Naturaleza muerta

Naturaleza muerta al cráneo – Pablo Picasso

Era de noche.

Siempre es de noche cuando pasan estas cosas.

El asfalto húmedo, las luces amarillas reflejadas en el concreto como pequeños soles.

Columnas de vapor saliendo de los desagües.

Ratas chillando más allá.

Me identifiqué con el guardia de seguridad y seguí caminando por el  largo pasillo lleno de fluorescentes tiritando.

Ya en la sala no sólo parpadeaban sino que rugían, como si hiciera falta más ruido.

Mi ropa de fajina se tiñó de rojo en el mismo momento en que accioné la sierra sobre el cráneo.

Por fin había llegado el día en que soportar tantos años de mutismo iba a tener su recompensa: el día que le abrí la cabeza al desgraciado.

Y allí me quedé, helada, estupefacta, ensangrentada y sin entender nada.

Cientos de celdas hexagonales aparecieron ante mí, guardando toda la información.

Todo archivado y estúpidamente catalogado.

Nada que no haya visto antes con las neuronas en movimiento.

En la autopsia puse muerte natural.

Qué vida tan absurda.

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