La historia del sujeto con gato y sin botas

Max Gasparini

No me gustan los gatos, por qué habrían de gustarme si después de todo me causan alergia?

Esa podría haber sido la primera señal. Estar con un sujeto que tiene un gato iba contra mis principios.

Para colmo de males, y volviendo al temita del gato, estos felinos, al igual que cualquier can o niño, se acercan lentamente hacia mi persona al instante de conocerme, sin hacer yo ningún esfuerzo por atraerlos.

El sujeto se acercó por el mismo efecto silencioso que causo en algunas personas: lenta atracción seguida por  diferentes matices de rechazo. Pocas personas tienen la capacidad de ser amadas y odiadas por la misma persona en una franja tan corta de tiempo espacial como yo.

A la semana mi relación con el gatto bianco bianco  era estupenda debo decir, ni un si ni un no, sólo mimos y ronroneos. Eso era amor no correpondido,  y yo me seguía resistiendo al constante cargoseo de su lomo contra mi cuerpo.

Mi alergia derrotada sumada a mi mente otrora implacable y ahora adormilada no hacían fuerza para clarificar absolutamente nada.

Me maullaba cuando llegaba, desesperado e insistente, ávido de un poco de atención y comida. El nombre? Gracias Dios no lo recuerdo.

Tendría que haber reparado en la actitud del sujeto, cuya intolerancia a tanto amor gatuno lo descalabró e hizo que su mano lo agarrarrara del cogote para hacerlo desaparecer de la estancia.

Ibamos a ser tan felices….. sin gato.

Max Gasparini

Otro indicio de la muerte anunciada de la casi futura relación,  era la cantidad astronómica de frases novelescas:

–          Vamos a ser tan felices, –en otra vida claro y separados-.

–          Por fin te encontré (¿?)

–          Que querés hacer este verano? –pregunta formulada en la segunda cita un 15 de julio con 2 grados bajo cero de sensación térmica-.

–          Vamos a vivir con poco,  –entiéndase que esta frase encubre otras:  “menos mal que vos pagás tu cuentas”, “yo casi no gasto nada para mi, menos para otros”, “mi propio gato no me quiere porque en realidad soy un ratón”-.

–          Sos la mujer que estaba esperando.

Qué descalabro!

Es cierto, de vez en cuando necesitamos la palabra, la flor, el mimo, el gesto …. Y creer que es cierto, esa es la magia.

Luego de la desaparición de la mascota, me preparé para mi propia desaparición. No hay mejor manera de desaparecer sin llamar la atención que dejar de emitir palabras, ruidos y suspiros.  Yo sabía de eso, dar tranquilidad con mi presencia casi etérea, resguardando mi mente con cálidas cobijas de ensoñaciones lejanas. Es la mejor trampa que tenemos:: estar sin estar, huir navegando en los recovecos de la mente, poner play y escuchar sólo la música interna.

Mientras tanto la ausencia lo inunda todo, la boca se amortaja, los ojos gélidos apenas pestañean, el aliento se vuelve vapor como en las noches eternas de frío polar. Las manos resecas ya no acarician, y uno espera con frío y sin elegancia la mejor salida, para  continuar siendo fugitivo del amor que no existe.

La soledad aprieta pero no ahorca los sentidos apenas entumecidos, que alertas como mariposas –y no de las que habitan en la panza- nos avisan que estamos en danger.

Este es un ejemplo, de cómo un sujeto con gato y sin botas pasa a ser eso: una historia más.

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