Por la ruta de los acantilados


El viaje en realidad comenzó antes. Cuando fui a buscar mi carnet de conducir y no lo encontré. Pensé que estaba dentro de mi auto casi cero chocado que postraba tranquilamente en el garaje a la espera de los repuestos. Con un poco de desesperación me encontré a mi misma revolviendo todo y encontrando el carnet y la cédula verde en el escondite que tengo para las cosas que no quiero que se encuentren fácilmente. Hay memoria, que frágil que es. En fin.

Nos levantamos de madrugada. La jornada lo requería .Teníamos frente a nosotros tres días y muchos kilómetros, o no tantos y muchas paradas. Pasajeros: dos.

Tras un breve paso por Río Colorado, asado y charla con amiga de por medio, dejamos el portal de Pichi Mahuida para llegar a Las Grutas al anochecer.

La primera noche fue visita y recorrido de rigor por la que no hace tantos años era una villa balnearia, sin casino, con muchas calles de tierra, la capilla, plazoleta con artesanos y marisquerías en la costanera. Hoy es un lugar recomendable de veraneo, con todos los servicios: albergues, comida, excursiones y demás. También se puede dejar a los chicos esperando afuera del casino sin que los rapte nadie, como pudimos constatar personalmente.

El día siguiente comenzó a ponerse en marcha la hoja de ruta que me había trazado. Piedras Coloradas, El Sótano y el imponente Fortín Argentino. Casi 50 kilómetros desde la ciudad, camino lindero a la costa. El mar turquesa y con pocas olas era la mejor brújula. Unos kilómetros antes tuvimos que dejar el camino que se interrumpía por los acantilados y continuar por la playa.

Los chicos que guiaban las excursiones en camiones de guerra amablemente nos guiaron con la cuestión de las mareas, los horarios y la distancia.

Ya veíamos  al Fortín como una torta de tierra elevada por sobre la meseta. Primero parecía que tenía cien metros de altura, después doscientos, después… la verdad no sé cuántos metros tenía, igual pensaba subirlos.

Obviamente el ascenso a pie, no sin antes cruzar otra excursión que ya estaba descendiendo. Dentro de los expedicionarios un hombre oriental nos dio un caramelo de su país para endulzar el recorrido. Miré el caramelo, su envoltura dorada tenía letras inentendibles –deben ser los ingredientes me dije-, y preguntándome de qué estaría hecho me dediqué a degustar algo que tenía gusto a jengibre y era color chocolate –para ser delicada “vió”. Media hora después agradecí no estar bajo los efectos secundarios de alguna extraña sustancia y me dediqué a mirar el golfo desde esa posición absolutamente privilegiada. Me imaginé indígenas avistando desde allí tropas enemigas y viceversa.

Hice un pequeño video con los beneficios de hacer pis en los lugares históricos y recomendando estar predispuesto a subir, bajar, conocer, mirar.

La vuelta fue mucho más lenta. La marea mucho más caprichosa que en otros lugares, recorría distancias considerables en sus cambios,  estaba alta y hubo que esperar el cambio para poder pasar de vuelta.

La tarde nos encontró huyendo de la ciudad para hacer la ruta de los acantilados. Formalmente la ruta provincial nº 1. Accedimos a ella muy cerca de San Antonio Este. Ruta de tierra –más precisamente tierra con canto rodado- interminable, indomable, hermosa. Al costado de la ruta, algunos sectores permiten ver los acantilados y el mar, ascendiendo paulatinamente, otras alejándose de la costa por debido a los mismos accidentes geográficos. La señalización del camino y los carteles con las ubicaciones de los lugares de interés nos recordaban continuamente que estábamos en una ruta provincial. La falta de otros viajeros en la ruta nos recordaban que estábamos entre el cielo, el mar, algunos campos aledaños y la nada misma.

La bibliografía dice que desde Puerto San Antonio Este hasta Bahía Creek debíamos pasar por Punta Mejillón y Caleta de los Loros. Yo miraba los puntos en los mapas y la verdad que pensaba como mínimo en algún camping y proveeduría.

Primera parada nada. Segunda parada carteles, barrera, indicaciones de área protegida, acceso a la playa y alguna otra carpa en el camino nos indicaron que eso era todo.

Un señor con carpa armada y fueguito preparado nos dijo que eso era todo lo que había. Ya con el manto de la noche que se venía encima apuramos el camino a Bahía Creek con la esperanza de cigarrillos, comida y camping.

En esa dirección nos encontramos con un viajante que venía desde El Cóndor y preguntando casi en un acto desesperado cómo estaba la ruta y cuánto faltaba para Las Grutas. Le contamos que el cartel de “ruta cortada no avanzar” no había amedrentado en absoluto la continuidad del mismo, que estaba transitable y que le faltaba …. Uff, un poco.

Llegamos a la Bahía en cuestión ya entrada la noche. Recién al día siguiente sería posible disfrutar de la magnitud del lugar. Fuimos al único almacén del lugar y luego de aprovisionarnos de galleta y fiambre preguntamos por un lugar para acampar. En frente, nos dijo el hombre señalando un terreno absolutamente oscuro, con algunas casillas y una edificación que decía Club de Pescadores de Viedma.

