Al final de la rotonda

Genevieve Jost  – Liberté

Me ha llevado toda la vida llegar hasta aquí.

Esta es la frase –favorita de muchas películas de amor- que me vino a la cabeza cuando llegue por fin a mi destino: Tandil.

Pero empecemos por el principio. El sábado amaneció tranquilo, breve remoloneo en la cama, desayuno extendido, orden en la casa y preparativos de viaje corto, estamos hablando de una hora cuarenta o dos con toda la furia, dependiendo del tráfico.

Recordando que una de las cuatro gomas del auto hacía tiempo que se resistía a contener todo el aire, lo llevé a la gomería que tengo frente a casa. Luego de un leve cruce con el propietario, quien me pareció que se quedó con la impresión de que yo desvariaba con el asunto de la pérdida, se constató que efectivamente existía, hubo cambio de válvula, cuarenta pesos en el intercambio monetario y listo el asunto.

El siguiente paso era preparar música para escuchar en el camino, elegí a mis amigos cantautores –lejos la decisión mas acertada del dia- , los   ordené por carpetas en el pen drive, y luego de preparar una muda de ropa y pasar por estación de servicio ya estaba lista para la ruta.

Lo último que recuerdo del placentero viaje es que Aute cantaba el Aleluya Nº5, me reí un poco con la combinación entre religiosa y lujuriosa de la letra – “condéname por los siglos de los siglos a vivir clavado a tú carne apasionada”– , y antes del último aleluyaaaaa me detuvo un control caminero apostado en una rotonda previa a Juárez, casi exactamente mitad de camino hacia mi destino.

El control estaba comandado por dos mujeres. Debí pensar al instante que esa era una mala señal para mí, ya que ninguna mujer sobre la tierra me quiere a mí de buenas a primeras. O tal vez estaba equivocada, les causé tanta sensación que quisieron tenerme casi toda la tarde en el símil destacamento al costado de la ruta.

Ante el pedido del papeleo de rutina que uno debe llevar encima en el auto, me dispuse a buscarlo, y es así como oh sorpresa, me había faltado subir el último comprobante de pago del seguro. Podría haber remarcado que llevaba las luces prendidas, el cinturón de seguridad ajustado, el botiquín de primeros auxilios y un matafuegos en el baúl. Pero hubiera sido una pérdida de tiempo. Querían a toda costa ese papelucho o mi cabeza.

Bien, a continuación mi cabeza.

Una de las cosas que debemos agradecer por estos tiempos es el uso de celular, tenerlo encima, tener crédito y que esté con la batería cargada.

Plan A: llamar a la compañía de seguros para solicitar remitan un fax a la comisaría de la ciudad situada unos seis kilómetros de donde yo estaba. Luego de varios intentos con una computadora que no podía procesar los datos correctamente…

Plan B: llamar a una amiga, hacer catarsis, que me viniera a buscar para poder ir a buscar el papel mientras mi auto quedaba secuestrado en la caminera. Una de las cosas que más me llamó la atención fue la recomendación de uno de los uniformados de dejar el auto bien cerrado, no sea cosa que le pase algo…. Como qué?  Acaso no estaría recontra seguro en las afueras del destacamento o como se llame!!!

La ley de Murphy dice que cuando necesitás que tu amiga te atienda el teléfono no está. Haciendo caso omiso, la llamé reiteradas veces al teléfono fijo, dos móviles y al teléfono del marido por las dudas…..

Plan C: tratar de localizar a “M”, única persona que tenía acceso a mi lugar de trabajo donde residía desde hace unos días el maldito papel. Mi amiga ya había contestado las múltiples llamadas perdidas y “M”   resultó que estaba sujeta al pie de la letra a la Ley de Murphy: celular apagado, fijo no contesta, nadie en la casa.

Plan D: volver a insistir con la compañía de seguros. Con tanto llamado mi crédito era cero, y aunque también había llamado a otra amiga que desinteresadamente  me había cargado la línea, estaba en bancarrota nuevamente. Gentilmente me cedieron el teléfono del destacamento, vislumbrando tal vez que tenerme a mí toda la tarde secuestrada con el auto no sería lo más sano para nadie. Como no podía implorarle a la computadora de la aseguradora, llamé al número de emergencias. Si, ese que te manda la grúa cinco horas después del llamado. Casi con voz compungida le pedí por todos los dioses de este planeta que me consiguiera un número de teléfono donde me atendiera alguien de carne y hueso, con quien pudiera tener una conversación coherente.

Mientras tanto, al lado mío, gente mortalmente sospechosa, quien sospechosamente se trasladaba en una combi, con un televisor sospechoso, un perro sospechoso y una escopeta altamente sospechosa, eran demorados todos al lado mío: matrimonio, televisor, perro, escopeta y municiones. Obviamente mi presencia en el lugar pasó a ser de molesta a invisible, ya que por fin tenían un caso entre manos. Luego de haber hablado con tres operadoras por fin dí con la que me haría el enorme favor de pasar un fax con el comprobante del seguro al día.

