Matar la mente

Sultry Breeze Connie Renner

Tal vez una de las mejores maneras de acallar mi mente sea escribiendo. Admiro profundamente a la gente que hace meditación. Dicen que es una de las mejores maneras de controlar la mente, esa misma cosa o sujeto casi podríamos decir, que nos engaña constantemente, nos juega malas pasadas y trata de acallar los sentimientos.

Otra manera genial de acallar la mente es dormir, abarrotarse de actividades que la ocupen, tomar somníferos, drogas, alcohol. Llega un punto en que uno realmente quisiera ponerse un revolver en la cabeza para matarla y seguir viviendo sin ella.

La misma mente que nos ayuda a llegar a fin de mes, sacar la cuenta de cuánto dinero necesitamos, pagar los impuestos, leer una receta de cocina, acordarnos de nuestros amigos, esa misma mente se convierte en enemiga cuando no sabe qué hacer con los sentimientos. Los sentimientos sin cause, sin respuesta, sin destinatario, sentimientos engañados, encontrados, descorazonados.


La mente juega con nosotros en la medida que la desatamos. Se ríe, nos hace sentir cosas que no debemos permitirnos, nos obnubila, nubla las visiones de los sentimientos, nos engaña y nos hace actuar como seres irracionales. Mientras tanto el corazón sufre los propios avatares y las consecuencias de lo pensado y lo actuado según ese sujeto mental, que no es más que una parte de nosotros mismos.

Es allí cuando sabemos que lo hemos arruinado todo. Todo por no saber acallarla. Se puede amar con la mente? No. Se puede controlar un sentimiento con la mente? Solo temporalmente. Se puede luchar con la mente? Solo son juegos, en donde el corazón sufre y la mente se ríe diabólicamente.

No quiero paralizarme, eso dice mi mente, también dice que debo huir de mis sentimientos que no son más que arañazos para los demás y para mí misma. El duelo de la propia muerte es casi eterno. Volver a nacer con la mente despejada, en paz y amorosamente para con uno mismo exige más perdón del que tengo para mí misma.

Tal vez ahí está el problema, debo perdonarme primero antes de siquiera pedir disculpas por los actos atolondrados de una mente traicionera. He leído muchas veces que no hay que temer a equivocarse, que el error es el que nos hace crecer. El control que ejercemos mi persona y mi mente sobre el resto de mis órganos vitales y espirituales hacen de mi vida tan solo un infierno, infierno del cual no alcanzo a escapar a tiempo.

Soy mi propia enemiga, yo y mi mente. Mientras tanto, mi corazón intenta sobrevivir de alguna manera, descuidado por su dueña y el amor que no vendrá.

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