Luego de algunos minutos de charla el hombre nos dijo que preguntemos por el encargado del lugar y entre los dos nos prestaron la sede del club para comer…. y  para dormir, porque según uno de ellos “para qué van a dormir en carpa si aquí se pueden acomodar bien?”. Tamaña fue la sorpresa nuestra cuando en media hora estábamos acomodados en la sede, con mesa, bancos de madera, fogón, agua, velas, baño y luz portátil que amablemente el presidente del club -de paso por el lugar-, nos conectó a la batería de la camioneta. Y sí, habíamos llegado a Bahía “hospitalidad” Creek. Qué palabra tan poco aplicada y que hermoso encontrarla a tantos kilómetros!

Mientras tanto el almacenero se dispuso a ir a comer un guiso de arroz con otro vecino, dos mujeres en cuatri organizaban cena con amigos, y eso fue todo nuestro contacto social.

La mañana nos sorprendió en el lugar recorriendo el caserío y la construcción de algunas casas. La bahía, el descenso pronunciado a la playa, las piedras, los acantilados. La naturaleza sobrecogedora que nos abrazaba por donde fuésemos. Los carteles por doquier señalando dónde ubicar los residuos orgánicos, avisando sobre precaución ante derrumbe de acantilados –spanish, english– y alentando a cuidar el medio ambiente. Ahí me di cuenta que estábamos a kilómetros de distancia de todo, geográficamente y ecológicamente.

Ya luego de Creek todo se fue sucediendo rápidamente, la reserva de lobos marinos, el faro, más acantilados, bahías, bajadas y El Cóndor.

Tal vez como relato de viaje, este sea pésimo. Seguro que hay viajes más apasionantes, más lejanos, más profundos. Tal vez sea mi sed de contacto con la naturaleza el que hizo de éste un viaje perfecto. Tal vez mi retina fotográfica lo catalogó así, tal vez fue la hospitalidad de una bahía, o la conciencia del cuidado del medio ambiente y de las reservas. La cuestión es que hay veces en que la suma de factores hace que haciendo no tantos kilómetros nos encontremos en otra dimensión, o al menos eso parezca.

Desde aquí el agradecimiento a las personas que tan amablemente nos atendieron en Bahía Creek, a los viajeros desconocidos, y a los amantes de la naturaleza que trabajan todos los días para que uno pueda disfrutar aún de ella.

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El viaje en realidad comenzó antes. Cuando fui a buscar mi carnet de conducir y no lo encontré. Pensé que estaba dentro de mi auto casi cero chocado que postraba tranquilamente en el garaje a la espera de los repuestos. Con un poco de desesperación me encontré a mi misma revolviendo todo y encontrando el carnet y la cédula verde en el escondite que tengo para las cosas que no quiero que se encuentren fácilmente. Hay memoria, que frágil que es. En fin.

Nos levantamos de madrugada. La jornada lo requería .Teníamos frente a nosotros tres días y muchos kilómetros, o no tantos y muchas paradas. Pasajeros: dos.

Tras un breve paso por Río Colorado, asado y charla con amiga de por medio, dejamos el portal de Pichi Mahuida para llegar a Las Grutas al anochecer.

La primera noche fue visita y recorrido de rigor por la que no hace tantos años era una villa balnearia, sin casino, con muchas calles de tierra, la capilla, plazoleta con artesanos y marisquerías en la costanera. Hoy es un lugar recomendable de veraneo, con todos los servicios: albergues, comida, excursiones y demás. También se puede dejar a los chicos esperando afuera del casino sin que los rapte nadie, como pudimos constatar personalmente.

El día siguiente comenzó a ponerse en marcha la hoja de ruta que me había trazado. Piedras Coloradas, El Sótano y el imponente Fortín Argentino. Casi 50 kilómetros desde la ciudad, camino lindero a la costa. El mar turquesa y con pocas olas era la mejor brújula. Unos kilómetros antes tuvimos que dejar el camino que se interrumpía por los acantilados y continuar por la playa.

Los chicos que guiaban las excursiones en camiones de guerra amablemente nos guiaron con la cuestión de las mareas, los horarios y la distancia.

Ya veíamos  al Fortín como una torta de tierra elevada por sobre la meseta. Primero parecía que tenía cien metros de altura, después doscientos, después… la verdad no sé cuántos metros tenía, igual pensaba subirlos.

Obviamente el ascenso a pie, no sin antes cruzar otra excursión que ya estaba descendiendo. Dentro de los expedicionarios un hombre oriental nos dio un caramelo de su país para endulzar el recorrido. Miré el caramelo, su envoltura dorada tenía letras inentendibles –deben ser los ingredientes me dije-, y preguntándome de qué estaría hecho me dediqué a degustar algo que tenía gusto a jengibre y era color chocolate –para ser delicada “vió”. Media hora después agradecí no estar bajo los efectos secundarios de alguna extraña sustancia y me dediqué a mirar el golfo desde esa posición absolutamente privilegiada. Me imaginé indígenas avistando desde allí tropas enemigas y viceversa.

