en el papel, no caben dudas de que las colas de nuestros cometas llamados sueños, se encuentran cada dos o tres palabras.

Puede una persona cambiar tanto en casi veinte años como para no reconocerse? Puede ser que se asombre de que muchos de esos sueños permanezcan intactos? Es ineficiencia por no haberlos encontrado, o es la mirada puesta siempre en el huidizo amor?

Muchas preguntas sin respuesta, lo cierto es que en muchas palabras he estado yo, tirando relojes a los veinte como ahora, soñando con una casa en la playa como ahora, tal vez con una estela más acentuada de melancolía y pesimismo. Hoy volvería a ese momento y le diría que no se haga problema, que el amor que huye no es tan amor, que la soledad y los recuerdos muchas veces cobijan, que siempre hay que mantener la vista fija en el horizonte, porque se llega.

Y bueno, esta era mi casa en la playa de los noventa.

El tema musical? No lo quise cambiar.

Las sonrisas? Se han multiplicado desde esa época.

Woman Sitting on a Quilt

Artista: Helen J. Vaughn

Hola mi amor, estoy aquí, en nuestra casa, junto al mar y a las rocas, junto al fresco del amanecer, junto al mate de ayer.

Sí porque ayer llegué. Abrí la puerta con el mismo entusiasmo con que la abrí la primera vez junto a vos. Y esa vez, dejamos escapar los fantasmas que anidaban dentro desde otras épocas, de otras aventuras, de otros mundos.

Aprendimos la tarea de perfumarlo todo con nuestra presencia, de arrugar las sábanas, poner nuestros sonidos, llenar cada uno de nuestros propios huecos y rincones. Aprendimos a parir nuestros días tan cortos y nuestra vida tan larga, marcamos el sendero para llegar al mar y pusimos leños a nuestro hogar.

Ayer sentí la misma emoción. Quería saber cuáles de nuestros espíritus saldría ante el paso de la luz al abrirse la puerta. Y fue abrir el pasado, abrir hondamente nuestras vidas y heridas. Fue sentir que el tiempo carece de dimensiones y que en realidad nunca nos habíamos marchado de allí.

Ay amor! Te reirías tanto si supieras con qué afán limpié la estancia. Siento tu suave reproche y veo las arrugas de tu frente que se distienden cuando te robo un beso y me decís “está bien”. Cómo hubiera deseado poder comprarte otras veces con un beso y sacarte así de tus enojos!

No he osado tocar nada que tú hayas movido antes. Está todo allí. Los diarios en tu cajón, la radio pequeña sobre la mesita de noche, la última canción para escuchar, el pequeño taller que te extraña y luce triste sin que nadie use sus herramientas. Y en la cocina, salvo la especiera que tú me colgaste para sazonarte yo los días y el mate que yace religiosamente en su lugar, el resto está vacío. Cómo me censurabas en los días jóvenes mi cocina sin olores ni sabores!

Amor: esta mañana el mar está calmo y frío. El horizonte se ve nítido y un poco triste por ser él siempre tan inalcanzable. Suena “Verano del 42”, no como antes, como en esas escapadas hacia nosotros mismos, viajando a obscuras, llenándonos con sólo mirarnos.

Mirarte. Qué sentimiento mágico me inundaba al mirarte. Es como si nunca hubiese pretendido más, es como si sólo me hubiese podido conformar con ese acto tan distante en apariencia.

Young Woman on an Oriental Rug

Artista: Helen J. Vaughn

Escucharte. Horas. Tus reproches, tus enojos, tus malos humores, tus gustos, algún gruñido que yo intentaba no dejarte escapar, los “te amo” a los cuales nunca intentaba acallar.

Y un día, atiné vergonzosamente a tocar tu la nariz con la mía, a reconocer tu olor, te acaricié a punta de dedo…. Y a medida que exploraba quería más y más: tu cuerpo y tu tiempo, las cosas de tu alma, tus recuerdos y tus sueños, las metas tan alucinantes que tenías. Quería robarte una sonrisa y llevarme tus ojos conmigo, acunarte en tu sueño, deseaba todo para mí.

Ahora parece todo tan sencillo y en realidad fue tan frágil y tan difícil.

