La nota

Edward Hopper

Llegué al departamento,  introduje la llave y la puerta cedió suavemente.

Era una de esas puertas con cerraduras berretas, de las que se pueden abrir casi con cualquier cosa metálica. Me inundó el olor a encierro de apenas dos días.

La gata, que me quería a pesar de mi desapego, comenzó a maullar latosamente pidiendo por comida.

Sentí que no faltaba nadie. El lugar estaba como debía estar: con soledades que danzaban entre las penumbras de la tardecita.

Busqué el papel dentro de mi cartera. Había preparado una breve despedida, nada extenso, sólo definitivo.

En vano hurgué en los diversos bolsillos buscando la misiva ausente que se burlaba de mí.

Miré la llave en mi mano, la dejé sobre la mesa azul y partí.

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