Frente al mar

Scott Mattlin – Winter Morning

Veinte y treinta. El atardecer cae en la ciudad silenciosa, llena de feriados administrativos. Los vehículos comulgan una huelga junto con sus dueños, y dejan descansar al asfalto de tanto trajín de bocinas y rodados.

Los carrillones de la tienda no suenan, la brisa se niega a crear la música, y el silencio se vuelve  más ensordecedor.

Tomo las gotas del perdón, o del alivio, de la calma, pensando que mi corazón afligido tendrá un momento de respiro. Me doy cuenta de que siempre llego en mal momento.

Hace cuatro días que mis ojos se niegan a dejar caer una lágrima. La razón les dice que ya es suficiente, el corazón se repliega aún más, y ya me parezco a una tortuga con caparazón de hierro y muy arrugada por dentro.

Me da miedo mirarme. Repito las gotas, el perdón llega de alguna parte, me retuerzo y caigo rendida ante mi propio llanto, que sale como catarata, llanto mudo que es peor que un grito. El baño de mi tienda me escucha sin poder hacer nada.

No puedo volver a mi casa, necesito el bálsamo de la naturaleza bajo mis pies.

Cargo combustible. Aún me puedo dar ese lujo. Mierda que sale caro. La aguja apenas se mueve por sobre el medio tanque con ciento cincuenta pesos de súper, cualquier otra cosa que siga plus, “v” algo o que tenga números romanos es prohibitivo.

Hago una pequeña selección de música: Gato Barbieri,  Neil Young, Joao y Bebel Gilberto. Sólo me falta un poema de Alfonsina Storni para estar en el infierno.

No le temo al dolor, estoy dispuesta a hacer mi diminuto retiro para dejarlo salir. Me compongo, seco mis ojos y decido tomar la ruta que me lleva a la playa. El trayecto es como un árbol de navidad encendido, miles de luces de frente me recuerdan que hay gente que vuelve de su descanso navideño. Estoy tan acostumbrada a no tener nada de eso que ni me planteo  el por qué corno “vacación” y  “descanso” huyeron de mi vocabulario.

Me resuenan las palabras de la tarde: “Vos la embarraste”, “Tuve miedo”, dije entre hipos. Las palabras de consuelo no existen, tal vez porque ya no hay consuelo.

Es tiempo de cosecha. Las maquinarias trabajan aún de noche.  Entre el trabajo de campo y el calor del verano, la ruta es un campo minado de polvillo y bicherío que se va pegando al parabrisas. Contengo las lágrimas, afirmo el volante y reduzco la velocidad.

Me detengo en Harvest Moon, la escucho una y otra vez, embelesada.  “Cuando éramos extraños, yo te miraba de lejos…., cuando éramos amantes yo te amaba con todo mi corazón.”

Una de las mayores atracciones de la ruta Tres Arroyos – Claromecó, es una  gran curva, dicen los parroquianos exagerados: la más larga. Les puedo asegurar que para mí anoche fue eterna. “ Because I’m still in love with you, I want to see you dance again”.

Busco la luna, ya había encontrado la cosecha. Casi invisible, sobre un costado, delgada línea curva que desapareció del firmamento en cuanto llegué.

Scott Mattlin -Pearl Earring

Estaciono medianamente cerca, medianamente lejos. No me atrevo a ir más allá sola. Bajo a la playa, temo enfrentarme al mar, que lame mis pies y los besa con sus suaves olas. Otra vez el llanto. Esta vez hacia afuera, casi como un llanto animal, visceral, como un grito. No, es un grito. Agradezco la ausencia de personas, la oscuridad y la lejanía de la marea. Por primera vez también agradezco estar sola, y respetar mi dolor como lo que es: algo tan mío, tan bello, tan real….

Cruelmente trato de aprender que todo lo que se controla vuelve a supurar. Es como pintar una pared llena de humedad. El primer día parecerá casi perfecta, luego transpirará sudor,  hará hoyuelos y sarpullidos en la pared.  Esa es mi alma, una pared con humedad y llena de granos de agua.

Quiero dejarme ir con el mar –metafóricamente hablando-, ridículamente pido volver a nacer, obviando que así tendría que pasar por los mismos errores una y otra vez.

La soledad se hace más soportable esta vez, como nunca cae como si fuera un manto protector sobre mí. No sé si hay más sal en mi cara o en el mar. Me despido. Vuelvo a la ruta, a la incertidumbre de no saber dónde meto tanto amor que siento.

Una amiga me dijo hace algún tiempo, que el amor hace callo y luego se convierte en historia. Lejos estoy de todo eso.

No sepulto nada. Dejo que el cielo decida si el tiempo nutrirá o secará.

Ya en mi casa, baño mi cuerpo con agua dulce. Intento borrar las marcas de rímel en mi rostro, mis párpados hinchados me dicen que va a ser imposible levantarse mañana sin que se note.

Me refugio en mi lado de la cama, me abrazo, las horas de vigilia corren y en algún rincón del amanecer me duermo.

“Yo tengo el corazón como la espuma.
Mar, yo soñaba ser como tú eres,
Allá en las tardes que la vida mía
Bajo las horas cálidas se abría…
Ah, yo soñaba ser como tú eres.
Mírame aquí, pequeña, miserable,
Todo dolor me vence, todo sueño;
Mar, dame, dame el inefable empeño
De tornarme soberbia, inalcanzable.
Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza.”

Frag  Frente al Mar Alfonsina Storni

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