En tránsito

Michael e Inessa Garmash –  The allure

 

A la orilla del mar. Hasta allí empuje el baúl de madera y me senté a esperar que subiera la marea.

No fue un duelo, ni una despedida, tan solo dejar ir con la esperanza de llenar otra vez de a poco cajones, paredes, retina y alma con recuerdos. Luego vaciando, luego llenando. Un movimiento cíclico y circular, ida y vuelta, el vaivén de la marea. En definitiva de eso se trata.

Para este final de tránsito hice un inventario, tal vez estaba con más pilas que veces anteriores, la cosa es que quise dejar todo más o menos acomodado. El inventario cabía en una sola hoja y tenía una particularidad: algunas líneas resaltaban como si fueran luciérnagas en una noche de verano, y eso hacía que se pudieran leer desde cualquier ángulo.

Las letras se movían histéricas o contentas, según el acontecimiento al que estuvieran sujetas. Algunas hacían olas, se reían, danzaban o nadaban.

Sin querer, y tal vez en el plan divino del dejar ir, la lista se me filtró en el baúl. Al menos eso deduje al buscarla en vano en mi bolsillo, y al ver que a medida que este se alejaba de la orilla, la luz que se escapaba por la cerradura iba titilando hasta apagarse.

Cuando por fin se zambullo como un hermoso pez dorado que busca una sirena, repase lo que de la lista quedaba en mi cabeza. Como olvidar si todavía respiraba!

Mis hijos abriéndose al mundo y obligando a abrirlo todo: boca para gritar, brazos para recibirlos, ojos, el primer contacto, pechos abiertos con leche, abrir, dar, recibir, bailar.

Si, bailar.

Cuando se hicieron un poco más grandes bailábamos danzas imaginarias en el living de la casa, divirtiéndonos con la nada, colgando recortes de fotos de alguna isla del mediterráneo donde algún día iríamos, como si no supiéramos que el paraíso estaba allí.

Allí, en el mismo lugar donde discutí por última vez, o donde nos meábamos de la risa en las reuniones bochornosas con mis amigas…….

Una estrella fugaz cayó y supe que fue en el punto exacto, allí, donde encalló mi baúl, en otro paraíso.

Outlook – Peter Taylor Quidley

“Porque entre el lunes y el martes,
me sobra tiempo para necesitarte
Porque me miento si digo,
que tu mirada no fue mi mejor testigo
Porque aunque ya no me duelas,
a veces busco tu nombre en mi chistera
Porque aún no vino el olvido,
para llevarse el último de tus abrigos

Por los besos que aún nos quedan en la boca
por los miles de homenajes que nos dimos
por nadar y no guardar nunca la ropa
por los dedos juguetones del destino
porque fuimos lo que fuimos, porque fuimos lo que fuimos…

Porque puesto a confesarte,
aún le tengo miedo a tenerte delante
Porque en cuanto me descuido,
me atropella algún recuerdo en el pasillo
Porque no puedo negarte,
que te quise sin querer y más que a nadie
Porque mi doctor previno,
que para este corazón estás prohibido”

Fuimos lo que fuimos – Jorge Drexler

 

Hans Paul -Gicleeprint on Hahnemuehle paper

 

A la orilla del mar. Hasta allí empuje el baúl de madera y me senté a esperar que subiera la marea.

No fue un duelo, ni una despedida, tan solo dejar ir con la esperanza de llenar otra vez de a poco cajones, paredes, retina y alma con recuerdos. Luego vaciando, luego llenando, un movimiento cíclico y circular, el ida y vuelta, el vaivén de la marea, en definitiva de eso se trata.

Para este final de transito hice un inventario, tal vez estaba con mas pilas que veces anteriores, la cosa es que quise dejar todo más o menos acomodado. El inventario cabía en una sola hoja y tenía una particularidad: algunas líneas relataban como si fueran luciérnagas en una noche de verano y eso hacía que se pudieran leer desde cualquier Angulo.

Las letras se movían histéricas o contentas, según el acontecimiento al que estuvieran sujetas. Algunas hacían olas, se reían, danzaban o nadaban.

Sin querer, y tal vez en el plan divino del dejar ir, la lista se me filtro en el baúl, al menos eso deduje al buscarla en vano en mi bolsillo, y al ver que a medida que este se alejaba de la orilla, la luz que se escapaba por la cerradura iba titilando hasta apagarse.

Cuando por fin se zambullo como un hermoso pez dorado que busca una sirena, repase lo que de la lista quedaba en mi cabeza. Como olvidar si todavía respiraba!

Mis hijos abriéndose al mundo y obligando a abrirlo todo: boca para gritar, brazos para recibirlos, ojos, el primer contacto, pechos abiertos con leche, abrir, dar, recibir, bailar.

Si, bailar.

Cuando se hicieron un poco más grandes bailábamos danzas imaginarias en el living de la casa, divirtiéndonos con la nada, colgando recortes de fotos de alguna isla del mediterráneo donde algún día iríamos, como si no supiéramos que el paraíso estaba allí.

Allí, en el mismo lugar donde discutí por última vez, o donde nos meábamos de la risa en las reuniones bochornosas con mis amigas.

Una estrella fugaz cayó y supe que fue en el punto exacto, allí, donde cayó mi baúl, en otro paraíso.

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