Mathilde y la necesidad fatal de amarla.

Boulevard Hotel Brent Heighton

Hace un tiempo escuche en una película o serie televisiva, no lo recuerdo, una definición alternativa de porque el hombre y la mujer insisten en estar en pareja.

Un compañero no es más que un testigo de nuestra vida. Necesitamos imperiosamente que alguien sea testigo de nuestros éxitos y fracasos, de nuestras sonrisas, de nuestro llanto.

Entonces recordé el caso de varias parejas que viven juntas desde hace muchos años, en como uno y otro, intermitentemente, son guardianes de las historias del otro.

La verdad es que es más complejo, no se puede hablar de testigo sin hablar de amor, ni de pasión, de respeto, y la suma de un millón de ingredientes microscópicos que hace que dos personas sientan que están destinadas a compartir sus vidas.

Y como una cosa me lleva a la otra y enero me ha agarrado un poco dispersa, volví a mi expedición en la búsqueda de “la carta de amor” o del tesoro perdido.

En vano revise mis cajones, aunque luego recordé que soy mala guardando cosas, y que es posible que en alguna década anterior a mi actual existencia, naufragara algún papel cuyas intenciones fueran las de vivir como carta de amor.

Sigo insistiendo con que el ingrediente fundamental para la carta, el infalible, es la imposibilidad. La imposibilidad de concreción del amor, de lejanía con la persona supuestamente amada –muchas cartas se escriben en periodos en que la pareja en cuestión está separada físicamente, las trabas sociales, las diferencias, incluso hasta diferencias en los tiempos, en las etapas en que alguno de los dos vive. Porque no recordar las cartas de amor en la película “La casa del Lago”, en donde como en un cuento fantástico los protagonistas viven en años diferentes y se comunican.

Si hay algo que debo reconocer que trae este nuevo siglo consigo es la diversidad, lo que nos acerca, el derrumbe de barreras que antes eran imposibles de sortear o pensar siquiera en superarlas. Ya cada vez son menores las situaciones en que el color de la piel, el estatus social como se lo llamaba antes, la raza, y otras creencias arraigadas son traspiés para que una relación no se inicie. Ni siquiera ya es un obstáculo vivir en dos continentes distintos, gracias a que hoy podemos comunicarnos ahorita mismo, sin esperar cartas navegando por el Atlántico.

Las distancias de acortaron, muchas murallas fueron derribadas en pos de que la verdad nos hace libres y los sentimientos merecen ser expresados. Pero a pesar de esto, seguimos teniendo los mismos problemas. Fracasamos, le erramos, confundimos amor con necesidad, ilusión con realidad, insistimos con cambiar al otro, y nos hemos olvidado de las dulces mieles que adornaron aquellos tiempos, cuando estábamos enamorados y era posible que escribiéramos una carta de amor con todas las letras.

Stendhal o Marie Henri Beyle, fue un novelista francés a quien el amor lo sorprendió de una manera que hoy nos cuesta entender. Rechazado una y otra vez por Mathilde, el mismo reconoció que estaba dominado por una pasión fatal que le impedía ser dueño de sus propias acciones, a extremo tal de desear convertirse en asesino de su amada para poder verla.

Como se puede perder el conocimiento por amor? Y por un amor no correspondido?  No compartido?

Muchas preguntas y una carta de amor para buscar la respuesta. Igual para los que están pensando en que el pobre hombre tuvo un solo amor, vayan descartando la idea. Era escritor, y de su escritorio partieron misivas con distintos nombres femeninos.

Hoy le toca a Mathilde.

 

Flower Market Street Brent Heighton

 

Stendhal a madame Dembowski

Varese, 7 de junio de 1819

“Señora:

Me ha sumido en la desesperación. Me acusa repetidamente de no ser delicado, como si, en sus labios, tal acusación no significara nada. ¿Quién habría pensado, cuando me separe de usted en Milán, que la primera carta que me escribiría iría encabezada con señor, o que usted me acusaría de no ser delicado?

Ah, señora, es muy fácil para un hombre que no tiene pasión comportarse siempre con moderación y prudencia. También yo, cuando soy capaz de hacer caso a mi propio consejo, creo que no carezco de discreción. Pero estoy dominado por una pasión fatal que ya no me deja ser dueño de mis acciones. Me había jurado a mi mismo alejarme de usted o, al menos, no verla y no escribirle hasta que usted hubiese regresado, pero una fuerza más poderosa que todas mis decisiones me arrastraba hacia los lugares donde usted se encontraba. Percibo con toda claridad, que de ahora en adelante, esta pasión va a ser la gran preocupación de mi vida. Todos los intereses, todas las consideraciones han palidecido ante ella. Esta necesidad fatal que tengo de verla me arrastra, me domina, me transporta. Hay momentos, durante las largas tardes solitarias, en los que, si fuera necesario asesinar con tal de verla, me convertiría en asesino.”

 

La Bonne Vie Brent Heighton

 

 

 

Hace un tiempo escuche en una película o serie televisiva, no lo recuerdo, una definición alternativa de porque el hombre y la mujer insisten en estar en pareja.

