Serena

Serena Megan Aroon Duncanson

 

Ella caminó por la playa y se dejó estar como siempre, cerca y lejos del horizonte, a un paso de las estrellas, tan lejos de la luna. Había emprendido dirección al oeste, tal vez porque ahí estaba la habitación del sol, esperándola para dormir apaciblemente. Se imaginó un aposento sencillo y cálido, y eso fue lo que hizo que apurara el paso en algunos tramos. Justo al mediodía, un fuerte viento de esa misma dirección, que arrastraba arena y desperdicios, hizo que volteara hacia atrás y por un segundo quiso volver de donde venia….

No es acaso lo que nos pasa a todos? No tenemos millones de segundos en los que queremos volver atrás aunque haya sido doloroso?

Mientras yo me debatía sobre si debía seguir caminando firme en una dirección o tomar breves descansos mirando hacia atrás, me puse a pensar en este temita de escribir, de escribir apasionadamente y del silencio que nos exigen algunos tramos intermedios, en los que nada es blanco ni negro, y como dice Joaquín “ahora que ya no me mato si me dejas”.

Vi la frase y la transcribí:  Para escribir solo hace falta tener algo para decir y decirlo.

Pensé en qué tenía para decir y de pronto encontré el vacio, la nada. Tal vez estaría reconociendo por enésima vez que no hay nada como escribir en convulsión.

Erróneamente a lo que uno pueda llegar a creer, un día de viento o de tormenta es mucho mejor para escribir que una apacible tarde de verano. Justo ahí cuando el pelo se enmaraña, las hojas se vuelan y la mesa de trabajo se convierte un caos;  ese es el momento y el lugar privilegiado del alma para escribir. No es ni más ni menos que el momento de locura, ya sea de tristeza o locura de amor, el que nos hace crear las palabras más disparatadas y desordenadas, las que menos sentido tienen en el momento, las que siguen la línea del corazón.

Y de pronto aquí estaba, en una tarde ni fu ni fa de verano, más calmada que nunca, tratando de incentivar mi parte creativa pero careciendo de la suficiente pasión como para plasmar algo como la gente.

Esto de no sentir nada significativo me estaba sacando de mis casillas y no solo por el simple hecho de escribir o no escribir. Quién en su sano juicio quiere levantarse un día y no sentir nada? Me visualizaba como el hombre gris que camina por el asfalto sin percatarse de los aromas ni los sonidos, menos que menos del clima.

Ya conocía yo la teoría esa que después de grandes convulsiones viene la gran calma, que es como una pipa de la paz gigante que nos deja en un estado de inconsciencia tal que a veces ni siquiera nos permite preguntarnos cuando vamos a despertar de ella.

Y entre tanto relax aparente solo una pregunta me vino a la mente, sería ésta la mejor parte y aun no estaba disfrutándola?

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