Sin una palabra

Joan Miró

Me desperté, como casi siempre, despreocupado y liviano; sano y turgente.

Anhelando la llegada de un día sin sol para poder recibirlo, tal vez mañana, con más expectativas,  como una novedad o como una sorpresa.

Pero ahí estaba, insistente y testarudo, dorado, acalorado y furioso; implacable y soberbio, sabiéndose un dios.

Sobrevivir a mí mismo no era nada. Sobrevivir sin tinta, ni papel, o cualquier otro elemento que me permitiera acariciar la palabra me estaba matando.

El espejo del agua me devolvía mi propia imagen: arrugada, reseca, desgastada, endurecida y resignada. Probablemente mi edad rondara los ciento veinte años, algo así como una eternidad repleta de soledades, a un abismo de una vida con un libro, un renglón, un anotador, una caricia, un malbec haciendo remolino en la boca, una pelea o una reconciliación.

“Hoy día de expedición”, me dije y salí a recorrer unos kilómetros hacia el este. La excursión duró varios días con sus noches, pernoctando en lechos confeccionados con diferentes hiedras, disparando instantáneas con mi retina y descubriendo que los insectos eran siempre más de lo mismo.

Al quinto día, me intrigó un pozo situado en el centro de una pequeña arboleda. El pozo era sumamente redondo y tenía en su interior un poco de agua, la cual seguramente se había devorado a la tierra que lo cubría. El sol se colaba por el anillo que formaban los árboles en la altura. Y allí abajo, brillando, el destello verde de una botella. Mientras caía la luz y el día se me escurría de las manos, yo seguía indeciso, estupefacto, sin saber qué hacer con el hallazgo.

Y si la rompía y el papel que estaba dentro se desintegraba? Y si era un mensaje de alguien más que aún vivía? Y si me pedía socorro? Estaba yo preparado para eso? Y si lo que leía finalmente trastornaba lo que parecía hasta entonces una apacible existencia? Después de todo, lo que otrora había conocido como real estaba muerto.

Dormí mal por primera vez en mis últimos largos años. Al alba, la botella seguía allí, verde y desafiante.

Los  miedos viajaban desde mi cabeza hasta mis manos y con movimientos  torpes y sin pensar más, la asesiné estrellándola contra una roca.

El papel yacía intacto, con múltiples dobleces y rodeado por infinitos fragmentos de vidrios opacados.

Lo seguí mirando como si fuera a desplegarse sólo.  Me acerqué de a poco, sin hacer ruido, casi sin respirar. Y con la misma delicadeza con la que hubiera tocado a una mujer de haber existido, lo abrí lentamente, pliegue por pliegue.

Y sin querer lloré, no por lo que leí, sino por ella: la palabra, que intacta me miraba desde el papel como si nunca nos hubiésemos separado.

La acaricié, la acuné y la llevé conmigo de regreso.

Por fin, ya no estaría más solo.

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