Qué buscás?

Andy Thomas – Nancy

Prendo un cigarette, fumo y espero que alguna idea se me suba a la cabeza, o un torpedo, para el caso es lo mismo. Hay veces que la ausencia de ideas implica sobredosis de pensamientos disparatados, sobre el futuro, sobre el pasado, auto reproches, auto culpas, auto locura, divagues que distraen del hoy.

Volviendo a los vicios, lo más triste del cigarrillo y de esta década que es que ya está out.

La avalancha de vida saludable acosa desde los cuatro puntos cardinales, desde consumir yerba y azúcar orgánicos, desterrar bolsitas y aerosoles, reemplazar todo lo blanco por algo que sea oscuro e integral, hasta poner algo que ionice el ambiente, como si eso bastara para aplacar las malas vibras que no solo vienen con el humo del tabaco.

Tal vez  mi cigarette y yo no seamos más que objetos retro en esta nueva era que ya superó lejos lo new age.  Para mi definitivamente es la era AUTO: auto placer, auto conocimiento, auto abastecerse, auto mantenerse, auto satisfacerse, autonomía.

Por eso es que no me resulta tan extraño que haya tantas personas que digan que son  autosuficientes, en un universo que se va transformando cada vez en más individualista.

Sí, yo he tenido ese discurso.

Últimamente los únicos que parecen padecer del amor –algo que dista mucho de ser individual o autosuficiente- siguen siendo los adolescentes, quienes con frugales romances de cuarenta y ocho horas creen en lo que todos hemos pensado alguno de esos días de insoportable sufrimiento: la vida es una mierda. Nadie quiere sufrir por amor.

Y los adultos como estamos? Hay varias categorías: resignados, sin compromiso, toco y me voy, sin disponibilidad horaria, ya he sufrido bastante, aprendí a estar solo, vamos viendo, y en la porción diez por ciento de la torta gente que ha logrado lo que parece imposible: sostener su individualidad conviviendo con otra.

Pero creo que les dije, lo mío va por lo retro. Prendo otro cigarrillo suave y sigo divagando.

Miro la hoja en blanco desde hace unos cuantos días. Parece como esas playas vírgenes al amanecer, sin huellas de rodados ni de humanos, sólo apenas algunas huellas de gaviotas oficiando de renglones, marcando el sudeste, o algún punto cardinal llamado destino.

Los días pacíficos han llegado otra vez a mi vida, y los recibo como lluvia fría en una tarde de verano. El corazón late lo suficientemente ágil como para sostener que estoy viva. Mi cara llena de expresiones, mantiene el marco en donde se cobijan los mismos ojos en donde me miro cada día, tratando de no decirme algo como: Estás loca hermana.

Doy dos pasos para adelante y uno para atrás, y la voz de mi madre suena a lo lejos: “Qué es lo que buscás?”.

Nunca le pude responder. Ella se desesperaba con mis cambios y no soportaba la idea de que no tuviera la misma casa, el mismo hombre e igual trabajo para toda la vida.  Había que esperar a morirse y volver a barajar en la reencarnación?  Tal vez la respuesta más adecuada sería: No conformarme. Si queremos una respuesta más filosófica: Evolucionar. Para ser más prácticos: no sé.

Algo que en esta vida puedo afirmar es que no sé. Puedo definir un poquito la dirección, hacer un toque, decir una frase, sonreír, apoyar, estar, amar, parir, no dejar de comer, trabajar por gusto, meterme al mar como si fuera la última vez; pero lo cierto es que cada noche cuando apoyo la cabeza en la almohada no sé.

No sé si mi trabajo va a durar uno o más años, si querré vivir siempre en la misma ciudad, si alguna vez me tiraré de un paracaídas, si el romance tocará mi puerta, si mis amigas me soportarán por siempre, si mis hijos me seguirán aceptando, si mañana va a llover o qué voy a cocinar hoy a la noche. Pero si lo supiera, no sería terriblemente aburrido todo?

Por una de esas cosas de las fiestas, las navidades como le dicen, tuve unos cinco minutos de sentimentalismo y quise ver mis fotos de chica, las cuales obviamente no están en mi poder. No sé qué respuesta buscaba en esas fotos amarillentas. Puse expectativas de que mi propio yo de hace más de treinta años supiera más que mi versión actual, y tal vez pudiera responder estoicamente a la pregunta de mi madre: qué buscás?

Daryl Urig – Woman combing her hair

Hagamos un intento de respuesta: a los veinte buscaba irme de la casa de mis padres, una familia e hijos, una casa con cocina y patio, un trabajo, felicidad.

A los treinta buscaba emoción, tener vacaciones, arreglar mis rollos de los veintes, no estar gritando todo el día, que no me doliera la cabeza, una profesión, encontrarme a mí misma, tener amigas, descubrir que cosas me gustaban, tener un perro y una pecera, no tener que pedir permiso para todo, aprender a viajar en ruta, felicidad.

A los cuarenta busco: sanar mis heridas, ser independiente, querida, quererme, gustarme a mí misma, que nadie me guarde rencor, no tenerme rencor, aceptar mis errores, un nuevo trabajo, una familia ensamblada, mudarme de casa, tener cama, colchón y sábanas nuevas, hacer crecer el cajón de actividades propias, ser creativa y tolerante, dejar de esconderme, empezar a escribir la historia de mi vida, tener nuevas experiencias, viajar, un toque de espiritualidad –dejemos algo para los cincuenta- , dejar de fumar y ser feliz.

Por si no se dan cuenta, la lista aumenta año a año, década a década. Nunca se termina nada, y lo que queríamos otros años en otras playas, tal vez hoy no sea lo que sigamos deseando. El “qué buscás” es tan amplio que no me imagino la lista que pueda llegar a hacer si es que sobrevivo a los cincuenta, sesenta y más. Me alivia de sobremanera no tener expectativas del tipo ser millonaria, ir a París o dar la vuelta al mundo en globo, aunque sé muy en el fondo que sólo son cuestiones prácticas.

Nunca se llega, o tal vez sí, eso lo podré responder más adelante.

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Un pensamiento en “Qué buscás?

  1. Nunca se llega. Ten eso por seguro. Lo bueno es que siempre quedan cosas por hacer y soñar. En eso consiste el juego de la vida.
    Un saludo. Me ha gustado mucho tu reflexión.

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