El Pueblo

Fernando Botero – The Town

Según la historia oficial, el personaje se había bajado del tren en un pueblo  aparentemente abandonado. Al llegar la noche una hilera de gatos cruzaba el puente de piedra y se apropiaban de todas las instalaciones del lugar, comían, trabajaban, cocinaban. Al alba retomaban el camino por donde habían llegado. El señor en cuestión, único habitante de dos patas fortuito del lugar, no podía volver a tomar el tren. Inexplicablemente se había tornado invisible, tanto para el tren como para los gatos….

Nunca supe a ciencia cierta si yo había elegido al lugar o si el lugar me había elegido a mí.

Y en ese mundo de elecciones indefinidas, en donde ningún tren me llevaría a otra parte, anclé mi aceptación y me dispuse a estar perdido en un pueblo lleno de habitantes gatunos.

Insistí sólo dos días más a la espera del tren en la estación. Tanto por la mañana como al atardecer, mi cuerpo sin sombra, yacía invisible al costado de las vías.

Por las noches seguía observando el movimiento del pueblo. Sus habitantes de cuatro patas tenían horarios y rutinas, como en cualquier otro pueblo de buena y mala muerte: celebraciones, reuniones, cantos en un templo, trabajos, compras, quehaceres y compromisos.  Todo esto diluido con la luz del amanecer, momento en el que yo me movía como único dueño y señor, probando restos de manjares, ocupando distintas camas y pululando por distintas cocinas a diario.

A alba del onceavo día, liberado ya de la insistencia de querer tomar un tren que nunca se detendría, me escabullí detrás de la hilera de soldados gatunos. Mi curiosidad me punzaba malhiriendo mis pensamientos.

 

Fernando Botero – El Arbol

Con valentía recobrada gracias a mi invisibilidad, crucé el puente y me mantuve razonablemente cerca.

Atravesamos un estrecho y tupido bosque, luego del cual apareció un hermoso prado hundido en forma de olla. Allí abajo, un colorido pueblo despertaba a sus tareas.

Laboriosos campesinos, carpinteros, madrazas, leñadores… todos estaban realizando alguna actividad sin notar que los gatos sigilosamente volvían a sus hogares y a sus dueños.

El lugar, lleno de tejados rojos, sábanas colgadas y cercas blancas de madera, me pareció como una cálida taza de chocolate en una tarde de invierno.

Mi cuerpo hizo sombra y me perdí nuevamente en otro mundo y otras historias.

P.D.: la idea original del pueblo gatuno es un fragmente del libro 1Q84 de Haruki Murakami.

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