Lo que tarda en llegar la primavera

Mariya Konstaninovna Bashkirtseva Autumn

Muchas veces para cambiar de actitud solo es suficiente con cambiar de calzado.

Unos tacos hacen ver todo en perspectiva, y no solo por estar nosotras unos centímetros más elevadas del suelo, sino por el repiqueteo al caminar, la sensación de contonearse, la sutil sensualidad que trepa por las piernas y nos sube la autoestima.

Diana nunca usó tacos. No recuerdo tampoco que hiciera demasiado esfuerzo en destacar su aspecto exterior o maquillarse. Con cuarenta y un años vivía en el barrio de siempre, ese que está detrás de las vías, cerca del rio y más cerca aún de la capilla donde me casé con su hijo. Nos casamos de apuro, claro. Con diecisiete años me encontré viviendo en casa de mis suegros, estrenando marido y panza, dejando un amor de verano detrás y viendo a mi futuro como si fuera zumo de limón recién exprimido.

Dejando el jugo de lado, Diana estaba peor que yo. De buenas a primeras se desayunó con el abuelazgo, con “invitados” en la casa y con una nuera con la que había de todo menos química.

Lo mejor de vivir en el pueblo donde yo viví, o al menos como yo recuerdo haber vivido, es que éramos todos de la misma estatura, la ropa iba y venía en orden descendente, por peso y por estatura, se remendaba, se cocía. Se caminaba, se remojaban los pies en el rio al lado de cualquiera, y parar a ver el tren pasar era todo un placer. Los carnavales cortaban la calle principal, y los sauces lloraban todo el año remojando sus largas ramas en el agua colorada. Entre tanta piedra, barda y tierra, éramos un puñado de gente de todas partes, interactuando mientras cruzábamos la plazoleta que llevaba al centro de dos cuadras por tres.

Nunca supe como fue la cosa, si de mañana o de tarde, tal vez en alguno de los trabajos que ella tenía.  La cuestión es que paulatinamente las telas con las que cocía ya no eran color beige; sino rosas, verdes, amarillas; telas coloridas, estampadas, alegres y con vuelo. Los párpados se tiñeron con alguna sombra a tono y tal vez apareció una colonia de verbena en la estantería del baño.

Las mañanas empezaron a ser más alegres para ella y por ende para todos.  Atrás habían quedado las discusiones entre nosotras sobre como lavar los pañales de tela o el tiempo de exposición al sol para que no se pusieran amarillentos. Mientras mi hija y yo nos presentábamos en esta vida, la abuela desapareció con el vaivén de un canturreo que terminaba en el mismo instante del encuentro. Encuentro furtivo al otro lado del pueblo, otra cocina, otros sabores.

Mientras todos estábamos distraídos con el bebé, el futuro incierto y el poco espacio que teníamos para acomodarnos, la noticia llegó como una explosión nuclear que nos despertó un día de semana por la madrugada.

Ella se había ido, mi suegro iba y venía por la cocina destemplada tratando de masticar impotencia, furia y llanto. Y el resto de los hombrecitos no colaboraba con nada para aplacar la situación. A mí, que la vida siempre me pareció muy tragicómica, me costaba hacer un esfuerzo para no soltar una carcajada.

Obviamente en un principio los primeros comentarios tenían  en cada oración la palabra muerte, matar o algún sinónimo de ajusticiar y de final.

La carta con el comunicado de la desaparición yacía sobre la mesa redonda de la cocina. No haberla secuestrado para transcribirla ahora!

Imaginemos la palabra perdón y la frase no lo puedo evitar, también confusión y no traten de ubicarme.

Vitold Byalynitsky-Birulya Emerald of Spring

En una época en donde los celulares eran tan reales como una posible guerra de las galaxias, la noticia igualmente se expandió a la velocidad de la luz. Sin Facebook, ni mail, ni  ms. Nada de Vicentico cantando “Ya no te quiero”.

Llegaron parientes de la pampa seca, y revoloteando y hablando sin parar se instalaron en el lugar ya por demás abarrotado de pocas certezas.

La que por ese entonces ya era bisabuela,  había viajado casi quinientos kilómetros con lo puesto, y lamentablemente dentro de lo puesto no estaba incluída la dentadura postiza que había olvidado en un vaso en la mesa de luz. Fue lamentable organizar las comidas esos días, aunque no tanto como verla hablar sin dientes.

Los días siguieron pasando, los golpes contra la pared fueron cesando y nos fuimos habituando a la realidad de que alguien en la casa se había ido a vivir el amor en su plenitud. Esplendor  que duró poco, porque si bien el amor no tiene fecha de vencimiento, las personas si, y a este hombre en cuestión del que se había enamorado Diana, le esperaban otros planes más concretos: los de la muerte.

Esto duró lo que tarda en llegar la primavera, para algunos  poco tiempo para otros demasiado.

Tal vez sea porque voy a cumplir su edad, o porque habiéndola recordado por estos días, nunca hubo un momento en donde la viera feliz como durante esa corta experiencia.

Cuando aún nos hablábamos, una noche en que ya todo había quedado en recuerdo, escuché de su boca la dulzura de quien ha amado y la decisión de hacer de esa experiencia un oasis en el desierto.

Al desierto Diana había vuelto, claro, pero con la fortaleza de haber bebido el elixir que haría de sus próximos años una meseta apenas mas sustentable.

Y acá hago la misma pregunta reiterativa y cansadora de casi todos mis escritos: acaso no basta con haber amado?

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