Un compañero no es más que un testigo de nuestra vida. Necesitamos imperiosamente que alguien sea testigo de nuestros éxitos y fracasos, de nuestras sonrisas, de nuestro llanto.

Entonces recordé el caso de varias parejas que viven juntas desde hace muchos años, en como uno y otro, intermitentemente, son guardianes de las historias del otro.

La verdad es que es más complejo, no se puede hablar de testigo sin hablar de amor, ni de pasión, de respeto, y la suma de un millón de ingredientes microscópicos que hace que dos personas sientan que están destinadas a compartir sus vidas.

Y como una cosa me lleva a la otra y enero me ha agarrado un poco dispersa, volví a mi expedición en la búsqueda de “la carta de amor” o del tesoro perdido.

En vano revise mis cajones, aunque luego recordé que soy mala guardando cosas, y que es posible que en alguna década anterior a mi actual existencia, naufragara algún papel cuyas intenciones fueran las de vivir como carta de amor.

Sigo insistiendo con que el ingrediente fundamental para la carta, el infalible, es la imposibilidad. La imposibilidad de concreción del amor, de lejanía con la persona supuestamente amada –muchas cartas se escriben en periodos en que la pareja en cuestión está separada físicamente, las trabas sociales, las diferencias, incluso hasta diferencias en los tiempos, en las etapas en que alguno de los dos vive. Porque no recordar las cartas de amor en la película “La casa del Lago”, en donde como en un cuento fantástico los protagonistas viven en años diferentes y se comunican.

Si hay algo que debo reconocer que trae este nuevo siglo consigo es la diversidad, lo que nos acerca, el derrumbe de barreras que antes eran imposibles de sortear o pensar siquiera en superarlas. Ya cada vez son menores las situaciones en que el color de la piel, el estatus social como se lo llamaba antes, la raza, y otras creencias arraigadas son traspiés para que una relación no se inicie. Ni siquiera ya es un obstáculo vivir en dos continentes distintos, gracias a que hoy podemos comunicarnos ahorita mismo, sin esperar cartas navegando por el Atlántico.

Las distancias de acortaron, muchas murallas fueron derribadas en pos de que la verdad nos hace libres y los sentimientos merecen ser expresados. Pero a pesar de esto, seguimos teniendo los mismos problemas. Fracasamos, le erramos, confundimos amor con necesidad, ilusión con realidad, insistimos con cambiar al otro, y nos hemos olvidado de las dulces mieles que adornaron aquellos tiempos, cuando estábamos enamorados y era posible que escribiéramos una carta de amor con todas las letras.

Stendhal o Marie Henri Beyle, fue un novelista francés a quien el amor lo sorprendió de una manera que hoy nos cuesta entender. Rechazado una y otra vez por Mathilde, el mismo reconoció que estaba dominado por una pasión fatal que le impedía ser dueño de sus propias acciones, a extremo tal de desear convertirse en asesino de su amada para poder verla.

Como se puede perder el conocimiento por amor? Y por un amor no correspondido?  No compartido?

Muchas preguntas y una carta de amor para buscar la respuesta. Igual para los que están pensando en que el pobre hombre tuvo un solo amor, vayan descartando la idea. Era escritor, y de su escritorio partieron misivas con distintos nombres femeninos.

Hoy le toca a Mathilde.

Stendhal a madame Dembowski

Varese, 7 de junio de 1819

“Señora:

Me ha sumido en la desesperación. Me acusa repetidamente de no ser delicado, como si, en sus labios, tal acusación no significara nada. ¿Quién habría pensado, cuando me separe de usted en Milán, que la primera carta que me escribiría iría encabezada con señor, o que usted me acusaría de no ser delicado?

Ah, señora, es muy fácil para un hombre que no tiene pasión comportarse siempre con moderación y prudencia. También yo, cuando soy capaz de hacer caso a mi propio consejo, creo que no carezco de discreción. Pero estoy dominado por una pasión fatal que ya no me deja ser dueño de mis acciones. Me había jurado a mi mismo alejarme de usted o, al menos, no verla y no escribirle hasta que usted hubiese regresado, pero una fuerza más poderosa que todas mis decisiones me arrastraba hacia los lugares donde usted se encontraba. Percibo con toda claridad, que de ahora en adelante, esta pasión va a ser la gran preocupación de mi vida. Todos los intereses, todas las consideraciones han palidecido ante ella. Esta necesidad fatal que tengo de verla me arrastra, me domina, me transporta. Hay momentos, durante las largas tardes solitarias, en los que, si fuera necesario asesinar con tal de verla, me convertiría en asesino.”

 

 

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Un pensamiento en “Mathilde y la necesidad fatal de amarla.

  1. El resultado de n año tormentosos, a mi humilde entender, ´lo puedo ver en estas bellas lineas…y no voy a caer en redundante en decir…que seguís pareciendo en los momentos justos….ahora hay cosas que entiendo…ahora hay cosas que me entienden???

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