Debajo del cielo gris, las aves mañaneras danzan un ritual para el creador y no se quejan porque no haya sol, sino que se alegran junto al viento que las impulsa. Las podés escuchar? Algunas todavía se siguen posando en el marco de nuestra ventana, esa desde donde se ve la puesta del sol, la primera que abrimos esa mañana, la última que cerré ese día.

Es curioso, aún sigo esperando. Al parecer la espera es algo que no ha podido solucionar los años ni que he podido saciar con tus llegadas. Cuántos poemas he escrito antes de que llegaras? Cuántas cartas de amor? Cuántas veces me cambiaba de ropa y de peinado para hacer volar el tiempo que nos separaba! Otras me enojaba y luego cuando te veía sólo sabía que quería una cosa solamente: estar con vos.

He ido a tomar un café. Es que hace tanto frío aquí dentro! He tenido que cerrar la ventana y traer tu manta marrón para mis pies. Esa manta que te arropaba en las siestas, la que se robaba alguna de tus mascotas, nos servía de cobijo en el sillón para después del amor.

Nunca olvidaste como crujía mi cama de amante, ni de las noches frías y sin decirme nada, de las mañanas en que el barrio te veía partir adormilado de mis brazos y desaliñado por tironearte y pretendiendo aparentar salir de cualquier parte….

Tu amante.

Eso pretendí dejar de ser una mañana de marzo. Demasiado tarde ya. Porque luego de marzo llegan los días abriles, de marco dorado y gorriones por doquier, con la ciudad crujiente y los abriles, mi amor, se hicieron para amarse.

Y soñé con días que trajeran olor a torta desparramándose por la casa, y el despertar de un sueñito a las cuatro de un domingo, y el roce de nuestros pies y la cama que invita a quedarse.

Es en abril cuando se gesta un retoño, una ilusión, una esperanza que nace tan pequeña que es imperceptible. Es eso que soñé entre lo tuyo y lo mío. Y de abril hasta diciembre hubiese visto brillar tus ojos ante las redondeces de mi cuerpo y la turgencia de mis pechos, saciar todas mis ansiedades, pintar las paredes de vainilla, perfumar la casa con manzanas y desparramar con mis manos tantos hilos… y esas batitas blancas… tus dibujos sobre la pared desnuda, el invierno que llega y pasa, mis cortinas de algodón, el perfume de septiembre…

Y de diciembre a enero, agasajar al amor en tus ojos, en mi piel blanca, jugando con tus lunares y tus dedos bien formados, mis mejillas abundantes, quitando horas de sueño a las noches pero no a la ilusión.

No sé que hora es. No me hace falta ya saber la hora. He de recordarte a dónde fueron a parar todos los relojes que intentaste traer?

Tampoco sé muy bien en que fecha estoy, si es invierno o verano, si hay luna llena, si lloverá sobre el mar, si las estrellas se reflejarán en mis ojos…

Sé que falta poco, y he de mudar mi ropa con la esperanza vacía de nacer de nuevo, de conocer a alguien a tiempo, de preparar a punto un filtro de amor para que lo beba y no sepa más que de mí. Para no tener que robarle a nadie algunas horas de amor furtivo o un tiempo de paz sobre mi regazo, o un hijo, o un beso sereno y diez apurados, una mano para tocar, dedos para contar…

Amor. Todavía te escucho, cansándote con pocos años a cuestas, amando sin darte cuenta, conociendo el amor sin verlo, dejando volar el tiempo, escurriéndote como se escurre el agua de una prenda, haciendo proyectos para amar mañana, queriendo buscar sin encontrar, escapando hacia la libertad, volviendo por necesitarme, yéndote para olvidarme.

Sigo en mi obstinación -que por otra parte morirá conmigo- al igual que con mis sueños, la casa en la playa, el hijo esperado, mis ojos húmedos, las hojas caídas ayer.

Ha anochecido, la cama es muy blanca y muy ancha, la mesa muy larga y vacía, muchas olas para saltar, arenas demasiado extensas para dejar huellas… y el horizonte está allí, para quienes alcanzan a mirarlo.

Página oficial de la artista: www.helenvaughn.com

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2 pensamientos en “Allá por los noventa

  1. Alucinante!!!
    No sé cómo clasificarlo…relato, sueño, descripción…
    Pero es, sencillamente, hermoso. Con esa cuota tan tuya de crudeza y melancolía, de ilusión y de esperanza.

    Un beso.

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