Sucesión vacante

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Artist: Melissa Gann

Antes de que sigan leyendo, les aviso que no es lectura apta para “impresionables”.

Y cualquier parecido con la realidad no es coincidencia, el relato se basa en una nota de un diario capitalino del día de la fecha.

María Cristina falleció un día como hoy hace aproximadamente diez años.

 No, perdón: María Cristina falleció un día no registrado hace más o menos diez años.

Esta incertidumbre me recuerda la canción que dice “Sabe el hombre dónde nace pero no dónde va a morir”.   Ciertamente no se sabe, pero luego de la muerte siempre queda algún testigo que se encarga de terminar el capítulo, poner The End, liquidar los bienes materiales, esconder los chanchullos, escoger la prenda final, pagar el servicio, mandar a poner una frase motivacional en la lápida o en su defecto mojarse los pies al tirar las cenizas al mar.

“Off the record” una amiga una vez dijo entre copas que ya no era salubre ir al mar y posar los pies desnudos sobre la arena, refiriéndose a la cantidad de cenizas que pululan por ahí.

Si morirse no está de moda, incinerarse sí.

Esa misma amiga –creo-, cumplió ayer 53 años, Y estuvimos de snacks y copas. No faltó nada: desde la edad murmurada, comentarios a media voz que no se pueden traducir públicamente, y la típica equivalencia de edad dicha de a un dígito: cinco-tres.

También hubo lugar para una posible especulación sobre cuál sería el temario dialéctico en un cumpleaños de setenta.

Pues no sé qué decir. Escuchando a mis clientas mayores puedo adivinar que se hablará de la presión arterial, de los descendientes, del asilo, los difuntos, del viejo sentado en el sillón -o del sillón vacío-, y lo que hace millones de años era hablar de ortodoncia ahora sería dentadura postiza o algo más elaborado de haber buenos ingresos.

Falta tan poco y tanto que me despreocupa.

Tener amigas que estén en más o menos la misma franja de edad –qué son diez años más o diez menos- hace que a veces nos veamos reflejadas en el prójimo –llámese la otra amiga próxima cercana-.

Hoy creo que más que reflejadas, lo que solemos hacer es vernos  expulsadas. Una expulsión es tal cuando la oración comienza con un: “Avisáme cuando yo esté gagá…”, o “cuando me parezca  a…” quien no es más que  nuestro espejo ahí parado de frente pero  con otro pelo y otros gestos.

Si tan sólo fuera estar gagá pero feliz, o gagá y reírse, o/y no poder subir escalones, olvidarse las fechas, babear dormitando –eso no lo estamos haciendo ya?-, hacer el ridículo, usar flores en el pelo, dejar que los jóvenes se rían sin pensar que es de uno, rezar más, temer más a la muerte o no temerle nada.

Si tan sólo fuera estar gagá, me reconfortaría porque sólo sería un detalle y yo igualmente estaría varios pasos más delante de donde estoy ahora. Y me seguiría riendo de mí misma.

Anoche no lo supe, no supe a qué le temía.

Hasta hoy por la mañana en que leí el diario y conocí a María Cristina.

Y si me muero sola?  Sola en el mundo.

María Cristina estaba en su casa sola, posiblemente un día de verano, desnuda, tenía más o menos 51 años y un PH en un barrio lindo de capital.  El departamento hermético y solitario fue el único testigo de su derrape al lado de la mesita que estaba en el patio.  Ahí se quedó por unos cuantos años. Inmóvil. Rígida.

Murió así sin más, sin violencia –de momento, mañana será otro día y puede cambiar con un giro drástico la trama de esta información-.

Qué son diez años más o diez años menos? Es el tiempo que pasó esta señora sin ser reclamada.  Y podría haber pasado mucho más. Nadie notó su ausencia ni su presencia.

Tristemente fue reclamado en primer lugar el inmueble.  Una vecina entró por la puerta del frente diez años tarde. Tarde pero temprano aún para pedir la sucesión vacante sobre la propiedad.

Cómo corno es desaparecer del planeta y que nadie nos reclame? Cómo es irse a dormir con la certeza de que nadie nos sueña? Cómo es no existir después de muertos?

Hay personas que nacen después de morir. Mueren y pasan a tener una vida llena de anécdotas difíciles de comprobar pero que se convierten en pequeñas grandes leyendas que entretienen las reuniones familiares. Muchos aparecen en sueños, usurpando la tranquilidad de los vivientes, otros siguen sonriendo desde portarretratos multiplicados en una sala de estar  y convertidos en objetos devocionales.

El mito que acaba de nacer con la muerte misma.

Hoy, que ya digerí la copa que bebí ayer, que se avecina el no festejo de mi cumpleaños. Hoy que no me preocupa mi edad ni mi posición social, ni el qué dirán.  Hoy que evado intransigencias, prejuicios,  banalidades y a la gente que los porta. Hoy que soy más “yo” que nunca: hoy me inunda la melancolía que tal vez no sufrió María Cristina.

Hoy supe que temo morir sin dejar rastro y que ni siquiera Dios me reclame.

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