Salute

Philip Wilson Steer
English
1860 – 1942
“Jeune femme sur la plage”

Hay veces que las cosas en mi vida empiezan con un libro, con música en la cabeza, y siempre cerca del mar.
Recuerdo mis años alejada del mar como los de más sequía en mi vida. Es así, como un fin de año en el 2007, con un libro en mi mano, y con el mar a mis pies, decidí tomar uno de los rumbos más difíciles en la vida de una persona. Separarme.
Separarse trae siempre consecuencias insospechadas. Uno se separa de otra persona pero también uno comienza a acercarse a quién es verdaderamente uno.
Es un camino largo, pocas veces se puede hacer de manera fast. Cuanto más fast lo quiere hacer uno, más rápido y furioso termina todo, como en la película. Choques contra el mundo y contra uno mismo, heridas y golpes, que tardan más en cicatrizar.
Separarse muchas veces es despegarse, es tomar una bifurcación sin el otro, y la soledad -terrible al principio-, a veces se convierte en la mejor amiga en cualquier noche a principios de otoño.
Debería haber una ley que dijera que de la separación al enamoramiento hay que dejar pasar al menos un año. En tal caso cualquier salto cuántico de una separación a otra relación de manera inmediata, puede llegar a tener consecuencias no muy deseadas.
Tal vez, este diciembre, recuerde ese de hace cuatro años por la afinidad de paz interior, apenas ahogada por sentimientos de dolor que van y vienen haciendo saltar las lágrimas y el pulso.
Fin de año es un día más, pero a veces coincide con alguna reformulación que nos hayamos planteado unos días antes, ante la necesidad imperiosa de cambiar, de mover la situación y de ponernos nuevas metas. Un nuevo trabajo, una nueva relación con otra persona o con uno mismo, afirmaciones sobre cómo queremos estar y sobre cómo definitivamente no queremos volver a estar nunca. La respuesta es siempre BIEN. Nadie en su sano juicio quiere estar mal.
Entonces es cuando damos el salto, a veces no sabemos bien hacia dónde, hacia quién –tratemos que sea hacia nosotros mismos- o cómo resultarán las cosas.
Lo seguro es que, a lo que deseé ese día a la orilla del mar, le tengo que hacer unos ajustes, o todos los ajustes, porque sencillamente no soy la misma, y todos los caracoles que junté durante estos cuatro años a orillas de diversas playas, ya no son suficientes.
No hay momento en mi vida que no se haya cumplido lo que deseara. Soy afortunada. Aunque hay muchos otros en los que no pude mantener el deseo, dudé, retrocedí, me desvié del camino de la afirmación y caí como muchos en el pesimismo, la redundancia del recuerdo doloroso, el no poder avanzar, el no poder perdonarse. No es que no se cumplan las cosas, es que hay veces que…..es necesario errar.
Uno de los tips para rescatar momentos de felicidad, dicen algunos, es tener algunos minutos al día para conectarse con uno mismo. Guau!! Nada fácil cuando en realidad la mayoría de la población –salvo los monjes tibetanos, algunos budistas y otra gente espiritualmente centrada, no es mi caso- en realidad pone todo en la conexión con el otro. Y es ahí donde caemos. Porque el otro no es más que una mesa con tres patas, la misma clase de mesa que somos nosotros.
Mi momento de conexión es éste, frente al teclado, en una página de Word en blanco, sentada en el banco de una plaza al finalizar mi jornada laboral, cuando me acuesto y apoyo la cabeza en la almohada diciendo gracias aunque el día fue un desastre, o simplemente cuando logro dejar ir, dejar de preguntar, de forzar, de imponerme, acallo la mente, y dejo que el corazón sienta, porque en definitiva eso es lo que somos.
Hoy vuelvo al mismo mar, a otros libros, otros deseos, nuevas metas, nuevas realidades y la certeza de que cualquier camino es medianamente difícil. Lo fácil es sólo un espejismo que nos distrae sólo  por un tiempo.
Este es mi humilde brindis, dedicado a aquellos que buscan incansablemente, a los que no temen desnudarse frente al mar cualquier tarde de Abril, a los que aman en silencio, a los que lo dicen a los cuatro vientos, a los que se animan a cambiar, a los que amanecen sin rencores, a los que aprendieron a perdonarse a sí mismos.
Salute.

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