Para este tramo, habían pasado tres horas, varios cigarrillos, muchas llamadas y mensajes de texto. La luz del día se escurría por algún lugar del horizonte y el fax que llegaba al destacamento en la ciudad… bingo, no era el correcto.

Plan E: volver a llamar, pasar tres operadoras, llegar a la correcta, pedirle por favor vuelva a enviar un fax con el pago del seguro del último mes. Luego de cortar, hice una sonrisa pensando que en quince minutos estaría en la ruta. Pero la vida te da sorpresas.

Una mujer llama por teléfono dando alerta de un auto modelo Fiat Duna rojo que sospechosamente sale del campo a altas velocidades. En el interior tres individuos –sospechosos claro-, y una bolsa de cebollas – sospechosas- colgadas en la tranquera del campo, hicieron de la llamada un alerta casi nacional.

Ante el pedido mío para que alguien me alcanzara el fax, obviamente me dijeron que todos los móviles estaban ocupados. Que tuviera paciencia…………..

Si mi fax tardó dos horas en hacer seis kilómetros, pues les puedo asegurar que al auto lo encontraron en cinco minutos, tal como había dicho la señora, saliendo del cuartel IV que está al costado de la ruta “tanto” que va a la ciudad “tanto”.

Dos móviles, el Duna, más sospechosos que se bajaban matándose de risa –entre ellos una nena de unos doce o trece años- y el fax que no llegaba. Si hasta ese entonces había mantenido la calma y me lo estaba tomando con casi humor, pues todo se disolvió como por arte de magia a las exactamente cuatro horas de estar en ese trance. Sentada en mi auto no pude parar de llorar, deseando que apareciera el Chapulín Colorado a ayudarme.

Levanté la vista y no aparecían ni el Chapulín ni Súperman y menos un móvil policial con el fax. Deseando tener ovarios para agarrar mis papeles y huir como una Louise cualquiera, entré decidida a romper bien los kinotos. Pedí que me llevaran, o ir y venir en mi auto, me faltó pedir una bicicleta y si no hubiera sido casi de noche les aseguro que iba caminando.

Mientras me aseguraban que el fax iba a llegar pronto, y la radio policial repetía casi sistemáticamente que aún ni en camino venía, me puse las pilas para proyectar mi resto de día.

Plan F: hacer una encuesta entre los que me estaban haciendo el aguante para ver si me volvía a mi ciudad o seguía para Tandil. La verdad no me daba el coco ya para tomar más decisiones. Dos a uno: iba a Tandil.

Media hora más y luego de un acta de infracción, de recuperar mis cédulas y de un fax que yo tenía que interceptar en el camino haciéndole seña de luces al patrullero –si, escucharon bien, si las horas anteriores yo no podía circular por carecer de ese papel, para las siete de la tarde era libre de ir en dirección del patrullero, hacerlo parar con una seña de luces y apropiarme del objeto que me desveló toda la tarde- ya estaba en la ruta.

Atrás dejaba yo el destacamento, varias personas demoradas, dos o tres canes cobijados debajo de un tambor de leña, tres uniformados, y adosado sobre el final de la tarde un fotógrafo profesional.  Confirmemos: era necesario registrar tanta locura.

Y sí, hay olvidos que son imperdonables, y por otro lado uno nunca sabe lo que le espera al  final  de una rotonda.

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4 pensamientos en “Al final de la rotonda

  1. mmm..haber arrancamos con el guión para la próxima pelicula de Woddy Allen??? o de estas sátiras que nadan dando vuelta???que reloco..demasiada paciencia tuviste…pero divertidamente relatado…..Muy bueno amiga..ya sabés, antes de salir, también chequear el papeleo..ahora..Beso!!

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  2. Naa, lo que me rei con tu relato por dios, definitivamente todos sospechosos son, jaja.
    Bueno te olvidaste un pequeño detalle que primero me llamaste a mi, para que te cargara creditoo..!
    muy lindo

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  3. jajajajaja no puedo parar de reirme!!! Y si te dedicas a escribir historietas comicas???… Princesa el pequeño detalle fue que el primer llamado deberia haber sido a mi! Aunque pensandolo …… no me hubiese reido tanto !!! con la bolsa de cebollas Sospechosas!!! jajajajajajajaaaa

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  4. Jaaaajajjaja si, tremendo trance para cargar en soledad femenina… no se q quise decir, pero pasó rápido aunq te haya resultado eterno nena..

    Serpiente; q hubieses hecho?? suponiendo q atendieras y quien coños sabe a q hora… vale??

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