Divagando sobre un abismo

Wu, Zhaoming  The Last Summer end

Punta, soledad, abismo.

Altura, profundidad, vacío.

Uno, mirada, lejano.

Silencio, horizonte, caer, volar…..

Llegué hasta aquí con tanto equipaje,

Que el ascenso fue eterno.

Penurias, desgarros,

Espalda sumida por el sinfín de cosas que no quise soltar.

Tanto esfuerzo

Para encontrar mi yo rodeado por la  inmensidad.

Uno a uno los solté,

Objetos que fueron rodando,

Otros golpeando contra la piedra

Hasta caer estrepitosamente

Sobre la huella de un antiguo hilo de agua.

Me erguí, liviana, etérea, única y libre

Mientras preguntaba al eco cómo llegar,

No quité la vista del reflejo cristalino

Que me esperaba sobre el horizonte.

Yo

 Eva – Ted Nuttall

Siempre me pareció que era fácil escribir, y plasmar cualquier cosa que uno sintiera con palabras. Mirar un color y describirlo; imaginar un momento y adjudicarle vocales y consonantes; captar y reflejar sobre renglones; pincelar; poner puntos; acentos; palabras suaves, olorosas, tristes, de esperanza.

Esta afirmación seguramente sigue siendo cierta aún mientras nado en el mar atestado de incertidumbres, aún en estos periodos en que mi vida se transforma en un monasterio en donde la palabra pasaría a ser un estorbo.

Cierto que no existe tal cosa? No puedo imaginar un lugar en donde uno no se pueda expresar, porque sencillamente no puedo imaginarme a mi misma sin expresión. Siento que ante mi boca callada y mis manos atadas las órbitas de mis ojos saldrían de mi cara hacia el exterior propulsando un grito sagrado.

Dicen que nada mejor que uno mismo juzgándose para ver una realidad distorsionada. Es casi imposible que uno pueda alejarse de sí mismo para verse mejor; o despegarse, flotar y observarse; acaso llamar a un cineasta afamado para que haga un “corto largo” de unos trescientos sesenta y cinco días para decir luego: “Esta no soy yo, la cámara está en un mal ángulo”.

Luego están los amigos, de quienes siempre pensamos que tienen la posta en eso de describirnos, claro, de la misma manera que yo pienso que tengo absoluta claridad al describir a una amiga mía, aunque muy en el fondo algo me dice que no es tan así, y si le digo la verdad de la verdad pues me haría volar los anteojos de un sopapo.

Es porque las máscaras que llevamos puestas son más gruesas de lo que realmente son?  Tal vez tanto énfasis que ponemos en protegernos y andamos por la vida con trajes como los de Iron Man o sacado de alguna otra película de esas en donde los mortales yacen en una cama y mandan a símiles computadoriles a defenderse en el mundo exterior?

Hay algo que está fallando. No me ven como soy, ni veo al otro como es.

Jean-Louis Courteau “Les Coquelicots”

Tantos días sin escribir, escribiré de mí  o sobre las descripciones que dejé que tatuaran mi cuerpo? Hay muchas fronteras separando mi alma de otras. Son mías o ya estaban de antes?

La cosa es que hoy uno de mis compañeros de vida, esos a los que uno recurre como sabios del actual siglo, dijo que estoy en una etapa hermosa de depuración, padeciéndola, sufriéndola. Sí, estoy de parto.

Y convengamos que luego del parto que me trajo a este mundo, tuve otros partos y otras muertes, otros olvidos, otros discos rígidos nuevos y reseteados, y cada vez que salto del vacío a la nada del futuro, me queda la duda de si en ese salto me acordé de poner en mi equipaje a mi esencia.

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