Mi vida, no hay derecho.

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Foto: Pinterest

En una esquina, el supermercado. En la puerta,  un hombre mete su dedo en la oreja insistentemente. Lo saca, lo observa y lo vuelve a meter. Nada lo distrae.

El universo del miércoles por la mañana viene con un pizarrón de descuentos,  precios con decimales y una aclaración fundamental: llevar carné que atestigüe haber cursado la materia de sexagenario jubilado, o en su defecto estar a punto de morir. Sólo así harán el famoso descuento del veinte por ciento del diez que compren en la verdulería, siempre y cuando la mercadería que escojan corresponda a la descarga del camión de la semana anterior.

En la otra cuadra otro viejito escribe sobre un pupitre de cuatro ruedas: una clase de vehículo de última generación que sirve para trasladarse, apoyar cosas, llevar la eco bolsa con las verduritas de oferta y el diario viejo que le regaló la vecina de la otra cuadra.

Algunos padres ponen la quinta marcha justo antes de frenar enérgicamente en el semáforo, invadiendo  la senda peatonal con las ruedas delanteras.  En los asientos de atrás yacen hermosos críos  enfundados en uniformes escolares azules y verdes. No es día de guardapolvos ni de tizas o cerbatanas en escuelas públicas.

Que el lunes fue feriado, que el martes también, y que febrero “fueron” vacaciones y que la oficina postal dio de baja las comunicaciones.

Que se viene la fiesta, y la ciudad está invadida de senegaleses y oro amarillo. Que una señora no se anima a bajar del auto mientras pasan caminando tres individuos. Que la oscuridad da miedo pero no siempre mata.

Ni rastro de arena en la ciudad queda del desahuciado verano, apenas si algún toque amarronado en algunas caras juveniles.

Aplaudo en silencio el deceso del verano.

Mientras el mundo de por aquí llora amargamente la despedida de los días calurosos, mi sangre galopa energéticamente con las frescas brisas que corren en las mañanas. El sol tiñe de otro color las casas y las cosas. Las calles y las veredas pronto tendrán alfombras de hojas doradas, crujientes.

La vecina tendrá,  como único objetivo existencial, acabar con semejante desparpajo de la naturaleza desordenada y capturar a las insurrectas hojas que osan bailar en su vereda.

Cómo reprimir esa mudanza inevitable de piel? En qué se convertirán  el árbol y mi perro luego de haber perdido todo el pelaje?  En quién me convertiré yo pasando  el invierno?

Ella quiere el control, pero si hay Dios es sabio y se guarda el control remoto bajo la almohada.

Respiro el día. Es el último de los últimos que me tocan vivir. Sueño, leo, corro, escribo, me deslizo, río, bostezo, me aburro; dejo pasar las horas para luego tratar de aprisionar otras. Me contradigo. Es un pecado vivir sin contradicciones. Evito ciertos temas. Evito todos los temas. Me estoy convirtiendo en espectadora de vidas que ni en un millón de años luz me interesaría vivir. Seguramente sus protagonistas piensan lo mismo de la mía.

Lo que escapa del sector “auto censura”  de mi persona es el cinismo. Este se manifiesta a través de trescientos mil gestos que mi cara hace en décimas de segundos.

De todas maneras son imperceptibles.

La mitad de mis clientes ya ni siquiera saludan al atravesar la puerta. Tal vez esperan que los atienda una máquina, como el autoservicio del banco.

Está la señora que camina con el carrito de las compras, el de dos ruedas y lona desgastada. Ella sí saluda, se para detrás del mostrador, habla de sí misma y de su marido, al que deja todas las tardes para respirar libertad haciendo los mandados. Sale siempre a la tardecita, en ese momento justo en el que se prenden las luces de la calle y se apaga el sol.

Nos parecemos en algo, o eso me parece. Ambas salimos siempre a la calle con la certeza de que nada malo sucederá. Tengo la teoría de que los “chorros” huelen el miedo como los perros, y hacia allí van. De todas maneras, siempre hay tiempo para que un ateo diga una plegaria, para un último cigarrillo o para ser tapa que certifique que las estadísticas son semi correctas.

Me cuenta que el marido le dijo que no saliera más a esas horas, que dejara el carrito para evitar accidentes, que los huesos, que la calle, que los autos, que la noche. Que mejor un bastón a primera hora en la vereda y para ir al almacén zonal de la esquina. Que él seguirá ahí, en el sillón hundido, guardando informaciones varias del telediario para compartir a su regreso las últimas dos gotas de silencio de la jornada.

Ya sin luz solar, a los pies del día que se termina de escurrir, hago un recorrido por pequeños comercios locales evitando los grandes supermarkets.

En la última parada somos tres: el carnicero, un cliente previo y yo. Saludo. Espero. Circulo. Escucho. El cliente se hace el distraído, no me conoce. Es típico padecer de amnesia en una ciudad como ésta. Estamos hartos de vernos. O así pareciera. Somos los mismos pero nos desconocemos.

Al momento de pagar, el señor extiende la mano y dejando el dinero en manos del carnicero dice “Esto es una mierda”.  Yo levanto una ceja, no esperaba acción a las nueve de la noche.

El carnicero dice: “Qué?”.

El cliente remarca revolcándose en su propio chiquero: “Esto es una mierda.” Y lanza la tan temida –por mí- perorata política de estos tiempos. En la retina tengo la imagen de los trescientos gramos de carne magra que necesito. Con un poco de arroz y vegetales haré un guiso de la hostia.

Para colmo de mis propios males, el carnicero asiente esperando una declaración indagatoria, quiere más. “No se puede vivir así” , que juntará sus monos y se irá del país en unos dos años.

Bingo. Uno menos.

Ya no tendríamos que jugar a que no nos conocemos. Podría ir a comprar carne sin escucharlo aunque seguramente sus suplentes estarían al pie del cañón. También me podría hacer vegetariana, lo cual mucha incidencia no tendría en el asunto ya que a la gente le encanta hacer catarsis y sincericidios en las colas del mercado, almacenes, bancos y asociados.

También podría echar a  andar por ahí con un iPod, como inteligentemente hacen los que adolecen para no escuchar tantas boludeces crónicas que decimos los adultos.

El señor dejó parte de su bronca y se fue raudamente en la misma doble tracción en la que se pudo tomar cuatro días sabáticos en la costa argentina para el feriado de carnaval. La felicidad la dejó en la costa, obvio.

Seguramente –pensaba mientras puse cara de póker y pedí el trozo de carne-, todos tenemos derecho a la queja. Debe de ser un derecho constitucional –perdón por mi ignorancia-, a lo mejor lo heredamos de la revolución francesa o de alguno de esos accidentes históricos que ocurrieron para liberarnos de todo . . . menos de la queja. Debe de figurar en la Magna charta libertatum.

Lo que no aclaran en ningún artículo es quién tiene prioridad de queja.

Ridículamente termino quejándome de la queja originaria y no puedo evitar  que la situación en sí –altamente contaminante- termine por envolverme. Hoy perdí por goleada.

Mi vida, no hay derecho.

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