Completitud.

Hay muchas cosas recurrentes en mi vida. La primera y principal soy yo. Mi persona es recurrente para conmigo misma. Mis búsquedas son recurrentes aunque pasen los años, aunque se cambie el título de lo supuestamente buscado.

Qué cosa hay mas anhelada que la completud ? (Completitud suena a más completo no?)

El estar completo debería ser algo así como haber alcanzado parte de los sueños, o por qué no todos. Con un romanticismo exacerbado, lo reconozco, he buscado casi siempre esa completitud en otra persona. Tal vez he leído demasiados textos románticos, y tanta poesía empalagosa me hizo ver las estrellas más cerca de lo que realmente están.

Con los años el significado de estar completo invariablemente cambia. Ya no es en el otro que nos sentiremos completos. Sino que seremos lo que seamos pero por nosotros mismos, preferentemente amando, claro, y no necesariamente a una pareja.

Los que me siguen están casi hartos de mis referencias al mar y mi casa de la playa. Hay un texto que escribí cuando tenía veinte años. Acababa de mudarme, de separarme, y mi vida era vivir el ahora, cuestión que a poco más de otros veinte años, vengo a ver que es una asignatura a punto de ser olvidada.

Adoro a esa mujer de veinte años. No sólo porque es parte mía, sino por lo tremendamente emocional y visionario de sus textos. Hay situaciones narradas que en su momento no había vivido, y que luego se parecieron mucho. Hoy lo releo como he hecho cada tantos años, y no dejo de emocionarme, porque para mí es un texto totalmente atemporal. No está dirigido a ningún hombre en particular. En el relato estoy sola, feliz y nostálgica, una suave combinación de proyectos y recuerdos. Me gratifica ver que los segundos no obstaculizan a los primeros, que no todo está terminado y que todo continúa. Que lo vivido suma y gratifica y que lo porvenir impulsa.

Es curioso cómo uno puede encontrar en los propios escritos una esperanza, un recordatorio, una “refrescadita” de memoria de la esencia de uno, esa cosa tan personal, que es el olor, la marca, es más que el nombre, es lo que somos y por nada del mundo cambiará.

En esa casa en la playa no necesariamente debe estar el amor romántico, ni el recuerdo de la compañía de una pareja. Sino que está simplemente el buen vivir, la comunión entre la paz y la alegría, la esperanza,  la experiencia, las vivencias. El amor que es realmente eterno y trasciende absolutamente todo. Esta vez, he sido un poquito egoísta, y me he enamorado un poco de aquella mujer soñadora, muy parecida a ésta que soy ahora.

“Hola mi amor, estoy aquí, en nuestra casa, junto al mar y a las rocas, junto al fresco del amanecer, junto al mate de ayer.

Sí porque ayer llegué. Abrí la puerta con el mismo entusiasmo con que la abrí la primera vez junto a vos. Y esa vez, dejamos escapar los fantasmas que anidaban dentro desde otras épocas, de otras aventuras, de otros mundos.

Aprendimos la tarea de perfumarlo todo con nuestra presencia, de arrugar las sábanas, poner nuestros sonidos, llenar cada uno de nuestros propios huecos y rincones. Aprendimos a parir nuestros días tan cortos y nuestra vida tan larga, marcamos el sendero para llegar al mar y pusimos leños a nuestro hogar.

Ayer sentí la misma emoción. Quería saber cuáles de nuestros espíritus saldría ante el paso de la luz al abrirse la puerta. Y fue abrir el pasado, abrir hondamente nuestras vidas y heridas. Fue sentir que el tiempo carece de dimensiones y que en realidad nunca nos habíamos marchado de allí.

Ay amor! Te reirías tanto si supieras con qué afán limpié la estancia. Siento tu suave reproche y veo las arrugas de tu frente que se distienden cuando te robo un beso y me decís “está bien”. Cómo hubiera deseado poder comprarte otras veces con un beso y sacarte así de tus enojos!

No he osado tocar nada que tú hayas movido antes. Está todo allí. Los diarios en tu cajón, la radio pequeña sobre la mesita de noche, la última canción para escuchar, el pequeño taller que te extraña y luce triste sin que nadie use sus herramientas. Y en la cocina, salvo la especiera que tú me colgaste para sazonarte yo los días y el mate que yace religiosamente en su lugar, el resto está vacío. Cómo me censurabas en los días jóvenes mi cocina sin olores ni sabores!

Amor: esta mañana el mar está calmo y frío. El horizonte se ve nítido y un poco triste por ser él siempre tan inalcanzable. Suena “Verano del 42″, no como antes, como en esas escapadas hacia nosotros mismos, viajando a obscuras, llenándonos con sólo mirarnos.

Mirarte. Qué sentimiento mágico me inundaba al mirarte. Es como si nunca hubiese pretendido más, es como si sólo me hubiese podido conformar con ese acto tan distante en apariencia.

