El alma no llora

lucia tumbada

 

Takahiro Hara – Lucía tumbada

 

 

Ella murió mientras pasábamos una tarde apacible recorriendo los alrededores del río, las chacras y los canales en un auto modelo 76. No hay más recuerdos de tardes gratificantes con mis padres.

Estábamos en paz y los demonios de mi madre habían sido encarcelados momentáneamente a fuerza de tomar pastillas. Seguramente yo estaría llenando los grandes espacios de silencios con palabras al por mayor.

El clima era óptimo, aunque no creo haberme bajado del auto. Los árboles estaban estáticos y era época escolar, lo sé por lo que sucedió en los días siguientes, en los que me esperaban algunas frases del momento y rostros compungidos.

Pudo haber sido otoño o primavera tal vez. No lo sé con exactitud. Los obituarios de esa época no quedaron registrados en los medios actuales, tampoco quedó registro del accidente ni de las otras siete almas que se fueron.

Fue un día soleado, y con doce años ya había aprendido que a un hecho feliz le sigue uno doloroso. Ni siquiera es un karma. Es un hecho consolidado y confirmado fehacientemente por mi experiencia. Un paso bueno, otro malo. Uno para atrás, otro para adelante. Llegar al fondo, comenzar a subir. Un año bueno, uno malo. Una hermosa tarde con mi amiga de la cuadra jugando a que teníamos una nave espacial y a la vuelta mi casa era un caos.

Nunca hubo fallas en este sistema.

Esa tarde marcó mi primera gran pérdida en la vida.

Ella se fue sonriendo. Lo sé. Lo afirmo. Es imposible que aún hoy no esté sonriendo. Ese domingo perdí a la mujer que amé.

Eran las dos de la tarde cuando tomábamos un helado junto a la avenida principal. De allí salían dos colectivos, uno lleno de chicos universitarios y el otro con mi abuela. Este no llegó a recorrer más de treinta kilómetros. No nos enteramos hasta que finalizado el día, volvíamos del absurdo y  pacífico paseo. Lo único que parecía darle sentido a mi vida desaparecía. Y luego la nada. La vida que sigue.

Un funeral al estilo “Esperando la carroza”: en la casa, con vecinos, mujeres lloronas, muchos claveles por doquier, interminable, gestos y ademanes exagerados, chicos jugando y comiendo en la cocina. Al día de hoy es un relato colorido sobre antiguas costumbre, lutos y duelos interminables.

Eternidad del negro, meses sin escuchar música o emitir una carcajada –o serías castigado-. Al final la vida sigue pero a media máquina. Los vivos exigen llanto, devoción y acatamiento a las buenas costumbres.

He tenido otras pérdidas en mi vida, pocas pero efectivas. Efectivas en mi corazón dolido. Nunca olvido el día en que se marcharon, así, sin previo aviso, sin más, sin pasaje reservado, sin despedidas. Esos días –antes de conocer la noticia- siempre estoy feliz. O me parece hoy y a la distancia. Tal vez es por el choque inmediato con la desolación, que a un momento ordinario se lo tilda de felicidad.

Hay personas amadas a las que asocio con música, lugares y momentos. A mi abuela en cambio, no la puedo asociar con una melodía, ni con un aroma. Tan sólo recuerdo su cabello corto y ondeado, sus aretes circulares, sus ojos marrones sicilianos; y cómo se dejaba querer. El resto fue olvidado progresivamente y con el único objetivo de que permanezca donde está: en el podio de esas personas a las que no les reprochamos nada.

No lloré su partida. Ridículamente la siento más cerca que en ese día en que la dejé subir al colectivo.

Aún me veo en una esquina y hablándole desde un teléfono negro y pesado de una cabina –esos que venían para discar-, y jugando a no cortar nunca.

Se acuerdan?

Cortá vos, no cortá vos primero . . . .

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