Hice un pequeño video con los beneficios de hacer pis en los lugares históricos y recomendando estar predispuesto a subir, bajar, conocer, mirar.

La vuelta fue mucho más lenta. La marea mucho más caprichosa que en otros lugares, recorría distancias considerables en sus cambios,  estaba alta y hubo que esperar el cambio para poder pasar de vuelta.

La tarde nos encontró huyendo de la ciudad para hacer la ruta de los acantilados. Formalmente la ruta provincial nº 1. Accedimos a ella muy cerca de San Antonio Este. Ruta de tierra –más precisamente tierra con canto rodado- interminable, indomable, hermosa. Al costado de la ruta, algunos sectores permiten ver los acantilados y el mar, ascendiendo paulatinamente, otras alejándose de la costa por debido a los mismos accidentes geográficos. La señalización del camino y los carteles con las ubicaciones de los lugares de interés nos recordaban continuamente que estábamos en una ruta provincial. La falta de otros viajeros en la ruta nos recordaban que estábamos entre el cielo, el mar, algunos campos aledaños y la nada misma.

La bibliografía dice que desde Puerto San Antonio Este hasta Bahía Creek debíamos pasar por Punta Mejillón y Caleta de los Loros. Yo miraba los puntos en los mapas y la verdad que pensaba como mínimo en algún camping y proveeduría.

Primera parada nada. Segunda parada carteles, barrera, indicaciones de área protegida, acceso a la playa y alguna otra carpa en el camino nos indicaron que eso era todo.

Un señor con carpa armada y fueguito preparado nos dijo que eso era todo lo que había. Ya con el manto de la noche que se venía encima apuramos el camino a Bahía Creek con la esperanza de cigarrillos, comida y camping.

En esa dirección nos encontramos con un viajante que venía desde El Cóndor y preguntando casi en un acto desesperado cómo estaba la ruta y cuánto faltaba para Las Grutas. Le contamos que el cartel de “ruta cortada no avanzar” no había amedrentado en absoluto la continuidad del mismo, que estaba transitable y que le faltaba …. Uff, un poco.

Llegamos a la Bahía en cuestión ya entrada la noche. Recién al día siguiente sería posible disfrutar de la magnitud del lugar. Fuimos al único almacén del lugar y luego de aprovisionarnos de galleta y fiambre preguntamos por un lugar para acampar. En frente, nos dijo el hombre señalando un terreno absolutamente oscuro, con algunas casillas y una edificación que decía Club de Pescadores de Viedma.

Luego de algunos minutos de charla el hombre nos dijo que preguntemos por el encargado del lugar y entre los dos nos prestaron la sede del club para comer…. y  para dormir, porque según uno de ellos “para qué van a dormir en carpa si aquí se pueden acomodar bien?”. Tamaña fue la sorpresa nuestra cuando en media hora estábamos acomodados en la sede, con mesa, bancos de madera, fogón, agua, velas, baño y luz portátil que amablemente el presidente del club -de paso por el lugar-, nos conectó a la batería de la camioneta. Y sí, habíamos llegado a Bahía “hospitalidad” Creek. Qué palabra tan poco aplicada y que hermoso encontrarla a tantos kilómetros!

Mientras tanto el almacenero se dispuso a ir a comer un guiso de arroz con otro vecino, dos mujeres en cuatri organizaban cena con amigos, y eso fue todo nuestro contacto social.

La mañana nos sorprendió en el lugar recorriendo el caserío y la construcción de algunas casas. La bahía, el descenso pronunciado a la playa, las piedras, los acantilados. La naturaleza sobrecogedora que nos abrazaba por donde fuésemos. Los carteles por doquier señalando dónde ubicar los residuos orgánicos, avisando sobre precaución ante derrumbe de acantilados –spanish, english– y alentando a cuidar el medio ambiente. Ahí me di cuenta que estábamos a kilómetros de distancia de todo, geográficamente y ecológicamente.

Ya luego de Creek todo se fue sucediendo rápidamente, la reserva de lobos marinos, el faro, más acantilados, bahías, bajadas y El Cóndor.

Tal vez como relato de viaje, este sea pésimo. Seguro que hay viajes más apasionantes, más lejanos, más profundos. Tal vez sea mi sed de contacto con la naturaleza el que hizo de éste un viaje perfecto. Tal vez mi retina fotográfica lo catalogó así, tal vez fue la hospitalidad de una bahía, o la conciencia del cuidado del medio ambiente y de las reservas. La cuestión es que hay veces en que la suma de factores hace que haciendo no tantos kilómetros nos encontremos en otra dimensión, o al menos eso parezca.

Desde aquí el agradecimiento a las personas que tan amablemente nos atendieron en Bahía Creek, a los viajeros desconocidos, y a los amantes de la naturaleza que trabajan todos los días para que uno pueda disfrutar aún de ella.

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