Escucharte. Horas. Tus reproches, tus enojos, tus malos humores, tus gustos, algún gruñido que yo intentaba no dejarte escapar, los “te amo” a los cuales nunca intentaba acallar.

Y un día, atiné vergonzosamente a tocar tu la nariz con la mía, a reconocer tu olor, te acaricié a punta de dedo…. Y a medida que exploraba quería más y más: tu cuerpo y tu tiempo, las cosas de tu alma, tus recuerdos y tus sueños, las metas tan alucinantes que tenías. Quería robarte una sonrisa y llevarme tus ojos conmigo, acunarte en tu sueño, deseaba todo para mí.

Ahora parece todo tan sencillo y en realidad fue tan frágil y tan difícil.

Debajo del cielo gris, las aves mañaneras danzan un ritual para el creador y no se quejan porque no haya sol, sino que se alegran junto al viento que las impulsa. Las podés escuchar? Algunas todavía se siguen posando en el marco de nuestra ventana, esa desde donde se ve la puesta del sol, la primera que abrimos esa mañana, la última que cerré ese día.

Es curioso, aún sigo esperando. Al parecer la espera es algo que no ha podido solucionar los años ni que he podido saciar con tus llegadas. Cuántos poemas he escrito antes de que llegaras? Cuántas cartas de amor? Cuántas veces me cambiaba de ropa y de peinado para hacer volar el tiempo que nos separaba! Otras me enojaba y luego cuando te veía sólo sabía que quería una cosa solamente: estar con vos.

He ido a tomar un café. Es que hace tanto frío aquí dentro! He tenido que cerrar la ventana y traer tu manta marrón para mis pies. Esa manta que te arropaba en las siestas, la que se robaba alguna de tus mascotas, nos servía de cobijo en el sillón para después del amor.

Nunca olvidaste como crujía mi cama de amante, ni de las noches frías y sin decirme nada, de las mañanas en que el barrio te veía partir adormilado de mis brazos y desaliñado por tironearte y pretendiendo aparentar salir de cualquier parte….

Tu amante.

Eso pretendí dejar de ser una mañana de marzo. Demasiado tarde ya. Porque luego de marzo llegan los días abriles, de marco dorado y gorriones por doquier, con la ciudad crujiente y los abriles, mi amor, se hicieron para amarse.

Y soñé con días que trajeran olor a torta desparramándose por la casa, y el despertar de un sueñito a las cuatro de un domingo, y el roce de nuestros pies y la cama que invita a quedarse.

Es en abril cuando se gesta un retoño, una ilusión, una esperanza que nace tan pequeña que es imperceptible. Es eso que soñé entre lo tuyo y lo mío. Y de abril hasta diciembre hubiese visto brillar tus ojos ante las redondeces de mi cuerpo y la turgencia de mis pechos, saciar todas mis ansiedades, pintar las paredes de vainilla, perfumar la casa con manzanas y desparramar con mis manos tantos hilos… y esas batitas blancas… tus dibujos sobre la pared desnuda, el invierno que llega y pasa, mis cortinas de algodón, el perfume de septiembre…

Y de diciembre a enero, agasajar al amor en tus ojos, en mi piel blanca, jugando con tus lunares y tus dedos bien formados, mis mejillas abundantes, quitando horas de sueño a las noches pero no a la ilusión.

No sé qué hora es. No me hace falta ya saber la hora. He de recordarte a dónde fueron a parar todos los relojes que intentaste traer?

Tampoco sé muy bien en qué fecha estoy, si es invierno o verano, si hay luna llena, si lloverá sobre el mar, si las estrellas se reflejarán en mis ojos…

Sé que falta poco, y he de mudar mi ropa con la esperanza vacía de nacer de nuevo, de conocer a alguien a tiempo, de preparar a punto un filtro de amor para que lo beba y no sepa más que de mí. Para no tener que robarle a nadie algunas horas de amor furtivo o un tiempo de paz sobre mi regazo, o un hijo, o un beso sereno y diez apurados, una mano para tocar, dedos para contar…

Amor. Todavía te escucho, cansándote con pocos años a cuestas, amando sin darte cuenta, conociendo el amor sin verlo, dejando volar el tiempo, escurriéndote como se escurre el agua de una prenda, haciendo proyectos para amar mañana, queriendo buscar sin encontrar, escapando hacia la libertad, volviendo por necesitarme, yéndote para olvidarme.

Sigo en mi obstinación -que por otra parte morirá conmigo- al igual que con mis sueños, la casa en la playa, el hijo esperado, mis ojos húmedos, las hojas caídas ayer.

Ha anochecido, la cama es muy blanca y muy ancha, la mesa muy larga y vacía, muchas olas para saltar, arenas demasiado extensas para dejar huellas… y el horizonte está allí, para quienes alcanzan a mirarlo”.

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